domingo, 03 de agosto de 2008

CATÓN y SARMIENTO, la Virtud Ciudadana.- Por Guillermo R. Gagliardi.-

                        CATÓN Y SARMIENTO, LA VIRTUD CIUDADANA.

 

 

                                                Por Guillermo R. Gagliardi.-

 

 

  • Gilbert Highet (1906-1978): “Nuestro mundo moderno es, en muchos aspectos, una continuación del mundo de Grecia y de Roma..., en la mayor parte de nuestras actividades intelectuales y espirituales somos nietos de los romanos y bisnietos de los griegos” (en su “La tradición clásica”, 1949).

 

  • Sarmiento: “Seremos vencidos por Pedro o Juan; pero diremos para consolarnos, como Montesquieu –Están conmigo los romanos” (en su “Las opiniones de un Juez”, 25-9-1878, Obras Completas, t. 33: “Práctica Constitucional&rdquoGuiño.

 

 

La tradición patria.

 

“¡Pobres hombres los favorecidos por la fortuna, que no conciben la pobreza a la antigua, la pobreza del patricio romano puede ser llevada como el manto de los Cincinatos, de los Arístides cuando el sentimiento moral ha dado a sus pliegues la dignidad augusta de una desventaja sufrida sin mengua!” escribe Sarmiento en su “Recuerdos de Provincia”.

 

Tarea de Sísifo, la sarmientina, de crítica a los valores irracionales en primera fase, lucha a brazo partido contra los gigantes del caudillaje, los privilegios y la ignorancia. Posteriormente, contundente labor de forja, de proposiciones. Primero hubo de disolver los prejuicios que se oponen a la organización de una sociedad no arbitraria. Luego, el estadista probo y funcionario digno, Presidente o Senador, con responsabilidad Catoniana, levanta las líneas de edificación de un Estado Moderno y Humanista,. De construcción de una sociedad estructurada racionalmente. Transformar la realidad para poder realizar el ideal de la sociedad justa y Republicana, la perfección y perduración de la vida nacional.

 

El establecimiento de la Institucionalización del país semeja en la analogía sarmientina a la construcción de un ferrocarril. Lo expresa certeramente en su “Candidatura Montt” ( “Obras Completas”, cito por edit. Luz del Día, “Escritos diversos”, tomo 52): “para establecer un camino de hierro (...) antes de todo se necesita, seguridad de que el orden, la tranquilidad, la regularidad, de la administración responderá del provenir por un número ilimitado de años...”.

 

En su carta a Mary Mann (1806-1887, esposa del educador estadounidense admirado por el sanjuanino, Horace Mann, y hermana de Elizabeth Palmer Peabody, iniciadora de los Jardines de Infantes), del 15-6-1866, explicita los fundamentos de su Legalismo, su brega por la Nomocracia, el Republicanismo, la Legocracia: “Mi empeño es en todas materias sujetar la razón individual a una tradición legal escrita, cuya sensatez esté apoyada en la historia y la práctica de los pueblos libres” (“Cartas de S. a la Sra. M. Mann”, Academia Argentina de Letras, 1936, p. 161; y ed. de Barry Velleman: “My Dear Sir” 2001-ICANA, y  2005, Fund. Victoria  Ocampo, epistolario de 1865 a 1881).

 

 Sus planes políticos y sus principios y planificaciones, su praxis política, acusan evidente base cartesiano-catoniana. Son principios absolutamente “no arbitrarios” sino ajustados a Derecho. Tales conocimientos poseen un gran poder de convicción y no hay voluntad individual que pueda oponerse  (F. Miró Quesada: “El intelectual en la política occidental”, 1969). La normativa racional de la conducta política del sanjuanino, abraza el ideal de forjar una sociedad moderna, tecnificada industrialmente y culturalmente civilizada, que posibilite el máximo desarrollo humano. (“S. y la Constitución Nacional” de A. G. Mosquera, Marymar, 1995, cap. I: “Su educación” y Apéndice: cap. 7: “El espíritu republicano” y 8: “S. y la ética republicana&rdquoGuiño.

