ALGO MÁS SOBRE CICERÓN EN LA PALABRA Y LA ACCIÓN DE SARMIENTO.-
Por Guillermo R. Gagliardi.-
Toda la gama de sentimientos humanos, lo esencial de su personalidad sensible, amante de la gloria o reflejo de su autoridad. Su genio a lo Montaigne, ondulante y diverso, constantemente espontáneo, y significante de la verdad contra viento y marea , su talento de ensayista se desarrolla de manera plena. El género epistolar “dúctil y elástico”.
Así teoriza sobre el mismo en el Prólogo a “Viajes” (Obras, tomo V). Se parecian estos epistológrafos oceánicos. Léanse obras como “Cicerón y sus amigos” de Gastón Boissier (filólogo e historiador, 1823-1908) publicado en 1884, “S. a través de un epistolario” de Julia Ottolenghi (J. Menéndez, 1939), o Bernardo González Arrili(sarmientista fervoroso, 1892-1987, historiador y escritor) , “El epistolario íntimo de S.” (1963).
Avidez de comunicación, natural y grandiosa, abundancia de piezas. Adquiere múltiples sentidos en su pensamiento: didascálico, íntimo, amatorio, de propaganda política o pedagógica, de funcionario, etc. Responde a una necesidad interior o administrativa. La carta posee un valor instrumental inmenso en su vida y su acción (Ambrosio Romero Carranza: “Cicerón y el final de una República”, en “Anales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas”, t. 16, 1987, parte I).
Racionalista y liberal “con condiciones”. Realista en cuanto funciona como profeta, intuitivo genial pues siempre ha sentido una “indefinible pero firme” dirección “por los hechos fatales que las causas conocidas traen aparejadas”. Organicista innato, mecanicista con limitaciones, aspira a englobar la “diversidad argentina” bajo un sistema, un conjunto de postulados legales y providenciales, un “orden constitucional”, “un gobierno sensato”.
En 1846 define su noción de República, en carta a M. Piñero: “Yo no concibo la República sino como la última expresión de la inteligencia humana”. Entiende a la Civilización como biognosis y ontogenia, como desenvolvimiento progresivo de la Libertad, al modo Croceano (semejanzas entre S. y el pensamiento historiográfico de Benedetto Croce, 1866-1952, especialmente desde su “La historia como pensamiento y acción”, 1938), y a la Libertad, como desarrollo de la Persona.
Por ello, Gobernar consiste en sus convicciones, en educar, en hacer crecer esa capacidad de perfeccionamiento en el individuo y en la colectividad nacional.
Su topografía civilizadora está marcada por diversas franjas conducentes: el camino, las vías férreas, las postas, las mensajerías. Las travesías marcan esa diabólica frontera entre lo civilizado y lo bárbaro. El Trigo y la Letra, la Industria y la Educación constituyen esos preciados instrumentos de evolución.
Son ésos los factores de transformación. Nicolás Rosa distingue el elemento Romano y el elemento Oriental en la configuración de la Personalidad Sarmientina, de sus proyectos y realizaciones, políticas y literarias.
La moral catoniana y ciceroniana enmarcan el primer elemento, decisivo, superior. La monumentalidad oratoria, arquitectural. La austeridad (también tiene su aporte, según sus viajes y lecturas, el ascetismo protestante, que él prefiere y valora, severidad, “dura lex, sed lex&rdquo
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Una mujer, Doña Paula Jara-Quemado representa en parte primordial esa vertiente áurea de su genio: ella encarna la religiosidad y patriotismo más genuinos, la riqueza y el coraje, la acción socializante, la virtuosidad, como Da. Paula Albarracín, su madre.
La toga viril del “retor”, el romanticismo de la arquitectura románica, el panteón, la estatua, el Ciudadano virtuoso. Por otro lado, la poliglosia sarmientina, su hiperfagia y voracidad, la noción y practica de la fiesta, la orgía parisina, el goce y sensualismo de la mujer, el humorismo a veces procaz, el travestismo en sus viajes, su necesidad de construrise una máscara, un personaje y su sintaxis frecuentemente dispersa, rabelesiana y carnal, manifiestan su orientalismo.
