MIRABEAU Y SARMIENTO, ARQUETIPOS.-
Por Guillermo r. Gagliardi.
GABRIEL-HONORÉ RIQUEtti, conde de MIRABEAU (1749-1791) anuncia la Revolución Francesa de 1789. Lo asemejamos en nuestra mirada histórica y psicológica a nuestro DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO (1811-1888).
Escritores rebeldes contra los Despotismos y las Ideas tradicionales en Política, Economía, etc. Genios de autodidactas, viajeros y amantes. Reformistas y Libertarios. Temples de oradores Prometeicos. Atacaron prejuicios y privilegios.
Uno propuso nuevas formas de Agricultura y un cambio en la vida y leyes carcelarias francesas. El otro, el nuestro, entre muchas iniciativas, una radical renovación de la educación primaria, la instrucción escolar y extra-escolar.
Plumas enérgicas y poligrafía proteiforme.
I.-
En prosa ajustada, formuló Sarmiento su admiración por la personalidad de Mirabeau y su gravitación y representatividad históricas.
Elogia y se identifica con personajes dominantes, con los “caracteres eminentes”, los “oradores exaltados” y patriotas indómitos, ardientes y enemigos de las tiranías, como él mismo lo fue enteramente en toda su trayectoria americana.
Como el francés, actuó decisivamente en la forja de su Nación, en la determinación de sus destinos y con el superior poder de formar opiniones, de preparar movimientos sociales y políticos, de influencia moral en las mayorías y en las minorías ciudadanas. .
Así lo testimonia, p. ej., su artículo de “El Progreso” (15-4-1844, en sus “Obras Completas”, cito por Edit. Luz del Día, t. 9), que integra una serie numerosa de fundamentales escritos sarmientinos sobre “División de los Poderes en la Práctica”.
Encuentra en Mirabeau vinculación estrecha con su propia psicología, cesarina, napoleónica, de “poderosa voluntad” y “sola voluntad, una sola razón, un solo hombre, Mirabeau. Un gesto suyo, una palabra, es una ley, que obedecen mil sabios, mil patriotas”.
Genio y poder leoninos, de auténticos Hacedores de la Historia, con el coraje y talento en la Lucha.
El insigne y protagonista hombre público francés propone en la Asamblea del ’89 una diferencia muy pertinente entre el “Estadista” u “hombre de Estado” y el “Metafísico” o teórico de la Política. Hace hincapié con autoridad, en que éste, “en la meditación de gabinete, aprehende la verdad en su pura potencia” y aquél, “que está obligado a tomar nota de los antecedentes, las dificultades, de los obstáculos...”.
El primero, “instruye al pueblo” en abstracto, supra-realmente. El segundo, por el contrario trabaja sólo con las “realidades”, es el “administrador político”, “ni en sueños se aparta de lo que es”(v. “Un pensamiento intempestivo. Discursos en la Asamblea Nacional”, selecc., trad. y notas M. V. Suárez,, 2006, p. 29).
En ese sentido es que Alphonse de Lamartine (1790-1869) afirma que “Él no intentó la revolución, pero la puso de manifiesto. Sin él, quizá no hubiera pasado del estado de idea y de tendencia. Nació, y la revolución tomó en él la forma, la pasión y el lenguaje; de suerte que, al verle, no podía uno menos de exclamar involuntariamente: ‘Héla ahí’” (“Historia de los Girondinos”, 1847, Libro 1º, caps. II y III)).
Siguiendo el hilo de la brillante meditación de Mirabeau y la meridiana valoración de Lamartine, podemos clasificar a Don Faustino, como integrado en ambos planos, representa, en la globalidad, los dos mundos, el terrenal y el ideal: es Político y tambièn Filòsofo.
Su “Utopía” se conjuga con su Práctica, su ejercicio y manejo de la “cosa-pública”.
Como con brillantez estilística y reflexiva lo ha señalado Ortega en su estudio de 1927, M., y también deducimos S., representan el “Arquetipo” del “Político”. Es decir, un hombre de acción unido a un intelectual. Un ser con ideales, pero acotados por “la ineluctable Realidad”.