 

Eugenio M. de Hostos (1839-1903), el educador y sociólogo de Mayagüez, Puerto Rico, analiza en su “Diario” (2 tomos, v. I y II en la ed. de sus “Obras Completas” ,ed. conmemorativa, 1969) el moralismo soberbio y el látigo “catoniano” de que sabía hacer uso S. para juzgar al prójimo. Proclama el autor de “Facundo” su ambición de “gloria virtuosa” como en los mejores tiempos romanos y su exasperada conciencia del “propio valor”. El autor de “Moral Social”, preocupado por estos temas clásicos, se aproxima éticamente al sanjuanino (Gloria Mora: “La visión de Hostos a través de su Diario””, 1ª ed., 1939, en “La situación autobiográfica”, J. Orbe compil., Corregidor, 1994).

 

Desde la adolescencia revoltosa, en “Recuerdos de Provincia”, hasta sus polémicas políticas y religiosas del ’80, don Domingo se siente un Catón a lo americano. Pues en el maestro, “el paradigma de la Virtud grecorromana antigua ocupará siempre un lugar de privilegio”, una entidad rectora de su intelecto y su brazo (E. Grüner, “La travesía de la alteridad”, en “Utopías” V. Fortunati y otros, Corregidor, 1994, p. 219). En los versos de Gustavo Araya Cáceres (1938) se dibuja nítida esa imagen sarmientesca: “Muerto, S., todavía blandes, / tu pluma, que fue azote de los vicios”, castigo infernal para los corruptos, los bárbaros y los ignorantes (C. H. Guerrero, “S. en el soneto”, 2ª ed., San Juan, 1974, p. 26).

Es la gente infame que su látigo aún castiga, como lo expresa en su poema Alejandro Martí (en antología cit., p. 52): “Tu vida en obras a tu pueblo diste, / Catón a cuya admonición aún tiembla / raza proterva que en la infamia hundiste”. Allí sobresale esta siembra de fibra catoniana de su  gesta, ante el caudillaje, ante la Colonia, el analfabetismo... (A. E. Astin: “Cato the Censor”, Oxford, 1978).

 

Se advierte la fibra tutelar del personaje romano en el costumbrismo y el biografismo, dos tendencias constantes de su literatura. Integran ambos géneros su dialéctica civilizadora, su “escribir y hacer la historia”.

Ejercicio de crítica moral y de establecimiento de nuevas categorías de pensamiento para reformar y crear. Aniquilar y destruir para cambiar. Látigo implacable y escoplo bienaventurado. Puede de  esa manera,  llevar a la práctica, en la prensa y la praxis pública, “una especie de judicatura” republicana, la califica en su “Recuerdos de Prov.”, “...castigando el vicio triunfante, alentando la virtud oscurecida”. Por ello habla seriamente de “mis tareas”: “defender las instituciones, el orden, la libertad y la moral”,  que santifica y glorifica, “contra los enemigos armados del puñal, del veneno, de la lanza, de la pluma, de la palabra”, según explica en su “Discurso sobre La Caridad” de 1873  (tomo 21 de sus Obras).

 

En su artículo “Da capo” (diciembre 30 de 1878), don Domingo ironiza sobre la parcialidad de Bartolomé Mitre (1821-1906) en las elecciones del ’68., con la  que “se comprometieron las fuerzas morales e intelectuales del país”. “Conocemos y conoce Buenos Aires, la austeridad ejemplar y principios del gran Catón argentino, en materia de electores”. Compara satíricamente al autor de la “Historia de San Martín”, “el dios saliente” (por su influjo en la política electoral de la Nación), con el severo hombre público de la Antigüedad. Define la actuación cívica de Mitre con intenciones  negativas, condenatorias: “Desde los principios de su carrera, se hizo notar por su rigidez. Nada de fraude, nada de violencia, nada de quebrar mesas y romper los registros”. Estos juicios adversos a la postura  del Mitrismo, a su poder y manejo de los asuntos públicos, instalando su irónica comparación con el gran Censor,  son triste efecto de su enfrentamiento en 1874 ante la revolución al final de su procelosa Presidencia (Obras Completas, t. 49, “Memorias&rdquoGuiño. La acusación de Mitre y sus seguidores políticos en “La Nación”, contra S. y su supuesto favorecimiento de la Candidatura de Nicolás Avellaneda (“La política electoral de un Presidente”, en “El Nacional”, 17-12-1870, t. 49 de sus Obras, ed. cit.).

