1.- El Don Fadrique sanjuanino, Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888) en 1843 en el Prólogo a una serie de artículos de su amigo Vicente Fidel López (1815-1903) sobre “La Revista Argentina” (en tomo 6 de sus Obras Completas) manifiesta esta temprana filosofía pesimista, una concepción fatalista de la historia, concorde con el espíritu y agudezas del personaje queiroziano: “Es sin duda desconsolador el cuadro que el mundo civilizado presenta hoy”. Refleja un historicismo desesperanzado, inusual en el agresivo periodista de “El Progreso” y “El Zonda”: “Vése la humanidad echada en una vía fatal,...”. Establece allí la inutilidad de la obra del intelectual, de la faena del pensador, que por el contrario y habitualmente, Sarmiento considerará decisiva y aun sublime en el destino de las naciones. “En vano es que el hombre pensador diga, esto conviene, esto otro debiera evitarse, aquello es necesario: ¡Inútil!”. El curso impredecible de la historia lo anonada: “...los sucesos y el espíritu de la civilización van como a ciegas precipitándose...”-, “sin que las lecciones de lo pasado sirvan de escarmiento”. En pocos y contundentes párrafos baja sus banderas del optimismo histórico, del progresismo “more romántico”. Lo obsesiona la distancia y fractura, el abismo entre la teoría y la praxis en el estudio de “la marcha del espíritu humano”. “Muchas verdades inconcusas en la teoría, no han sido admitidas en la práctica”. A las convicciones idealistas y “los bellos axiomas” han de sucederle –estima y desea- “el estudio de la historia considerada como ciencia de los hechos”, el racionalismo pragmático, el socialismo. Del análisis fáctico aplicaremos “las deducciones que a nuestra sociabilidad interesan y trataremos de sacar toda la utilidad posible para garantirnos de los males que pudieran sobrevenirnos”.
“Hasta hoy no salimos de la época heroica. Todo es grande, bello, sublime en la República Argentina: los progresos son estupendos, las riquezas naturales, inagotables, pródiga la naturaleza, inmensos los recursos, etc., etc. Ríense las otras naciones de la inflación de las
proclamas sudamericanas, de los laureles inmarcesibles conquistados en batallas descomunales entre chinos y chusmas desarmadas, y todo aquel fárrago de puerilidades que ocultan la pequeñez del hombre, donde las extensiones territoriales, las montañas y los ríos son inmensos y poco productivos. Con sólo recordar que hay un habitante por cada dos kilómetros de tierra, y que la mitad de la población, apenas tiene camisa que ponerse no sabiendo leer más de un tercio, experimentamos las impresiones del pavo real cuando se mira las patas” reflexiona con brillantez el Sarmiento viejo (1883, Obras, tomo 42).
2.- Según colegimos de esta cita textual, Sarmiento desmiticó el carácter épico de nuestro ser nacional, Así también en su comentario de “El Deber” del escritor y médico británico Samuel Smiles (1812-1904) (en “El Censor”, 16-4-1886, Obras completas, tomo 46). El “General Sarmiento” considera “un extravío” esta tradicional consagración de las dotes guerreras, del “prurito de valentía” prestigiado por los relatos históricos. “La exageración de este sentimiento trajo las guerras civiles casi sin razón”. Esta pasión argentina, sentencia subvirtiendo palmariamente la axiología argentina consagrada, ha traído “las tiranías subsiguientes y aun la destrucción de las instituciones...”. Frankliniano constitucional, sustenta la enérgica e infrecuente opinión de que “la poco necesaria cualidad guerrera del carácter” debe ser suplantada por los valores modernos del “ahorro, la economía”, la industria, la productividad, el sentimiento de “ayuda propia” y de solidaridad, indispensables “para sostener la vida” individual y colectiva. El progreso material y moral, el “espíritu de sociabilidad”, la formación de la personalidad y el ser social, han de ser cultivados como las necesidades primordiales para los pueblos de nuestra época. Consecuente con estas ideas originales para su tiempo, esculpe en esas fechas el escrito “Movimiento literario 1886. Auroras y ocasos”. Juicio extenso y fundamentado contra la poesía épica cultivadora de temas bélicos. Es una diatriba en desmedro de los rimadores que ofrecen “los laureles y las palmas” celebrantes de “los heroicos exterminadores de hombres”, el “poeta ávido de carnicería”, que incita con sus cánticos al combate, tras de la gloria del pillaje y del derramamiento de sangre”. Ataque sólido de la retórica patriotera que desenvuelve sentimientos negativos, parafernalia de sangre y destrucción, neta expresión de barbarie. Propone, precursor whitmaniano, un arte poética de aurora, de progreso, “un estandarte que se agita a la vanguardia señalando el camino”. Un verso profético en que “asoma como la luz naciente de la aurora un presentimiento del porvenir”. Poesía de la Civilización, “entreveo el poeta, y lo saludo”.
