viernes, 20 de junio de 2008

 

LOS "OTROS AMORES" DE SARMIENTO.-

 

DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO (1811-1888) , desde su múltiple Personalidad, es un Ser formidablemente compenetrado con la Naturaleza de la que formaba parte. "Siente" al mundo que lo rodea de un modo asombroso: "un sentimiento majestuoso, ciclópeo y titánico". Vibra con los fenómenos del Cosmos y lo refleja en su rica pluma. Este amor del escritor-político fue definido como "pasión cósmica", totalizadora. (Juan Manuel Chavarría, "Densidad espiritual de S.", 1962).

     

  • Un cuadro impresionista
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    La predilección sarmientina se reitera en su precioso "Diario de Viaje de Nueva York a Buenos Aires", dedicado a Aurelia Vélez (1868, tomo 49 de sus Obras, ed. cit.). Su espíritu se funde con el paisaje en un único y puro goce: "contento de ver olas, nubes, puestas de sol". "Las puestas de sol son mis amores".

     

    Aconseja en su "Campaña en el Ejército Grande" (1852), cuando el alma esté angustiada o nos encontremos sin fuerzas ante las contrariedades de la vida, que se recurra a la contemplación de la Naturaleza. "!¡Oh!, cuando las vicisitudes de la vida os opriman, lector, buscad el espectáculo de las cosas que son superiores a las vicisitudes humanas; el curso de los grandes ríos, las costas del mar, el perfil de las montañas".

     

    Eduardo Wilde (1844-1913) califica acertadamente a Sarmiento como un gestor de Luz, un dador y divulgador, Iluminador y maestro (carta a F. Yofre, 1900, incluida en sus Obras Completas, La Facultad, 1935, vol. 9°, p. 41-46). El escritor Carlos B. Quiroga ve en este extraordinario heliocentrismo, la Luz que don Domingo "buscó durante toda su vida en el Reino del Espíritu" ("S. Hacia una reconstrucción del espíritu argentino" 1961).

     

    En ese singular "Diario" inventaría varios atardeceres. Los dos primeros con trazo firme y escueto: "el sol se deslizó por un agujero a guisa de hogar de chimenea que le había preparado una nube". Hace uso de verbos personalizadores, con lo que otorga animización al cuadro que estampa: "el sol se deslizó", una nube "le había preparado".

     

    Otro cuadro, con el mismo estilo conciso y sustantivo. Situación y luego enumeración de los elementos intervinientes: "fondo de fuego, nubes cirrosas, amontonadas en dos entradas con crestas doradas. Una roca de nubes, estaba sola delante del sol y le cubría la mitad al ponerse de manera que parecía luna menguante". Visión plástica, admirable.

     

    El 4-8-1868 anota: "la puesta de sol de ayer fue la primera gloriosa que hayamos presenciado. Noche serena: la luna derrama un Amazonas de luz sobre las olas apenas rizadas para reflejarla". "La puesta de sol es soberbia". "La brisa deliciosa y favorable y por la primera vez aparece en toda su gloria la Cruz del Sur que saludamos como el anuncio de acercarse la Patria". Así como saludaba alzando su sombrero cuando, viajando en ferrocarril divisaba una plantita argentina a la vera del camino.

    El día 11 señala: "Puesta de sol, ayer, dispuesta con cierto arte y seguida de radiaciones opalinas sobre fondos azules de buen efecto...". "Día 13. Rumbo al sur. Puesta del sol ayer, suave, sin nubes, de una beldad lánguida, horizonte ópalo (caldo) dos cuernos como el Moisés, de S. Pietro in vinculi, rosados, con un espacio intermedio azul".

     

    Se asombra, se turba ante la riqueza del cuadro contemplado.

    Abunda el uso de adjetivos calificativos y los periodos oracionales amplios . Y contrasta el estilo guerrero, la prosa desafiante y guerrera de "Aldao", "Facundo", "El Chacho", la dogmático-pedagógica de "Educación Popular" y el estilo sereno y la flexibilidad de la prosa de "Viajes". En esta vertiente de su escritura fascinante, se complace en la reelaboración de sensaciones visuales y destácase la plasticidad de sus observaciones.