 

Según anota Albert Camus (1913-1960)  y expuso en “L’Homme rèvoltè” (1951) (cap. “Los regicidas&rdquoGuiño, la religión de la virtud  en la Revolución Francesa de 1789 significa positivamente en el país galo un renacimiento de la oratoria  clásica. Un nuevo florecimiento de la retórica y la prédica virtuosa y unionista de Catón y Bruto, tan significativa en el pensamiento ético-político sarmientino. “La Revolución Francesa, al pretender edificar la historia sobre un principio de pureza absoluta, inaugura los tiempos modernos al mismo tiempo que la era de la moral formal”. Esta dirección normativa del terrorismo de 1789, que es observada precisamente en 1883 por Sarmiento en su “Conflicto y armonías de las Razas en América”, (v. 1, cap.VI, ítem “Los puritanos&rdquoGuiño: “careciendo de modelos la  República Francesa, sus apóstoles  trataron de imbuirse en el espíritu de las repúblicas antiguas de Grecia y Roma, adoptando de sus prohombres, el lenguaje, los nombres propios, los sospechados usos, y aun los trajes. Tuvimos Arístides, Fociones, Marco Tulios y Catones”.

 

Ezequiel Martínez Estrada (1895-1964), sarmientista esencial, ya en 1933 en su “Radiografía de la Pampa” (cito por 6ª ed., 1968, p. 340) nos introduce en la senda del alma catoniana de S., sin aludir especialmente al personaje clásico. Pues señala, loc. cit., el sustantivo  escrúpulo sarmientino, “en él morboso, de la veracidad y de la honradez” junto con “el de la probidad en el ejercicio del poder”. Son los núcleos de la psique del autor de “Facundo”. Catón se transforma en lema de sus  luchas. En símbolo de sus intenciones públicas, en recurso para sus argumentos históricos y literarios en escritos, discursos, cartas, proclamas, informes, etc.

 

Fuerte presencia e influjo en su obra, en su obrar... Así, en 1881 el lema catoniano le sirva como clave de su combate contra los miembros rentados del Consejo Nacional de Educación (véase en tomo 47 de sus Obras Completas, “Educar al Soberano&rdquoGuiño. “Delenda est Cartago, Sr. Ministro Fuera Consejos rentados;...”, “de advenedizos (en materia de Educación), y que sólo sirven para quitarle su dignidad al trabajo. Como el romano, con igual contundencia, acusa y denuncia. Nobles arquetipos de ética cívica. “La renta excesiva, la falta absoluta de ocupación, la conciencia que cada uno de ellos tiene de su propia insuficiencia...” (loc. cit., “Informe que el Superintendente pasa al Sr. Ministro de Instrucción Pública respondiendo a los cargos del proceso levantado por los Sres. N. Viola, Van Gelderen, Posse, Broches y otros”, dic. 28 de 1881).

 

 

 

Ética y Civismo.

 

Siempre la presencia de ánimo y la altivez de espíritu, y el estoicismo vital.  “La elasticidad de mi espíritu no me deja permanecer encorvado bajo el peso de las contrariedades. Aguárdolas aún, y me preparo para combatirlas” (carta de abril 1851, en “Argirópolis”, t. 13 de sus Obras Completas). 

Sacraliza su ímpetu de brega y combate: llevo diez años de lucha y no hay que decir que haya sucumbido, aunque las caídas de esta pasión pasen ya de siete”. Esta ansia agónica, de “cuyo blanco es la elevación y grandeza, el resurgimiento en el mapa de las naciones, del pedazo más rico de la tierra”. “Tenemos una cualidad y hacemos alarde de ella, porque suple a la fortuna y al talento, al saber y a las demás dotes; sabemos querer; y cuando queremos algo, bien y deliberadamente, ponemos los medios de conseguirlo” (Apéndice a ob. cit., artículo “La Prensa de Chile&rdquoGuiño.

