jueves, 15 de mayo de 2008

INDAGACIONES SOBRE EL CRISTIANISMO DE SARMIENTO.

 

 

Por Guillermo R. Gagliardi.-

 

 

I.-        La historia sagrada, de los Santos y de la Iglesia Universal, quedò marcada a fuego en el pensamiento de DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO (1811-1888) . Debido ello según sabemos, a la educación  religiosa recibida en su infancia y adolescencia. En ‘El Profeta de la Pampa’ (1945) Ricardo Rojas (1882-1957) destacó significativamente que  esos episodios sacros “sentíalos redivivos en la historia de su patria y en su personal destino” (obra citada, cap. 42) . Tales hechos trascendentes los aplica a  los aconteceres de su propia biografía. Explica y define éstos desde los modelos eclesiásticos que aprendió en sus diálogos con los peculiares frailes de su familia y en sus abundantes lecturas novo y vétero testamentarias. Observa atinadamente  el  profesor y ensayista de “La argentinidad” que “por misterio de su espiritualidad, transfirió al plano de la realidad política su sentimiento religioso. Concibió la patria como un cuerpo místico, con su ley, su doctrina, su liturgia” (ídem, ed. Kraft, 1962, pág. 597) . Lo escribe  el mismo Don Domingo, al redactar sus “Memorias” (1884, Obras Completas, Edit. Luz del Día, tomo 49) : “Todo lo que me rodea de joven, hasta la pubertad, es sacerdotal”.

 

El sustento  del Cristianismo le es fundamental. “Necesito reposar sobre un principio armonioso y bello” y “profesar la creencia en el Gran Argumento del Universo y en la inmortalidad del alma” (discurso de 1881, Obras, t. 22) . Le acucia el bien de sus semejantes y el llevar a la práctica los postulados evangélicos a través de la difusión del Alfabeto y el fomento de instituciones útiles para la vida republicana. “El Cristianismo es un hecho histórico tradicional y continuo que no puede renunciarse”. “Es el primero de los elementos que constituyen las sociedades modernas, la fuente de nuestros sentimientos e ideas”. “¿Qué es en efecto, la igualdad de derechos a que aspiramos, el amor por el bienestar de todos?” (p. ej., en Obras, t. 1, artículo  de ‘El Progreso’ en 1843) . Comprende y valoriza el influjo psico-social de la religión  por “haber llevado la civilización a los extremos de la tierra, dulcificando  las costumbres y sometiendo las pasiones”. Por ello ve en la situación decadente de los  mineros de Chile, por ejemplo, la necesidad y urgencia de una sostenida instrucción religiosa y moral: “La religión fue siempre la maestra de las sociedades en su infancia”  (1844, ‘Artículos crít. y lit.’, t. 1, Obras) .

 

II.- Aprendió mucho en saber de vida y moral, en Sagradas Escrituras y en práctica del culto, a través de su tío el Pbtro. José de Oro, con quien convivió y maduró en San Francisco del Monte (San Luis, 1825) . Allí  estudió gramática, historia, filosofía y latín y se reveló su acendrada vocación de maestro. Allí instaló su cèlebre escuelita, “anticipado signo de su  Destino”. Desarrolló su personalidad ética e intelectualmente, “semilla y árbol” que se extendió por toda América. Desenvolvió su espíritu inmenso, su amor a las cosas del país, la valentía en las decisiones, la valoración de la libertad. Y dialogó sustanciosamente con su extravagante pariente (“Recuerdos de Provincia” 1850, Obras, t. 3) . Éstos fueron sus fructíferos ‘coloquios socráticos’ y ‘adoctrinamiento de Patronio al Conde Lucanor’, según los califica Rojas (obra y ed. cit., p. 63) .

           

Creía firmemente en la salvación por la Fe en las obras, como en la difusión de la educación religiosa y de “Silabarios” y “Métodos  de Lecturas”, lo que demostró fervorosamente, como fundador o funcionario escolar, como traductor del “Catecismo para las escuelas Primarias”, como propagandista de la ‘Vida de Jesús’ de Vallon: “lo que  mostrará a esta generación descreída que hay fuertes convicciones en otras cabezas” (artículo “La América del Sur” en ‘El Nacional’, 21-6-1878, Obras, t. 39) . Confecciona los Estatutos del Colegio de Pensionadas de Santa Rosa de Lima (1839) , organiza una enseñanza conventual fundada en el catolicismo espiritual de Fray Justo Sta. María de Oro.  Maestro de Religión en la Escuela Normal de Preceptores de Chile, la primera en América Hispánica (1841). Luego como Director General de Escuelas reglamenta la enseñanza religiosa y moral escolar como el régimen imitable de Prusia, Francia y Chile y en 1859 normatiza específicamente las prescripciones religiosas para maestros y alumnos (léanse  su “Memoria sobre Educación Común”, en el t. 12 de sus Obras, o “Ideas pedagógicas”, t. 28, o t. 48 sobre “La escuela ultrapampeana&rdquoGuiño . Definitivamente reconoció la tradición religiosa de la Escuela Universal y Argentina y a pesar de lo dicho y escrito por muchos sarmientófobos o sarmientófilos, fue un laicista y un liberal moderado y bienintencionado, ‘con limitaciones’, según él mismo declaró repetidamente. Siempre “provinciano en Buenos Aires y porteño en las Provincias”...