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Queiroz y Sarmiento fueron recusadores de la retórica tradicional de sus respectivas naciones. El argentino manifestó en su “El discurso de Sheridan. 1878”(Obras, t. 20, Discursos parlamentarios, 3ª volumen) su condena “de las arengas acompasadas de la hipérbole castellana y la exageración de los epítetos”. Y recuerda a la patria del escritor de “Los Maias”: “El Portugal (...) realizó (...) grandes cosas que han cambiado la faz del mundo”. Abomina del “finchamiento” patriótico: “El orgullo lusitano se desenvolvió en proporción de la magnitud de los hechos, aunque el territorio y la población no respondan a tanta arrogancia. Se infló la lengua”. “Nuestras asambleas legislativas van cayendo en el mismo desliz” denuncia el soberbio maestro. Sarmiento como lo definió a Lincoln (1809-65) en su “Vida” (Obras, tomo 27, cap. “Información y Educación&rdquo
: “Si su lenguaje es rudo, al fin es franco e inequívoco. Tanto el amigo como el enemigo saben donde hallarlos, pues poco ejercitados en las dobleces del
politicastro o del intrigante, van derecho hasta el punto a que su juicio o conveniencia los dirigen.
3.- Sarmiento y de Queiroz ejercen una exasperada conciencia de Patria. “Enfermo de Patria” lo llama Bernardo Canal Feijoo (en revista SUR: “La polémica inconclusa” 1977). Ambos enfatizan polémicas antirrosistas uno, contra el anquilosamiento universitario de Coimbra y la sociedad portuguesa rudimentaria que opone a la cultura inglesa el otro, la necesidad de una educación radicalmente libertaria (Raúl Antelo: “Historias de Lisboa”, Página 12, 8-4-2001) y del socialismo romántico. En Esteban Echeverría (1805-1851) y su mensaje de “El Salón Literario” (1837), en las prédicas antirreaccionarias de Antero de Quental (1842-1881), ardientes profetas de la regeneración nacional, hallan la inspiración para su pensamiento y acción. “...todos los esfuerzos los habían de conducir a una única finalidad: incorporar su entonces retrógrado Portugal a la gran marcha del tiempo afirma Vianna Moog en su biografía de “Eça” (Porto Alegre, 1939, versión castellana, Editorial Claridad, 1945).
Credo iluminista, afán crítico e ilustrado: “El Mercurio”, “La Crónica”, “El Censor”, etc. “El distrito de Evora”, “As Farpas”, “Revista de Portugal”, jalonaron en cada uno sus intentos literarios por difundir a través de la prensa apasionada, sus ideales de mejoramiento ciudadano. Como Sarmiento desde su retiro de Yungay, Eça en carta a Ramalho Ortigao: “...lo que me hace falta. Necesito política, crítica, corrupción literaria, humorismo, estilo colorido, paleta”. Nostalgia y ansia leonina de acción, movimiento, producción. Pues para estos “idealistas”, “El arte debe corregir y enseñar(...). Debe aspirar a un fin moral (...). Se debe tentar la regeneración de las costumbres por el arte(...). El arte actual sólo podrá salvarse con el realismo, que es la escuela de la revolución” (conferencia en el Casino Lisboense, 1871). Justamente Alfonso Reyes (1889-1959) opina que sus novelas “me transportan a aquellos tiempos en que los novelistas eran un poco fiscales, un poco acusadores” (en su “Un apunte sobre E. De Q.” 1929, incluido en su “Grata compañía”, Obras, Fdo. de Cultura Económica, tomo 12, 1948). Consuena ideológicamente con los artículos sarmientinos de 1842 en Valparaíso (Obras, t. 1). “El romanticismo era, pues, una verdadera insurrección (...). ¿Quién aspira al menos a sucederle? (...). El socialismo, es decir, la necesidad de hacer concurrir la ciencia, el arte y la política al único fin de mejorar la suerte de los pueblos, (...), de combatir las preocupaciones retrógradas. A través de sus novelas psicológico-sociales al modo de sus admirados Zola, Balzac, Dickens, (“El crimen del P. Amaro” 1878, “El Primo Basilio”, “El mandarín”, “Los maya” 1880, “El Conde de Abranhos”, “La ciudad y las sierras&rdquo
, resplandece la vigorosa fibra evangelizadora, moralista, del bachiller nacido en Póvoa do Varzim.
También esplende su vena estética, su sensualismo y su ironía y sarcasmo proverbiales. Acerbo crítico de las convenciones sociales, literarias y políticas. Arremete contra el clero ignorante, el funcionario cínico, el burgués especulador... Visión ágil e incisiva. Esa fuerza apostólica hacia el bien social es el rasgo medular del genio sarmientino. Dirigido afirmativamente hacia la concreción de sus ideas en instituciones republicanas. Su pluma poliédrica se transforma en espada cidiana contra la barbarie colonial, el caudillismo cerril, el analfabetismo. Acá su estilo es el mazazo demoledor. Pero siempre con el objetivo preponderante de fundar, de construir “las ideas realizables”, de organizar y educar al Soberano “con la franqueza”, con “las llamaradas y entusiasmos (...), y juntamente mucha pertinacia, mucha pertinacia cuando se aferra a su idea”, tal como el novelista se retrata en “La ilustre casa de los Ramires” (1897). Esgrimiendo ante incontables vicisitudes, intereses creados e incomprensiones, “la generosidad (...), y, al mismo tiempo, un espíritu práctico, siempre atento a la realidad útil.... El autor de “Argirópolis” comparte la contextura espiritual, el heroísmo moral y el cristianismo “constitucional” del cónsul de La Habana, N. York y Neuilly y de Gonzalo Mendes Ramires y San Cristóbal o Jacinto el reformador agrario de Tormes (de “La ciudad y las sierras&rdquo
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4.- En 1872 el cónsul lusitano se desempeña en Cuba. Angustiado por el calor tropical y el caos ciudadano de La Habana. En carta su amigo José Duarte Ramalho Ortigao (1836-1915) retrata su estado anímico., su aborrecimiento y su esplín (“estoy aburrido, enfermo y estúpido&rdquo
y su sed de acción literaria: “Yo necesito política...Aquí estoy metido en un hotel...Por lo tanto , alégrese usted de poder continuar en ese oscuro y viejo armario que se llama Portugal, con los relámpagos de su prosa”. También en Newcastle (Inglaterra) sufre este aislamiento (1875).
