SARMIENTO DESDE ARISTÓFANES.-
Por Guillermo R. Gagliardi.-
I.- “Yo tengo muchas plumas en mi tintero”.
En su artículo “Los Minstrels. Arte Dramático popular americano”, publicado en “El Nacional”, 12-7-1869, recogido en su “Ambas Américas” (Obras Completas, ed. Luz del Dìa, tomo 29) DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO (1811-1888) historia el origen y evolución de la Comedia. Desde los originales títeres, Aristófanes, Plauto, Shakespeare, Moliére hasta el arte negro, religioso, rítmico, que lo fascina y lo relaja de actividades de mayor densidad intelectual y de los ingratos avatares de la política criolla.
El Teatro, “theatrón”, “lugar para contemplar”, significa en su alma grande toda una postura vital, una dialéctica expresiva (tal como la estudió en detalle el escritor sarmientista Mauricio Rosenthal en su “S. y el teatro. La musa recóndita del Titán” (1967).
Es esencia de su persona, constante de su biografía espiritual. De ahí su permanente observación, teoría crítica del hecho teatral, obras, personajes y autores y estilos, desde sus primeros artículos chilenos, sus “Viajes” y sus comentarios de la vejez.
O. Pellettieri, en su “Joven o viejo, pero muy teatral” (Clarín”, 8-9-1988) afirma: “Tanto en su escritura como en su actuación pública, S. fue teatral (...). Su tendencia a dramatizar la realidad, a amplificarla, a hacerse notar...”.
En el “minstrel”, como el juglar o el mimo, el autor es propio ejecutor, “Y en esto el arte vuelve a sus orígenes. Esquilo, Aristófanes, Plauto, Shakespearte, Moliere, representaban sus propias comedias”.
La “Comedia” (forma del género dramático, en que el protagonista representa a un ser poco virtuoso, en asuntos cotidianos y que finaliza con un desenlace feliz y con castigos para el anti-héroe) es un arte aristofanesco en lo fundamental, reconoce el cuyano. “La sociedad actual es el asunto del drama”, “y se acerca a la primitiva comedia griega, en que Sócrates era satirizado en su presencia”.
Arte actualísimo, trashumante, popular y democrático, sigue “los movimientos de la opinión pública”.
Sátira “catártica”, “terapéutica” de asuntos contemporáneos, espontaneidad dinámica, canciones y parodia expresivas, encantan y gozan de su preferencia. (Rosenthal, cit., p. 123 y ss.). Afirma este autor que “El hallazgo de los ‘minstrels’ debió resultar para S. un acontecimiento singular y profundo” ¿del mismo, con igual título, en Boletín nro. 2 del Instituto S. de Sociología e Historia, 1965).
El artìculo sarmientino, citado al principio, es valorado como “una de las piezas más profundas y definitorias elaboradas por S. Vocacionalmente apasionado por el arte del Teatro, esa cualidad subyacente” (ob. cit., p. 128).
Privilegia en ese arte, su música estremecedora, “su alegría infantil, su estúpida malicia, su cándida estupidez, su imaginación primitiva”, su mística devota y espíritu farsesco.
Dichos, ocurrencias y picardías, al modo de las bufonadas del jocundo y desenfadado autor de “Lysìstrata”. S. es hábil y agudo también para concebir remotas analogías y sutiles comparaciones.
Se identifica en lo más íntimo con este expresionismo vital y terrestre. Y, argentino medular, anhela finalmente un “minstrel americano”, lamentándose que Hilario Ascasubi (1807-1875), valioso escritor criollo, jerarquizador de nuestras Letras autóctonas, poeta-militar-panadero-diplomático, que cantó en versos gauchos como “Paulino Lucero” contra Rosas, 1846 y contra Urquiza como “Aniceto el Gallo, 1853, no haya dedicado, con la enjundia y riqueza de su arte, a traducirlo en nuestro mundo gaucho, “con su guitarra, sus canciones y pillerías de rancho”.