     

    En dos cartas , de 1845 y 1846, dirigidas una a Demetrio Peña desde Montevideo y la otra desde Francia a Carlos Tejedor, que integran capítulos proverbiales de su libro "Viajes", consta esta afición artística, este juego infantil por las descripciones solares. Se pregunta, inteligencia aguda e intuitiva, avizora, si la música misma no proviene del sol, como los colores. Se considera preso de estas "emociones de novedad infantil" en que su rostro, de por sí ceñudo y fiscalizador, se transforma asemejándose a "la radiante y franca fisonomía de los niños", "un sonreír constante en su semblante" Goza del sol, "como el español y el árabe de ayer".

     

    Ahora, una descripción sin precisiones coloristas, sólo unida al recuerdo de la patria y al festejo de su cumpleaños. Recordemos que en esa misma obrita, vuelca sus impresiones en la pluma y en dibujos ágiles y graciosos, porque su vocación par por la pintura y el dibujo están siempre presentes. Él podría definirse como José Martí en epístola a un amigo artista; "Un hermano que se está muriendo del ansia de colores".

     

    Festeja como un niño todos los accidentes de la Naturaleza. Asombrado y angelicalmente ingenuo, cuando no demoníacamente inspirado. Envidia la vida del habitante carioca en medio de la "divina naturaleza". "Plantas, frutas, flores...Oh! qué vida, qué naturaleza divina!".

     

    Otro drama poético. Como escenario el mar esta vez. Construye una distintiva acuarela: "seguida de radiaciones opalinas sobre fondos azules de buen efecto". Movimiento lento, en sucesión hacia la noche. Todo lo celebra y lo goza: la forma de una nube, la aparición de una estrella. Describe a lo Delacroix, en contrastes dinamizados y, a veces, con brochazos de luces y sombras goyescas.

     

    Cuando visita Pernambuco se extasía y le resulta insuficiente su vocabulario para trasuntar su impresión ante el atardecer: "la paleta del pintor no tiene colores para representarla". Sólo exclama definitoriamente: "una puesta de sol sublime". Y concluye, con una analogía bíblica, que prefiere: "cuando el sol es el protagonista del drama, el espectador aparta los ojos, como Moisés de la vista de Jehová".

     

    Una variante. Ahora, un aguafuerte de rojo predominante, que lo entusiasma: "el sol era un enorme granate candente. Nunca lo he visto de este color. Tenía de rojo subido las nubecillas".

     

    Otra pintura, esta vez al pie del Vesuvio, estampada delicadamente en sus "Viajes, 1945-1947", mixtura descendente del éter y del mar: "El cielo de lapislázuli de la Italia estaba en aquel momento iluminado por los rayos dorados del sol poniente; al frente dilatábase una taza de mar tranquilo y terso..., si bien decorado aquí y allí de blancas barquillas".

     

    Si continuamos con la placentera lectura de su periplo europeo, revelación y confirmación de sus aprendizajes teóricos, destacamos sus percepciones de Suiza. Sus bellezas genuinas, "arroban el espíritu, lo elevan y sacuden con emociones a cada paso renovadas". Describe minuciosamente, casi con deleite infantil y en estilo lúdico: "las montañas asumen formas caprichosamente variadas cortando el horizonte en figuras fantásticas; los arroyos no descienden a los valles sin haberse entretenido largo tiempo jugueteando por entre las rocas, exponiendo a los rayos del sol en mil cascadas las guedejas de sus cristalinas aguas".

     

    El reflexivo, el pensador y sociólogo también deduce, como Taine o aproximándose a Montesquieu, sobre las puestas de sol en el ámbito de las ciudades, de las que infiere el carácter de la población y sus culturas y hábitos predominantes. Asi, en Alemania (en "Viajes"): "La naturaleza tranquila y poco accidentada del suelo, lo sombrío de los bosques que coronan las alturas y la quietud que reina en las poblaciones que duermen a la caída del sol, como nuestros padres antes de la revolución, están ya revelando el carácter pacífico, la vida puramente interna de los alemanes".