Frente a la Épica del mármol, esta franja ama la digresión, el insulto y la burla, la ironía y la sintaxis disrupta. Entre Cicerón y Balzac, fluctúa el genio sanjuanino.
Martínez Estrada (sarmientista imporescindible, 1895-1964), en sus “Meditaciones sarmientinas” (1968, p. 38, reed. con “S.” y “Las invariantes..”, por B. Viterbo, 2001) señala la aptitud sarmientina de encontrar lo “viviente y lo importante” aun en los hechos y personas menos enjundiosos o representativos. Confiere, “como Jenofonte y Cicerón”, vida y trascendencia histórica o filosófica a sucesos o personajes aparentemente irrepresentativos, irrelevantes.
Deduce de una canción, de una escena campestre, teorías y profecías sustanciales sobre el destino nacional, sobre la condición humana, respecto de la existencia de nuestros habitantes de la Pampa cerril o la vida de los caudillos y los ciudadanos en provincia, sobre la manera de vestir, de armar sus vestidos, deduce trascendentes reflexiones sobre la naturaleza humana...
“A cada paso que da la administración, un orador nuevo sorprende y enorgullece al país por el conocimiento del derecho y sus aplicaciones”. Cree con firmeza romana que “el derecho es antiguo, inmutable en sus principios, de todos los tiempos”.
Y memora, admirativo: “Cicerón estaría bien en el Capitolio de Washington, diciendo ahora como en el de Roma: ‘Inter armis silent leges’”.
Confiesa adscribirse al partido de los “gubernistas”, para quienes el Gobierno es una “institución, poder, fuerza, para mantener la seguridad social”. Y se considera el más “reputado amante de las instituciones federales que el país se ha dado, pues que a más de haber contribuido con sus esfuerzos a su adopción, ha ido a estudiarlas en sus fuentes”.
Coincide con el enfoque de Emiliano Oliva en su “La estructura institucional a través del ‘Facundo’”(1946): “Ante los grandes principios, tenía la implacabilidad de un antiguo republicano de Roma”.
Le escribe S. al Comandante Recabarren, su pariente, el 28-8-1873: “no hay afecciones ni consideraciones personales que me puedan apartar de mis deberes jerárquicos” (Obras, t. 51).
Para él también , su retiro conyugal en Yungay (Chile) era una “cárcel”, el Infierno y el Purgatorio juntos, el Paraíso, la prensa, las polémicas, la acción en el gobierno, la brega, la lucha. “Eso es vivir”...
La Gloria, “a la que aspiraba”, como Pierre Grimal afirma del romano “era aquella de los conductores de pueblos”, la acción y el liderazgo eran su vocación (P.G.:”C.”, Lohlé, 1990).
Lo había leído y meditado detalladamente. El poder Legislativo constitucionalmente, posee el derecho a acusar y juzgar el desempeño de los hombres públicos de acuerdo con la tradición romana: “Hace dos mil años que por el sistema de gobierno a que pertenecemos, el funcionario público no puede robar al pueblo, ni aplicar el tesoro público a su uso particular. Véase la oración contra Verres, y ahí está todo nuestro derecho a este respecto”.
Esa magistral y famosa pieza oratoria ciceroniana simboliza en su concepto la síntesis de la doctrina republicana sobre el tema: resumen ejemplar de “nuestro sistema de sociedad, emanado de los pueblos occidentales de Europa, regidos por el derecho romano, alumbrados por la luz del Cristianismo”.
En su “Conflictos...” vol. I, cap. 4, t. 37, recuerda al romano en su “Oración contra Verres”: “Durante la República, el cónsul saliente recibía el mando de una provincia para rehacer la fortuna que había disipado en dar juegos escénicos y fiestas de gladiadores al pueblo. La oración de Cicerón contra Verres, da idea del tamaño del mal”.