II. “Hacer la guerra alegremente y educar a través de la risa”.
El nieto Augusto Belin (1854-1936) en su “S. Anecdótico”(1ª ed., Moen, 1905, p. 380-384, y 2ª ed., Saint-Cloud, 1929, p. 324-328) le dedicò sustanciales líneas al humor sarmientesco. Expresión magna del desborde vital en el autor de “Argirópolis”. Guerra, Alegrìa, Educación, constituyen los tópicos principales de su humor, y de su genialidad.
(Son irreemplazables, R. H. Castagnino: “Sentidos del humor en S.”, en Boletín de la Academia Argentina de Letras, jul.-dic. 1988, nro. 209-210; Luis Franco: “S. entre dos fuegos”, 1968; R. Lida: “Hacia el humor de S.”, en rev. “Sur”, jul.-dic. 1977, nro. 341).
En 1846 en sabrosa epístola a Saturnino M. de Laspiur (publ. por J. Ottolenghi en su “S. a través de un epistolario”, 1939, y reproducida luego por B. González Arrili en “Epistolario íntimo”, Edic. Cult. Arg., 1963, p. 15), aparece la sarmientesca definición del “buen reír”, eudemonológico, al modo de los héroes de la “Ilíada”, a partir del “recuerdo de impresiones fuertes”, del texto “El desdén con el desdén” del dramaturgo español Agustín Moreto (1618-1669).
“Aquella risa alegre, cordial, eterna”, “para su propia felicidad”, y que “podía apellidarse homérica si fuese tan estrepitosa como la de Aquiles y todos aquellos bárbaros griegos”. Profesa una concepción estética de la risa, que reitera al modo helénico y especialmente aristofanesco, vgr. en carta a Clara Cortínez, 1-11-1854 (“Epistolario...” cit., p. 24-25): “me gozo”, “en el reír franco y cordial” y alaba primero la gracia, vitalidad y sinceridad aún imperfecta, “más que la beldad acabada y sin gracia”.
Histrionismo, sarcasmo, franqueza hiperbólica, libertad superlativa en el pensamiento y sus manifestaciones, fueron las consecuencias de esas ideas, integrantes de una personalidad extraordinariamente activa, contraria a lo que llamaba “pensamiento vegetal”, “atavismo”, esa era “la verdad íntima”, ‘the deepest deep’, la mayor hondura de su carácter, según escribe “el albacea de su gloria”. Asombrosamente contradictorio, observa el nieto, “pasaba por autoritario y absolutista y oía la opinión de un niño y se daba el trabajo de convencerlo”.
El llanto y la risa señalaron la riqueza de su peculiar humanidad. “Era un hombre todo entrañas”. “De ahí también emana la fertilidad de su espíritu, su exhuberancia”.
Vigorosamente “ocurrente y decidor”, “francachón y condescendiente con los jóvenes, terrible con los pícaros, irónico con los necios y entusiasta, exaltado, lírico en su fe profunda por el progreso”. Es la definición de su aristofanismo, los rasgos indelebles del creador griego, que asimilaron su espíritu, alacre y original.
Audacia y valentía cívica de Aristòfanes y Sarmiento. Leopoldo Marechal (1900-1970) en su “Aristófanes contra el demagogo” (“La Nación”, 23-12-1934, publicado en sus Obras Completas, tomo 5, p. 256), nos informa que “ningún actor de la época quiso decir el papel de Cleón, y A. en persona tuvo que salir a la escena y decirlo, sin máscara ni disfraz alguno”.
Similar actitud de “soldados de la Libertad”, paradigmas de coraje y definición ciudadanas. Actitud crítica y responsabilidad sin ambages. Al atacar furibunda y a su vez justificadamente, al tirano, de manera pública, por todos los medios de que disponían, uno en su teatro, el ágora; otro, el nuestro, explosivo en discursos, cartas y artículos periodísticos temerarios.