     

    También Cuba, la Isla hospitalaria, "Jardín de Dios", es objeto de sus alabanzas. Posee el recuerdo fresco de los cafetales y las palmas, y de los habanos... Se deslumbra, con esa gigante capacidad de asombro que lo distinguía, por la riqueza de sus tierras feraces. El ideólogo comprueba en vivo el sistema de vida colonial, la alarmante esclavitud de la raza africana, a la que tantas virtudes morales y artísticas reconocía.

     

    En sus arrebatos contemplativos expande su sentido estético larval. Como Omar Argerami señala (en su "Psicología de la creación artística", Columba, 1968) don Domingo expande su impresión estética, es invadido su ser magnífico por esa "esteticidad" genuina. Se queda estupefacto, sin actividad consciente. El yo se enlaza en una complicidad amorosa con lo que ve. No especula, no razona, recrea mnemónicamente, evoca, presentiza. Sólo siente, sin pasión política ni finalidades ancilares.

     

       

    • Un estilo vital
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    El prolífico ensayista Manuel Gálvez (1882-1962) señala en la escritura del autor de "Recuerdos de Provincia", las notas sobresalientes de pasión, gracia, color, relieve, animización, luminosidad, entusiasmo, soltura y expresividad ("Vida de S. El hombre de autoridad", 1945: "Era de aquellos escritores que tienen algo que decir. O mucho que decir"). Y declara que pocos hombres recibieron de Dios tantos dones literarios. El deslumbramiento y enajenación ante la Belleza nos revelan su rico mundo sensorial, su humanidad, su ternura. Porque su amor a la naturaleza se entronca con su devoción por el niño y por la mujer.

     

    Su estética energética posee como notas primordiales la espontaneidad, la sinceridad, la valentía. Caracteres de su portentoso temperamento. Sentíase "divinamente bruto", con sumo placer, al identificarse con la naturaleza, con la que celebraba nupcias orgiásticas. Grandioso y violento como la naturaleza romántica que valoraba pasionalmente.

     

    En su "Facundo" ( 1845, cap. 1, tomo 7 de sus Obras), evoca una escena de cerca de una década antes en las sierras puntanas, que usa como fondo del ambiente campestre. Un estanciero todos los domingos por la tarde oficiaba la misa, rodeado por los animales descansando, peones y mozas de la estancia, que hacían de coro a sus fervorosos rezos. "Cuando el sol llegaba al ocaso, las majadas que volvían al redil hendían el aire con sus confusos balidos". Ambienta a lo criollo una égloga garcilasiana. Se conmueve, como le es habitual, hasta las lágrimas. Seméjale una escena de los tiempos del Antiguo Testamento; es afecto a estas analogías históricas. El hombre pedía en sus rezos a Jehová, " lluvias para los campos, fecundidad para los ganados, paz para la República, seguridad para los caminantes".

    En este ejemplo, su literatura de crepúsculos se enjoya con el sentimiento del "misterio" religioso. Exaltación, sacralidad: "La voz de aquel hombre candoroso e inocente me hacía vibrar todas las fibras, y me penetraba hasta la médula de los huesos". Deduce el tipo de religión que se practicaba en la Argentina de la época, primitiva, cósmica, unida al sentimiento de la naturaleza.

     

    No olvidemos que fue crítico de arte, precursor en HispanoAmérica. Propulsor de pintura y música y teatro a través de fundaciones escolares y escritos que encarecen el valor práctico y docente del dibujo, de la danza, etc.

    Estas casi desconocidas páginas nos revelan a un Domingo diferente, no hambriento de polémicas. Un intelectual libérrimo e inclasificable.

     

    Sarmiento nos espera, muchas plumas cuenta en su inmenso tintero. ¡Descubramos a este Héroe de América, que sólo temblaba ante el futuro de la Patria!.

     

       

    • Otros crepúsculos.
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      -----Un admirador y estudioso excepcional de don Domingo en tierras de España ha sido Miguel de Unamuno (1864-1936). El poeta entrañable y ensayista-filósofo describe puestas y salidas solares , por ej., en sus "Paisajes" (1912, cap.: "Puesta de sol", "Fantasía crepuscular") y ha de espigarse en sus "Por tierras de Portugal y España" (1910), "Andanzas y visiones españolas" (1933) y mucho antes, en "De mi país" (1903).