 

Criterios sarmientos que lo aproximan al ideario cívico del sabio clásico Su Teoría del Gobernante: “Pedimos, sólo un poco de discreción”, “el elogio excesivo, sistematizado, mecánico, al jefe de un ejército (...), puede contribuir a marear al mismo jefe, e infundirle una idea exagerada de su poder e influencia”. “La modestia es virtud que se gasta con el roce y la humareda del incienso diario de la alabanza”. “Los pueblos todos, y el nuestro en particular, han sido siempre gobernados por el primero que da una batalla, o se hace de amigos que lo empujen, ajando sin provocación nombre y reputaciones” (Obra, t. 40, “¡No tan calvo!”, 1879).

 

Condiciones del gobernante han de ser según lo establece en ese escrito: “la capacidad personal”, “el carácter”, “con conocimientos teóricos y prácticos, “la edad que se llama provecta”, “como los cónsules romanos”, “haber pasado por todo el currículo de nuestra escala”. “La reputación de mayor adhesión a los principios”, “ser de todos y de la mayor parte de los ciudadanos simpáticamente conocido” y “estar en contacto favorable con otros gobiernos”. Avizora “la presencia del abismo a que vamos caminando” y aconseja “el medio de evitarlo”. En la política “No les pedimos más que verdad y moderación” (ob. cit., “La piedra de Sísifo&rdquoGuiño, pues “hay libertad en todas partes. Lo que falta es Hombres Libres”.

 

En su escrito “Los desfallecimientos y los desvíos” (1870) propone S., el mensaje de Catón, de la República tradicional, del legalismo a rajatablas, contra las tentaciones de políticas pseudo-modernistas y antidemocráticas.  Su tono adquiere el severo alcance, la exclamación y reflexión de su modelo. Le agrega sus dotes literarias, la metáfora y la ajustada sintaxis: “¡Cuidado que abandonáis  el camino trillado, la huella áspera, pero practicada; fuera de la cual, no hay sino pedruscos agudos y despeñaderos” (cit. en “El Nacional”, 23-1-1879). La admonición contra la doctrina disolvente, es insistente; el acento, consular. Se inspira en el ejemplo de la Roma decadente  y su política conciliatoria, asesina de la libertad y de la soberanía pública. “Mejorad el camino; armáos de cascos de hierro para garantiros; pero no abandonéis jamás el viejo y transitado sendero”. Mantener el sentido de la Ley y su fuerza, y el valor de la sana lucha electoral y el conflicto, resueltos dentro de la eticidad constitucional. “¡No nos salgamos de la huella!”- “La lucha supone la libertad, y tiene por base la facultad de pensar”. Siempre se presenta, siempre hay un motivo en el maestro sanjuanino, para ejercer con fervor y altura su Lección de Civismo y Moral. (véase p. ej., su “Las reacciones morales”, 6-6-1878, en tomo 52 e sus Obras).

 

En el  año 1879 se firma el Tratado de Límites con Chile. Y S. enumera los opositores a la Paz y el Acuerdo, entre ellos: “Los amigos del señor Frías, aquel viejo Catón que viene hace años repitiendo -delenda est Cartago-” (Obras, t. 35: “Cuestiones Americanas”, “El Pacto y la opinión”, 30-6-1879). Reitera esta analogía moral clásica el 7 del mes siguiente en su artículo “La diplomacia argentina. Don Félix Frías”. En el Senado proclama solemnemente sus convicciones pacificadoras, ante las burlas y numerosa e interesada oposición.