“Aristófanes, al atacarlo públicamente –observa el autor de “Adán Buenosayres”, loc. cit.- dio muestras de un valor admirable”. “El buen demagogo”, “el Chanchero”, tiene su semejanza parcial en el concepto, en la prosa y pensamiento pasional sarmientino: Bartolomé Mitre (1821-1906), “apático versificador”, grave y documentado, traductor y poeta recatado, historiador, su enemigo político de la madurez y la vejez. El autor de las extensas biografías de Belgrano y San Martín, en verdad ha sido el humanista liberal de nuestra historia, el literato, “de carácter linfático”, puesto a soldado y gobernante, en contra de su vocación central.
Para el sanjuanino, Mitre, como el personaje griego, transformado en “Agorácrito”, es el modelo de político popular, “el gran personaje, abundante según Aristófanes,“en audacia, intrigas y maquinaciones”, “oliendo a mirra y a paz” según es consagrado al final de la comedia.
“Oh mortal afortunado –exclama Demóstenes-, de qué felices dotes de gobierno te ha colmado la naturaleza!” Escribe Marechal (ob. cit., p. 258), “y el Chanchero se define: será un buen demagogo, porque le tiene cariño a ese pobre Demos”. El rival encarnizado de S. es don Juan Manuel de Rosas y su sistema, y luego Mitre, “el demagogo vulgar” y sus aliados. El enemigo de Aristófanes, “el Paflagonio”, Cleón.
El poeta-militar-político, según el ataque sarmiento, impone “las prácticas oposicionistas”, “el desborde de la prensa, la barra de dos reales al dìa”, “...va a la vanguardia de ‘La Nación’, desmontando todo pudor público, destruyendo toda noción de justicia, de verdad, de decoro” (“Vida de S. El hombre de autoridad” por Manuel Gálvez, 1945, cap. XVI:”La lucha contra el Mitrismo&rdquo
. Véase la proclama de despedida del Presidente, del 6-10-1874, Obras comp., t. 21.
En su Discurso-Proclama el Presidente convoca a los Conciudadanos a desoír “las sugestiones de embrollones políticos y militares, o de especuladores patrioteros”. Su lema republicano, al modo de los preclaros modelos de la Antigüedad Clásica, consiste en la imperecedera fórmula “libertad con gobierno, con paz, con constituciones” (J. S. Campobassi, “S. y su época”, 1975, t. II).
En su escrito de 1879, recogido en “Los desfallecimientos y los desvíos” traza esa mitología y propedéutica a una semiología de la comicidad: “Reímos por el contraste entre la imagen aparente y la realidad”. “Los antiguos, que todo lo han sospechado, han llamado jovialidad a esta predisposición del ánimo, de Jove, Júpiter, el padre de los Dioses, que la poseía en grado sublime. Se reía en el Olimpo, de las bellaquerías de los partidos en que estaban divididos los Dioses, con motivo de la guerra de Troya”. Tiene el culto estético y ético de la risa, del humor político.
“La risa contiene más enseñanza que la nieve. “. Ahonda aún más, propone una Eudemonología de la risa. Sugiere una teoría política, basada en el trípode de la Crítica, la Burla y el Desenmascaramiento: “Hemos de reír, pues, y haremos, si podemos, que ría el pueblo de toda esta algazara, de aquellas cóleras fingidas, de aquel puritanismo de borrachos que declaman, con ojos llorosos, sobre la desmoralización de los demás”.
Notamos en “Las divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira” (1911) del escritor y periodista Roberto J. Payró (1867-1928) una especie valiosa de continuación de esta línea de ataque y condena y sarcasmo de tipos de nuestra fauna politiquera.
El humor muy mordaz de Aristófanes subyace (”gran rezongón a semejanza “ de S. según J. C. Ghiano), se actualiza y acriolla en la escritura sarmientina, reconocemos una estirpe jerarquizada.
El mensaje crítico, las urgencias de tono sarmientesco del republicano ejemplar, el “Censor” a lo Catón el Viejo, y “Profeta” a lo Moisés, redivivo en las observaciones satíricas del talentoso creador de “Pago Chico” y “El casamiento de Laucha”, naturalista y moralista con visos de puritanismo (según advierte E. González Lanuza) sobre las canallerías innúmeras de su personaje, el provinciano Mauricio Gómez Herrera, en la sociedad y política argentinas.