       

      -----Guillermo Enrique Hudson (1841-1922), escritor y naturalista, argentino emigrado a Inglaterra, desde muy joven siéntese atraído por las puestas de sol. Profesa un sentido pánico y místico de la naturaleza ambiente.. Como un asceta auténtico de la Edad Áurea española, estas visiones le producen "una momentánea e intensa alegría, seguida de inefable dolor" ("Allá lejos y hace tiempo", 1918). Placer y melancolía se llaman los dos estados en que lo sumen estas observaciones.

       

      -----En sus ricos "Viajes" Santiago Estrada (1841-1891) acomete la descripción de sus paseos americanos (publ. en 2 tomos: ‘Del Plata a los Andes y del Pacífico al Mar Atlántico’, y ‘De Buenos Aires al Tandil y el Perú; de Valparaíso a la Oroya&rsquoGuiño. Dibuja un crepúsculo pampeano esgrimiendo la vena cordial, el sentimiento, el corazón: "El desierto predispone con su luz pálida y sus horizontes sin medida a vagar por la región de lo informe, de lo aéreo, de lo infinito...El corazón escucha músicas lejanas, armonías desconocidas, acentos que no se sabe de do vienen ni a do van... El espectáculo de la montaña nos obliga a reconcentrarnos. La imaginación pierde en ella la fuerza de sus alas; las visiones adquieren formas; lo vago se convierte en idea y la idea en arrobamiento. En la montaña el hombre pulsa las cuerdas de su corazón; en el desierto las siente heridas por una brisa melancólica que le arranca al pasar acentos indefinidos: en la montaña, el corazón es una lira de poeta; en el desierto es una arpa eólica" (ob. cit., tomo I, 1869). En esta declinación del Sol, "las hierbas y las flores silvestres ... empiezan a revelar su existencia por medio de sus perfumes. Las aves de paso...dejan escapar sus gritos melancólicos...El crepúsculo ha enlutado la tierra: sus sombras han penetrado también en el espíritu que soñaba".

       

      Asistimos en este cumplido fragmento a la subjetivización de la realidad. El anochecer es mirado poéticamente, desde la metáfora, la animización, los finos adjetivos: ""y la brisa comienza la melodía de rumores, y el sol desaparece en la espesura de la fronda, el espíritu se reconcentra, el alma cree escuchar la bendición que fecunda los gérmenes que encierran la tierra, la semilla y el árbol".

       

      Sublime escena, religiosa, wagneriana: por lo grandiosa y monumental "En este instante deben celebrarse las nupcias de la naturaleza con el sol que se oculta detrás de las cortinas de su vaporoso tálamo. Y la noche acude a velar con las sombras el plácido sueño de los esposos, o a encender el fanal de la luna para que alumbre con pálida luz los desposorios de la madre tierra con el rey de los astros". La Naturaleza alcanza la perfecta simbiosis con la Divinidad.

       

      Desde otra estación, con otras luces, también el trazo seguro de Estrada se vuelca en "El hogar en la Pampa", obra anterior, de 1866. Ahora instalado en el ámbito criollo y primaveral. "Cuando en las tardes de primavera el sol, mundo de fuego que calienta y da vida a la tierra, se hundía en occidente pintando con sus rojos colores las movibles y menudas hojas de la gramilla y las flores de los cardales, aquel lugar hablaba con profunda elocuencia de la grandeza de Dios". Reduce el foco de su atención, de la magnitud del paisaje anterior, pasó a éste, local y de pequeña dimensión en el espacio. Igualmente, la sintetiza como "hora de poesía en que la naturaleza reza la oración vespertina".

       

      El nacimiento del sol y su ocaso, vida y muerte del hombre, ésa es la analogía que delinea, trascendente, en destacados párrafos de su obra. "La Aurora es un espectáculo siempre nuevo, como que representa una sonrisa, una alegría...". Las antinomias de la vida humana y de la sucesión del día: "El crepúsculo de la tarde está , por el contrario, revestido de tristeza, porque es imagen de la ilusión que pasa, de la despedida y de la muerte".