 

 En el descarnado y crispado discurso como Ministro de Avellaneda, S. explica: “para decir lo que necesito, en honor de la verdad, de la virtud, de la justicia y para salvar al país de una trampa en que ha caído y de que un solo hombre pudiera salvarlo: Domingo Sarmiento, como lo ha salvado de la misma manera, muchísimas veces”. “Creo que ha llegado el momento de salvar a mi patria, a la que todo ciudadano le debe todo lo que posee, en conocimientos, en voluntad y hasta en coraje para arrostrar las dificultades” (Obras, tomo 20).

El Presidente Avellaneda le escribe entonces, comparando su derrota parlamentaria con la del personaje clásico en su tiempo, la causa buena de la República y la Constitución: “La causa (...) vencida era la de Catón. No es bueno ser vencido en justos y sanos propósitos...”. Destaco la imagen, entre el romano y el Farinata dantesco, altiva y clásica, que C. Galván Moreno describe en su “Radiografía de S. “(1938, cito por ed. A. Zamora, 2ª ed., 1961, cap. 27: “En el llano&rdquoGuiño: “Y en el Senado, S. habla una hora, sereno, apasionante, inconmovible ante los sarcasmos y las invectivas de los adversarios al pacto”. En “La Diplomacia argentina, D. F. Frías” (julio 7 de 1879) en relación con Catón, lo alaba  por la pureza y rectitud de su intención: “El Sr. Frías trajo de Chile una idea fija, y dio a su existencia un objetivo único, el odio a los malos procederes de Chile. “Hánlo comparado con otro tipo moral, Catón, con su ‘delenda est’, de los romanos”. Paradigma de ‘moral diplomática’ y cruzada por la Justicia, “admirable de constancia y de abnegación”.

 

Abomina siempre de “los camaleones”. S. tiene la gravitación de una conciencia recta y un alma insobornable como muy pocas. Condena a “los contemporizadores” en política, amorales y perversos. Convoca a la Juventud: “Levántese moralmente la juventud para curar el mal de la época, la perversión de la conciencia” (“El Nacional”, 11-10-1882, en tomo 42 de sus Obras, “Costumbres- Progresos&rdquoGuiño.

 

En el famoso “Discurso de Sheridan” (1879; Richard Brinsley Butler Sheridan, político y dramaturgo, parlamentario inglés, 1751-1816), Don Domingo defendió con  suma altura conceptual y dignidad expresiva, su postura pacifista y comprensiva respecto del pacto Balmaceda-Montes de Oca sobre límites con Chile, continuación del ‘statu quo’ establecido en 1872, cuando su Presidencia. Si bien no fue apoyado por la mayoría del Parlamento, venció por los comentarios de su cèlebre pieza oratoria que fue comparada (por Nicolás Avellaneda, entre otros)  en racionalidad, serenidad clásica en el contenido y el estilo, y  superior moralidad, a las intervenciones del honorable Cónsul. “La causa vencedora tuvo el favor de los dioses, pero la vencida, el de Catón. Sé que su discurso en la sesión secreta en el Senado ha sobrepasado todo elogio” le escribe Avellaneda en su entusiasta misiva, que trascribe Manuel M. Zorrilla en su “Recuerdos de un Secretario” (1912, t. 1, cap. IX, p. 189; véase también: “S. campeón de la Paz entre los dos pueblos” de A. Palcos, en su “S.”, ed. 1962, p. 228-232; R. A. Paz: “El conflicto pendiente. I. Fronteras con Chile”, Eudeba, 1980, cap. III: “Entre la ambición y el miedo”; M. A. Pelliza: “La cuestión del estrecho de Magallanes. Cuadro histórico”, Eudeba, 1969: “Cuadro dieciocho. 1879&rdquoGuiño.

 

“De la América del Norte salió el gran principio de la tolerancia religiosa que adoptó al fin el mundo y que ha restañado el  reguero de sangre que la humanidad derramó durante veinte siglos. ¿Por qué no podría salir de la América del Sur la supresión de la guerra en las relaciones recíprocas entre los nacientes Estados?” (Mayo 1874, Obras comp., t. 51).