Nos recuerda la impaciencia y la zozobra sarmientinas en 1852-1855 (Yungay). El destierro voluntario luego de la victoria urquicista, los días amargos del político-educador lo testimonian sus cartas a Bartolomé Mitre; “Yo muero aquí, corroído en la inacción por los tormentos del espíritu”. Anhela “el ardor de la lucha” (Campobassi, “Sarmiento y Mitre” cap. I, items 7, 8 y 9). “La esperanza sin el entusiasmo, la fe sin inspiración, la perseverancia sin seguridad en la época de los resultados, tal es la situación de mi ánimo, y si usted sabe que no fui así antes, encontrará que no soy el mismo, y que sufro de verme deforme. Mi alma ha encanecido en estos dos años” (1-11-1854, “Sarmiento-Mitre. Correspondencia” 1911, pág. 80). Impresiones animadas encontradas, sucesivas, la angustia de su retiro conyugal, lo hace sentirse ajeno a su natural entrega al combate del mundo político. “Ustedes que viven las agitaciones del foro, de la tribuna, de la prensa y del campo de batalla viven, porque eso es vivir...”. “¡Si amigo tengo ratos muy malos!...¡Hay un depósito insondable de tristeza en mi alma” (31-7-1854, Obras, tomo 52). En “Correspondencia de Fadrique Mendes” (1891), su autor concibe un personaje síntesis cimera de sus ideas y personalidad: humorista, irónico, diletante. Posmoderno. Considera con sarcasmo, crítica y graciosamente, la ineficacia de la civilización para el avance humano, la necesidad de ahondamiento en la cultura auténtica, en el lenguaje autóctono, etc. Combate la idea decimonónica del Progreso, tal como lo concebía Sarmiento y su generación. Con mirada desencantada abandona el mito del optimismo ilustrado y con tópicos modélicos del racionalismo, desentraña la naturaleza “maligna de los inventos de la técnica moderna, los ideales de vida del siglo XIX: el ferrocarril, la educación enciclopédica y superficial, el periodismo invasivo y epidérmico. Antítesis de los temas básicos de la prédica yanqui y el cosmopolitismo desmedido. En “La última carta” de su peculiar ensayo de 1891, apuntamos una deseada coincidencia con Sarmiento: el embate rígido contra la institución nacional del Doctorado: “Una tan desproporcionada legión de doctores envuelve todo el Brasil en una atmósfera de “doctorice””. También el sanjuanino la emprende contra el Generalato y contra el típico político sanchesco, fariseo, verboso, “malicioso y un poco bellaco”. El “Consejero Acacio” de “El Primo Basilio” o el “Conde de Abranhos” (el Marqués de Avila y Nolama) que suprimen la necesaria y democrática lucha política “con pactos, ligas y amaños”, conciliaciones e hipocresías (Sarmiento: “La conciencia castellana” 1879, Obras, tomo 40).. Y Sarmiento lo pinta sutilmente en todos sus vicios hispanoamericanos, que desnaturalizan las verdaderas profesiones y su ejercicio útil en nuestras tierras.