(Léanse A. Caturelli: “El patriotismo de la crisis y la Argentina”, en “Estudios sobre Cultura Argentina”, Academia del Plata, t. I, 1961, p. 49-66: Matías E. Suárez: “Fundamentos políticos de la argentinidad. 2.Roma. 3-M. T. Cicerón”, en su “Defensa de la Argentinidad”, 1978, p. 87-91).
Desea que se cierren en nuestro país, definitivamente, “las puertas de los desórdenes públicos” y que reine el decoro republicano, el equilibrio y la majestad de las democracias del mundo avanzado de la época, la obediencia consciente de las leyes; porque existe entre nosotros “el fetichismo de la Constitución”, desvirtuado en la realidad.
“La autoridad universal de la Ley” (véase ·”Los cargos del Dr. Rawson”, t. 19 de sus Obras).
“Hay ideas culminantes y yo no sigo el camino que se me traza, sino el mío propio en la organización de las ideas”. “En los escritos que haya yo venido derramando en mi camino, unas veces sin suficiente reflexión, sin suficiente estudio otras, y con error muchísimas”. “¿Cómo se ha de hacer una enciclopedia o un Digesto de lo que yo haya escrito en todas las situaciones de la vida?”.
“Las naciones fundan gobiernos para que responsan de la tranquilidad pública y de la seguridad exterior, nada más”. “El límite del gobierno constitucional, quiero que el gobierno sea fuerte”. Ejecutivo autoritario, ordenador, augusto, “el orden público respetarlo siempre, jmás, ¡amén! La libertad y la paz”. La Ley asume carácter de Sagrada en su Ideario.
La función pública es concomitante con la del ejercicio responsable. Habla de la “augusta voz del Gobierno del Ejecutivo”. La única revolución fecunda y duradera, sólida y memorable, es “la revolución hecha por el derecho, por la discusión científica, por la evidencia de la verdad”.
“La verdad es que todos nuestros actos son buenos y nuestra intención pura”. “Fui siempre liberal”, renuente a las revoluciones y las demagogias, las insurrecciones contra el poder legalmente constituido.
“Éste es otro principio del heroísmo romano, asistido por tres virtudes públicas: por la magnanimidad de la plebe al aspirar a los derechos civiles que les fueron comunicados por las leyes de los padres; por la fortaleza de los padres al custodiarlos dentro de su orden, y por la sabiduría de los jurisconsultos al interpretarlas y conducirlas al filo de la utilidad en los nuevos casos que exigía el derecho. Que son las tres causas propias por las que se distingue en el mundo la jurisprudencia romana”, Giambattista Vico (1668-1744), “Ciencia Nueva”, Libro I, secc. 2ª, XCI (281). Ed. de J. M. Bermudo, Orbis/Hyspamerica, Madrid, 1985, t. I, p. 130; su 1ª ed. fue en 1725).
Léanse de S. “El principio de autoridad y el coche de gobierno” (1870), en el tomo 50 de sus Obras (“Papeles del Presidente&rdquo
o “De la Responsabilidad humana” (en tomo 25 de sus Obras, “Política del Estado de Buenos Aires&rdquo
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Se fundamenta en la figura histórica de Demóstenes, el orador ateniense contra Filipo de Macedonio: “La identidad del objeto –aclara en una nota- disculpa la disparidad de los medios. Si tenemos un Filipo horrible (Rosas), no se encuentran fácilmente los Demóstenes.”. Utiliza el término en un sentido genérico, con la significación universal de “discursos vehementes, acres, acerados”, de advertencia cívica sobre los horrores de la Tiranía.
Su inspiración literaria es el bello texto ciceroniano, correspondiente a su IIª Filìpica contra M. Antonio, la más punzante y violenta contra las acusaciones del Déspota a Marco Tulio, de participar en el asesinato de Julio César (15 de Marzo del 710).
Ésta es la traducción del texto, por M. Herrauz y G. Arias (E.D.A.F., Madrid, 1973, p. 830-831): “porque cuando unos hombres sacrílegos confesaron haber intentado el parricidio de su patria, y obligados por la declaración de sus cómplices, por la escritura de su propia mano, casi por la voz de sus cartas, declaraban haber conspirado para incendiar la ciudad, despedazar a los ciudadanos, asolar Italia y acabar con la República, ¿quién no hubo que no se parase a defender la salud común?”.