       

      Dicotomiza sus estimaciones resumiendo: "El día tiene de común con el hombre la alegría del principio y la tristeza del fin: luz en la aurora, sombra en la noche" El alegre canto que anuncia el rosa del cielo auroral, contrapuesto al "dolor indefinible" de la luz de la tarde.

       

      Un proscenio colosal enmarca el ocaso en las crestas andinas: "la brisa gemía melancólicamente: una que otra ave cruzaba el espacio; el cíclope universo nos contemplaba con su ojo de fuego. los misterios empezaban...". El silencio vesperal es discernido mayestático y conmovedor.

       

      Elijo otro pasaje estradiano no menos logrado en su lenguaje preciso y a su vez ópimo. Traslada su fértil sentido artístico al valle del Aconcagua. Allí abunda en las comparaciones con el paisaje de la antigua Palestina: "El sol transmontaba los Andes. Su globo inmenso parecía que reverberaba al Dios del Sinaí, a quien involuntariamente busqué en las crestas atornasoladas que miran al ocaso... Una de las gargantas de la Cordillera, herida por los rayos transversales del astro que se ocultaba, parecía pintada por el pincel que Saal ha iluminado los picos de las serranías del Norte de Europa...Las cumbres, nevadas parecían aglomeraciones de nácares de diversos colores...".

       

      Recibe éste una significativa carta de otro espíritu aproximado a Sarmiento, el oriental, educador y ensayista, José Enrique Rodó (1871-1917). Data el escrito del 19-7-1903, y figura en la edición de sus Obras Completas (Aguilar, 2° ed., 1967, p. 1389-1392). "Entiendo que, en sentimiento de la Naturaleza, la poesía americana es la que modernamente ha dado más altas notas en la lengua, que nos es común". El platónico creador de "Ariel" y "El que vendrá" se refiere apologéticamente a un "fuerte y efusivo sentimiento de la naturaleza física", como, quizás, "lo único real y verdaderamente propio que tenemos en nuestra poesía". Subraya las notas de espontaneidad y simpleza original. Sobre el primer capítulo de los "Paisajes" unamunianos, los califica: "hermosos y sentidos", "espléndida hermosura". Remata su apología: "Magnificencia de color, sentimiento hondo y solemne, alteza de pensamiento", "magistral contemplación".

       

      ----- Marcos Sastre (1809-1887), educador y también escritor rioplatense, contemporáneo de S. , en 1858 en su "El Tempe Argentino" escribe que su reacción ante la contemplación de los espectáculos naturales se traduce un en sentirse "absorto y alborozado" (cap. XXXI: "A la caída de la tarde"). Dos estados sucesivos: primero admira, se suspende su ánimo, y luego regocijo y recreación. Describe notablemente las Islas del Delta del Paraná, su exuberancia mixta de flores, peces, lianas y árboles. Paisajes habitados profusamente que le llenan "de una deleitación sosegada y pura".

       

      Alude con su título al "Tempe", antigua y magnífica región de Grecia y como un místico al modo de la Santa Doctora de Ávila del siglo XVI, nos anoticia de su éxtasis particular ante ese ambiente: "Como si una emanación celestial penetrara todo mi ser, me anegaba en inefables dulzuras" (cito por ed. La Cultura Argentina", p. 156). Cuadro impresionista, aboceta un cambio constante de colores, aire y luces. "El aire transparente y puro de esta vasta llanura donde no hay polvo ni vapores que puedan empañar la atmósfera, hace más perceptible los fenómenos de la luz y los más delicados juegos de los suaves contornos de las nubes".

      Cruce moderno de sensaciones auditivas, olfativas y cromáticas: "abren las flores sus cálices al relente y a las brisas de la tarde y radiosas parecen dar al sol un tierno adiós y exhalando sus más suaves perfumes". Le place conferir un sentido metafísico, simbólico, a la realidad: "¡el ocaso del sol nos daría la imagen del ocaso de la existencia!".

