martes, 24 de junio de 2008

Sarmiento cartesiano.-

                                     SARMIENTO CARTESIANO.-

 

                                                            Por Guillermo R. Gagliardi.-

 

 

1.- Introducción=

 

Escribir fue para DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO (1811-1888) realizar el pensamiento, combatir, aclarar, conmover. “La elocuencia posee una energía incomparable”, una potente fuerza de realización. La acción libertaria, lucha titánica, la ejerce “desechando prejuicios y rutinas, preocupaciones tradicionales y errores arraigadísimos, que oscurecen la inteligencia interponiendo un velo entre ella y la verdad” manifiesta  RENÉ DESCARTES (1596-1650) en su “Discurso del Método” (Segunda parte; cito por trad. de M. Machado, ed. Schapire, 1965). “Hay en la vida muchas cosas que hacer” y “es preciso que el hombre dirija la suya de modo que la mayor parte de su existencia sea empleada” en realizarlas (“Investigaciones de la verdad por la luz natural. Prólogo&rdquoGuiño. Realista emprendedor y edificante. No parte  de abstracciones sino de candentes problemas culturales, es decir, sociales y políticos. “Las cosas hay que hacerlas” sentencia el sanjuanino. Va a las cosas “con pasión”. “Sólo yo trabajo con los hechos”. Obedece al llamado imperioso de la acción fecunda en la ejecución de su filosofía de hombre Público. Sincero hasta la exageración, a veces  cruel en sus ataques y opiniones, y en el sostenimiento sólido de sus ideas. Principal testigo que se puede citar contra sí mismo, bien lo saben sus detractores de siempre. Cumplidor en su vida, pues, de la reflexión de Descartes en la Tercera Parte de su “Discurso”:  “hay pocas personas que digan todo lo que creen”.

 

Él está de cuerpo y espíritu enteros, portentoso y genial, en todo lo que proyecta, imagina y hace; sin detenerse ni desandar el pasado, con fe en la bienaventuranza del porvenir. Esgrimiendo una fuerte razón convocatoria, un asombroso entendimiento de los instrumentos y los resultados.  Henchidos  de nobleza y heroísmo valeroso, sus pensamientos más caros se concretaron en pasiones, por la admiración, por el amor y por el odio. Según las describe D. en su “Tratado” sobre las Pasiones  (en 1646, “Pasiones en general y de la Naturaleza del Hombre”, y en 1649; en arts. 70-78). Adhesión admirativa a los grandes servidores de la Humanidad, como Franklin, H.Mann, Galileo, etc. S. halló en la “Autobiografía” del primero un atrayente modelo de conducta para un  universo racionalmente ordenado –nos confirma Marcelo Montserrat en su “S. y los fundamentos de su política científica”, en rev. SUR, nº 341, jul. Dic. 1977-  y marca la médula de su pensar y accionar institucional. Odio a la mente retrógrada hispánica y a los privilegios injustos trasplantados a estas tierras, al caudillismo,  a la indiferencia por la ‘cosa pública’. Declara profesar la doctrina de la Pasión del Bien Público, a la que sacrifica todo lo demás. A través de esta ‘pathos’ se fortifica su pensamiento, adquiere contundencia, permanencia de ejecución, en tiempo y en espacio.

Y la pasión de la Alegría. Apologista de la Risa. La guerra la hace  alegremente y experimenta el gozo de hacer el Bien, pues sabe en qué consiste y cómo hacerlo efectivo. Ejerce la  “alegría-pasión” que D. analiza en los arts. 91 95, 99 , 104, 115 y  141-42  de su  obra escrita en francés para la Reina Elizabeth. Es una excitación fructífera, una aceleración del pulso “más rápido que de ordinario” (art.99). Es la afección hilarante del constructor, del Hacedor de Naciones, del Fundador y animador de Instituciones útiles perdurables.. Como sostiene D, es una afluencia mayor de sangre al cuerpo (op.cit., art. 104). En ello se sustenta “la verdadera grandeza de alma” (íd.,, 3ª parte, arts. 153, 156 y 161), “firme y constante resolución de hacer todo lo que estime por su bondad, digno de hacerse”. “Los que poseen esta cualidad se sienten inclinados a hacer grandes cosas”, “procuren por el bien de sus semejantes, aun despreciando el propio interés”. (ob. cit., ‘De las pasiones particulares&rsquoGuiño. Este valor de la obra sarmientina, excepcional, es definido por D. (loc. cit., art. 171) como “cierto ardimiento o agitación que dispone poderosamente al alma a la ejecución de las cosas a que aspira”y por la reconocida temeridad de S. que remueve los más densos intereses y las oposiciones más peligrosas. “La temeridad es una especie de valor que inclina al alma a la ejecución de las cosas más peligrosas”.