Eça, licenciado en Derecho (en Coimbra), exclama: “La Nación entera se doctoró. ¡De Norte a Sur, en el Brasil, no encontré más que doctores!, sin cosa alguna gobernando el Estado! Todos doctores...Y este título no es inofensivo” (op. Cit., “Carta a Eduardo Prado&rdquo
. Don Domingo, siempre inquieto y autodidacta, en sus “Recuerdos de Provincia” (1850) menta a Benjamín Franklin (doctor por Oxford, 1706-1790), su arquetipo inspirador en la adolescencia y juventud: “dándome maña y siguiendo sus huellas, podía un día llegar a formarme como él, ser doctor ad honorem como él, y hacerme un lugar en las letras y en la política americana” (Obras, tomo 3, cap. “Mi educación&rdquo
. En 1868, ambicionándolo, logra ese título en Michigan. Pero siempre será “Doctor Montonero”, “self made man” y será constante su ambigüedad entre la apetencia y la burla de tales títulos que cubren ignorancia e inferioridades: “ hemos conocido caudillejos que creían que doctor y pícaro, literato y zonzo eran la misma cosa” (28-2-1856, “Colonización del Sur”, Obras, tomo 23, “Inmigración y Colonización&rdquo
- “No se preocupe mucho de la profesión literaria o científica porque todas, todas, están llenas de doctores que exceden por su número a las necesidades del país y no saben qué hacerse con sus estudios y carreras”. De tal modo expresa su escepticismo en carta de 1886 a uno de sus familiares, su sobrina Rosa de Gómez (“Sarmiento a través de un epistolario” J. Ottolenghi, 1939, pág. 158). “La política da, como Ud. ve, ocupación a médicos y doctorcitos”: “No es raro ver tartufos y beatos que se creen ellos los mayordomos y apoderados de la Providencia (íd.) El ojo zahorí sarmientino se asemeja al queiroziano en intensidad de observación y densidad de convicción. . El portugués por su parte, en Carta VIII “Al Sr. E. Molinet” retrata con certísima ironía al político José Joaquín Alves Pacheco, ejemplo del acomodaticio, “rarísimamente surgía de su silencio repleto y fecundo”. Caricatura del prócer y tribuno, “inmenso talento”. Grotescamente augusto y digno. Sarmiento sobre el Político: “... el tipo de Rosas y Cuitiño. Estos eran francos, sin embargo, como el león y el tigre”: el hombre público de los viejos tiempos, directo en sus actos u opiniones y el simbolizado en los dos felinos. Y el contraste que subraya: “Nosotros vamos volviéndonos zorros y víboras. ¡Qué lástima! En una rendija de la libertad de pensar está agazapada la una, oculto bajo el anónimo el otro”. El político moderno, inescrupuloso, doble. Retrato conciso y sagaz. Sintetiza en la imagen zoomórfica el carácter in/a moral de los conductores de naciones (Carta a Mno. Varela, 23-8-1873, Obras, tomo 51).
Distingue con crudeza suma los caracteres de los distintos “saltimbanquis politiqueros”, “politicastros ambulantes” y “demagogos vulgares”, tradicionales de la historia americana. Lúcido y analítico en su extenso e imprescindible “Manifiesto de B. Mitre” 1874 o “Poetas menores de la detracción, Bilbao, Dn. Manuel” (1875), (tomo 52 de sus Obras). Páginas inteligentes, excepcionales en nuestra literatura política, y de formidable actualidad, y permanente. Así como su “Retratos de Consejeros”: ”bajo la simplicidad de Sancho, el pícaro retobado, hablando de principios, para ocultar algún sucio manejo” (loc. cit.), epítome de la moral político-administrativa del inmortal escudero.
“Vamos, pues, a la barbarie en toda la América. ¿Por qué salen de la Universidad doctores que nada saben de escuelas, de pueblo, de democracia?. Y no se ofendan, porque los trate así. Ahora tengo títulos: yo también soy doctor...Anch’io!”, declara entre el sarcasmo, la denuncia aguda y la vanidad, en 1868, Presidente electo, ante una gran manifestación escolar (“Discursos Populares” tomo 1). Igual agudeza ante su desilusión del progreso europeo (“La mitad de mis ilusiones rotas o ajadas&rdquo
, según Sarmiento expresa puntual en sus “Viajes” (1851, tomo 5 de sus Obras), p. ej. en Francia: “...triste mezcla de grandeza y de abyección, de saber y de embrutecimiento a la vez” (“Ruán. Carta a C. Tejedor”, 9-5-1846).
5.- Plumas desacralizadoras, discriminan valores y descubren utopías, relativizan ideas y entusiasmos. Sarmiento maduro como el portugués, valorará justamente la tradición nacional, consagrando a los científicos nacionales (Ameghino, Ramos Mejía, el Perito Moreno). Subestimando la inmigración europea y la tecnificación capitalista yanqui. Estimando en alto grado los quilates nacionales de nuestra formación escolar.
Eça vuelve a sus sierras lusitanas donde encuentra el alma nacional, el ser autóctono y el verdadero sentido de la salud y el bien personal y colectivo. Regresan ambos a los hontanares del espíritu nativo. Ya en sus “Viajes” el sanjuanino se desengaña de su europeísmo, de su afrancesamiento, en la línea crítica queiroziana (cónsul en Estados Unidos en 1873). “vengo de recorrer la Europa, de admirar sus monumentos –afirma el argentino, de prosternarme ante su ciencia”. Cuestiona objetivamente y con ostensible sensibilidad social, la pretensiosa civilización a la que había rendido culto: “pero he visto sus millones de campesinos... degradados, indignos de ser contados entre los hombres”. A la óptica idealista, prefiere su visión realista actual, como el autor de “Los Maia” sentencia: “El realismo es la crítica del hombre, es el arte que nos pinta nuestros propios ojos para conocernos, para ver si somos verdaderos o falsos, para condenar lo que la sociedad tiene de malo...” (1871, en V. Moog, pág. 151). Desde esa lente observa, p. ej., los Estados Unidos de América del Norte. Cfr. A. González Blanco: “Ante la estatua de E. De Q.”, 1947, “In Memoriam de E. De Q., Coimbra, p. 65-83.- Léase también su “Carta que tendría que haber sido “Prólogo”” 1884, en “El Mandarín”. “La civilización no consiste en tener una máquina para todo.... La civilización es un sentimiento”..