Simbolizan “un deber ser lo que se pueda ser”. “Políticos egregios”, en cuanto poseedores de una “intuición històrica” , una superior comprensión de lo que hay que hacer en determinada nación y en determinada situación histórica. Acción y vocación por la exterioridad, hasta histrionismo y “dureza de piel”, coincidentes con una alta intelectualidad, una ejemplaridad vital. (J. O. y Gasset: “Mirabeau o el político”, en tomo 3 de sus Obras completas, ed. 1983).
“Desde Chile, con la catapulta de su prensa libre emprendí la tarea de derribar el coloso del despotismo popular, ignorante, bárbaro, que había levantado su solio sobre un montón de ruinas y de cadáveres, en mi patria” S. (1884: “Banquete en Chile”, Obras, t. 22).
Estas meditaciones sobre su actividad intelectual de 1841 en tierra trasandina, coinciden con la expresión de sus ideas casi medio siglo después, en Buenos Aires, al cumplir sus 75 años de edad (15-2-1886): “¡Pero que venga a mí, a decirme ahora que ya he muerto!. A mí, que tengo todavía en la mano el buril, la pluma y el látigo que fijan las ideas, cuando las andan buscando, para encadenarlas”. Una misma línea liberal, de prédica y acción vigorosas.
Dominantes carismáticos, según la calificación de Max Weber (1864-1920), en su erudita “Economía y Sociedad” (1922, póstuma). “El terrible agitador” y el temerario polemista, seres descollantes que encarnan una energía influyente sobre su coetaneidad y aun sobre su posteridad.
“Desde su entrada en la Asamblea Nacional la llena toda, y él solo es allí el pueblo entero. Sus menores ademanes son órdenes terminantes” (Lamartine). Su conducta pública exige ser medida con vara no común. Aman y odian, en lo privado, con total intensidad. Su ímpetu por aniquilar lo que considera bárbaro o despótico o por construir un sistema gubernamental humanista, fue formidable, excepcional.
El consagrado narrador Andrés Rivera (1928) en su novela “El amigo de Baudelaire” (1991) nos sugiere un paralelo entre Robespierre y Sarmiento, con una nota de sarcasmo sobre nuestra realidad política, a propósito de un juicio definitivo de Mirabeau sobre el primero.
“Cree todo lo que dice, exclamò, consternado, Mirabeau, al escuchar un discurso de Robespierre. Por estos pagos, felizmente, ningún político cree lo que dice. Y ninguno dice lo que cree. Excepto, quizà, el Señor Sarmiento, que escribe lo que cree” (ob. cit., p. 44).
La sinceridad de las convicciones y su radical expresión, como lo observò atinadamente el tribuno francés, distinguiò estos temperamentales genios de la Conducciòn pùblica.
Maximilien Robespierre (1758-1794), revolucionario y despótico, líder jacobino que acaudillò las inquietudes populares, murió con la violencia y en el sistema de Sangre y Terror en que viviò y gobernò.
El sanjuanino parècese, en su propensión a los extremos temperamentales, y su personalismo casi siempre feroz. Edmond Rousse, sobre M.: “ “parecía como si la naturaleza lo hubiese formado para hacerse ver y hacerse oír; todo hacia afuera, en relieve y resalte; la voz fuerte, clara y naturalmente diestra; el gesto rápido, los rasgos abultados y duros, que se reconocían a distancia”(“M.”, Méjico, 1949).
“Lo anima todo, hace que viva todo” (íd.). Y sobre todo en el absolutismo vitalista de sus ideales, su compromiso total con lo que pensaron, su desprecio selvático de tibiezas e inseguridades, el sello individual de su verbo y de su brazo.