Pertenecen a la raza de esos hombres “de alta previsión y de alta comprensión” que concretan sus imaginaciones progresistas en el mejoramiento del destino histórico de los pueblos. Venciendo “las ásperas sendas trazadas por el enmarañado bosque de resistencias” según metaforiza a la irracionalidad de la Barbarie (Obras Completas, tomo 22). En el “Testamento” que escribió para la despedida de la publicación de ‘El Zonda’, en el sexto número (1839) escribió significativamente: “Dejo por albaceas a la Razón y al Criterio Público”. En las categorías  de la Razón opone  imprenta /montonera, el frac, al chiripá; a los ímpetus del instinto y de la inspiración del baquiano y del payador, contrapone  la perseverancia de la paciencia y el cálculo. En su proteiforme intelecto, eleva como bastión de su  construcciones teóricas y proposiciones prácticas a la Civilización en su  sentido multívoco, polisémico.

 

Eduardo L. Holmberg en su “Sarmiento” (1900, cito por ed. 1938, pág. 56) afirma que “Él habla a la Razón, que es su diosa, porque debe ser ella la que inspire los anhelos de libertad, de progreso y de saber”. Ese Dios es su flecha disparada para su tierra, osadamente, convertidora, labradora, ésa  tipifica su teleología de acción. Alejandro Martí en su poema “Retratos de S.”  también lo expresa: “Amó por sobre todo la hermosura/ de aquellas formas que nos da la mente/ buscando en la razón esa vertiente /que da la norma sin mezquina usura” (incluido en “S. en el Soneto” antología preparada por C. H. Guerrero, San Juan, cito por 2º ed., 1974, pág. 53).

 

Giovanni Papini (1881-1956) en “La logia dei busti” (1956, incluido en sus Obras, ed. Aguilar, t. II, p. 971-73) presentó un Descartas distinto al aceptado convencionalmente. Un Cartesio ‘esprit de finesse’, poeta, soñador y soldado, desechando la imagen tradicional y unilateral del filósofo frío, sedentario y tímido. Como a S., considera asimismo al otro, como una personalidad fáustica o quijotesca. Su conducta la rige el valor. El fundamentador del racionalismo moderno fue un gentil hombre mosqueteril, a la vez un militar nómade y un voraz lector de novelas de caballeria. Alma agustiniana en pasión y creación. Creía en la Poesía como símbolo de la Revelación y del Entusiasmo. Poeta en sus últimos años a pedido de la Reina Cristina de Suecia. Don Domingo reverencia y contiene en su alto espíritu a estos dioses: “la divinidad del entusiasmo y la fuerza de la imaginación” (Descartes: “Olympica”, fragmentos). “Las cosas sensibles se prestan extraordinariamente para conocer las supra sensibles”.

La estética cartesiana parte  de la música hacia la matemática del Universo (A.Reyes, ‘En torno a la estética de D.’ en su Obra compl.., FCE, t. 12; y en su ‘Grata Compañía’, 1948, ed. Tezontle). D. había publicado un Tratado sobre  este Arte en Holanda, en 1618.

 

 

 

2.- La Diosa Razón=

 

Carlos E. Paz Soldán en su “D.F.S.: el estadista integral americano” (en ‘S. Cincuentenario de su muerte’ t. II, 1939, p. 307): “Los trabajadores de la vida americana (...) saben bien que nada vale tanto (...) como tocar con lealtad las puertas del entusiasmo, para que se abran a la contemplación de esas existencias ejemplares que (...) pasan por el escenario del mundo para perenne y fecunda renovación espiritual... un Descartes (...) dotando a la mente humana de nuevas formas de alcanzar la certidumbre o un S., señalando con su dedo profético las cumbres de la redención de todo un mundo, son seres predestinados, cuyo paso por la tierra, (...) significó trazo de inmortalidad y ruta hacia los grandes destinos colectivos”.

 

Como al temperamento cartesiano, le es esencial al sarmientino, la intuición. Su “visión” de las soluciones es rápida, genial, asombrosa. Y le es violenta y esforzada la “comprensión”, es decir, las pruebas y la explicación metódica. Así lo expone  E. Gouiran: “La filosofía de D. es esencialmente un ascetismo y una  mística”(‘Interpretación de la duda existencial’ SUR, nº 32, mayo 1937).  Es esta luz la que vemos reflejarse en S. Inauguran, al decir justo de Ortega. S. y D. inauguran un nuevo “nivel”: el argentino en política, el  otro en filosofía.