 

“Dícese que es el más grande discurso que haya pronunciado en su vida el orador” observa S. en el comentario reproducido en sus “Discursos Parlamentarios”, IIIer. volumen, en tomo 20 de sus Obras. Con sus palabras altivas y ardientes, comparables a las del antecedente romano que lo inspira, derrotó –escribe él mismo- “las arengas acompasadas”, “la  hipérbole castellana y la exageración de los epítetos”. El decoro republicano, la naturalidad y fuerza del lenguaje catoniano, la ausencia de oropel, la magna intención ética, fueron su virtud de Tribuno: “la corriente de buen sentido, de verdades prosaicas, de razonamientos caseros, con que inundaría a aquella asamblea”. Es la retórica sarmientina del sentido común. Y del civismo y humanismo universalista más levantado, enemigo acerbo de “pleonasmos, alegorías y otras golosinas”. “De  qué calibre, de qué fuerza contundente, sería el discurso...”. 

 

Cuando  S. publica “Anuncios de la ‘Vida de Quiroga’” (1845, tomo 6 de sus Obras) fundamenta su tarea histórico-literaria. “He creído necesario hacinar sobre el papel mis ideas tales como se me presentan sacrificando toda pretensión literaria a la necesidad de atajar un mal que puede ser trascendental para nosotros”. Concibe  su tarea como moralista de la Historia y de la Política. Advierte que “los preceptos de la moral son en su mayor parte negativos”. Como filósofo ético, él, desde el Periodismo, ejerce esa función didáctica: “debemos propender a formar la conciencia pública”, “señalándoles los escollos adonde pueden conducirnos nuestros propios extravíos” (“La educación pública bajo la Federación”, 1849, tomo cit. de sus Obras).

 

Esta representativa literatura sarmientesca es contundente ejemplo de la “escritura política” que develó el semiólogo  Roland Barthes (1915-1980) en su “Le degré zero de l’ecriture” (1972, ed. española, 1986). En “la palabra” de S. se advierte movimiento. En ella “el lenguaje funciona evidentemente como una voracidad”. Une barthesianamente, en su apasionado ejercicio “la realidad de los actos y la idealidad de los fines”. Medularmente combativa, amenaza, castiga, moraliza. Literatura “axiológica”,  en los textos políticos sarmientinos (artículos periodísticos, cartas, proclamas, esquelas, prólogos, discursos...) describe el hecho con la misma fuerza prescriptiva y dinamismo estilístico con que emite juicios de valor. Analiza, justifica y propone, desde su puesto heroico de Juez y Maestro. “El que escribe ejerce una especia de judicatura” sentencia (artículos sobre Idioma y Romanticismo, en sus polémicas de 1841-1842 en Chile, tomos 1 y 2 de sus Obras Completas). Señala, como siempre, Barthes, agudamente,  que en esta escritura, “la excusa del lenguaje es al mismo tiempo ‘intimidaciòn’ (a las tiranías, a Rosas, a los caudillos de chiripá y a los de levita, etc.) y ‘glorificación’ (de la República, de la Libertad, de la escuela popular y el orden constitucional).

 

El Poder y el Combate motivan su pluma. El anti demagogo y anti populista, conservador “more romano”; “la peor de las demagogias, la que adula las preocupaciones del vulgo” (Obras, tomo 25, art. “La ciencia ignorante&rdquoGuiño. “La tiranía no se juzga. Se castiga, se extirpa, se execra” (“El proceso de Rosas”, Obras, t. 24).

 

Escribe para luchar por las ideas “sanas y realizables”. Persuade, enuncia principios, planifica, construye, insulta, aconseja, abomina... Lengua de ‘acción’ y de ‘valores’, ‘duro y recio’. Militante ético, mesiánico, obsedido por la salvación patria. Es el Cid Campeador de nuestras Letras. Pluma como Espada. Y representa nuestro formidable Catón, “pluma como látigo”. Admonitor de la política criolla. Igualmente grandes y arquetípicos.

