sarmiento, EL “otro”.-
Por Guillermo R. Gagliardi.-
“Dios me libre de los panegiristas inconcientes, más aún que de los detractores sistemáticos”
(Miguel de Unamuno, 1920, “Obras Completas”, Aguado, tomo 10).
S.: “Mi oficio, mi vocación es pensar, escribir, enseñar” (1883, carta a Victorina Lenoir de Navarro). “Era y soy el único propagador del Cristianismo en las escuelas”.
Enseña, divulga, con inocencia, alegría, orgullo, con entusiasmo indecibles, hace accesible a los demás todo lo que él averigua, lo que lee o conversa. Para despertar el pensamiento y comunicar la acción. Y denuncia, injuria lo que abomina, lo espúreo, lo torcido.
Por ejemplo, repetida y encendidamente, ya anciano, desesperado ante la incuria, la mediocridad y la ignorancia, descubre la verdadera esencia del Congreso Pedagógico de 1882, del que evidentemente fue el Dios Penate, pero en la práctica, silenciado: “¿Qué ha sucedido?. Que de todo se trata menos de Pedagogía, métodos, sistemas, textos de enseñanza”. “¡Ninguno es maestro de escuela, ni se ocupa de escuelas, sino de aprovechar de toda ocasión!”, gesticula y grita el venerable maestro, desde su tribuna-cátedra de “El Nacional”, 13-4-1882, y en el tomo 48 de sus Obras, “La escuela ultrapampeana&rdquo
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Justifica sus virtudes y defectos, que lo particularizan, entre sus contemporáneos y ante la Posteridad. “Yo traigo desde mi primeros pasos en la vida pública, contra las versiones inocentes, la sinceridad aún en el error y la honradez del propósito, y esta égida y aquel escudo me han conservado vivo” (tomo 51 de sus ·Obras·, carta de 1873 a Mariano Varela, el periodista quien junto con su hermano Héctor comandaba “La Tribuna”, que en 1867 con Lucio Mansilla propuso su candidatura a la Presidencia).
Los sagaces Dres. Isaías Gil y Eduardo Wilde, por su parte, en sus respectivos discursos ante la inhumación de los restos de S., nos ratifican sobre esa singularidad y novedad, de cierto carácter cerril y tono irrepetible de su ‘ethos’ y su pluma: “Siempre me ha parecido S. un hombre que no era como los demás, un hombre extraño y singular. No era mesurable con nosotros: estaba colocado en un plano distinto: S. era solo” (editado en “S. Discursos pronunciados en la inhumación de sus restos, 21-9-1988”, Impr. Biedma, 1889).
El autor de “Tini” y “Prometeo y Cía.” (1844-1913), encantador literato y médico perteneciente a la generación del 80, admirador de S., expresó los juicios más valiosos sobre él: el político-educador estaba dotado de un “cerebro poderoso” ostentaba un contenido “abundante, vigoroso”, “... fecundo, potente y fertilizador”, que llenaba sus auditorios “de rayos, relámpagos y truenos”. “Era un grito, no una palabra”, “Nació para ser sentido” explica admirable en su intensa carta de octubre 20 de 1900 al Dr. Yofre, que figura en su “Cartas de Presidentes”, en el tomo 9 de sus Obras Completas (La Facultad, 1935).
Admite S. sobre sí mismo, extravagante ciudadano, sobre su declarada autonomía completa de voluntad: “seré como soy y nada más”. En “Mi Defensa” a los treinta años de edad confiesa: “cuando tenga cuarenta años, seré prudente”. Y: “Debiera ser más prudente, pero en punto de prudencia me sucede lo que a los grandes pecadores, que dejan para la hora de la muerte la enmienda”.
“Nada hará que renuncie a mi derecho de expresar libremente mi pensamiento, sobre todo lo que en mi conciencia crea útil, noble y justo, aunque sea mi cabeza puesta a talla por aquel a cuyo egoísmo no le conviene que otros que él tengan razón, y hagan de ella el uso que Dios y las leyes de los países cultos y libres les permiten”. Puro Sarmiento.
En carta a su pariente Soriano, de 1849, define su ser libérrimo: “decía además mi sentir con la libertad que acostumbré siempre”. “No puedo acostumbrarme a guardar precauciones” dícele igualmente a Vicente Fidel López (1815-1903), por esas fechas, educador y escritor amigo, señalando así una constante pertinente de su genialidad, alacre y desenfadada.
“Necesito establecer como escritor y como argentino, mis derechos a pensar y decir lo que me place, que ésa es la libertad humana, sin recibir lecciones del número, generalmente ignorante, cualquiera que sea la lengua que hable” manifiesta a Samuel Alberú, el director de “El Nacional” (marzo 1885, t. 36, Obras).