 

1619 y ca. 1825 representan años claves en la dirección del destino de ambos. Uno, intuye su método célebre e iluminador “Regulae ad directionem ingenii” (consiste en la exposición de  21 Reglas, en latín, publicadas póstumamente en 1701). Por su parte,  el nuestro, ve clara su misión de instalar la enseñanza racional del pueblo. Descubre su vocación primordial: difundir el Silabario. Y abrazan ambos, a continuación de estos sucesos trascendentales, la carrera militar: en la Guerra de los Treinta  Años, viajando provechosamente por toda Europa aquél. Y el otro, participando con vehemencia en las luchas por la Organización nacional, testimoniadas, entre otros libros, en sus “Memorias militares” y en “Campaña en el Ejército Grande”. Holanda es el próximo centro de la actividad del meditador, en 1628 y en 1637, el año de publicación en Leyde de su “Discurso” en idioma romance y como Prefacio a sus Ensayos científicos, “Dióptrica, Meteoros y Geometría”. Por su parte,  Estados Unidos de América del Norte, en 1847 y en 1865, significan la escuela de formación más importante, del estadista argentino, en un ambiente que lo enriquece en humanidad y en superioridad y alcance de las ideas. Aquél elige el retiro seguro de Holanda para poder construir con mayor fuerza su obra intelectual, a la vez de rigor y de pasión. Éste es también un marginal, transgresor, como el filósofo espadachín. Unitario pero federal, romántico pero clásico, libertario  aunque autoritario y hasta despótico y sanguinario, montonero y doctor. Aquél suaviza su racionalismo estricto con la pluma  cortesana y jesuítica. Heliocentrista como Galilei, nunca publica su tratado sobre el Hombre, ni el de la Luz.  Nos devela su alta intelectualidad al concebir su obra inaugural de la Modernidad. El sanjuanino por su lado, subversivo y rebelde adhiere al partido oligárquico chileno de Manuel Montt ( su protector y amigo,1809-1880, político conservador-progresista, elegido Presidente en 1841, reelegido en 1856) por necesidad y práctica de un criterio racionalista, de  amistad y formación política para probarse en las lides del periodismo.  También adheriría al liberalismo porteño después de Caseros, a cuyos popes supera absolutamente en lo mental y artístico.. Su genio sobrepasa toda calificación o limitación. Ambos son verdaderos Capitanes del Espíritu, sólo se pertenecen profundamente a sí mismos. De esa fuerza de acción, de esa concentración impar, nace su trascendencia. Rompen con sus legados imperecederos las antiguas cadenas y anuncian y postulan un nuevo reino, “un novus ordo saeculorum”,  “un drama nuevo”, el “nuevo nivel” que califica Ortega, es decir “el nuevo –modo;“ la conversión del mundo antiguo, de confusión oscurantista y desorientación, en un nuevo mundo, sencillo y claro (Obras de J. O. y Gasset, ed. Alianza-Rev.de Occidente, tomo 5).   El autor de “Viajes” (Obras compl.. tomo 5) identifica ese “último resultado de la lógica humana” en el desarrollo norteamericano de su época. Mundo novísimo en que millones de ciudadanos alfabetizados y prósperos, “leen diariamente lo necesario para tener en ejercicio su razón” y “todo hombre, por cuanto es hombre, está habilitado para tener juicio...”.  Define el carácter de las Naciones desde la perspectiva humanista del uso de la razón: “La Europa con su antigua ciencia y sus riquezas acumuladas de siglos” ha fabricado un hombre inseguro, dependiente del Estado; “verjas, puertas, vigilada, (...) seguros, todo se ha puesto en ejercicio para conservarle la vida; todo menos su razón, su discernimiento, su arrojo, su libertad”. Este ejercicio positivo, contrariamente, es el definitorio en la cultura yanqui: el empleo de las dotes intelectuales para la liberación y realización de una más elevada y completa humanidad. Concordante con estas nociones magníficas,  el autor de “Las ciento y una”, se autodefine, particularmente metafórico, como un incendiario “de los pajonales del desierto” (la imprevisibilidad, la fisonomía berberisca de la Barbarie, la ingobernabilidad indígena). Y posteriormente un sembrador obstinado y profético de “la yerba (...) que será fresca y blanca para todos”. Una nueva axiología patria, la de la vida cívica, la planificación en el Camino del Lacio, la prosperidad liberadora de la Organización nacional. (Véanse sus “Viajes”; también Ezequiel Martínez Estrada, 1895-1964, autor imprescindible y señero en la  galáctica bibliografía sarmientina, “Civilización y Barbarie”, cap. 6 de su  fundamental “Radiografía de la Pampa”, 1933, ó “S. a los 120 años”, en su compilación “Leer y escribir”, México, J. Mortiz ed., 1969).

 

3.- Descartes huarpe=

 

Carmelo B. Valdés en su “S. y su obra” (1913) explica: “De inteligencia superior y de actividad extraordinaria, trabaja sin descansar, analiza, anatomiza con exactas premisas y justos raciocinios, las cuestiones más arduas del gobierno y del Estado, las simplifica, resuelve y agrega victoriosamente a las conquistas de su constante estudio, de su incesante investigación” (ob. cit., p. 20).