 

En su trabajo “Disciplina Escolar” (1853, en “El Monitor de la Educación Común”, Obras compl., t. 28: “Ideas  Pedagógicas&rdquoGuiño, considera que los alumnos de las escuelas primarias y secundarias por ser menores de edad, inmaduros en su personalidad, carecen de los derechos cívicos, de insubordinarse. Debe imponerse la autoridad, mesurada y coherente de los mayores, sus tutores. Nos precave contra el desarrollo indeseable de “este mal espíritu” de alzamiento de la indiscreciòn e impertinencia de los seres en formación, “y ese sentimiento de la propia suficiencia que se desenvuelve en los jóvenes”.

 

Pedagogo autoritario, S. recuerda a la Civilización Romana que sólo otorgaba el derecho a intervenir en los asuntos públicos, a los jóvenes que debían  investir la ‘toga viril’. “Pero entre nosotros (...) donde el ciudadano imberbe (...) acomete la solución de las cuestiones públicas, Catón el Censor se encontraría muy embarazado para ejercer sus funciones”. Su recto sentido de inspiración Catoniana, le lleva pues a establecer estrictamente el criterio de la autoridad en la escuela, la legalidad y la moralidad.”En la administración de la enseñanza hay este axioma: el maestro solo tiene razón. Sin este principio absoluto, la enseñanza es imposible”. Insiste en “De los castigos en las escuelas y de la autoridad del Maestro” sobre el mismo asunto de gobierno escolar (“Anales de la Educación”, I, 1858, tomo 28 de sus Obras).

 

El Dr. Manuel Dídimo Pizarro (1841-1909) en sus “Cartas al Gral. Don. D. F. S.” (“La Capital y los Republicanos”, 1882, Sta. Fe, 18 p.) compara a S., renunciante de la Superintendencia de Escuelas, con el clásico Censor: “¡Es Ud. el Catón de nuestros días por su sabiduría y virtud!”. Verboso e hiriente,  Pizarro se burla del viejo maestro, aristofanesco en sus ataques al Ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública de J. A. Roca, en medio de la polémica por la cuestión religiosa en el Congreso Pedagógico de 1882 (1ª Carta, Bs. As., 19-1-1882; N. T. Auza: “Catolicismo y liberalismo en la generación del 80”, ed. 1992, ECA, cap. V; H. J. Cuccorese: “Hist. de las Ideas. La cuestión religiosa a través de los debates del Congreso Pedagógico de 1882”, en “Investigaciones y Ensayos”, Academia Nacional de la Historia, nº 30, en.-jun. 1981).

 

Actúa nuestro maestro en 1883 “como un verdadero Catón argentino... le cae bien el sayal de Catón...S. íntimo es nuestro Catón argentino” reitera Cuccorese (en su “Polémica de companillas”, íd. anterior, nº 32, en.-jun. 1982).

 

En carta a su nieto Augusto Belin (Marzo 1874, en t. 51 de sus O. comp.), bosqueja una semblanza de su vida e ideas en tercera persona, donde destaca su constante catoniana, normativa y magisterial, en política: “En la política interna ha introducido principios y prácticas de orden que aseguran la tranquilidad pública contra las eternas revoluciones americanas”.

 

 

 

Autoridad y Responsabilidad.

 

 

En 1873 el Presidente Sarmiento le escribe a su sobrino el Comandante Patrocinio Recabarren, en Mendoza, significando su sentido estricto del deber romano del funcionario y de su representatividad e incorruptibilidad, y  su concepto cimero de la Función Pública. “Como tío de Ud. le prevengo que no se olvide nunca que las charreteras que lleva se las ha puesto el Gobierno Nacional y que no hay afecciones ni consideraciones personales que me puedan apartar de mis deberes jerárquicos” (“Papeles del Presidente” II, en O. compl.., t. 51).

 

De los mismos días es otro escrito, de igual contenido, de agosto del 73 a su nieto y con referencia a su posible nombramiento en la Legación Argentina en París: “En el nombramiento para un puesto lucrativo recaído para su nieto no puede ir la firma de D. F. S.”. Advertencia expresiva de su genuino espíritu republicano (publicación póstuma en “La Tribuna”, 13-9-1891; cit. en  “Ideario de S.”, sel. y pról. B. Movsichoff, T. Agüero, 1988, p. 174).