 

III.- “Yo creo en Dios, es decir, un orden de cosas para el bien, y en la voluntad humana su Cristo, para combatir el mal y traer las cosas al plan de la creación, hemos de hacerlo, porque sabemos que el mal existe y tenemos la religión del bien absoluto” sentencia categóricamente.  Su racionalismo ilustrado es la constante en sus meditaciones  políticas y en su credo cívico. Su liberalismo “gubernista”  y anti-demagógico, según lo define, está direccionado a un evidente Cristocentrismo.  Se constituye en médula de su espíritu benefactor y  de su escritura y su  sangre. Su consideración alta de la mujer y sus derechos, su culto a la Virgen María y su  trascendente simbolismo, su obra concreta y numerosa para promover las industrias, el comercio libre y legal y el trabajo fecundo con fines de adelanto y bienestar del ser humano y mejoramiento de sus condiciones de vida. Su abominación de la religión no sentida desde el corazón y hondamente práctica y de utilidad inmediata para las personas. Su combate contra la superstición y el dogmatismo, el oscurantismo en las ideas y la inmoralidad o amoralidad de las costumbres o hábitos. Sus ardientes prédicas por la dignificación del ciudadano semejan “llama de fervor o nudo de cólera” según la imagen del pescador que describe A. de Saint-Exupèry en sus reflexiones morales de ‘Citadelle’, cap.  173.  Su lucha denodada contra el Demonio  de la incuria y el analfabetismo , cruel por las oposiciones e incomprensiones múltiples de sus conciudadanos; sus campañas por la difusión del libro y la lectura popular y  las bibliotecas populares, lo han convertido en el primer Biblioterapeuta, Educador Integral, de América Latina. “Preciso es que lo sepáis: mucho he sufrido a causa de la educación del pueblo” (t. 21, Obras) . Peregrina por una Santa Causa: “Viajo como los horneros (...) a cada rato, para recoger un poco de lodo a fin de construir la obra; escribo mucho; veo y examino mucho más” (t. 31, íd.) . Su proverbial idea del Progreso y del Modernismo como Espíritu de Dios que avanza sobre las aguas. Su significación de las Escuelas como Templos, y del maestro como sacerdote que ingresa al educando en la civilización. Sus impresionantes (por la acción desenvuelta en ellas, y por las oposiciones innúmeras que debió sortear) bregas por la  pacificación,  organización y unidad del país, que formaba su intenso cristianismo ‘agapístico’ de la nacionalidad. Su eximio e incomprendido ‘Cristianismo Constitucional’, su autodidactismo de entusiasta jurista y pedagogo y sociólogo... Su mensaje anabático, ascensional, su anhelo  permanente de mejora ciudadana. Coincide con nuestro juicio el de Francisco L. Bernárdez en “La Nación”, 3-9-61, cuando señala que el sanjuanino “aspiraba a unirse y a unir armónicamente a sus compatriotas todos, coetáneos y venideros, con la inmensa patria común, en un solo movimiento hacia la grandeza, hacia el poder y hacia el honor nacionales”. Ya en 1911 lo advirtió agudamente Joaquín V. González: “una magna y encendida nube de amor, cerníase sobre su cabeza”, “un filántropo insaciable  de amor y felicidad para sus  hermanos de raza y de destino”, “un mistico de un misticismo patriótico”, un ignaciano ‘Caudillo del Bien’ (t. 25 de las Obras Completas de J. V. G.) . Por todo esto esbozó la figura de  su titánica existencia criolla en “Recuerdos de Provincia”, en el capítulo “Mi Educación” como una tragedia o martirologio: en “mi vida tan destituida, tan contrariada, y sin embargo tan perseverante en la aspiración de un no sé qué, elevado y noble, me  parece ver tratada esta pobre América del Sur, agitándose en su nada, haciendo esfuerzos supremos por desplegar las alas, y lacerándose a cada tentativa contra los hierros de la jaula que la retiene encadenada”.

