CIVILIZACIÓN y poesía en SARMIENTO Y BAUDELAIRE.-
Por Guillermo R. Gagliardi.-
1.- INTRODUCCIÓN.
Al analizar la biografía y literatura de DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO (1811-1888), su obra de Titán del Progreso Ciudadano, su concepción Catoniana de la Función Pública, su Genialidad indiscutible, su energía que aún hoy percibimos majestuosa, nos sobrecoge el sentimiento de la Grandeza de la irradiación espiritual extraordinaria de su Palabra, de su pasión religiosa por la Escuela Popular y de su ética sacrificial del Gobernante, su fervor apostólico en difundir “ideas útiles y realizables”, para “levantar una vara” a estos pueblos hispano-americanos.
En el logrado relato “El amigo de Baudelaire” (1991) de Andrés Rivera, consagrado narrador argentino, aparecen en contrapunto constante las figuras de Baudelaire / Sarmiento. Hay como una obsesión, una omnipresencia, del “leitmotiv” sarmientino. Los define a ambos la desmesura, la búsqueda permanente de símbolos y analogías, el descubrimiento de las “correspondencias”.
Pone de manifiesto el escritor, la relación contradictoria, ambigua, entre Sarmiento-Bedoya / Sarmiento-Facundo, a èste lo contiene en su sangre, se le agolpan sus ímpetus, su violencia, su rebeldía... El sanjuanino genial construye una realidad, cartesiana, eudemònica, y pugna, puja, grita, predica, para imponerla. (consúltese A. Bocco: “La disputa de discursos en “El amigo...”, VII Congreso Nacional de Literatura Argentina , 1993, Univ. Nac. Tucumán).
2.- “DON YO”.-
Así se expresa CHARLES BAUDELAIRE (1821-1867) con respecto a la ópera de W. R. Wágner (1813-1883). Le escribe el Poeta al Músico, en evidente “cuerda sarmientina” (carta del 17 de febrero de 1860): “el carácter que más me ha impresionado siempre, ha sido la grandeza. En todas partes encontré en sus obras la solemnidad de las grandes sonoridades, de los aspectos grandes de la Naturaleza, y la solemnidad de las grandes pasiones del hombre”.
Como el autor de “Les fleures du mal” ante “Tanhäusser”, sentimos, al contemplar la incesante riqueza activante del mensaje sarmientino, “un éxtasis religioso”, “toda la majestad de una vida más amplia que la nuestra”, un ser “hiperbólico, tensamente ascensional”. Una potencia hacedora, asombrosa, una capacidad estimuladora y pródiga de las Ideas benefactoras para la República (E. Ludwig: “Sobre la Grandeza”, en rev. “Sur”, nº 29, febr. 1937, p. 7-42).
“En todo hay algo transportado y transportante, algo que aspira a subir más alto, algo de excesivo y de superlativo”. El Estadista-Maestro, promotor de la Humanización del Hombre Americano, siente a la Política como un sacramento, desde su posición beligerante del Civilizador contra la omnipresencia de la Barbarie, desde su “Cristianismo Constitucional” y su particular “liberalismo gubernativo”.
Baudelaire en su “R. Wagner” nota la grandeza y autenticidad del Yo, ilumina nuestra apreciación de sus dotes en el temperamento y acción sarmientinos. “Ese Yo, justamente acusado de impertinencia en muchos casos, implica no obstante una gran modestia; pues encierra al escritor en los límites más estrictos de la sinceridad” (cito por “Obras” de Ch. B., edición de N. Lamarque, Aguilar, 1963).
En otra nota del ensayo crítico referido, manifiesta el Poeta esta identificación con la energía reflejada por el sanjuanino, que abona nuestro paralelo: “declaro que no odio el extremo; la moderación no me ha parecido jamás el signo de una naturaleza artística vigorosa. Prefiero esos excesos de salud, esos desbordes de voluntad...”.
Ambos, S. y B., desenvolvieron una pasional “Defensa del Yo”, de la primacía de la Personalidad y de la individualidad, en arte, en política y en la moral cotidiana. “De la vaporización y de la centralización del Yo. Todo está ahí” (‘Mon Coeur...’, I).