     

    -----El hombre público y escritor Joaquín V. González (1863-1923), el autor de "Mis Montañas" (1893), afirma que contemplar los crepúsculos es la sacra manera de tener idea cabal de la grandeza y sublimidad del cosmos. El crepúsculo gonzaliano aparece multicolor, lujoso y durable. Construye una representación con dos personajes: el sol y las nubes, entre visiones feéricas. Una "noche de Walpurgis", pero solar, en los llanos de Facundo. Una escena de molinos de viento quijotescos, derribando gigantes de ilusión, en tierra riojana.

    En breves frases: las nubes, ante el acercamiento del sol, estremecedor, "se aprietan, se condensan, se separan, se bifurcan", "le cubren los ojos con vendas..., le cuelgan cortinas transparentes, le desarrollan mapas de países e ideales; ...le hacen desfilar ejércitos de gigantes, ..legiones de demonios rojas y espeluznantes en contorsiones grotescas; ...le danzan en torno, lo besan y lo acarician como niñas traviesas vestidas de gasas diáfanas..". Despliegue fastuoso de un alto poder imaginativo, desde una sintaxis de ritmo amplío, con períodos coordinados y subordinados, frecuente en la prosa del autor.

    Cuadro fantástico en que sólo falta lo musical. Pues el eminente escritor hace de cada paisaje una verdadera reseña artística con todas las especies de emociones: sugiere estrépitos, lujos orientales. A veces las nubes se mueven, en comparaciones épicas, como "carros de guerra de la Ilíada tirados por monstruosos corceles.., procesiones solemnes de cíclopes que ya marchan lentos, ya se arrodillan a intervalos".

     

    Finaliza con la visión de la Luna, todo cambia: coloración platina, silencio y sólo el himno adormecedor.

    Al describir las Sierras de Velasco en su terruño, en hora vespertina, logra sugerir el dinamismo de las nubes ejercitándose como imponentes ejércitos en verdaderos juegos olímpicos, ante el acercamiento del astro rey, con veladas reminiscencias homéricas.

     

    -----Miguel Cané (1851-1905). elegante literato del '80, en su "En viaje" (1881-1882) nota que en la zona occidental del Magdalena, el Colombia, ha visto las puestas de sol más maravillosas de su vida (ob. cit., Estrada, 1949, p. 167). Burila, sensitivo, esta talla anticipadamente surrealista:

     

    "Imposible describir ese grupo de nubes incandescentes y atormentadas, con sus franjas luminosas como una hoguera, su fondo de un dorado pálido, inmóviles sobre el horizonte, disolviendo su forma y su color con una lentitud que hace soñar. Todos los tonos del iris se reproducen allí, desde el violeta profundo, que arroja su nota con vigor sobre el amarillo transparente, hasta el blanco que hiere la pupila interrumpiendo la serenidad del azul intenso de los cielos... ¡Qué calma admirable la que sucede a ese instante solemne!. La naturaleza parece recogerse para entrar en la región serena del sueño".

     

 

Si leemos sus escritos compilados en el tomo 26 de sus "Obras Completas" (edit. Luz del Día, "Camino del Lacio") nos encontraremos con una asombrosa variedad temática que nos informa de su amplitud sensible y mental. Agricultura, Municipalidad, fronteras, ferrocarriles, industrias, escuelas, ganadería, minería.... Descubrimos un escrito de curioso valía. Fue publicado originalmente en "El Nacional" el 14 de marzo de 1856. Se explaya sobre una de sus delectaciones, casi desconocida: la descripción de las puestas de sol.

 

Pinta un cuadro otoñal y luego un atardecer en los Andes desde la mirada mendocina. Percibe en ello "algo de melancólico, de filosófico".