 

Expresión de este sustancial cartesianismo es también la admiración sarmientina por Galileo Galilei (1564-1642), cuyo iluminado retrato lucía en su casa porteña. Veneraba al sabio italiano por  el racionalismo de sus estudios, por su “filosofía natural”, su genialidad científica, su extraordinario don de la observación, su espíritu de reforma y su tenacidad crítica.  En esta tónica cartesiano-galileana vibran las páginas de su “Advertencia” a “Viajes” de 1847 (Obras completas, t. 5): “... a fines de 1845 partí de Chile, con el objeto de ver por mis propios ojos, y de palpar por decirlo así....”. En carta a Félix Frías, de 1844 (edit. por A. M. Barrenechea, en ‘Filología’, 1988) resume S. su obra, vida e intenciones y le dice: “me es peculiar la observación propia, el estudio de los hechos”, “mi osadía para la crítica” y el ataque osado “a la autoridad”, “arroja ideas atrevidas”, “un espíritu hostil a la rutina”. Confiesa como Descartes en primera parte de su ‘Discurso’: “en cuanto me liberté de la tutela intelectual de mis preceptores, abandoné el estudio de los libros, y, decidido a no buscar más ciencia que la que en mí mismo o en el gran libro del mundo pudiera encontrar, empleé el resto de mi juventud en viajar...”. “Me impulsaba un imperioso deseo de aprender a distinguir lo verdadero de lo falso, para juzgar con claridad de mis acciones y caminar rectamente por la  senda de la vida”.

 

S. encarna al héroe corneilleano-cartesiano. Razón y  ego, acción responsable y alma grande y resolutiva. Retz y el Cardenal Richelieu, v. gr., se asemejan a nuestro sanjuanino por su avidez de la acción y la ambición que los sustenta. Se exalta en su apetito tenso de orgullo y gloria cual Nicomedes, y en su voluntad hiperbólica, ímpetu de poder. Su propia tragedia amorosa habría sido digna materia de la obra de Pierre Corneille (1606-1684): Aurelia Vélez podría exclamar como Domicila en “Tito  y Berenice”: “rien de plus grand que lui ni’ éblouissait mon âme”. Su razón funciona con el sentido expansivo y generoso de la de los personajes del dramaturgo y las meditaciones del filósofo. “El que quiera indagar concienzudamente la verdad debe procurar, ante todo, aumentar las luces naturales de su razón (...)  para  que en todas las circunstancias de la vida, la inteligencia muestre a la voluntad el camino que ha de seguir” distingue D. en sus “Reglas”. Según su  nomenclatura, dominan en S. las ‘ideas adventicias’ que le  insuflan sus abundantes, desordenadas, lecturas y el trato personal, y las ‘facticias’, las experienciales, encontradas por él mismo. Por eso D. señala tres caminos, que  el cuyano transitó con una total militancia, comprometiéndose integralmente: “estudiar en los libros, investigar en el libro del Mundo (viajes, sociedad) y la definitiva, que explica: “adopté un día la resolución de estudiar en mí mismo y de emplear todas mis fuerzas espirituales, en elegir los cambios que debía seguir”. “Y creo haber obtenido más éxito con este procedimiento que con los libros de los sabios y la experiencia de los viajes” (“Investigaciones de la verdad por la luz natural&rdquoGuiño. Paul Valery (1871-1945) señaló la esencia y osadía de ese egotismo: “Jamás, hasta él, filósofo alguno se había expuesto tan deliberadamente en el teatro de su pensamiento, exhibiendo su persona, osando emplear el Yo durante páginas enteras (...) esforzándose por comunicarnos el detalle de su discusión y de sus maniobras interiores por transmitírnoslo, por hacernos semejantes a él...”; “...ha tomado ese Yo tan fuertemente experimentado como origen de los ejes de su pensamiento”. Su obra, como la de Sarmiento, en toda su magnificencia y contradicciones memorables,  agregamos con asombro, “es en verdad un monólogo en el que su persona y casi el timbre de su voz no cesan de hacerse sentir”.  Igual de vitales en su “soberbia confianza en la fuerza de su espíritu”. El gran poder de expresión yoica, la energía admirativa de su utilización, lo atribuyen a un ‘daimon’ que los habita, los inquieta y entusiasma. Podemos aplicar  al ámbito sarmientino el juicio ajustado de Valéry en su brillante “Una visión de Descartes”: “Tiene plena confianza en su armamento de modelos y de ideales matemáticos, y puede ahora, sin volverse hacia ningún pasado, sin deferencia a ninguna tradición, empeñarse en la lucha que será la de su voluntad de claridad y de organización del conocimiento contra lo incierto, lo accidental, lo confuso y lo inconsecuente”.

 

 

 

 

4.- El alma congenial cartesiana y sarmientina=

 

Ambos, el alma congenial sarmientina y cartesiana se unen extratemporal y  geográficamente por sus respectivas “visiones de Damasco”: don Domingo en 1826 y en 1847 ( en San Juan ante las hordas montoneras, y luego en su primer viaje a los Estados Unidos) y Renato  en 1619 (16 de noviembre) en  una  localidad  del Alto Danubio (J. S. Campobassi, “S. y su época”, 1975, tomo I; “R.Descartes” G. Preti, en ‘Diccionario de Autores’ G. Porto-Bompiani, t.I). Súrgeles una grandiosa y temeraria conciencia, ardida, de la misión a desarrollar en el mundo, una transformación “paulina”, “declaracion subita del “Hombre Nuevo”, metafísica viva. Intuyen sus vidas, consagran a ella su vocación de idealistas,  sus sufrimientos  en las polémicas y la turbulencia y apasionamiento del temperamento latino (Valéry, ob. cit., en “Variedad I”, ed. Losada, 1956; también en su “Segunda visión de D.” y “D.&rdquoGuiño: “Una inteligencia ha descubierto aquello para lo cual estaba hecho; ha elaborado, de una vez por todas, el modelo de su ejercicio futuro”.

