LAS AFINIDADES DE GOETHE Y SARMIENTO.-
Por Guillermo R. Gagliardi.-
JOHANN WOLFANG VON GOETHE
Siempre productores de vida, dadores y amantes. Perenne afán de prodigarse, de liberar y de enseñar.
Fascina su multiplicidad de intereses mentales. Han coincidido en una honda alabanza de la Mujer. Con un Humor entre rabelesiano y erasmista. Y una alta preocupació por el desarrollo pleno de la Personalidad. Por el Progreso humano, material y espiritual. Y a través de una obra gigantesca, excepcionalmente rica y profunda.
(1749-1832) y DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO (1811-1888) han sido almas afines en la esfera espiritual. Exuberante el Culto a la Vida. La alegría de hacer y el Amor en el sentido más amplio e intenso. Participan en el juicio universal, de la jerarquía de la auténtica Grandeza.
Vida ha sido para ellos Tarea y Quehacer. Desarrollo del Yo, potente.
"Yo un luchador he sido
y esto quiere decir que he sido un hombre".
El maestro sanjuanino fue enteramente un servidor épico de la Patria y de los ideales de la Civilización. Ello según la norma que el autor de "Las afinidades electivas" comunicó en 1829 a su secretario J. P. Eckermann (1792-1854): "El hombre está consignado, con todas sus preocupaciones y afanes hacia el exterior, hacia el mundo en torno".
En "Poesía y Verdad" continúa magistralmente: "La importancia del hombre no estriba en que deje algo al morir, sino en que mientras viva, influya y disfrute y estimule a otros a influir y disfrutar".
"Tienes que dar el paso tú mismo" advierte el genio septentrional. Prefigura allí, formidable, la totalidad de la Biografía de nuestro "self made man". En el "Fausto", Goethe declara el valor de la inteligencia práctica, del trabajo, del espíritu hacedor. La Acción dignifica la condición humana: "sólo merece vida y libertad quien sabe conquistarlas cada día". Como este héroe, Don Domingo no ha "hecho más que anhelar y realizar", desde su particular vibración, "así, potente, con tumulto".
Dejémonos de hacer ante ellos "gestos ceremoniales de reverencia, pronunciando palabras de alabanza ornamental".
De sus estatuas "estamos un poco fatigados" observó pungente José Ortega y Gasset (1883-1955).
Es imprescindible descenderlos del Olimpo en el que la posteridad, frecuentemente ciega e injusta, los ha confinado.
Su genialidad indiscutible, la superioridad de su Intelecto, no debe dificultarnos la apreciación de su asombrosa Sensibilidad, de sus bellas páginas y de su conducta.
Sobre todo, destácanse en la historia humana como Maestros inagotables de Arte y Ética.