El sacerote-escritor Leonardo Castellani (1899-1981) nos advierte, agudamente, críticamente, en su prosa especial: “A Sarmiento es mejor no hacer ‘homenajes’, porque eso tienta a los sarmienticidas a arrojar alquitrán a uno de sus numerosos bustos. Mejor es dejar quieta la momia, que si la mueven parece viva” (en 1969, publicado en la rev. “Jauja”, nº 35). Advierte, pungente, sobre la actualidad y riqueza del genio cuyano, a quien él se parece en originalidad y talento, en rediedumbre e inteligencia, en patriotismo...
Mons. Gustavo Franceschi (1881-1957) desde “Criterio” ha advertido seriamente, ante el Cincuentenario de la desaparición física del Prócer sanjuanino (1938) que “no todos los entusiasmos que rodean su conmemoración son puros, y se ha deformado horriblemente su figura”. Y detalla rasgos pertinentes del genio, que han de subrayarse: “Partidario de la severa disciplina escolar, defensor de la propiedad privada, enemigo del pasquinismo, deseoso de una enseñanza no atea, propugnador del ejército, sustentador del orden en la calle y en las instituciones, habría protestado a gritos contra algunos de sus panegiristas más fogosos”. Juicios muy ciertos y precisos, sensatos del sólido intelectual autor e “S.” (Criterio, p. 90).
Rescatamos, es motivo de estas páginas, a nuestro Domingo provinciano cristocéntrico, vanidoso, de ostensible alma cartesiana (aunque en la obra mencionada, destaca que en algunos aspectos “está en las antípodas...”, p. 85). Nos insta a proponer al Prócer humanizado. Reivindicar al criollo republicano y temerario. Al gaucho de la Literatura y la Política, extremo, también afectivo hasta las lágrimas, extraordinaria mente y ansioso de renombre y poder.
Personalidad visceral, capaz de brutales odios, de amores hondísimos y Constructor y Hacedor formidable.
Pertenece a la “estirpe procérica” que evoca el soneto de Almafuerte (1854-1917, escritor sarmientino, poeta-profeta, moralista e impetuoso): “Nací, como quien dice, otro modelo, / otra pauta, otras vías, otro polo” (Obras de A. ed. Zamora, 1975, 5ª ed., p. 164). O a la del poeta y médico Cupertino del Campo (1873-1967): “libre como el pampero y tan violento / y purificador” (en C. H. Guerrero, “S. en el soneto”, 1974, 2ª ed., p. 28).
Categóricamente reconoce: “No creemos ninguna de las religiones que hoy dividen a los hombres por sí sola y directamente medio de moralización...Pero creemos que la educación, único medio de moralizar al hombre niño aún, debe ser religiosa para ser más perfecta, porque eleva el alma y da sanción a la conciencia” (“Comunión de los presos”, 1856, en el tomo 24 de sus Obras: “Organización- Estado de Buenos Aires&rdquo
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“No es, pues, el Cristianismo ni mucho menos el Catolicismo el que es intolerante por esencia; es el hombre, que falto de respeto por la libertad ajena, propende siempre a sofocarla, por no ver contrariadas sus propias ideas. No hay en el Evangelio una sola máxima intolerante; mientras que en otros códigos religiosos la intolerancia está elevada a dogma de fe” (“Intolerancia”, en “El Progreso”, 23-8-1844, y en tomo 9 de sus Obras).
“No ha habido educador –observa Ricardo Rojas- ni estadista argentino durante el siglo XIX, que sintiera lo religioso de modo más dramático. Quiere hallar un camino para Dios en la política sudamericana, pero él cree que la tradición colonial o el mercantilismo general le cierran ese camino...” (en su “El Profeta de la Pampa”, 1945, cap. 43: “Filosofía de la Historia”.
Infrecuentemente citada, esta opinión es valiosísima sobre la esencia argentina, la “nuez” auténtica nacional del genio sarmientino, tal como lo han advertido agudamente Castellani, Martínez Estrada, Mallea, Franco, Pedroni, y otros.
Contradice los puntos de vista superficiales. Va a lo hondo, sondea el “ser” del cuyano alborotador, su verdadera naturaleza. Las estrategias de la política lo llevaron, ambiciosamente por otros caminos, otras alianzas.
Faustino joven y maduro, disiente, escribe y actúa en ritmo dicotómico con relación al Prócer anciano. Éste se desgañita vociferando contra la extranjerización escolar, la inmigración indiscriminada, e insiste noblemente sobre la revaloración de nuestra “argentinidad”, la lengua, las costumbres de nuestros “padres prehistóricos”, las necesidades materiales y espirituales, la promoción social e industrial del hombre y la mujer del común...
“Nosotros- exaltado, admite el sanjuanino- necesitamos hacer valer esta patria común, y no admitiremos la tutela de ‘La Patria Italiana’ para pensar” (según estampa en “El Diario”, 19-1-1887, y en su “Condición del extranjero en América”, t. 36 de sus Obras).