(N. V. de Bietti: “El libro belga de P.”, “La Nación”, 27-5-1979; “Rev. Nosotros” selec. y pról. N. Ulla, 1969, p. 124-128; E. G. Lanuza, en Boletín Acad. Arg. de Letras, 167-170, p. 67-75; J. C. Ghiano, “R.P., cronista de la Argentina”, “La Nación”, 2-4-1978).
III. “Tengo muchas plumas en mi tintero...téngola burlona para los tontos. Para los sofistas, para los hipócritas, no tengo pluma; tengo un látigo y uso de él sin piedad”.
Alfonso Reyes (1889-1959) en su “La crítica en la edad ateniense”, con su ingenio y finura habituales, llama a este arte temperamental, cáustico a menudo y desbordante de sinceridad, “literatura con entrañas”.
Escritura absolutamente comprometida con la vida de su época (ob. cit., cap.: “Aristófanes o la polémica del teatro”, Obras Completas, t. 13, Fdo. de Cult. Econ., 1961, p. 123-151).
Como Diceópolis, el personaje de la comedia “Los acarnienses” (425 a.C.; Acarna era un fértil “demo” de Ática, la obra predica la Paz y combate contra el Belicismo), Don Domingo se nos aparece como “el pobre sanjuanino agricultor”, “soy sanjuanino, aldeano y nada más”, que ansía una Tebaida (un lugar de solaz, un refugio) de paz para sí y su Patria, pero que se ve obligado, contrariando su naturaleza, a lidiar con las encarnizadas hostilidades y enfrentar las “musarañas de la vida civilizada”. Franqueza salvaje, nada de ambigüedades, en estas cualidades de Veracidad, de “Parresía”, reside su genio admirabilísimo.
Esta particular genialidad, se extiende entre dos tensiones. Una, catoniana, el sermón doctrinal y severo de moralista tradicional de la República. La otra, aristofanesca, la sátira mordaz contra la demagogia patriotera y el populacherismo inconsútil (línea siempre viva de su rica literatura).
Cleón, el popular político, primer comerciante destacado en la clase política ateniense, muerto en 422 a.C., ridiculizado por el comediógrafo en su “Los Babilonios”, es Rosas. Mitre, denuncia Domingo, es la poesía de la Nación retórica.
Muchos siglos separan una gesta de la otra. El griego con su comedia acusadora del tirano ladrón y astuto (424 a.C.), la sofística engañosa (“Las nubes”, 423), etc. El sanjuanino, con sus polémicas periodísticas contra el sistema rosista primero, luego con sus censuras violentas al juarismo (“El Censor” en la década del 80) y ataques como mazazos a la Patria fenicia.
Apela a la imagen caricaturesca y al denuesto más grueso cuando no a la gracia de expresión y a la alegoría ácida, para combatir la impostura, la insolidez gubernativa, sin dirección ética, la ausencia de espíritu cívico.
A S. le es connatural una jocosidad, un vitalismo asombroso, “humorismo orgánico” (según R. Lida). Una alegría de vivir, hacer, escribir, pelear. Un humor irónico, cuando no franco y hasta grosero. En sus Obras, en el tomo 40, se recoge un magnífico y revelador escrito “La conciencia castellana”, donde escribe: “El buen reír, educa y forma el gusto...Jove reía. Los grandes maestros son inmortales risueños. Riamos nosotros, que el buen reír es humano y humaniza la contienda” (1879).
Reconoce el maestro las distintas facetas de su extraordinario estilo literario. Severamente moral en política, crítico en la exposición social, objetivo y racional en pedagogía, humorista en las evocaciones costumbristas, finamente contemplativo en sus descripciones de la naturaleza, cáustico y grotesco en la polémica religiosa....