Coincide con el juicio sarmientino, negativo respecto de la cultura y moral yanqui, la grosería en las maneras cotidianas, “aquí no hay gusto...ni distracción...ni clasificación”, “en un pueblo bárbaro que aprendió la civilización de memoria. Pero (...), ¡qué fuerza, qué originalidad, qué perseverancia, qué firmeza!”. Sarmiento: “Los yanquis son los animalitos más inciviles que llevan frac o paleto debajo del sol”. “Dos clases de seres humanos conozco entre quienes sobrevive aún (...) el antiguo espíritu heroico, de las primeras edades de los pueblos, los presidiarios de Tolón y de Bicerte, y los emigrantes norteamericanos, todo el resto de la especie humana ha caído en la atonía de la civilización”.
Cuestiona los ídolos culturales de sus años jóvenes, su aquilatada experiencia lo sume en un relativo escepticismo del santuario iluminista. Su ojo avizor no legitimó en su totalidad las utopías, los meta-relatos de la modernidad occidental, revalorizó ejemplarmente los conceptos históricos de tradición y patria. Cae su antropología cartesiana a favor de un existencialismo ibérico: “gallegos de aquende y de allende” (1884) “somos las colonias sin patria” (1881), “somos extranjeros” (1886). En este españolismo medular se fundamenta su espíritu de humanista americano. Se desliberaliza en política, se argentiniza filosóficamente. Su genio se transforma centrípetamente, y, como consecuencia, se sarmientiza y nos lega su personal y más genuino mensaje” (léase “Análisis prologal a “Condición del extranjero...”, F. J. León, Anales Fac. de C. Jurídicas, La Plata, p. 7-48). Don Domingo ostenta “indócil y brusca libertad de juicio”. Personalidad soberbia, tenaz, egocéntrico, poseía “una fuerza de pensar propia”, “libre elasticidad de espíritu e intensa sinceridad”. Maestro de vitalidad, magnífica fuerza de pensamiento benefactor y acción consecuente. Irradiaba una fuerte ansia hacedora. (Léase “La caricatura para educar” F. Pequeño, Prólogo a “El Mandarín”, Nuevo Siglo, 1994, p. 5-99).
El genio cuyano pertenecía a esos “tipos de una vigorosa civilización” que trasmiten nítidamente “la fuerte y agitada individualidad, la poderosa y destacada personalidad” que Eça perfila inmortalmente en “Los Maias”. (E. Dos Santos: “La literatura Portuguesa” Centro Editor, Capítulo Universal).
6.- Como el Jacinto de “La ciudad...”, Sarmiento “ creció con la seguridad, la fortaleza, la savia rica de un pino de las dunas” (op.cit., cap.I). “en la luz de su inteligencia no aparecía temblor ni debilidad”. Un ser naturalmente silvestre y optimista (cap. VII), como Sarmiento en su refugio isleño, y, cual otro Anteo, criollo, absorbe fuerza y equilibrio vital en las sierras de Tormes, remanso virgiliano que templa las fibras del gran hombre, “con el espíritu despierto, ávido siempre de gozar”. Canta el sanjuanino y el personaje queiroziano, su alabanza de aldea, menosprecia ciudad y política para luego lanzarse de nuevo a la acción. “Volvía con ardor a sus proyectos” (cap. IX). El personaje elogia esta rural serenidad “que me acaricia” y la dulzura de los maizales del Norte, en la Quinta de Refaldes (Miño, cap. 12), así como se apasiona con sus planes de riego y otras “magnificencias rurales”, igualmente el visionario-inventor del Delta, “con exaltada decisión” expone sus ideas sobre el cultivo e industrialización del mimbre (Obras, tomo 26, “El Camino del Lacio”, artículos en El Nacional, 12-12-1857, 5-3-1883. En “El Carapachay”, introd.. y sel. de L. Justo, EUDEBA, 1974. También en el manifiesto “A los vecinos de Chivilcoy” ,15-8-1856,: “he buscado en las islas del Paraná un pedazo de tierra a donde retirarme un día a vivir como me he criado en mi pobre provincia, a la sombra de los árboles, cultivando plantas, y aspirando el ambiente embalsamado de la vegetación y de las flores, y como si Ud. conociese estas predilecciones de mi espíritu...”. “lo único que sonríe a mi alma, un rincón de tierra, plantado de árboles, adonde volver un día a ser lo que nací, y no debí nunca dejar de ser, pobre cultivador”.