 

Voltaire (1694-1778)  radiografió  perspicazmente la riqueza vital de D.. Ya en 1734 lo estampa en sus “Cartas Filosóficas” (la nº 14): “había nacido con una imaginación y fuerza, que hizo de él un hombre singular...”. Un soñador, envidiado y perseguido, soñador e iluminador. El científico y escritor  José Ingenieros (1877-1925) señaló la filiación cartesiana de nuestro S. En 1913 en su “El hombre mediocre” (cap. 8): “Dijo primero. Hizo después” sintetizó. Combatió con una nueva lógica.

 

Fue una “voluntad de normatización de todas las esferas del mundo en el que oficia de creador y o reformador” observa Mz. Estrada en su indispensable “S.” 1947),con la unidad absoluta de su personalidad superior y su mano a veces apresurada y siempre largamente virtuosa. Faro “salvaje y divino” en su rigorismo ético “hasta la muerte”, elevado por sobre rutinas y domesticaciones. Así lo enfoca p. ej. J. L. Romero en “S. y las vidas individuales” (1945, incluido en “La experiencia argentina”, edit. de Belgrano, 1980, 2º ed., F. C. Económica, 1989) al ponderar el ‘logicismo’ del autor de “Educar al soberano”, pasión lógica que desmiente al S. desaforado y esporádico, haciendo notar su poderosa organización mental, vitalmente estructurada y tensada en su método de concepción yde ejecución, Confirma ello también las apreciaciones sesudas de Martínez Estrada quien  califica a la empresa sarmientina de “clasificación ajustada de los valores”, “con la “precisión de un botánico o de un zoólogo”, “trabajo de araña que hizo para tramar nuestra realidad”. El demiurgo del Zonda es todo él “un sistema” ideativo y ejecutivo  implacable, un sensatísimo  diagramador teórico “de nuestra posible realidad” (en su “S. a los 120 años” 1931, loc. y ed. cit. supra).

En “Conflictos y armonías de las razas en América” (parte  I, Obras Completas, t. 37) memora la célebre afirmación cartesiana, que le sirve para caracterizar el quietismo ideológico de la historia colonial: “Un español o un americano del siglo XVI debió decir con más verdad (que D.): ‘Existo, luego no pienso!’”. Urge pues, hacer ingresar en la era moderna a nuestros pueblos e invertir el apotegma clásico. “Los salvajes tienden todos al cráneo del mismo tamaño, que piensan todos lo mismo; es decir, no piensan, sino que sienten”. En esta obra de 1883 el anciano Don Domingo se refiere a los horrores de la Inquisición, que destruyó “la noción de derecho, la seguridad de la vida ante las leyes...” y toma como ejemplo al filósofo galo, como temor a “exponerse a delinquir pensando”: “Descartes por la misma aprensión, quemó uno de sus libros inéditos, cuando supo la condenación de Galileo”. Luego transcribe y expone lo sustancial del tortuoso e injusto proceso  contra el poeta y humanista español Esteban Manuel de Villegas (1589-1669), acusado de tratar disquisiciones teológicas en su obra, en que realmente se encuentran ausentes tales asuntos. Cita este caso como ilustración del drama sufrido por los intelectuales de esa época en territorio  hispánico, una vivencia terrible del ‘cogito’ cartesiano, pero al revés. “D. puso por fundamento ‘Pienso; luego existo’”. Con su obra marcó un hito decisivo en ‘el desenvolvimiento de la razón’. “Se presentan seres originales: Newton, D., que decretan la verdad”.

 

 

Ironiza y expresa una oratoria humorística sobre el cogito, en 1883, en su “Discurso en Montevideo, en la Sala Normal de Mujeres” (Obras Completas, t. 22, “Discursos Populares&rdquoGuiño. Relata a las jóvenes alumnas las dificultades  innumerables del hombre público, la prisión y calumnias destructoras que lo acosan: “No os engañe mi aspecto. Es que cuando logro escaparme de aquella prisión, como corista de su convento, me palpo, me enderezco, corro, subo montañas, nado en los mares, y atravieso los ríos, para tomar posesión de mí mismo, para saber que estoy libre, que pienso: luego existo”. Ser es ser libre en su metafísica ideario.  Ser es existir, actuar, afirmar la propia identidad, y si es posible, dejar un rastro duradero en el mundo. “La libertad es la acción” manifiesta en 1881 al conmemorar una manifestación de jóvenes en su 70º Cumpleaños. El poder de obrar y aplicar los estudios y experiencias a reformar y organizar el mundo haciéndolo desarrollar ordenadamente, ese es el Maximum vital de Don Domingo. La acción vigoriza el pensamiento. “No se gobierna con armas sino con inteligencia” (1884: “Banquete en Chile”, ‘Disc. Pop.&rsquoGuiño. “Vencimos a Rosas con ideas y prensa libre” (ìd.).