Primero, la tarde bonaerense: "amarillosos los sauces llorones, estúpidamente lozanos los ombúes, pálida la gramilla, enrojecidos los cogollos de los damascos". Luego, más ricamente detallista, imagina una representación dramática insólita, singular en la literatura argentina de la época, distribuida en actos con varias escenas, "mudas, sublimes a veces, atractivas siempre". El escenario, andino, con su augusta orografía. Protagonista, el Sol. Los actores, son las nubes que parecen pender de las cumbres blancas. Invita cordialmente al lector: "el telón está levantado. Estad atentos; el drama comienza". Y así estructura teatralmente la preciosa composición:

 

Escena 1ra.: "nubes negras en forma de torres, castillos y ruinas aparecen columnados sobre egregios picos nevados. Al aproximarse el sol al ocaso, empiezan a tomar formas vigorosamente contorneadas, y sus bordes transparentes se iluminan repentinamente de una orla de fuego, como hierro incandescente".

 

Escena 2da.: "El incendio se comunica a las nubecillas que flotan en el aire, como copos de lana, y aparecen paisajes de esmalte y ópalo con cielos de azul cobalto. ¡Mirad ahora! una nube torva se alza, se desenvuelve; ya es una montaña; ahora se alinea como un pedestal".

 

Notemos las graduadas tonalidades que imagina, el acento coloquial, la agilidad y dinamismo narrativos, los diminutivos. Estamos distanciados de su lenguaje que definió "brusco y soldadesco"... Mauricio Rosenthal en su "S. y el teatro" (Kraft, 1967) definió a la esencia sarmientesca como eglógica, virgiliana. Arquetipo que "soñó con la paz y el ensueño apacible de los paisajes cantados por Virgilio". Confirma nuestras apreciaciones: "su musa recóndita" es la contemplación, la sensibilidad y hasta la sensualidad, predominante, anterior, a la ambición ejecutiva y el combate por las ideas de progreso y renovación en que consumió sus días.

 

Escena 3ra.: "El sol se coloca entre dos masas de nubes y los penetra de rojo ópalo como humo de hornos de ladrillos, pero una impertinente prolongación que viene haciendo una de ellas se interpone, ¡maldita nube!, y cubre el disco de sol".

 

Acto II°: "el sol se abre paso por entre los celajes, y asoma las narices por una ventana cortada entre las nubes...Las nieves eternas que poco antes estaban azuladas con la sombra, se esmaltan repentinamente de rosado, brillan como cascadas de plata cobriza, y el espectador arrobado pone involuntariamente el oído para sentir el fragor de los torrentes en que parece van a despeñarse las chorreras de nieve que coronan todos los picos de los Andes".

Después, la distensión final: "el sol se ha ocultado detrás de un pico nevado, y el perfil de la nieve, después de brillar como espejo, se pone blanco azul, como el resto: los colores desaparecen y todo queda pardo, verdoso o azulado".

 

Todo se ha movido en una escenificación colorida y original. Un lienzo majestuosamente clásico. Adviértese nítido su don de novelista y dramaturgo, su encantadora apelación, constante, a la atención del receptor del texto, que confiere una genial animación a todo lo que percibe estéticamente. Su paleta, variopinta. La fina visión de creador, los matices más sutiles. Voz impregnada de misticismo. Todo compuesto como un conjunto sinfónico-visual. Con un predominio de oraciones de tipo enunciativo. Con abundancia cruzada de sensaciones cenestésicas. Crea un tenso concierto lumínico-vital.

 

 

     

  • Paisaje y poesía en Río
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Cuando visitó Río de Janeiro, Brasil, en 1846, quedó extasiado ante "tanta pompa de la naturaleza y conjunto tan inagotable de bellezas". Su reacción fue ante todo, comunicarle a los amigos: "¡Cada morro que subo, me enajena, me vuelvo loco!" (Cartas a Miguel Piñero del 20-2-1846 y a Juan María Gutiérrez, marzo 1 del mismo año, en su "Viajes por Europa, África y América, 1845-1847", tomo 5 de sus Obras,).