De los mismos días es otra epístola, ésta dirigida a Manuel Montt (1809-1880), el afamado gobernante chileno (tomo 51 de sus Obras, octubre 1872). En el mismo tono crudo de denuncia y condena que Fradique, en la carta XV: “A Benito de S. Paris, oct.”,
Deseo fervoroso de remover la apatía del medio: “lo que yo quiero hacer”: dar una gran descarga eléctrica al enorme cerdo adormecido (me refiero a la patria), Newcastle, 1878. La indiferencia
ciudadana lo exaspera y afila su cálamo: “¡El Gobierno! El país esperaba de él lo que debía sacar de sí mismo”. Cuando un país “se cruza de brazos, a esperar que la civilización le venga hecha desde los ministerios...., los espíritus pierden su fortaleza, los brazos pierden el hábito del trabajo, la conciencia pierde la conducta, el cerebro pierde la acción” (“La catástrofe&rdquo
. Denuncia moral, exhortación cívica. Así también Sarmiento, con la vehemencia legendaria de sus discursos populares y parlamentarios, y cartas, con su brazo y verbo apostólicos de Caudillo del Bien, promueve febrilmente el espíritu de aceleración del proceso de civilización y de asociación americanos. “Unos dicen al gobierno: muévanos, pues, obre, agite, el gobierno dice a su turno: muévanse, pues, yo no puede hacer nada, obren, yo dirigiré” (“Educación Común”, Obras, tomo 12). Escribe a Juana Manso (18l9-1875) en “Ambas Américas”, tomo 29 de sus Obras, “Agite las olas de ese Mar Muerto cuya superficie tiende a endurecerse (...): la colonia española, la tradición Rosas, vacas, vacas, vacas”. Hombre público, “usefullness”, “con el diablo en el cuerpo para llevar adelante una idea, sostenerla, luchar con las dificultades y vencerlas” (1866, carta a la Sociedad Rural Argentina).
7.- De los mismos días es otra epístola, ésta dirigida al citado Montt (tomo 51, Obras, oct. 1872)- En el mismo tono crudo y de condena que Fadrique en la carta XV: “A Benito de S. París, oct.” califica a la prensa de su tiempo con términos desvalorizadores. Zahiere e impugna los caracteres consagrados del diccionario progresista del siglo XIX sobre el Periodismo. “Nuestra prensa” es “un clamoreo universal, y en materia de verdad, prudencia, justicia y buena voluntad, una negación”. En su “Mensaje de apertura del Congreso” (1874), puntualiza su crítica sobre la prensa imprudente e ignorante, abomina del “desafuero y procacidad consentida a que han llegado ciertas publicaciones periódicas”, al estilo de la “prensa irresponsable ejercida por “los energúmenos de la Comuna de París”, induciendo a “las calumnias más atroces”, la subversión e inseguridad públicas (Obras, tomo 51).
El literato portugués en el cap. citado de su “La Correspondencia...”, a través de su cautivante estilo, desmorona las notas míticas que la ideología de su época adjudicó al Periodismo. Marca lo que considera sus defectos capitales. “Juicios ligeros, vanidad, intolerancia”. Estampa un juicio extremo, demoniza el medio periodístico en una epístola verbosa y tremendista: “ejerce hoy todas las funciones malignas del difunto Satanás”. “Mató en la tierra la paz”. Y el final de la carta, irónica y paradojal: “y yo tengo prisa por acabar para ir, aun antes del almuerzo, a leer mis periódicos, con delicia”.
Desde los inicios de su actividad intelectual, el autor de “Facundo” ha perfilado los caracteres y abominado fundadamente de ese género de detracción y de corrosión de las bases del gobierno republicano, en “El Progreso”, su proteico artículo “Literatura negra” (8-8-1845, Obras, tomo II) traza una psicología clara del detractor y su nefasto influjo. En “El Nacional” 15 y 29-5-1841 (“El Diarismo”, “Sobre la lectura de periódicos” en “El Mercurio”, 4-7 y 7-8-1841, “El Zonda. Su Programa” 1839, “La moral en la prensa” ídem, etc. había testimoniado su concepto y extensa apología liberal del Diarismo como expresión suma de un estado de derecho. No escapa a su lucidez habitual los errores del ejercicio periodístico que ya distingue y censura en ese brillante escrito: la desmesura en el juicio, la parcialidad en las observaciones, el descuido del lenguaje, la premura del análisis.
El Liberador cuyano admira y consagra al Diarismo como factor clave del “progreso material de un pueblo, de su civilización y libertad”, “cuando le vemos erigirse en el hacha que destruye a los déspotas, y en el antemural que protege las libertades públicas. “Ejercicio creativo y enriquecedor, ejemplo de fertilidad beligerante”, fuego y humanidad en el temperamento sarmientino, como lo consagró Eduardo Mallea en su “Aseveración sobre S.” (setiembre 1938, rev. SUR/ 48). Sarmiento en su artículo “La prensa argentina” (El Nacional, enero 1882, en tomo 46 de sus Obras) reflexiona con solidez conceptual y hasta con gracia de estilo, con rica variedad de metáforas e imágenes, sobre la naturaleza, fines y funcionamiento de la prensa libre en la Argentina y el Mundo, en el pasado y en su presente. “En política y gobierno nada hay argentino entre nosotros, si no es la tendencia al despotismo y la prensa libre (...), nuestra prensa diaria es la única libertad indisputada que poseemos”. Profesa una noción ética y sacra, misional y estético-trascendental. “La prensa no son tipos de plomo. Es una virtud que se exhala en palabras...”. “Hay tras una prensa un escritor” Definición ignaciana: para ser escritor en la prensa, es preciso haber ceñido la espada del guerrero y conservar toda su vida al cilicio del monje...”. Retrató con precisión los caracteres de la prensa corrupta y disolvente en exaltados artículos de “La Tribuna” (1871) y “El Nacional” (1878), “El Pueblo Argentino”, “Los Gutiérrez” (en tomo 52). “Por los diaristas, que por un peso da cada hoja de un boletín mantienen la alarma y siembran el descontento, la calumnia y el odio que cosechará (...) desgracias sin nombre, humillaciones para la Patria”.