“Don Yo” se autoproclamó S. (1875), Ego vigorosamente luchador, “agónico”, contra caudillos de chiripá o de latines y chambergo. “Yo soy Don Yo, como dicen, pero este Don Yo ha peleado veinte años a brazo partido con Don Juan Manuel de Rosas y lo ha puesto bajo sus plantas;(...) todos los caudillos llevan mi marca” (en Polémica contra Guillermo Rawson, contra la Amnistía para los revolucionarios de 1874: Sesión del 8 de Julio. La Barra y el Senado, en sus “Obras Completas”, ed. Luz del Día, tomo 19, “Discursos Parlamentarios&rdquo
.
“Antes de todo, en todas las transacciones de la vida pública y privada quiero ser Yo, tal como la naturaleza me ha hecho” afirma el vitalista autor de “Facundo” (v. A. Palcos, “S.”, ed. 1962).
También el crítico´poeta en “El arte Romántico” (ed. póstuma 1869, cap. 9, “R. Wagner&rdquo
: “y que en estas apreciaciones me sea permitido hablar a menudo en mi propio nombre. Ese Yo, justamente acusado de impertinencia en muchos casos, implica no obstante una gran modestia; pues encierra al escritor en los límites más estrictos de la sinceridad”. (v. Luis Franco, “S. entre dos fuegos”, 1968, cap. 12: “Su Majestad el Carácter”: A. Orgaz, “Linaje espiritual de S.”, en “Boletín S.” nº 2, Instituto S. de Sociología e Historia, 1965).
3.- EL CISNE Y EL ALBATROS.-
Al seguir el concepto baudelaireano, miramos al Sísifo andino como modélico en su Romanticismo. “Faro” de América hispánica, pertenece a la generosa raza de los Iluminadores del presente y proyectistas del Futuro.
Hombres-Guía de la Sociedad. La honradez de miras y el esfuerzo benefactor, lo hacen símbolo de la máxima cualidad de Estadista y Maestro, pues encarna como en la pluma del vate: “porque es el testimonio Señor, más elocuente / que levantar podríamos de nuestra dignidad” (trad. de T. Girbal en su “Los faros en el tiempo”, “La Prensa”, 16-3-1980).
Don Domingo, “Albatros”, gran “cisne con sus gestos de loco”, el ideólogo constructor. Cisne baudelaireano que se enloda con el polvo de la política y en la sacra sed de “hacer las cosas”, que “frecuenta el rayo”, luce “alas de gigante”, por su inspiración y por su mano y su pluma recias, destructoras de la Anarquía y el Caciquismo
Su Verbo admonitor, que truena en la “selva feroz” de la Barbarie (v. B.: “Cuadros Parisinos. El Cisne&rdquo
.
Como en el poema “Elevación”, el genio que percibe, platónico, la Belleza de la Acción y el Bien, arroja sus ideas “sanas y fértiles”, al desierto americano, “cual si fueran alondras” y posee la lucidez asombrosa de subir “al aire superior”, de brillar en la contemplación y en la concepción de altas meditaciones cívicas.
“Detrás de los enojos y los hondos pesares, / que cargan con su peso la existencia brumosa” (trad. N. Lamarque; también “El cisne de B.”, J. L. Lanuza, en su “Las brujas de Cervantes”, Academia Argentina de Letras, 1973).
Aparece constante en el estudioso de los pensares y pesares sarmientinos, la imagen del Cisne y del Albatros, en la mirada baudelaireana.
El destierro, la marginaciòn (“estoy solo contra muchos”, “estoy en medio de hostiles prevenciones&rdquo
, la desdicha (“mi vida tan destituida y tan contrariada”, “Recuerdos de Provincia”, cap. “Mi educación”, 1850), por la excepcionalidad de su talento cenital.
El expresionismo de su psicología (“seré como soy y nada más”, “como un tigre cayendo en una polémica&rdquo
, el idealismo platónico, sus alas espirituales de super-hombre (“haciendo esfuerzos supremos por desplegar las alas pero lacerándose a cada tentativa”, “contra los hierros de la jaula que la retiene encadenada”, imagen patética y dolorosa).
Las subidas aspiraciones de su mente (“tan perseverante en la aspiración de un no sé qué elevado y noble&rdquo
, el ojo agudísimo profético, su siembra ardorosa , su cosecha nobilísima pero magra, muchas veces amarga (“lenguaje franco y recio, hasta descortés, sin miramiento&rdquo
, alcanzó su máxima tensión en sus años de Presidente de la República (1868-1874) y en la etapa epilogal, de su vejez.