 

En sus oraculares escritos de 1882-83 en ‘El Nacional’, reunidos en  el volumen “Práctica Constitucional” de sus Obras , tomos 31, 32 y 33, así p. ej., en “La trivialidad administrativa”, magistral, informativo y convincente. En su prosa  directa y dogmática de hombre público con saber teórico y práctico probados, advierte sobre el peligro de los estudios superficiales o de los intereses personales o privados por sobre las grandes cuestiones nacionales.  En lengua fiscalizadora y sentenciosa escribe: “Se proyecta y se legisla sin ningún análisis previo de las condiciones económicas del país, plagiando sistemas exóticos, o aplicando principios aislados y mal comprendidos, que se buscan a la ligera en los tratadistas europeos, cuyos libros sólo se abren por incidente” (‘El Nacional’, oct. 1882,). “Esto es aún peor que el empirismo, pues es obrar contra la ciencia y contra la práctica”.  Declara   pertenecer a la política de la coherencia, y del respeto a la nacionalidad.: “ilustrados  por sólidos conocimientos científicos habían establecido sistemas programáticos y lógicos entre sí”. No se enrola entre aquellos  que ejecutan “puesto de lado todas las reglas”. “El simple buen sentido basta”.  En otro artículo sobre el castigo del Desacato (“Las opiniones de un juez” 25-9-1878, en ‘El Nacional’, “Sistema Representativo. En el Reglamento del Senado&rdquoGuiño utiliza un símil ferroviario muy gráfico, para definir la asistematicidad y  ajuricidad en el manejo de los asuntos públicos y diagnostica sus peligros para la consolidación de la vida nacional: “Es opinión de los hombres de Estado hoy, que todos los horrores de la Revolución Francesa, provinieron de no haber tenido sus Asambleas un Reglamento” con la “tarea de ofrecer rieles a aquella locomotiva cuyos conductores pedían se les dejase la libertad de lanzarla a merced de los accidentes de terreno tan escabroso”. “Ruinas y sangre a torrentes dejaron trazado el camino que se recorrió en treinta años” concluye. 

 

Valentín Alsina (1802-1869) en sus “Notas al libro ‘Civilización y Barbarie”, enviado como carta a S. desde Montevideo, en octubre de 1850 y  publicado en la revista de Derecho, Historia y Letras (t. X y XI, 1901; también en ed.crítica de A. Palcos, Univ. Nac. de La Plata, 1938, reed. 1961) le objeta oportunamente su propensión a los sistemas, las teorías esquemáticas, que lo hace ver tendencioso, apasionadamente exagerado en sus juicios. Ha sido característico de su genio utópico esa tensión problemática entre el orden ideal, el imaginario de sus lecturas, su prédica por la nomocracia o legocracia y el real, de la contingencia nacional.  A. W. Bunkley distinguió pertinentemente entre el “intento” sarmientino (su aspiración, su rigorismo conceptual) y el “extento” (las posibilidades concretas, los anatemas y furias de su portentoso brazo) (aut. cit., “Vida de S.”, Eudeba, 1966, 1ª ed. 1952,N. Jersey, reed. en 1969 en N. York, Greenwood Press Publ., anteriormente, en el Boletín del Instituto S., Bs. As., 1953, estudio “S. sin paralelo”; su “S. and Urquiza”, ‘The Hispanic Amer. Hist. Rev.’, Durham, 1950).  Mucho antes el puertorriqueño Eugenio María de Hostos (1839-1903, escritor y pensador, sociólogo y moralista, afín a nuestro S.)  distinguió acertadamente la distancia entre el haber y el debe  del cartesianismo sarmientista.  En sus aspiraciones y hechos advierte una naturaleza lógica y una ilógica, lo consecuente y lo opuesto. “Lógico, ha hecho en el gobierno todo lo que había predicado..., ilógico, creyó que podía trasplantar las costumbres y el carácter de todo un pueblo...a la sociedad americana” (aut. cit., en su “D.F.S.”, 1874,. en sus “Páginas escogidas”, ed. Estrada, Bs. As.). Todos sus sueños de una Patria Americana están sellados por ese ‘intento’ riguroso con el influjo decisivo de las lecturas de Descartes o Montesquieu p.ej., y su admiración por Belgrano, Mariano Moreno o Rivadavia, en contra de la  anarquía, el caudillismo, la burocracia o el colonialismo español. (La base de las sobresalientes interpretaciones de Bunkley se hallan, entre otros, en el meduloso ensayista y crítico  de “Iberoamérica” 1941   y  sobre todos, “España en su historia” 1948,   Américo Castro, 1885/1972, su guía y maestro en Princeton en la década del 40 y  quien,  por otra parte,  escribió  “En torno al -Facundo- de S” en rev. Sur, n’ 47, agosto 1938, elaborando una interpretación romántico-goyesca del sanjuanino.). Congruentes con  las sólidas apreciaciones de Bunkley son de esa misma época las de Narciso Márquez en su “Lección de S. y esencia filosófica de sus ideas”: “Las grandes concepciones generadas por el cerebro poderoso de S., se habrían estrellado en esa pavorosa realidad negativa que ofrecía el desenvolvimiento histórico post revolucionario...”, “ese catastrófico anorganicismo social y cultura de América” (ob. cit., en Boletín del Instituto S., Bs. As., 1953, p. 17 y ss.). Encarnación  nuestro personaje, del Albatros, símbolo intelectual y artístico concebido en 1946 por Ricardo Rojas (1882-1957), que vuela elegante en las alturas especulativas y renguea en tierra gaucha hostil: Descartes,  ideología conceptualista y trascendentalista,  pugna trágicamente contra Rosas...