“Cuando todo el mundo anda a tientas, sólo él acierta, sólo él se dirige con planta firme hacia el objeto propuesto... Aislado y casi solo, tiene la fortaleza de ánimo suficiente para arrostrar cuantos peligros puedan sobrevenirle, y apoyado en el sentimiento de su superioridad, no titubea en desafiar a a la envidia, a los odios y a las murmuraciones de todos los demás. Desde el momento en que las pasiones que le han acompañado constantemente no le son de ninguna utilidad por haber triunfado de cuantos obstáculos se le oponía, arrójalas de sí con desdén, y no habla ya a los hombres sino en nombre de su talento. Este título es suficiente para que se le obedezca, y su poder estriba en el asentimiento que halla la verdad en las almas. Elévase este hombre extraordinario sobre todos los partidos” (Lamartine, ob. cit.).
Son juicios exactos, bellamente manifestados, significativos del espíritu de Mirabeau según la fina percepción y escritura lamartiniana, que casi exactamente pueden aplicarse a la centralidad del de Sarmiento.
“Mis enemigos no me perdonaràn jamás mi superioridad”, así exclamó el joven Conde al fundador del romanticismo francès, escritor y político partidario de la monarquía, descendiente de la aristocracia bretona y repetidas veces enemigo del absolutismo y beligerante liberal, F.-R. , vizconde de Chateaubriand (1768-1848), según éste recuerda en sus cèlebres “Mémoires d’outre-tombe” (1848-1850, publicación póstuma, que redactò durante 40 años).
Nuestro “Padre Frìas” (1816-1881) como lo llamaba S, que era su amigo, ca. 1830 pronunció una conferencia en la “Asociación de estudios históricos y sociales” que habían fundado Vicente Fidel López (1815-1903, historiador y político) y Miguel Cané padre (1812-1863, narrador y periodista, en cuya casa se reunía en 1833 la precursora Asociación), sobre Francisco Martínez de la Rosa a quien compara con el tribuno galo.
El poeta y político español, 1787-1862 había sido primeramente un liberal revolucionario, autor de dramas como “La conjuraciòn de Venecia”, “Aben Humeya”, etc., y luego girò hacia un conservadurismo monárquico, moderado, ecléctico y académico, que lo llevó a ocupar altos puestos en la política de su país. Por esa tendencia anti-liberal, o en todo caso, “limitada” lo comparó el joven Fèlix con el político de la Revolución Francesa. (R. A. Arrieta: “La literatura argentina y sus vínculos con España”, cap. II. El romanticismo. 2.La generación de 1830; A. Romero Carranza: “La juventud de F. F.”, 1960, luego A. R-. C. y J. I. Quesada: “Vida y testimonio de F. F.”, Acad. Nac. de Derecho y Ciencias Sociales).
Robespierre, como Mirabeau, encarnaron en el pensamiento sarmientesco el Hombre Fuerte de larga impronta en la historia de su nación.
En su “Historia de S.”, Leopoldo Lugones señalò: “si aquel tipo presenta alguna analogía, es con los hombres de la Revolución Francesa, por su devorador espíritu de acción..., (ob. cit., cap. I). Continúa: “su aspecto rocalloso”, su beligerancia libertaria, lo aproximan a Mirabeau y a Danton, su espíritu presenta una recòndita analogía con Robespierre, tan diverso, sin embargo, a primera vista”.
También memora a M. en relación con S. al referirse al fraile tío del maestro, el clérigo José de Oro: “El sobrino le sacó íntegros su amor casi impertinente a la libertad, su coraje romántico, su anecdotario de la patria, su civismo, su religión exaltada, su voz y sus ademanes, reproducíase una vez más ese caso con el tío de grande hombre que la vida de M. presenta en forma tan parecida”.
Refiérese a la vertical influencia moral del tío talentoso en estos jóvenes en los que anida un grande hombre, un prócer de la historia: formación del carácter, solidificación de ideas y actitudes, humanización del temperamento, jerarquización de los conocimientos y estructura firme de la conducta.