“Tengo muchas plumas en mi tintero”. Con esta expresión sintetiza su proteiforme
escritura, que aun hoy sigue asombrándonos por su riqueza de contenido y continente, por la fuerza sustantiva de su verbo hacedor, por la temeridad de su intención agónica, por la frecuente ternura de sus encantos afectivos, por la unción religiosa a que asciende su conciencia cívica y su “eros pedagógico”.
“Téngola terrible, justiciera para los malvados poderosos..., encomiástica para los hombres honrados...; severa, lógica, circunspecta para disentir, téngola burlona para los tontos. Para los sofistas, para los hipócritas, no tengo pluma, tengo un látigo y uso de él sin piedad...” (cit. por J. J. Cresto, entre otros, en “Vigencia de S.”, varios autores, 1988, p. 173-174).
IV. “En los Estados Sudamericanos, la palabra Libertad importa sainete ridículo...”.
En un escrito juvenil de S. en “El Mercurio” (14-11-1841), Obras completas, tomo 9, expone una visión aristofanesca de la cuestión de la Libertad en la historia de América.
“La Comedia de la Libertad” como la denomina Mariano José de Larra (1809-1837), epitomiza nuestro destino nacional, que ve en tiempo de farsa y ritmo tragicómico. Los escritos larrianos inspiran evidentemente su artículo. Pero descubrimos una analogía raigal, la vena del cómico griego, con quien lo parangonamos gustosamente.
“Nosotros pensamos que en los Estados Sudamericanos, la palabra Libertad importa sainete ridículo, melodrama horrible y larguísima comedia que no manifiesta tener fin...”.
Ataca, como las avispas del escritor ateniense, a “esos liberales furibundos”, que traman una “chanza y pasatiempo”. Es el teatro, la oratoria, la apariencia de la Libertad. Es el “negocio de la Patria”.
Aguza su pluma, y metáfora de la inmoralidad pública.
Grotesco, se expresa vigoroso en su “Los caballeros” (424 a. C., ataque frenético al tirano de Atenas, “el morcillero&rdquo
, retrato profundo de nuestros políticos seudo-democráticos: “Entonces, cantando el Himno Nacional, pasan a los bastidores, mudan su ropaje, antes modesto y democrático, para aparecer en tablas con largos plumajos bordados, medallones...”.
Con mayor acidez, bosqueja el “salón ministerial bien confortable, (...) en que están los padres conscriptos elegidos libremente por la voluntad de las bayonetas y la coacción, la que se llama sala o Congreso”. “He ahí teatro con bastidores, casa y actores”: relata, sintetiza visualmente y describe con ánimo crítico el proscenio de la falsa República.
El gobierno de la corrupción, la vanidad, la crueldad, la ignorancia, el fariseísmo, la delación, hallan su pintura patética y risible, en la dotada y robusta pluma del periodista sanjuanino.
Sintaxis dinámica, mirada abismal y precisa, incita a la reflexión en todos los tiempos. La libertad, concluye, es una pieza teatral “que desde la eternidad seguiremos viendo representar a nuestros pobres hijos, nietos, biznietos, tataranietos...”.
“Fígaro” es su maestro ilustre en la crítica social y político-literaria, pero afilando nuestra perspectiva hacia la Antigüedad Clásica, revela su filiación ática, su grácil y a su vez pungente veta aristofanesca analítica. Definitivamente labra una imperecedera lección de ética cívica.
Elogia S. viejo al joven Eduardo Wilde (1844-1913), médico, encantador escritor y político liberal. Ingenioso y fértil escritor, por su humor, su alacridad, la alegría y “elegancia demoledora” de su valiosa escritura (artículo consagratorio de “Tiempo perdido”, desde “El Nacional”, 23-6-1878, recogido en Obras de S., tomo 46).
Nos trasmite el gozo de ese arte original y gracioso, helénico, del ocio y la “bella literatura”, que refresca el alma y canta exultante su admiración humanista por la risa inteligente y el estilo desenfadado y libérrima ironía.