En estos incisivos análisis esgrime Sarmiento lo que él llamaba refiriéndose a su capacidad de ataque y crítica, su acerada pluma, como “látigo de las Euménides contra los injuriosos y malvados, contra tiranos, pillos, demagogos, explotadores, cínicos escribientes y cagatintas sin instrucción, ¡sin delicadeza y sin vergüenza!” (también en “Las ciento y una&rdquo
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En su art. “Libertad de Imprenta” (1857, Obras, tomo 24) traza una apología de la prensa e
ironiza sobre los juicios de Facundo Zuviría (1794-1861), jurista, educador y escritor salteño, en su “La prensa periodística”. “...de esa prensa licenciosa vamos a hacer el elogio y mostrar todas sus glorias. Ditirambo sarmientino, integra parte de su ideario modernista: “La prensa periódica es una fisonomía de las sociedades modernas, como el ferrocarril, el telégrafo, el reloj público, el café, el alumbrado nocturno”. La libertad en el ejercicio periodístico es condición principal de la democracia. En otros análisis había expuesto con fundamentos también sobre tal asunto. “Ley de Imprenta”, 18-8-1855, “La libertad de Imprenta”, 14-11-1856, “La prensa y la prensa silenciosa” 19-11-1856, “Diarios prohibidos” 26-2-1856, etc. “Otros son los deberes de la prensa...No es la filiación del mal la que ha de buscarse, y los vicios de los unos para jusitificar el crimen de los otros. Hay otras reglas que seguir y son la moral, la justicia, las leyes y la Constitución, que en todas partes guían a los hombres” asevera en su artículo de “El Censor” del 17-12-1885 (tomo 36 de sus Obras, “Condición del extranjero en América&rdquo
.
Sarmiento dixit: “El mal no está en la prensa, sino en la conciencia, en el sentimiento de la dignidad, en la educación, en la grosería, en la certeza de impunidad del que lo concibió”. Abunda en precisiones históricas y en la expresión de su luminosa teoría de la prensa republicana.
Otro Sarmiento, conforme al estilo queiroziano, desdeñoso, desengañado, anti heroico, aparece en las Cartas más personales, a su viejo amigo tucumano, José Posse (1816-1906. escritor y hombre público). Así en 1872, incluido en “Papeles del Presidente”, Obras, tomo 52, y en Epistolario S.-Posse, Museo Hist. S. tomo II, p. 357-58. Aquí el Presidente sanjuanino perfila un balance desconsolado de su famosa obra educacional. Con sus notas corrosivas, este Don Domingo íntimo deshace todas las apologías del olimpismo sarmientista: “Es uno de los hechos más notables y que vengo persiguiendo y estudiando en Chile y aquí, el desdén, el odio secreto de las gentes cultas a la educación general. Nunca he logrado interesar de corazón a nadie...”.
Realista, hipercrítico, muy lejos del S. del bronce y del de los revisionistas, afirma: “Chile no ha podido avanzar un paso en treinta años de trabajo. Aquí hemos hecho en cuatro otro tanto que Chile”. “El catolicismo indirectamente, el ganado, la universidad, las castas, todo contribuye. La lengua de Cervantes mucho más”.
8.- En la primera parte de su exquisito escrito “La burocracia y el expediente” (La Tribuna, 23-11-1870, en tomo 51 de sus Obras: “Papeles del Presidente II&rdquo
, el Presidente-Maestro traza un perfil distintivo del progreso político-social según lo entendió su generación histórica, y en un tono anticipador de las singulares epístolas de don Fadrique, arremete contra los lugares comunes del pensamiento de su época, consagra hábitos sociales, los valores tradicionales de la sociedad colonial, nos sorprende con ideas y observaciones que no son las habitualmente citadas en la bibliografía sarmientina. “El mundo se pervierte de día en día y escasean los grandes y nobles espectáculos que tanto regocijaban a nuestros padres”. “La revolución en las ideas había dejado un inmenso vacío en las costumbres”. Alaba los dorados tiempos hispánicos, menosprecia los adelantos de los nuevos años. Reivindica el valor rico y denso de los festejos populares, su trascendencia política y religiosa: “Era ciertamente un acto popular la fiesta de un santo, un verdadero regocijo público. La procesión con sus millares de luces, un triunfo, un mitin, una asamblea. Hemos abolido todo esto. Esta primera parte de su artículo respira ese aire delicioso que se disfruta en la pluma del personaje portugués. Y trasunta siempre su alma de maestro universal: pues pone su acento en el valor pedagógico de estas ceremonias, para la educación estética, sentimental y religiosa de la conciencia de las mayorías.