Denuncia, repite, exacerbado en sus años ancianos: “Lo que sostenemos es que toda la República Argentino, en unas partes más que en otras, adolece de los mismos defectos, y que el único que le es privativo, y el más ruinoso de todos, es la falta de nacionalismo” (14-4-1879, “Abajo la Liga”, en “El Nacional”, y en sus Obras, tomo 40).
En sus “Poemas Australes” (1937) el esencial escritor Leopoldo Marechal (1900-1970) dedica unos vigorosos versos “A un domador de caballos”. El potro salvaje es una “vertical del fuego”, turbulento y gracioso, imagen extraordinaria de viento y llama.
Asociada al Patriotismo, amor y bravura expresivas, reflejo del temperamento vital de Sarmiento, tal como lo notamos en su hermosa epístola al historiador y jurista chileno José V. Lastarria (1817-1888): “Yo amo el mío (mi país), como se ama el potro de la pampa, bravío, fuerte, inseguro y ligero como el viento” (1876, en “Correspondencia entre S. y Lastarria, 1844-1888”, 1954, p. 95).
Amor bélico, aire desenfrenado, impulso tormentoso.
Lo componen “elementos en guerra”, “sonidos en guerra”, “caja del furor”. Riesgo y violencia, dignidad clásica, expresión romántica. Armonía y ritmo proceloso consuena en la poesía marechaliana y en la prosa incontenible y áurea, equina en su fuerza y furia, de la carta sarmientina.
“Amar la patria hasta jugarse entero, / del puro patrio Bien Común en pos. / Y afrontar marejada y viento fiero” canta Castellani en su “Canción del amor patrio” (en rev. “La Hostería Volante”, nº 16, agosto 1964, p. VIII). Sugiere el “sacro-oficio” de amar sarmientinamente y luchar por los ideales patrios, por la civilización, el enriquecimiento espiritual de sus conciudadanos, desde la totalidad, inmensa, de su ser. Sin claudicaciones y en entrega completa.
En sus últimos escritos, “Conflictos y armonías de las Razas en América”, en sus “Prolegómenos” escribe una defensa del Indio, la trascendencia de su Cultura: “Al hablar ,pues, de los indios por miserable que sea su existencia y limitado su poder intelectual, no olvidemos que estamos en presencia de nuestros padres prehistóricos”.
Huarpe ilustrado “a la buena de Dios”, el propio don Domingo, precursor de nuestros estudios arqueológicos y y antropológicos, estudia, difunde y promueve las investigaciones científicas meritorias de Florentino Ameghino (1854-1911, maestro-librero, primer científico argentino de fama internacional, autodidacta), del Perito Pascasio Moreno (1852-1919), del psiquiatra e historiador José María Ramos Mejía (1842-1919), Hermann Burmeister (1807-1892), Carlos Berg (1843-1902), Estanislao Zeballos (1854-1892, intelecto ampliamente otado, hombre público, escritor, bibliófilo), etc.
En 1864 comunica por la prensa sus observaciones etnográficas sobre las pictografías del Valle de Zonda, que “ha sido pues regado por los indios, en toda su extensión, y es una vergüenza para el pueblo culto que lo destruyó, no haber sabido aprovechar (...) de estas indicaciones”.
Luego en Perú, siempre S. ejerce su intelectualidad insaciable, admira y analiza las “huacas” del valle del Rimac, las sepulturas indias complejas y sus profundas significaciones, en “Correo del Domingo”, 15-10-1865.
Estima con alto criterio las cosmovisiones aborígenes: “los filósofos debieran ir a los toldos de Calfucurá, a estudiar las cuestiones tan debatidas, sobre el alma, las ideas innatas y demás nociones...”. (carta a José M. Cantilo, desde Lago Oscawana, N. York, 28-6-1866).
En 1879 vuelve a enaltecer dignísimamente, con mirada detallista y sabia, la Cultura Aborigen americana, sus usos, la arquitectura e ideales (artículo en la “Revista de Artes, Ciencias y Letras&rdquo
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“Los indios –manifiesta en otro trabajo, de 1880- cuan indios son y aun salvajes, tienen derecho a vivir por derecho humano, por derecho de propiedad y ocupación secular”.
Y alaba luego el Museo del Perito Moreno, inicio del de La Plata, “Panteón Pampeano, patagónica, fueguino” (Discurso de 1885, en Obras, t. 22).