 

Al morir el legislador y gobernante Valentín Alsina (1802-1869), el Presidente S. pronuncia la Oración Fúnebre recogida en sus “Discursos Populares” (t. 21 de sus O. compl.). La primera y fundamental imagen del Dr. Alsina la elabora desde la figura de dos personajes políticos de la Antigüedad, con quienes lo parangona: Arístides (54 ca. – 469 a.C.) y  Catón, el Justo y el Censor. Ambos los juzga como venerables por su Patriotismo: “el venerable Alsina, entre sombras terribles, o genios brillantes, se presenta como la última expresión de aquel patriotismo cincelado a la antigua, que hace tan serenas para nosotros las nobles figuras de Arístides o de Catón”. Alsina fue el autor de las “51 Notas críticas al ‘Facundo’”, publicadas en 1901 en la “Revista de Derecho, Historia y Letras”, t. X y XI, reproducida  por Alberto Palcos en su edición documentada de la Universidad Nacional de La Plata, 1938, reed. por Ediciones Culturales Argentinas, en 1962.

S. tuvo en cuenta estas anotaciones para las posteriores ediciones del “Facundo” luego de la primera de 1845. Allí  estampa sus correcciones, coherentes y atildadas, al clásico ensayo publicado en “El Progreso”, disculpándose por “mi prolijidad –indispensable para rectificar ideas” y “la rigidez con que no he querido dejar pasar errores –al menos los reputo tales – acerca de los hechos, como acerca de los juicios”. “Ruego a Ud. –finaliza puntilloso y trasparente – que al menos, en cuanto a mi sinceridad, a mi buena fe, a mi intención, me haga la justicia de no abrigar género alguno de duda” (ed. Univ. Nac. de La Plata, p. 426), “Notas al libro Civiliz. y Barbarie. Vida de J. F. Quiroga”, véase tambièn “Las divergencias de V. A. con el ‘Facundo’” y “Las observaciones de V. Alsina”, “La Prensa”, 6-7-1930 y 7-6-1931; y en su “El ‘Facundo’. Rasgos de S.”, 1ª ed., 1934, 2ª ed. 1945).  S. se identifica con Alsina como redivivo y criollo Catón, “subiendo a los puestos públicos como el vigía que se aposta a la proa de la nave, a la inclemencia, para señalar el peligro” (O. compl., t. 21).

 

Contrasta el claroscuro de la pasional lucha de nuestra Historia entre Civilización y Barbarie, y la luz virtuosa  amparada por estas figuras tutelares, el militar íntegro y el orador temible, ejemplos del estoicismo y epítomes de “la realización de un bello ideal de  las Instituciones Republicanas”, de “la honradez puritana de los móviles  en sus actos y opiniones, 1-4-1870”.  Les confiere la máxima categoría en la escala de los  valores éticos y estéticos; representan el “maximum bonum” de la moral y la belleza cívica. La evocación de las figuras de  Cayo Mario, el tribuno y cónsul del partido popular (157-80 A.C.) y Cicerón (106-43 A.C.) el admirado orador y político, son utilizados literariamente para tejer la etopeya de Alsina “more clásico”.

 

Porque el autor de “Camino del Lacio” considera al Civismo como un Humanismo: el Yo Humano que abraza a la comunidad, el más pleno desarrollo de la condición de Hombre,  a la humanidad entera, plenificación de la persona en su doble dimensión, pública y privada.  Convicción, norma de vida, “tesoro de desprendimiento, probidad, patriotismo e inteligencia”, ésa es la definición sarmientina de la conducta cívica, que han ejemplificado esos grandes hombres.

 

El sanjuanino también se ocupó de Alsina al  bosquejar su biografía en “Los emigrados”, recogido en su “Campaña en el Ejército Grande”, tomo 14 de sus Obras Completas: “Consagró su vida a la defensa de la  libertad”. Destaca sus valores de Catón porteño: “Mantuvo en la plaza sitiada las esperanzas, la inteligencia y la dignidad del pensamiento argentino&rd

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