Visceral y con una furia de poseído en sus mayores emprendimientos contra el caciquismo y el colonialismo. Autèntico siempre, en sus odios, amarguras y amores, entre luces y sombras, genio criollo explosivo en sus contrastes. “El Incorruptible” sanjuanino, probo y tambièn responsable hasta la exasperación. El apelativo de Robespierre, según Rivera lo evoca por boca de Baudelaire, que alude dramáticamente a Teresa Cabarrùs y su pedido de muerte del líder del Terror. Èsta “emplazò a su marido-y a los otros Jefes del Termidor- a que terminasen con el mandato de Robespierre”. En el juicio simbólico del autor de “Las flores del mal”, según la pluma del novelista argentino, triunfó la belleza, la burguesìa, “los salones, sobre el desvarìo de los jacobinos volcados a un igualitarismo espantable y demagógico” (ob. cit., p. 50).
Ya en sustanciosa carta a Bartolomé Mitre (“S.Mitre. Correspondencia”, 1911, p. 215) del 18-8-1863, clarifica consecuente, a su posición “gubernista” dentro de la doctrina Liberal, “con limitaciones”: “en esta cuestión es que yo he sido siempre hombre de gobierno... Yo tenía por divisa fundar el gobierno, y véalo en mis doctrinas, contra la barra, contra el poder que se arrogan las Cámaras, contra las interpelaciones”.
Y delinea su conducta ejecutiva: “con la fama de imprudente en la práctica de los negocios públicos soy en realidad prudentísimo”. “Mi sistema es alcanzar el objeto en cuestión y tras del alarde una inflexibilidad brutal, concilio las resistencias y las venzo”.
Asimismo Domingo menciona al conde francès en su comentario de “El Censor”, 8-2-1886 (Obras, t. 46), referido a los “Souvenirs d’enfance et de jeunesse” (“Recuerdos de Infancia y Juventud”, 1883) de Ernest Renan (1823-1893), en traducción de Luis Marìa Gonnet. Y ocurre a propósito de su reflexión del valor didáctico de la obra del elocuente y sublime ensayista de Trèguier, para los escritores noveles y su aprendizaje de la escritura.
Advierte la variación del gusto literario respecto de los modelos en el arte de la expresión correcta y armoniosa. “La elocuencia o el arte de decir y por tanto de escribir, ha experimentado vuelcos que ponen en duda las consagradas reglas de la oratoria”.
Cicerón (106-43 a.C.) primero y Mirabeau, por el arrebato e impulso de su retòrica, son los preferidos en los dìas de S. por los oradores y literatos. “Ser un Cicerón era todo lo que habrìan deseado Burke o Mirabeau, y sin embargo hay quienes se quedan por el ùltimo. Pues el francès unìa la calidad expresiva...”, a la solidez del raciocinio, la sonoridad de la palabra y la dirección lógica del pensamiento.
El liberalismo conservador del S. anciano, le lleva a sostener la necesidad de aplicar criterios lógicos y fundadamente éticos en la práctica política. A tal efecto y consecuentemente, afirma la impropiedad de la aceleración de medidas gubernativas en la forja y desenlace de la Revolución Francesa de 1789. Pragmático y racionalista, reflexiona sòlidamente: “...en política, la terrible experiencia ha mostrado que es en vano darse prisa a cosechar la fruta verde de las combinaciones del momento”, en su escrito “Las palabras y los hechos” (en “El Nacional”, 10-6-1879, y en sus Obras, t. 40).
“No hay que darse estas prisas, que creen pueden resolver por días y por horas los problemas que se ponen por delante. Los horrores de la revolución francesa, no aseguraron ni la libertad, ni la República, ni la integridad del territorio. Crearon tiranìas plebeyas, militares, nobles, burgueses, y monarquias e imperios”.
Siempre brilla la seguridad de su juicio y la grandeza de miras. La superioridad de su genio Civilizador. Él mismo lo afirma definiéndose en un artículo del 2-7-1879 (loc. cit., ìd.) : “¡No tan calvo!”. “El mérito está en concebir una grande idea y ejecutarla”.
En el Senado, en 1873 trae a su prosa el recuerdo del gran francés, al criticar las interpelaciones y la oratoria disolvente y espectacular: “la intemperancia del lenguaje que parece congénita con el procedimiento de las interpelaciones...”.