El maestro continuará publicando escritos entusiastas y pioneros sobre Paleontología, Geología y Geografía Prehistórica, “ciencias necesarias a la educación práctica argentina” (escritos muy valiosos, de 1882-1883 en “El Nacional”, reproducios en el tomo 46 de sus Obras Completas, “Páginas Literarias&rdquo
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Advertimos con provecho intelectual, sus sobresalientes y modernas dotes de historiador y escritor científico, su curiosidad voraz, la fuerza de su vocación inteligente, su asombrosa información, su soberbia capacidad de transmisión e interpretación, su mente alerta y constantemente innovadora y fresca, definitivamente, su Humanismo integral Americano, las más de las veces ignorado o negado.
Por ello también afirmará: “La parte culta de nuestra sociedad vive de los libros, sin parar mientes en nuestras propias cosas, que ignora o menosprecia”. O “Bueno es revivir en el interior la práctica de nuestros antepasados, los señores salvajes que nos la trasmitieron, y que los españoles olvidamos luego” (“Purificación de las aguas potables en Mendoza, Salta y el interior”, incl. en tomo 42 de sus Obras: “Costumbres – Progresos&rdquo
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Reconocemos con Ezequiel Martínez Estrada (1895-1964) sarmientino esencial, que “No sólo es S. el más argentino de los escritores, sino el más argentino de los pensadores y el más argentino de los argentinos, con todas nuestras virtudes y defectos” (1947, en su sagaz y denso ensayo sobre “S.”, con reediciones).
Esta frase sacra pronunciada en el Monte de los Olivos, es trasportada por Don Domingo desde el augusto ámbito de la Teología Cristiana a las cuestiones de nuestra lucha histórica por la República Organizada contra la Barbarie Inorgánica, como un símbolo de actitud ética y política.
Así en un escrito de 1878: “La palabra de Jesús es el grito del valor moral contra la carne, para arrostrarlo todo por el deber; no es la conciliación del vicio, del mal, del desorden, con las leyes inmutables del derecho” (de sus Obras Completas, tomo 32, edit. Luz del Día, 1952, p. 183-184).
Tradujo S. del francés y comentó este episodio novo-testamentario, en su “Vida de N. S. Jesucristo”, cap. 40, de 1843, obra original del alemán Cristóbal Schmidt.
Deduce la necesidad de un nuevo tipo de Ciudadano, para las épocas de esperanza y gloria de la Consolidación Nacional. Un nuevo habitante propone para poblar ese “Camino del Lacio”: una nueva generación con “energía de carácter”, seriedad de propósitos y firmeza de acción.
Según la inspiración del excelso poeta latino Virgilio (70 a.C.-19 a.C.), que recoge el mito en la historia bíblica de Moisés, S., al concebir esta parábola antigua, asume el compromiso personal de llevar a su pueblo a la Tierra Prometida, “grandes murallas que fundarás” le dice Héctor a Eneas, luego de “doblegar a gente brava e incivil” según su padre Anquises: de acuerdo con “La Eneida”, libros II y V resp..
Por sus actitudes sin dobleces y sus ideas sostenidas con limpieza de fines y gran valentía, recibe ataques de los componedores y los tibios y dubitativos de toda laya, que reptan por nuestra política criolla. “Échenle los perros de toda la jauría de la prensa, y háganle chúmbale al loco¡. ¡No, hijos, no lo apedreen; no está loco ni decrépito¡ Es el único que queda de la generación que dio libertad a esta otra, de caramelos y alfeñiques”.
“Todo aquel que vive sin locura / es menos cuerdo que lo que él se piensa... A fuer de don Ignacio y san Quijote / dejando el viejo pájaro-en-la-mano / escogí los cien pájaros en vuelo” anota el autor de “El Libro de las Oraciones” en su poema “Quijotismo” (1943, p. 141), esbozando así, en la maravilla del verso, su particular sino y su carácter sarmientino, su ansia de imaginación libre y su afán de “gaya ciencia”.
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Años después, el 15-12-1882, en “El Nacional”: “Es proverbial la exageración del espíritu de partido entre nosotros, y las calumnias e imputaciones recíprocas”. “Esto es un triste rasgo nacional” (ob. cit.).
Porque él se ubica entre los devotos del sistema Republicano: “Más convendría calificar como en Inglaterra de jacobitas y parlamentarios...”. Estos últimos representan “las ideas que sostenemos”, el orden constitucional de Gobierno, etc.
”El Padre Frías” había publicado artículos en “El Siglo” de Méjico y luego en “El Mercurio” chileno, apoyando las propuestas reformistas innovadoras del querido sanjuanino, acerca de la Ortografía Castellana. (“Epistolario inédito S.-Frías”, UBA, ed. A. M. Barrenechea, 1997).
“Aprendamos a vivir; vea Ud. la mía y sírvale de modelo” adviértele a Frías. Pretende difundir “ideas atrevidas” contra el fanatismo y “vejeces” de las autoridades clásicas en arte y literatura, inaugurando un “estilo americano”, iluminista y positivo, y una “ciencia americana, popular, de aplicación inmediata” (carta del 2-3-1844, ob. cit., p.