Cuando admite con el “puño lleno de verdades”, enfrentado a la política de entonces (Juárez Celman...) que “es imposible mi rol” en la nación fenicia que teje el Unicato juarista. Y como el ave de “Las flores...”, se retira a su exilio paraguayo.
4.- FILOSOFÍA DEL DOLOR.-
Aceptación cristiana del Dolor en el Poeta; exaltación estética y ética, como “nobleza única” y cualidad de lo Bello. Estoicismo en el Político, en la entrega al dolor.
“He pasado por terribles pruebas, como pocos hombres habrán experimentado” confiesa el argentino a su hija Ana Faustina (carta de setiembre 10 de 1867). Continúa: “acepta la vida como nos viene, sin creerse con derecho a una felicidad en la tierra, que nos ha sido negada”. Y concluye con su profesión de fe de una ética sacrificial y del Deber Responsable: “Sé mi hija en eso, en sufrir, en trabajar”.
A su familiar Benjamín Lenoir le escribe por las mismas fechas, desde N. York: “necesito llenar mi deber y trabajar, por hacer dar un paso adelante a estos pueblos”.
El dolor acompaña al Poeta de “Los paraísos...”: “Dame la mano, Pena mía; vamos enfrente” (poema elegíaco “Recueillement”, 1861, agregado a “las flores”, 3ª ed., XXII). Diálogo y Personalización. “Sé buena, oh Pena mía, y no tan impaciente”. “Sois sage, ô ma Douleur”.
La angustia, la miseria física y moral aparecen frecuentemente en sus “Journaux Intimés” y sus “Lettres”. Y su “mayor llaga”, el supremo lamento del Poeta: “porque hay algo más grave aún que los dolores físicos, y es el temor de ver gastarse, y peligrar y desaparecer, en medio de esta horrible existencia, llena de sobresaltos, la admirable facultad poética, la nitidez de ideas y la capacidad de esperanza...” (carta a su madre, 20-12-1855). Véase Jean Massin: “B. devant la douleur”.
Soy el mayor testigo que pueda citarse contra mí mismo, se define S. La suerte que le ha tocado en política, se debe a su propia culpa, su innata impopularidad, sus ideas alejadas de todo facilismo o demagogia, contrarias al sentir del común, su extrañamiento de la retórica patriótica, su dirección religiosa y mártir del oficio de Estadista. “...espero una buena muerte corporal, pues la que me vendrá en política es la que yo esperé y no deseé mejor que dejar por herencia millares en mejores condiciones, para que todos participen del festín de la vida, de que yo sólo gocé a hurtadillas”.
Como el creador de “Les paradis artificiels”, Don Domingo puede admitir que él es su propio verdugo: el Heautontimoroumenos, “Je suis la plaie et le couteau / et la victime et le bourreau” (“Spleen e Ideal”, LXXXVI). Soy la herida y el cuchillo, se causa “souffrance” como forma de ejercer su conciencia reflexiva (J.-P. Sartre).
“Apenas me queda resignación bastante para conformarme con la pésima distribución de los bienes y los males de la vida”. Siente que lleva “ceñido a las carnes un cilicio”, le escribe el argentino en 1884 a su sobrina Sofía Lenoir de Klappenbach (“Epistolario Íntimo”, ed. de B. G. Arrili, 1961). “Yo sufro por la estrechez de mis recursos, -expresa S., como recordando las quejas repetidas del Poeta a su madre- que no he derrochado por cierto, sino que mis compatriotas me han medido con escasez cuando servía al país y quitándome los gobiernos, ya negándome lo que me correspondía, ya quitándome lo ya concedido” (ob. cit., p. 159). “Y sin embargo, sobrina, la América es testigo de que he sobrellevado tantos sufrimientos...”. Como para B., para S. “la douleur est la noblesse unique”.
En uno de sus emocionantes Discursos Populares (Obras, tomo 21) declara: “Preciso es que lo sepáis: mucho he sufrido a causa de la educación del pueblo”. “Cuando me afligen las punzadas terribles que sufro por la educación de los párvulos”. Confirma las “Tribulaciones de su Apostolado” por el Bien público, su mística de Gobernante-Pedagogo. Es su “Alquimia del Dolor” (“Spleen e Ideal”, LXXXIV), que invierte al poema baudelaireano: transforma los obstáculos en obras fecundas.
Es habitual en la reflexión de ambos la alusión directa a la negación de la Dicha y a la constancia de la adversidad en sus vidas. “Mi mala estrella”, así lo siente S, primero en una correspondencia juvenil a Doña Tránsito de Oro, madre de uno de sus amores sanjuaninos, luego en una cálida epístola consolatoria a su hija.