 

IV.- Don Domingo, es capaz de los más bellos estados de ensimismamiento contemplativo, como así también el excepcional y original desarrollo de su inteligencia le permite una superior concentración intelectual en el razonamiento más riguroso e implacable, o el alumbramiento intuitivo más asombroso y de más largo alcance. “Yo tengo el entusiasmo de la perseverancia, la  quietud febril del convencimiento, y esa fe en el éxito que no me abandona nunca, y ha hecho que no desmaye” se define en carta a Bartolomé Mitre del 23-10-1854 (‘Sarmiento-Mitre. Correspondencia’ 1911, p. 75) . Etimológicamente, ‘en-teos’, entusiasmo, es la clave de su gesta magistral. Lleva a Dios dentro de su alma e intenta expandir ese poderoso viento de Bien. Siempre considera religiosamente su tarea de “Educacionista”, como “la empresa que fue la misión de mi existencia” (carta a Victorina Navarro, 1876) .  Advierte que la educación, “único medio de moralizar al hombre, niño aún, debe ser religiosa para ser más perfecta, porque eleva el alma y da sanción a la conciencia” (Obras, t. 24) . “Sinite párvulos ad  Me”, “es el emblema de mi enseñanza” escribe en su “La escuela sin la religión de mi mujer”. Obra espiritual y de misericordia. “Por una predisposición especial de mi espíritu, en las cosas más sencillas encuentro siempre algo de providencial” (Obras, t. 21) . Constantemente “abriéndose camino con el trabajo, la honradez y el coraje de desafiar las dificultades” (discurso en el Senado, 1876) . Testimonian  estos pensamientos su  entera religiosidad. Obra salvífica, de genio ejecutivo, testimonio de sabia filosofía del amor y el trabajo. .

 

 Ostenta con autenticidad maravillosa y modélica una  forma “concreta y viva, en la realidad de la gran obra de salvación del hombre por la educación y la libertad” según observa J. M. Chavarría (en su ‘Densidad espiritual de S.’, 1962, p. 8) . El bien y la bondad han sido expresión y significado presencia  de Dios en el espíritu grande del autor de “Educación Popular”. El mundo es en su visión, un colosal escenario de la vida,  de “la luz-ciencia y de la fuerza-amor” (autor y obra cit.) . Habla como un profeta de los primeros tiempos cristianos, finamente historiados por su admirado Renán. Escribe como un místico, que sacraliza los progresos de la civilización,. Asi, p. ej., el humo de las chimeneas de hornos de fundición que alienta en San Juan lo denomina “signo redentor” del adelanto de los pueblos (‘S. anecdótico’, A. Belin S., 1929, p. 146) . Ritualiza las inauguraciones de escuelas, bibliotecas, instituciones de fomento, etc. Las hace fastuosas, para promover el interés de los ciudadanos por las instituciones de bien público y la solidaridad en el esfuerzo comunitario. Siendo Gobernante, considera estos actos como “de Estado” confiriéndoles toda la fuerza e importancia visual ante las gentes, como actos litúrgicos, pues “la idea de la fuerza vale más que la fuerza misma”. En su ideario democrático y cristiano atribuye la mayor importancia a las diversiones públicas, los museos, exposiciones, teatros. Con  ánimo exultante, los  considera acontecimientos ‘más beneficiosos que una batalla’.

           

Prosa vibrante, interjectiva, imperiosa, sustantiva. Semeja su escritura un sermón patriótico. Absolutiza la pasión, expresa las convicciones y normativas para la vida progresista de la Comunidad en un estado de furor y de casi locura hacedora. Para él la vida es “un cilicio para los que sirven a su país”. Alma elevada e indoblegable “ante  ninguna de las flaquezas de sus contemporáneos” (Obras, t. 25) .

“Sirve a la causa de los principios salvadores de la sociedad”. Su única recompensa es “el propio contentamiento de haber hecho el bien a la especie humana” (loc. cit.) . Es un ‘león de la raza’ por su llamarada de fe y voz de trueno’, según escribió Alfonso Reyes refiriéndose a Joaquín Costa. Grita y amonesta con sagrado delirio concretizador. Moisés argentino, esgrime un látigo terrible e implacable contra la mentalidad colonial, el error, la hipocresía o la injusticia. Eligió el camino de la adversidad, de las dificultades por vencer, de los ‘mosquitos’ teresianos, de las murallas por atravesar, que es el ‘camino de Dios’, vía de Luz y Verdad (A.Orgaz, ‘Ensayos sarmientinos’, ed. univ. Córdoba) . Gran fuerza expresiva de un mensaje irradiante y perenne. Y suma capacidad de conversión y atracción. El logocentrismo sarmientino florece en su vocación de Legislador, de Ordenador. Su idea del Cosmos de la civilización urbana, alimenta su lucha contra el Caos del salvajismo, la animalidad, la desorganización de la vida cerril.

 

 Por ello debemos hablar más que de acción, de su Obrar, firme, convencido, personal, con  sentido profundo. Tal como lo explica R. Panikkar en su ‘Los dioses y el señor’ (Columba, 1967) , es decir como una ‘mística de la encarnación’, del trabajo y apostolado transformador del Mundo, para salvarlo de la ceguera de la ignorancia.


Publicado por Desconocido @ 19:47
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