 

La generación del  ‘más grande hombre civil de los argentinos’ es calificada por el autor de “Facundo” (en el cap. VII, “Sociabilidad&rdquoGuiño como “la más razonadora, más deductiva” y la auténtica representación del liberalismo ilustrado dieciochesco (puede cons. ‘Las ideas de Rivadavia’ F. Romero, en su ‘Ideas y figuras’, 1958, 2º ed.. Del mismo autor, estudioso y notable profesor de filosofía, “D. en la filosofía y en la historia de las ideas” y “Sobre la oportunidad histórica del cartesianismo”, en su “Estudios de hist. de las ideas”, 1953; y sobre el argentino, “S. y la instrucción popular extraescolar” en el volumen colectivo “S. y la educación pública”, 1962.).De esta limpia y fértil inspiración Iluminista, del historicismo y eclecticismo  francés, Lerminier-Cousin, etc., con base cartesiana, muy leídos por los proscriptos románticos del “Salón Literario”, nace la concepción echeverriana y sarmientina de la “Sociabilidad argentina”, observa Feinmann. La posterior generación, la romántica, está  excelentemente definida por Juan Bautista Alberdi (1810-1884) en su “Fragmento Preliminar al Estudio del Derecho” 1837 (cito por ed. Hachette, 1955, pág. 55): “Ser libre no es meramente obrar según la razón, sino también pensar según la razón, creer según la razón, escribir según la razón, ver según la razón”. El joven Domingo igualmente, cree en esta ley de leyes, traducida por todos los códigos del mundo. Cree como sus coetáneos en un Orden Providencial, absoluto y fundamentador.  Más allá de sus teorías juveniles, siempre tuvo la tendencia “de buscar inspiración para sus acciones en esquemas mentales y a veces a expensas de observaciones reales” (W. Katra, “S. en los Estados Unidos” en “Viajes” ed. crítica de Javier  Fernández, FCE, 1993, p. 906; J. P. Feinmann, “Racionalidad e irracionalidad en ‘Facundo’”, quinto estudio de su “Filosofía y Nación”, 1982; también aportan su esclarecimiento A. Korn con “La filosofía moderna” 1913, . cap. 2 de su “Influencias filosóficas en la evolución nacional”, ed. 1983, Solar, págs. 49 y ss., y  José Luis Romero en la parte segunda, “La era criolla”,  de su “Las ideas políticas en Argentina” 1946, 4ª ed., colecc. Popular del F. C. E., 1975: caps. “La línea de la democracia doctrinaria”, “...de la democracia inorgánica” y “El pensamiento conciliador y la organización nacional”, págs. 133-165). ).  Consecuente con estas ideas de regulación de la actividad parlamentaria, de ordenamiento metódico del sistema representativo, hace  traducir a su nieto Augusto Belin (1854-1936, su albacea testamentario y juvenil secretario, también cuestionable editor e indizador de sus  Obras Completas, relator de su  fascinante Anecdotario y el primer  catalogador  de sus objetos personales) el Digesto de la Ley de O. M. Wilson (en 1869), que mejora y actualiza el célebre ‘Manual de Derecho Parlamentario’ de su admirado Thomas Jefferson (1743-1826) y escribe en 1877 un animoso, informado y preciso “Prefacio” para difundir la doctrina de la Reglamentación mencionada. En ese año traza  un paralelo entre él y el político y hombre de Letras Bartolomé Mitre (1821-1906, su antecesor en la Presidencia, 1862—1868). Éste representa “las tradiciones revolucionarias del país”, el gobierno lleno de vicisitudes y desórdenes, mientras que él encarna la escuela de la racionalidad política: “la condenación de las revueltas y la regularidad de las funciones de gobierno”. (cons. ‘La tradición republicana’ de Natalio Botana y su artículo del 11-9-1988 en `La Nación’, ‘S. y el orden político&rsquoGuiño. Esa política irracional la considera como la del salvaje prehistórico, la de “la cueva primitiva, la bellota y la piel de león” (1879, t. 33, O.C).(Sobre la configuración de la “forma mentis” sarmientina, véase J. M. Chavaría, “Densidad espiritual de S.” 1962, caps. “Conexión de sentido de reforma” y “Conexión de sentido jurídico&rdquoGuiño.