Y por su parte, las persistentes lamentaciones del Poeta, en sus cartas a su madre o sus versos como los primeros de “Les fleurs...”: “Bendición: Espanto y blasfemia ante el nacimiento del Poeta”. Ó “El Albatros”: el Poeta, “príncipe del nublado”, “en el suelo, entre ataques y mofas desterrado”. “La Mala Suerte” (poema XI): “Para cargar tan rudo fardo, / Sísifo, dame tu coraje”.
(Otto Carpeaux: “B. y la libertad”, en rev. “Sur”, nº 143, set. 1946; T. S. Eliot, “Selected Essays”, London, 1941; A. France: “La vida literaria. Páginas escogidas”, trad. J. E. Carulla, Bibl. Crítica, 1924, p. 46-54; H. Friedrich: “Estructura de la lírica moderna”, 1974, p. 47-77; “B.” de Leonidas de Vedia, Academia Argentina de Letras, 1972; R. O. Abdala: “B.: ‘Un estremecimiento nuevo’”, “La Prensa”, 30-8-1981; E. Mallea: “Idea de B.”, “La Nación”, 1968).
S. profesa su particular ideología del esfuerzo personal y el sacrificio por el Bien Público, que llama “mi estoica filosofía” en carta a la Sra. de Aberastain, 1-1-1867 (en “Epistolario Íntimo”, cit., p. 69).
Vocación ardiente por el servicio cívico: “volara a donde el voto de mis compatriotas me llamase, no a gozar honores, que no lo son tan grandes como lo creen, sino a poner mi nombre en el edificio que se desploma, a trabajar humilde y valientemente”-
Confianza en la fuerza del genio individual y reconocimiento de la incomprensión enana de la posteridad: “Las maldiciones de los unos, las injurias de los otros serán mi recompensa”. Voluntad positiva y activa, del Cruzado y del idealista militante: “pero tengo la fe que no me abandonó nunca, de que con trabajo, con decisión, con conocimiento de los males del país y sus causas, se puede llegar al fin a levantar a ese país y elevarlo, al menos, a la condición de los que se cuentan por civilizados”.
Postulación de un fervor afirmativo, superador de las eventualidades y contrariedades: “sé mi hija en eso, en sufrir, en trabajar, en esperar...”. Espera y fe humanistas: “Acabemos, pues, con las lágrimas”.
Aceptación senequista del Destino: “Es preciso que te armes de coraje como tu padre, que acepta la vida como nos viene, sin creerse con derecho a una felicidad en la tierra, que nos ha sido negada”.
5.- LOS OBSTÁCULOS.-
En carta al ilustre crítico de “Les Nouveux Lundis”, Ch. A. de Sainte-Beuve (1804-1869), Baudelaire admite su impopularidad y lo muy poco que se guardaba del reconocimiento de la posteridad: “Bien me sé que soy de aquellos a quienes los hombres no aman”.
Bien me sé la suerte política que me espera, confiesa S. por su parte. Ése es el destino del hombre público que se movió entre los dos fuegos, de la oligarquía “con olor a bosta de vaca” y el caudillaje cerril, combatiendo el monstruo multiforme de la Barbarie. (V. H. T. Varela, “B. y el nacimiento de la poesía moderna”, Capítulo Universal. CEDAL, 1969).
Siempre se observa en el autor de “Argirópolis” la “apasionada afición al obstáculo” (“mon goût passionné de l’obstacle&rdquo
y a las empresas difíciles, tal como señala el poeta francés en el Prólogo a la 2ª ed. de “Las flores del mal”, con respecto a sí mismo: “Me pareció entonces más interesante, y tanto más agradable cuanto más difícil parecía la empresa... Este libro (...) no ha sido hecho con otro objeto que el de ejercer mi apasionada afición al obstáculo” (ob. cit., ed. 1861).
La pluma belicosa del sanjuanino encuentra su mayor acicate movilizador en la brega, la posibilidad del combate contra el Mal. S.: “Pónganme a mi lado detrás, espalda con espalda, los otros; sostengan mi debilidad y por mi madre y por Dominguito, prometo que levantaré la piedra y la subiré sobre la montaña” (carta a L. V. Mansilla, desde N. York, 20-9-1867).