9.-El anticlericalismo sarmientino está dirigido a los sacerdotes y a la concepción del ministerio eclesiástico, que con puntual gracia crítica, retrata Queiroz en “La correspondencia...”, valiéndose de la irónica Carta XIV de Fadrique “A Madame de Jouarre. Lisboa, Junio”. El Padre Salgueiro es este fraile. contrapuesto a su amigo “el fraile de Varatojo”: “que, por el éxtasis de su fe, la profusión de su caridad, su devorador cuidado en la pacificación de las almas, me hace recordar a los viejos hombres evangélicos”. A la elogiable familia de estos curas, para quienes lo primordial es la misión espiritual que están llamados a cumplir, y no la seca función civil y administrativa, pertenecen las semblanzas clásicas del escritor cuyano sobre el Deán Funes, el Pbro. José de Oro, el clérigo José Castro, Fray Justo, etc. Su antítesis aparece en sus pinturas grotescas y difamatorias, en el fuego de las discusiones ideológicas, como P. I. De Castro Barros, el obispo Aneiros, o los gruesos epítetos intercambiados con los polemistas del 80 y la desmesurada cuestión de “la escuela ultrapampeana” (lucha de verbo y pluma rayante en lo escatológico). También D. Fadrique en su V Carta “A Guerra Junqueiro. París, mayo” observa la importancia excluyente del simbolismo ritual en la cohesión religiosa de los pueblos. ( Manuel G. Junqueiro, 1850-1923, político violentamente combativo y luego poeta de honda religión. Éste se refiere a Queiroz como “¡Cuidado con este hombre¡¡Padece la epilepsia del genio!”, cit. por Alfonso Reyes, Obras, tomo 12, p. 137). “Una religión, cuanto más se materializa, más se populariza, y por tanto, más se diviniza”, “el templo, el sacerdote, el altar, los oficios, la vestimenta, la imagen”. La visión sutil, política y social: “Para ud., claro está, y para otros espíritus de selección, la religión es otra cosa, como ya era otra cosa en Atenas para Sócrates, y en Roma para Séneca. Pero las muchedumbres humanas no están compuestas de Sócrates y de Sénecas, muy felizmente para ellas, y para los que las gobiernan...”.
Podemos definir a Sarmiento con el juicio de Queiroz en su “La correspondencia...”, cap. VII: “un hombre todo de pasión, de acción, de tenaz labor” (trad. De P. Blanco Suárez, col. Austral, 1947, p. 99). Según las opiniones literarias del personaje es Balzac (1799-1850), “feroz, insatisfecho”, el que adquiere mayores rasgos sarmientinos, según sus preferencias estilísticas y temáticas: “era de una exuberancia desordenada y bárbara”. El narrador de “La ciudad...” que comía “con el apetito de un héroe de Homero o el eufórico y vital Rapoça de “La reliquia” en sus viajes por Egipto y Palestina (léase “En pos de E. De Q.” De A. J. Bucich”, Bs. As., 1939).
La intensa vida sarmientina, agitada y laboriosa, había sido de preferente atención para el portugués. Habría formado parte destacada de esa movida biográfica, la densa galería de sus “Notas contemporáneas”.
El creador de ideales, el luchador de la acción concreta, el noble gestor de la organización nacional, integraría la serie de sus iluminadoras semblanzas de B. Disraeli (Lord Beaconfield), de Wilhelm II de Hohenzollern , Hugo, Zola o de Quental. Comprendía con justo apasionamiento las cualidades de estos superlativos personajes, comunes en sus cualidades épicas, su afán libertario, su energía emancipadora y sus dotes ejecutivas. “El poder fundador de la voluntad, el abnegado heroísmo del esfuerzo, según expresa Artemio Moreno en su “Contemporáneos de Eça de Queiroz” (“El sentimiento en la vida y en el arte”, 1934).
A través de la narrativa queirociana, realista y crítica, podemos evocar a Sarmiento, que como Miguel de Unamuno (1864-1936) miró atinadamente que hablaba mal de España como un español. El lusitano hablaba mal de Portugal como portugués, por ello cierra su consagrada literatura con “La ciudad y las sierras”, glorioso retorno a su lar amado. El vigoroso rector de Salamanca advirtió que detrás del ácido de las críticas de “O crimen do Padre Amaro” o de “O primo Basilio” por ejemplo, y del polemista en Chile de 1842, subyacen ardientes las medulares fibras ibéricas, se agita un calor ferviente por la nacionalidad, un hondo sentido de regeneración cívica. Sus “ásperos sarcasmos” “brotan de amores” (Unamuno, “El sarcasmo ibérico de E. de Q.” 1922 cit. En Morejón: “Unamuno y Portugal”, cap. 11). Y por eso también afirma: “Cuando pasen los años, los que lean con deleite a Eça de Queiroz comprenderán con qué hondo cariño amó a los héroes que tanto se burlaba”. Igual juicio debemos dirigir a la obra sarmientina, a sus ataques furibundos contra Rosas. Facundo Quiroga y otros caudillos, de cuya alma y sangre él mismo integraba parte. Y con respecto a la patria de Camoens y Queiroz, exalta la epicidad lusitana y ac