“¡Cuando la inteligencia sonríe, hay gloria en las alturas y paz en la tierra para los hombres!” (“S. y E. Wilde”, por J. A. Solari, en su “Días y obras de S.”, 1968). Entre críticas y recuerdos autobiográficos expone brevemente su teoría aristofanesca de la vida política y de la obra literaria: “pelear riendo”. Reflexiona que “La política, la maldita política ha echado a perder el carácter y el genio argentinos”. Enuncia una sociología del ser argentina, una clave de su lucha histórica: “pelear pero riendo; burlesco sin ofensa; y siempre y eternamente alegre y social”.
Sensible y dúctil, abomina “de la monotonía de lo recto, estrecho y escabroso”. Prefiere la amenidad y el gusto, la ética asociada a la estética, la seriedad crítica y la intención sana: “introducir un ligero tinte de gusto, de letras, de crítica, sin que lo ensordezca los balidos y los berreos, en la prensa y en el Parlamento, como afirmación de la salud de la República”.
“Necesitamos algo que no sea bueno, ni necesario, ni Constitucional con mil santos, sino de agradable, de graciosa, de humano, con un poco de malo”.
Coincidentemente L. Lugones (1874-1938) en su “Hist. de S.” (1911, cito por ed. Acad. Arg. de Letras, 1988), afirma que “la cualidad dominante de ese batallador es la alegría de vivir que iluminaba al heroísmo griego”, y el “ademán de predicador” como profeta hebreo.
Era manifestación “de su ser irradiante, en perpetua situación de docencia” “su mayor proximidad a la burla que a la ironía”, sostiene el autor de “La guerra gaucha” y “Romances del Río Seco”. Concuerda con su persona más la fe robusta en la sátira que el escepticismo ligero de la ironía. Recta elocuencia, férrea indignación. Moralismo radical de Sarmiento y Aristófanes.
El maestro y pedagogo correntino, reformista y positivista, J. Alfredo Ferreira (1863-1938 en su “En el Centenario de S. “ (1911) compara el sentido cómico y el ajustado sarcasmo de “Las carpas”. Ingenioso escrito sarmientino nacido de sus encontronazos de 1881 con los miembros del Consejo Nacional de Educación, trasunta la similar vitalidad e ironía conceptual del autor griego: “El año 1881 fue destituido de su cargo de Superintendente de Educación a consecuencia de la última gran batalla que libró contra los ocho Consejeros que le nombraron para no errar sus palabras. El libro que la registra se llama ‘Las carpas’, y a fe que es digna de una comedia de Aristófanes, de ‘Las Nubes’ o de ‘Las Ranas’, con la ventaja de que aquí se mueven personajes reales, con su propia fisonomía intelectual, con sus trajes del teatro de la vida, y el autor de esta profunda comedia desempeña el papel de protagonista”.
En su Discurso en la Escuela Normal de Mujeres de Montevideo, en 1882 (Obras , t. 22) se referirá puntualmente a ese suceso de su vida pública, tomo 47 de sus Obras).
Admite la ilustre genealogía de su escrito político. “Aristófanes, el creador de la comedia de costumbres, llamó a una de ellas “Los Pájaros”, y la mejor de las que han llegado hasta nosotros ‘Las Nubes’. ¿Por qué no habíamos de llamarles ‘Las Carpas’, a la serie de escritos que el advenimiento al país de (unos) pececillos provocó, muy gustados a media que iban apareciendo (los artículos y no las carpas), ante un público tan benévolo y malicioso...”. (Léase “Aristófanes contra el demagogo” por L. Marechal, 1934, en su Obra compl., 1998, tomo V, p. 253-259).
Percibe anticipatoriamente desde el punto de vista histórico el valor, significado y el significante del Absurdo. Reflexiona sobre el sentido social y la lógica del Absurdo, el humor paradójico, su influencia en la naturaleza y en la psicología: “Nada hay que haga más impresión sobre nuestro espíritu que el absurdo. ¿Quién no se queda parado y complacido en presencia de una paradoja?. La antítesis, los dichos chistosos, los proverbios, los anagramas, tienen ese atractivo”.