 

Imagina la salida de Febo como la figura del Buonarroti presidiendo soberanamente el Juicio Final. "Parecería ver a él cuando se presenta en los límites celestes, aquella figura de Miguel Ángel que preside al juicio final implacable en sus miradas que dominan la tierra, atlético en sus formas que revelan su poder incontrastable". Febo es Dios omnipresente, "un tirano sobre cuya faz no es uno osado de echar una mirada furtiva; sus rayos se sienten presentes a toda hora, agudos como flechas, penetrantes como lluvia de agujas". Rinde culto a la vitalidad esencial del Sol, al Bien que encarna universalmente. "Cuando el sol asoma su disco colosal en el horizonte...siente uno moverse el aire en las olas tibias que vienen empujando, hormiguearle la sangre, dilatarse los poros para convertirse en fuentes de donde fluyen mares".

 

Dos constituyen los objetos que lo "enajenan": el paisaje y la poesía de José Mármol, (1818-1871) el expatriado poeta y periodista de los "Cantos del Peregrino" (1847). Estos ritmos byronianos lo dejan "aturdido" no menos que lo primero: "Leyónos Mármol un canto de su Peregrino. ¡Qué hermosa cosa!. ¿Creerá Ud. que me ha dejado aturdido ese torrente de poesía inagotable, perenne como una cascada?". No resiste la tentación de comparar a esa "joya de pedrería" con elementos de la naturaleza, en este caso, la belleza desbordante y la vida torrentosa de una catarata. En su conocida narración histórica "Amalia" (de 1844, 4ta. parte, cap. 8) abunda en el registro de estas joyas estilísticas: "El refulgente rey del universo descendía con su manto de nácares y oro, allá sobre el confín del horizonte que bordaba las planicies esmaltadas de los campos, llanos como la superficie de un mar en calma. Su frente no llevaba esa corona de rubíes con que el cielo del trópico lo magnifica en los momentos de decirle adiós, ni en rededor suyo se abrían de improviso esos espléndidos jardines de luz que irradian fosfóricos en las latitudes del crucero, donde la coqueta naturaleza se divierte en inventar perspectivas sobre los confines del alba y del ocaso".

 

Prosa barroca, y sensual al modo de Téophile Gautier (1811-1872) en sus "Esmaltes y Camafeos". Parnasiana descripción sarmientina que al modo de "Émaux et camées" (1852-1872), cincela, transpone el lenguaje del arte escultórico y la pintura a la literatura. "Toda la naturaleza tenía allí ese aspecto desconsolador, agreste e imponente, al mismo tiempo, que impresiona el espíritu argentino y parece contribuir a dar temple a sus pasiones profundas y a sus ideas atrevidas".

 

La actitud sarmientesca ante el Crepúsculo traduce notas de éxtasis, y reacciona reflejando su contemplación en la delicadeza de su prosa. Jorge Calle atribuye, en su "El pasajero sugerente" (1925) al Cura José de Oro ("mi mentor y maestro", "clérigo, ardiente y gaucho") la educación del joven Domingo, en el amor a la naturaleza, "enseñándole a amar... las salidas de sol en las azuladas sierras puntanas y, ya en los otoños, el cielo encendido con los últimos resplandores del bermellón" (ob. cit., p. 18).

 

El genio sanjuanino trasunta en su escritura una fuerza plástica, un vigor artístico que no se advierte, por ejemplo, en su coetáneo, el poeta e ideólogo de la "Asociación de Mayo", Esteban Echeverría (1805-1851). Pues el autor de "La Cautiva" suele expresarse con grandilocuencia e imprecisión, dibujando un una vista abstracta y a veces ampulosa. Artificiosidad que no concuerda con el estilo muscular y combativo del autor de "La escuela ultrapampeana".

 

Ezequiel Martínez Estrada, uno de sus más valiosos exegetas, niega a la literatura sarmientina, ese diamantino valor de "contemplación y arrobo"; llama a su estilo, "pugilístico", por su robusta capacidad de refejo y reacción ("S." 1947, varias reed.).

 

Paul Groussac (1848-1929), "bibliotecario inmérito", severo y culto crítico, contradictor, le negó, incomprensivamente, a nuestro estadista-maestro, esa capacidad de poeta: "no posee la visión intensa del pintor, ni la emoción vibrante ..." ("El viaje intelectual: impresiones de naturaleza y arte" 1920).

 

     

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por Guillermo R. Gagliardi.

 

 


Publicado por Desconocido @ 14:17
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