“Educación, educación, nada más que educación” ésa es su obra magna contra todas las dificultades: “pero no de a chorritos, como quisieran, sino acometiendo la empresa de un golpe, y poniendo medio en proporción al mal” (carta a J. Posse, 1-2-1865 en su “Ambas Américas”, Obras, tomo 29).
Se agranda, lo animan, se templan sus nervios, ante los problemas a vencer, los “mosquitos” teresianos caldean su cerebro y potencian sus ganas de hacer, levantar y construir.
(Ver “Testimonios sobre el Hacedor. Bibliografía sarmientina” G. R. Gagliardi, blog “sarmientísimo”, 2008. y en “biblioteca sarmiento. org”, íd.)
6.- EL ARTE EN PARIS.-
En los “Viajes”, en carta a su amigo Antonino Aberastain (1810-1861), su comprovinciano, desde París, set. 4 de 1846, le informa de su visita maravillada a la exquisita Exposición Artística en los Salones del Louvre.
Centra su comentario en la riqueza de las obras expuestas. “¿Es Ud. artista?. Aun dura la exposición del Louvre de 1846. Dos mil cuatrocientos objetos de arte, cuadros, estatuas, grabados, jarrones, tapices de Gobelin, que ocupan legua y media en los salones del Louvre”.
Y claramente destaca las dos líneas temáticas pictóricas que se advierten en la muestra magnífica: la sacra, de origen medieval y la secular, bélica, de representación grandiosa. “Allí están los productos de la pintura religiosa que va a buscar sus asuntos en las tradiciones de la edad media”. Y la otra, de la que le impresionó “el inmenso lienzo, pintura épica, descriptiva, de la Batalla de Isly (río de Marruecos donde Francia derrotó en 1844 al ejército marroquí
, perteneciente a Horace Vernet, consagrado pintor de la época (1789-1863, , creador de pinturas de temas històricos, como “Salida del Duque de Orléans hacia el Ayuntamiento”, o “Carlos X pasa revista a las tropas en el Campo de Marte&rdquo
. Ver “Viajes” de S., UNESCO-Fondo de Cultura Económica, 1993, ed. coordinada por Javier Fernández, estudios de Paul Verdevoye sobre S. en Francia).
Baudelaire abomina de este militar y pintor, grandilocuente y vulgar detallista, que carece de una concepción unitaria de su arte. Así lo confirma en su estudio crítico sobre la misma Exposición a la que S. concurrió en el ’46. La obra del Poeta es “Salón de 1846”, juvenil interpretación, personal y original, publicada en periódicos y revistas, reunida póstumamente en su “Curiosidades estéticas” (tomo II, ed. 1868, de sus Obras, ed. de Banville y Asselineau).
El cuyano opina: “la batalla de Isly (...) que ha trasportado a París un pedazo del África con su cielo tostado, sus camellos, su atmósfera polvorosa, sus árabes indómitos ya domados” (Obras compl.., t. 5).
El francés, en su “Salón...” referido, manifiesta su crítica severa en el cap. 11: “De M. Horace Vernet”: “es un militar dedicado a la pintura. Yo detesto ese arte improvisado a los sones del tambor”. Le oprime su “nacionalismo” y “populismo pictóricos, ajenos a la auténtica y perdurable Belleza: “esa pintura fabricada a pistoletazos”, “esa inmensa popularidad, que por otra parte, no será más duradera que la guerra”.
Agudeza definitoria y pasión en el criterio baudelaireano: “es la antítesis absoluta del artista”. “Yo lo odio porque nació de pie, y el arte es para él cosa clara y fácil”. Su oficialismo consagratorio lo exaspera: “esa vox populi, vox Dei, es para mí una opresión”.
La admiración sarmientesca por esa pintura define su activismo contemplativo, que tan bien estudia J. A. García Martínez en su “S. y el arte de su tiempo” (1979). A S. le llaman la atención las notas didácticas, programáticas del artista, el mundo evocado, los personajes y paisajes que conoce él mismo en sus viajes iniciáticos.
Lugones en su “Historia de S.” (1911) confirma ese visualismo paisajístico que motiva su elogio del “arte” de Vernet, su “don característico de reproducir el paisaje y el hombre”, su vocación plástica dibujística, su verismo social historicista, que reconoce en un pintor “el dibujo estudiado con corrección, la naturaleza perfectamente comprendida, el colorido dado con un acierto y muestra de talento que revelan un pintor” (juicios de José León Palliére, trascriptos por García Martínez, ob. cit., p. 72-73).