Lectura y comentarios sobre “argirópolis” de sarmiento.-
Por Guillermo R. Gagliardi.-
“Argirópolis” o “La Capital de los Estados Confederados del Río de la Plata”. Apareció en 1850 en la Imprenta de Julio Belin, en Santiago de Chile. En la portada resume el objeto del libro:
“Solución de las dificultades que embarazan la pacificación permanente del Río de la Plata, por medio de la convocación de un Congreso, y la creación de una capital en la Isla de Martín García.
De cuya posesión (hoy en poder de la Francia) dependen la libre navegación de los ríos, y la independencia, desarrollo y libertad del Paraguay, el Uruguay y las provincias argentinas del Litoral”.
La obra sarmientina estaba dedicada a Justo José de Urquiza.
Como indica en los títulos, propone a imitación de los Estados Unidos de América del Norte, organizar un Estado Federal, de modo que Argentina, Uruguay y Paraguay se integren en un sistema político-económico con capital en dicha Isla. Como advierte algún crítico, el libro “en el fondo ... era un ataque a Rosas.
L. Lugones llama a la obra: “aquella nueva isla de utopía”. Y a lo que desea su autor en esa tesis lo moteja de “quimera producto de su inclinación novelesca”, que quería volver a restaurar los antiguos límites virreinales de los países sudamericanos.
El texto lo reproduce el tomo XIII de las “Obras Completas” de Sarmiento, publicado por la Impr. y Litogr. M. Moreno, en 1896.
Siguiendo el esquema de G. Ferrari (prólogo a edición de Eudeba, 1968), el libro presenta dos géneros opuestos: “la Utopía” y el “Panfleto político realista”.
El nombre de “Argirópolis” lo adapta del mito de Heliópolis o “Ciudad del Sol”, en idioma griego “ciudad de la plata” o de plata.
Aníbal Ponce la denomina renanianamente “La Plegaria de Argirópolis”, pues a semejanza de la Oración por la “Acrópolis”, del célebre ensayista francés, es una apelación de hondo sentido pasional y fundamento espiritual, en este caso para la afirmación institucional del Estado Argentino y el definitivo logro de la Paz entre los Estados Americanos.
El Gral. José María Paz le había escrito al sanjuanino, diciéndole que su libro expresaba un gran pensamiento “patriótico, sublime” y a la vez “de imposible realización”. También le reconoce el mérito de haber sido el único escritor argentino que ha hecho “un inmenso bien tocando cuestiones que han rehusado siempre tratar nuestros escritores públicos”.
Al decir conjunto y preciado de Manuel Gálvez y de Alberto Palcos, entre otros, su prosa muéstrase suelta y agradable a su lectura. Finaliza en una verdadera profecía, una “predicción optimista de la grandeza argentina”.
La obra esta sectorizada en siete capítulos temáticos, además de la Introducción del Autor: I.: Origen y condiciones del encargo de las relaciones exteriores de la República Argentina; II.: Las Provincias Unidas del Río de la Plata, el Paraguay y la República del Uruguay; III.: La Capital de los Estados Unidos del Río de la Plata; IV.: Atribuciones del Congreso, etc.; V.: Argirópolis; VI.: De las relaciones naturales de la Europa con el Río de la Plata y VII.: Del Poder Nacional.
Escribe Sarmiento:
“Llamaos los Estados Unidos de la América del Sur, y el sentimiento de la dignidad humana y una noble emulación conspirarán en no hacer un baldón del nombre a que se asocian ideas grandes”.
Palcos, amoroso intérprete y estudioso sarmientista, señala que “si son sueños pertenecen al linaje de los que ennoblecen al hombre; pero sueños análogos hallan en los Estados Unidos realización cotidiana. ..Afirmado en la tierra se embriaga en la luz de estrellas remotas”.
Sobre esta idea sarmientina ya hubo antecedentes igual de ilustres históricamente, en Florencio Varela, en Rivera Indarte, y en 1844 en Juan Bautista Alberdi, quien burlándose del sanjuanino, lo acusó de desenvolver pensamientos ya concebidos y publicados por otros con anterioridad...
Traza Sarmiento, también los caracteres generales que debe reunir un Diplomático, según las necesidades de la Nación:
“¿Qué hacen (...) esos enviados que ganan 10.000 $ anuales en Washington, Río de Janeiro, Paris, Londres?. Arrastrarse ante gobiernos que no hacen caso de ellos, o confundirse entre las turbas de diplomáticos haraganes, dándose aire de grandes señores y dándose buena vida con nuestras rentas”.
“Estos enviados debían ser hombres laboriosos, ocupados exclusivamente de estudiar los medios que aquellas naciones emplean para enriquecerse; de ponerse en contacto con los hombres que por su ciencia, su industria, nos convendría hacer venir a nuestro país.
Nuestras embajadas de Europa debían ser oficinas públicas, para procurarnos y enviarnos millares de emigrantes laboriosos, para seducir hombres eminentes, para predisponer por la prensa la opinión de la Europa a favor de nuestros países, poco conocidos hasta hoy, si no es por sus guerras y sus desórdenes...”.
Según nos anoticia Juan Rómulo Fernández en su “Sarmiento. Semblanza e iconografía” (1938) ya un lustro antes don Domingo propuso que fuera situada la Capital en el Norte, lugar distante de la sede de Rosas.
Ahora en 1850 indica a la Isla como una sede reducida, al modo de Wahington en Estados Unidos, y a objeto de evitar divergencias entre argentinos por causa del intrincado problema.
En 1852, en sus “Comentarios de la Constitución” insistió en que la capital fuese llevada al interior. Por su parte como Presidente de la Nación vetó dos Leyes al Congreso sobre Federalización, una que la fijaba en Córdoba y la otra que la instituía en Rosario, de Santa Fe.
“Pero estas contradicciones” –anota Fernández, lo que en realidad muestran es la evolución de una idea que se elaboraba trabajosamente y que a su tiempo se plasmó en la ley definitiva proyectada por su sucesor Avellaneda y en virtud de la cual la ciudad de Buenos Aires es hoy Capital Federal de la República Argentina” (ob. cit., p. 71).
Carlos Octavio Bunge en su “Sarmiento. Estudio biógrafo y crítico” (1926), califica a “Argirópolis” de “obra juvenil y utópica como las ‘Leyes’ de Platón”. En ella desarrolló su inquieto y entusiasta creador, una Teoría de “rioplatismo” (Confederación Americanista, de las tres Repúblicas del Plata y la isla M. García como capital)..
Concepción que puede atribuirse y es “explicable en un hombre del Pacífico, que desconocía el celo del nacionalismo uruguayo y del paraguayo , y podía hacer caso omiso de algunos antecedentes históricos harto significativos (la guerra argentino-brasileña de 1824)” (ob. cit., p. 130).
Ppublicados los 2.000 primeros ejemplares de la obra, cifra considerable para la época, (y sin el nombre del autor), inmediatamente fue traducida al francés en Santiago por J. M. B. Lenoir y enseguida en Paris por Ange Champgobert.
Como estableció el historiador Julio Irazusta, “gran parte del libro está destinado a proponer un programa que Urquiza habría de hacer suyo: el de convocar un Congreso Nacional que iba a resolver automáticamente todos los problemas según el utopismo constitucionalista del siglo XIX, mil veces fracasado pero siempre renaciente”.