Es la idea que manifiesta, Demóstenes en su “De Corona”, fragmentos 169-179, 330 a.C.: “el heraldo preguntaba: ¿Quién quiere tomar la palabra?; mas nadie, se adelantaba (...) y a pesar de que la patria llamaba con su voz de comunidad a quien estuviera dispuesto a hablar en defensa de su salvación”. (trad. de A. L. Eire, “El Comentario de textos griegos y latinos”, Cátedra, Madrid, 1979, p. 263 y ss.).
Se considera la “voz común de la Patria”. Como Demóstenes, como Sócrates, como Cicerón, sus modelos político-morales, quiere hacer valer sus méritos ciudadanos para encarnar la voz consular, de salvación patria, y del que propone los remedios y soluciones, para restablecer el grave y solemne deber de reivindicar el honor y la gloria, el orden y la paz públicos.
Ésa es la misión a la que se consagra S. El llamado enérgico a la acción patriótica libertadora: “Húndese el país en la barbarie sin esperanzas de salir de ella, mientras dure la usurpación de Rosas, y es preciso poner en actividad el último resto de energía que queda a los pueblos para escapar a la ruina total”, advierte.
Defender a la Nación es en el concepto de Sarmiento, “el deber más santo que la sociedad ha impuesto a sus miembros”.
En carta al Gral. Benjamín Virasoro (1870, Obras, tomo 5, ed. cit., p. 54) : “Mi grande obra, si la Providencia y el buen sentido de los pueblos me permite llevarla a cabo, será dejar el país constituido en la práctica diaria, es decir, pacificado en los ánimos, disipando todo antiguo y estéril motivo de disentimiento y colocando a todos los hombres en el lugar que les corresponde”.
Rinde firme culto a la doctrina del bien público, del deber ciudadano y de la abnegación patriótica. “Cada uno de nosotros, -medita como Presidente de la Nación, en carta al Gral. Emilio Conesa, 2-1-1871- por pequeños que nos consideremos, tenemos una inmensa responsabilidad”. Un buen gobernante es para él un sensato administrador y una gran fuerza moral.
Aspira a concretar la “libertad romana”, pues ésta “se preocupa más de asegurar que no mande una persona individual, sino la ley hecha en común por los ciudadanos”, así define Jose Ortega y Gasset (1883-1955) a la “libertas” ciceroniana, ejercida por S. en estas tierras.
Estilo sin artificios retóricos, impetuoso en su ritmo y avasallante en la agitación ideológica. Esa calidad clásica de su discurso también había sido destacado por Aristóbulo del Valle en su discurso ante los restos del maestro, 1888. Para Cicerón es justo precisarlo, el máximo de excelencia de la realización humana es el “Político - Orador”.
Véase Roger Caillois, “El poder las palabras”, en su “Fisiología de Leviatán”, 1946, p. 107-132. Alfonso Reyes lo define como “hombre literario, este hijo y padre de la palabra”, en “Cicerón o la teoría del orador”, de su “La antigua retórica”,, Obras Completas, t. XIII, 1961, p. 403-440.
Su noción de oratoria y de la figura del orador político se encuentra, con base ciceroniana, en su “”La Prensa Argentina” publicado en enero 1882, incl. en su tomo 46 de Obras, “Páginas literarias&rdquo
. Léase “La emoción de los oradores” (en su “La vida emotiva”, Gleizer, 1925, p. 201-109). También “Los oradores artistas. Definición de la oratoria. Su evolución en la vida argentina” de R. Rojas, en su fundacional “Historia de la literatura argentina”, t. 7, ed. Kraft, 1960, p. 220-225.
La altura más grandiosa de su oratoria, más ciceroniana, la alcanzó en su discurso de 1879, sobre los acuerdos con Chile. Antes, su “Oración a la Bandera”, a la que comparaba con la de Demóstenes, “Por la Corona”, donde defiende la fuerza de la tradición republicana y los ideales éticos inmortales.