Abomina el Presidente de ese verbo subversivo del orden Constitucional, del manejo y de la opiniòn pùblica y del desborde, por obra de “la elocuencia de un Mirabeau, la audacia de un Marat...” (Obras, t. 32, cap. “Interpelaciones políticas. Doctrinas Constitucionales&rdquo
.
Advierte a la Nación sobre la violencia y peligros de estas intervenciones parlamentarias, las fallas morales y legales de tales acciones: “Quédale al público la experiencia de lo que son las tiranías que pueden surgir en el seno de corporaciones en que se ligan entre sí minorías enérgicas, sin escrúpulos...”.
En esto muèstrase lector aprovechado del filósofo e historiador Hyppolite Taine (1828-1893) y su rica obra “Orígenes de la Francia Contemporánea” (1876-1893, 5 volúmenes), donde ataca con estilo admirable e información precisa y abundante, diversos aspectos que abomina del pasado francés, como la tiranía de grupos de presión en la Convención, la Dictadura del Pueblo, etc.
Este “admirado historiador reciente ” ya había publicado en la época los primeros volúmenes: “1. El Antiguo Régimen” (1876), “2. La Revolución. La Anarquía” (1878), “3. La Conquista Jacobina” (1881) y “4. El Gobierno Revolucionario” (1884).
En su sòlido mensaje al Senado del 2-9-1873 (ob. cit., p. 300-305) se refiere a “los ensayos de gobierno representativo hechos en Francia durante el reinado de los Borbones”, en los que el repúblico cuyano se lamentaba de la introducción de “la corruptela de las llamadas interpelaciones, en que las minorías traían a juicio al Gobierno con el propósito d derrocar y suplantar al Ministerio”.
Filòsofo de la Historia y observador político, S. continúa: “La historia ha hecho justicia de este abuso de las formas parlamentarias con la destrucción de aquellos gobiernos que no fundaron nada duradero en cambio, por el mal uso que hicieron de un arma espuria y conculcadora de los principios fundamentales de Gobierno”.
Ese año 1873 fue uno de los más álgidos de su tempestuosa presidencia: la segunda revuelta del caudillo Ricardo Lòpez Jordán (1822-1889), el atentado criminal contra su vida, grandes sequìas, epidemias, y mientras tanto el Congreso Nacional lo ataca cruelmente, e intenta interpelarlo. Él contesta por escrito con proverbial energía (J.S.Campobassi, “S. y su época”, t. II, p. 271 y ss., 1975).
Su gobierno estuvo sembrado de venenosos pedidos de interpelación y él decidiò publicar un libro (tomo cit.) con una seria y documentada introducción.
J. P. Barreiro en el prólogo a su compilación “Cartas y Discursos políticos” de S. (1963, Edic. Cult. Arg., p. xxxvi), constata el perfil ético, constructivo y afirmativo en la historia nacional, de nuestro profeta que “en ciertos momentos parecía una trasmutación” de Mirabeau, un “Preceptor” de la República.
Estanislao S. Zeballos (1854-1923), el brillante y polifacético intelectual argentino, en una semblanza sarmientina (publ. en rev. “Sur”, nº 341), y que apareció originalmente en 1898, equipara al maestro con Mirabeau y Charles J. Fox (político británico, 1749-1806), por la fuerza inspiradora de su capacidad oratoria y la originalidad y calidad de sus empresas culturales. “Doctor sin haber cursado en universidades rutinarias y coloniales, orador que nunca había declamado a Fox, ni a Mirabeau, (...) periodista invencible sin bagaje ni inspiración ajena”.
Genio original, que atesoró sus descabalgadas lecturas y enriquecedoras y vastas experiencias de viajero y observador increíble. Así como un Zonda o un Volcán andino, desarrolló impetuosamente, y a su manera, una obra colosal de fundación y organización nacional...