 

5.- El gobierno racional=

 

Su programa se constituye siempre en racional, como legislador y orador combativo. Así lo requiere “el buen sentido público” (p. ej., en “La campaña sobre Corrientes”, 1878, O.C. t. 32): “hablemos pues lenguaje racional y proporcional, llamando las cosas por sus nombres”. “Hablemos pues el lenguaje de la verdad y del sentimiento” (“A propósito de nuevos impuestos” 19-8-78, O. C., t. 41) En su  artículo “¿Es Gobernador Derqui?- Solución constitucional”(24-7-1878, en t. 32 de sus O. C.) expone su método de pensamiento, su lógica y su gnoseología de fibra cartesiana. “No entran siempre en nuestro jucio, como elementos de criterio, todas las concausas que están obrando silenciosamente en cada asunto, como soluciones previas, a más de la razón o el principio oculto que está en un una práctica seguida, y de que no nos apercibimos. Despertar aquellas concausas, que duermen al parecer, traer a la superficie el principio que una práctica tiene por base, es simplemente forzar a la verdad a presentarse luminosa y clara para todos”. Develación de los fundamentos, definiciones unívocas, construcción sólida del entendimiento, conceptuación lógica,  “llamando las cosas por su nombre”. Es el realismo idiomático que postula, concorde con su teoría del conocimiento.

 

 Las figuras históricas de Rosas y de Urquiza también son enfocadas sarmientinamente desde la perspectiva cartesiana. Éste se reconcilia con S. y allí “se dociliza y somete” “arregla el ánimo poco habituado a trabas”, se transforma de “caudillo arbitrario y libertador prestigioso”, en “ciudadano sumiso a la voluntad de su país”, se racionaliza, se adapta a las “formas regulares de gobierno” (carta a Julio A. Roca, 24-7-1875, en t. 31, O. C.). Rosas y  el Entrerriano adquieren relieve dicotómico:  Don Juan Manuel simboliza la ausencia de racionalidad, la anomalía de fondo y forma; el otro, en su “regeneración pública” encarna la ‘ratio cívica’ a través de su guerra de estrategia ‘científica’ y su disciplina táctica en Caseros..

 

En su jugosa carta al jurista trasandino   Ambrosio Montt (1830-1899), (O.C., t. 51, “Papeles del Presidente” 2º parte) brilla también el ojo sarmientino en su  lente cartesiana. Sobre el fin y sentido de su Presidencia y las elecciones del siguiente, consagratorias de su candidato, el político y escritor Nicolás Avellaneda (1837-1885, sucesor en la Presidencia, 1874-1880): “¡Qué alboroto, qué removerse todo, qué confusión y grito, y sin embargo qué armonía, qué lógica entre los antecedentes turbulentos y desenlace que viene siendo feliz y satisfactorio!”. El motivo del caos y del orden cósmicos, que un año antes aparece en otras líneas epistolares, también exultantes: el 13-2-1873, en Valparaíso, a Mariano Sarratea: “Éste es un caos fecundo de gérmenes, de donde saldrá un mundo nuevo”. Es el fin de la desgraciada Guerra con el Paraguay (1865-1870), con la victoria de Don Gonzalo. En carta a Urquiza,  del 17-7-1869 manifiesta que “Necesito como Presidente, como político, acaso sería aventurado decir como filósofo, orden, apoyo en los hechos y los hombres”. Reconoce la actividad mental como principal y poderosa en su organización intelectual: “...fui siempre una máquina de pensar, absorbiendo este trabajo incesante del espíritu toda mi existencia” (carta a Mitre, 1862, o carta a Aurelia, 1865). Apela a su racionalismo y positivismo intelectual. En carta muy anterior (1852, en Chile manifiéstale al autor de la  “Historia de Belgrano” la necesidad de programar la acción política desde un plan cuidadoso y tramado, con claros objetivos y medios seguros de realización: “El menor descuido, la menor ligereza puede traernos años y años de retardo”. Insta a fortalecer este persistente postulado filosófico que inspira toda su prédica constitucionalista, su tectónica de pensamiento,  la  vertebralidad de su mensaje : “Oponga pues su fuerza de inercia a las tentativas de convulsionar que vienen de otras partes y salvaremos la República”. “Ésta es la grande obra”: perfeccionar la sujeción de los Gobiernos “a las normas establecidas”. Consolidar el heroísmo de la Razón.  En su discurso como Senador (1875) advertirá  sobre su liberalismo ‘sui generis’, “limitado&rd

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