Invoca a Mirabeau el “político ilustrado”, para la conveniencia del gobierno metódico, de la necesidad de legislar según la razón y en el respeto soberano de las reglamentaciones de la Nación. Escribe: “Es opinión de los hombres de Estado hoy, (en t. 33 de sus Obras, “Práctica Constitucional”, 3ª vol. ed. cit., p. 249), que todos los horrores de la revolución francesa, provinieron de no haber tenido sus Asambleas un Reglamento. Mirabeau quiso introducir el del Parlamento inglés, y el patriotismo francés rechazó con indignación idea tan ignominiosa”.
Como Jeremy Bentham (1748-1832), el talentoso pensador inglés (“Principios de moral y legislación”, “Sobre la Libertad&rdquo
, M. intenta “ofrecer rieles a aquella locomotiva”. La desmesura, el desorden la burla cruel de los derechos, fueron el resultado: “en ruinas y sangre a torrentes dejaron trazado el camino que recorrió en treinta años” (artículo de “El Nacional”, 3-8-1878 y 25-9-1878, ed. cit., p. 260 y 272 resp.).
M.: “Es a los desarrollos de la razón que la naturaleza confiò el destino eterno de las sociedades; y la sola razón puede hacer leyes obligatorias y duraderas; y la razón y la ley solas deben gobernar al hombre en sociedad” (15 de junio de 1789, en “Discursos...”, cit., p. 27).
S. piensa a la Historia con una perspectiva determinista y optimista. Piensa que cada hombre sobresaliente que aparece està obedeciendo a una causalidad socio-històrica. “Cada uno de los caracteres que aparecen echados al acaso en el camino que siguen las naciones, tiene su deducción lógica”.
Hay una relación deductiva causa-efecto entre “las necesidades de la sociedad” y el “carácter y fisonomía moral de los hombres que sobresalen en ellas”. En este escrito del joven filòsofo de la historia, en Chile, recogido en Obras, t.1. “Vindicación de la Repùblica Argentina en su Revolución y en sus guerras civiles”, “El Mercurio”, 7-6-1841), invoca el sentido simbólico de Mirabeau, el sentido profético de su aparición e influjo admirable en la Francia Revolucionaria del siglo 18.
Concibe a la Historia como drama de acciòn personal. “Así M. sería el elocuente desahogo de una nación que por primera vez respira, sintiendo la dignidad de su carácter”, la representatividad ideológica y social de las individualidades prominentes.
Sorprende S. la analogía entre “las ideas que estos hombres sostienen”, y “los rasgos morales del pueblo en que aparecen”. (Ver C. Lacay: “La historia como inteligibilidad”, en su “S. y la formación de la ideología de la clase dominante”, Contrapunto, 1986, p. 46-54).
Menciona al orador galo, en evocaciòn conjunta con el afamado autor latino de las “Catilinarias” y el político británico Edmund Burke (1729-1797), por sus dotes portentosas de elocuencia, valoradas universalmente, en su artículo sobre Renan, en “El Censor”, 1886 (Obras, t. 46, “Páginas literarias&rdquo
: “Ser un Cicerón era todo lo que habrían deseado Burke o M., y sin embargo hay quienes se quedan por el último”.
M. entiende dialécticamente en los goyescos trazos de sus reflexiones, a la historia humana como duelo bicorne entre la Libertad y el Despotismo, así como nuestro Don Domingo, entre Civilización y Barbarie dicotómicas.
La palabra y el concepto de Civilización, según lo establecen, entre otros, los críticos Jean Starobinsky (1920), y Emile Benveniste (1902-1976), habrìa sido utilizada, entre los primeros datados històricamente, por Mirabeau, hacia 1756, en su “Ami des hommes o Traité de la population”: “le cercle naturel de la barbarie à la decadence par la civilisation”, p. ej. (cit. por D. Sorensen en su “El ‘Facundo...”, 1998; también, P. V. de Llobet, “El léxico ideológico del grupo rivadaviano”, “Investigaciones y Ensayos”, nº 42, 1992, Academia Nacional de la Historia).