“las ciento y una” de Sarmiento.
Por Guillermo R. Gagliardi.
I.-
incluida en el tomo XV de las Obras Completas de Sarmiento, fue publicado en 1853. Esta obra comprende 5 cartas a su contendiente en la célebre y cruenta polémica con Juan B. Alberdi (1810-1884), autor de las “Cartas Quillotanas”.
Expresó el sanjuanino: “¿De qué se trata en sus cartas quillotanas?. De demoler mi reputación. ¿Quién lo intenta?. Alberdi. ¿Qué causa lo estimula? Ser empleado para ello. ¿Cómo le vino ese empleo? Negociándolo por medio de Gutiérrez, a trueque de escribir en Chile. ¿Cuál es el resultado de su libro? Dejar probado que no soy nada y que usted lo es todo”.
En la primera, estampa una dedicatoria: “Al Excmo. Señor enviado plenipotenciario efectivo cerca de los diarios de Valparaíso y, ad referéndum, cerca del gobierno de Chile, doctor don Juan Bautista Alberdi”.
En la 2ª . titulada: “Y va de Zambra. Alberdi, siempre Alberdi”. “Otros principios me guían que el Positivismo en este siglo Positivo, en que usted brilla. En este caos de nuestra patria, en que el cinismo de los medios, la falsía de las promesas, el maquiavelismo de las máximas, no respetan, ni moral, ni principios, ni antecedentes, he querido precaverme de esa corrupción que fomenta, disculpa o atenúa las enormidades de nuestra política, prolongándolas, y sacando al país de un abismo para echarlo en otro. No me alabaré de haberlo logrado siempre; pero es mi norte y mi plan de conducta. Me creería el último de los hombres si ocupase su ductilidad de medios en este siglo positivo, esté usted perfectamente en él. Cuidado, pues, Alberdi, con tocar ese punto”.
En la “tercera de las ciento y una” manifiesta Sarmiento, de Alberdi: “¡y no ha habido en Valparaíso un hombre de los que pertenecen a la ‘multitud de frac’ que le saque los calzones a ese raquítico, jorobado de la civilización y le ponga polleras; pues el ‘chiripá’, que es lo que lucha con el ‘frac’, le sentaría mal a ese entecado que no sabe montar a caballo; abate por sus modales; saltimbanqui por sus pases magnéticos; mujer por la voz; conejo por el miedo; eunuco por sus aspiraciones políticas; federal-unitario, ecléctico-panteísta, periodista-abogado, conservador-demagogo, y enviado plenipotenciario de la República Argentina, la viril, la noble, la grande hasta en sus desaciertos! Alberdi lo ha dicho; y yo no pienso nada que Alberdi no haya dicho antes sin pensarlo”.
La “Cuarta”, titulada “La Danza. Baila Alberdi”, se refiere al Congreso Americano que Chile quiso reunir por 1843: analiza las opiniones de Alberdi.
“’Yo no trafico’, me ha dicho usted, con ‘el calor’, no ‘vendo’ entusiasmo, aludiendo al calor de mi lenguaje y al desgraciado pero virtuoso entusiasmo de mi alma, cualidad que da Dios a los espíritus, haciendo que unos sean como el aceite y otros como el champaña... El señor abogado don Juan Bautista Alberdi, que en su munificencia, sin vender entusiasmo, ‘regala’ sus pensamientos a los diarios, y me ‘regala’ a mí las ‘cartas sobre la prensa y la política militante en la República Argentina”.
Acusa a Alberdi: “ha vendido usted no sólo renglones, que es mercadería noble: ha vendido usted su alma, su conciencia, su razón, sus simpatías, por plata, por poca plata, por poquísima plata desde 1847 hasta 1849, en un contrato público de contraventa...”.
II.-
La 5ª. Carta, titulada “¡Ya escampa! Maulas de Alberdi”.
Con respecto al degradante lenguaje que emplea, dice al tucumano: “Notará usted que hay diferencia entre este lenguaje brusco y de soldado, improvisado en el calor de la indignación y las melifluas perífrasis, difamaciones oblicuas, que usted ha rumiado, estudiado, corregido y empapado en sutil e imperceptible ácido prúsico en sesenta días de recogimiento y meditación en Quillota. Pero yo tengo muchas plumas en mi tintero. Téngola terrible, justiciera, para los malvados poderosos como Aldao, Quiroga, Rosas y otros: téngola encomiástica para los hombres honrados como Funes, Balmaceda, Lamas, Alsina, Paz y otros; téngola severa, lógica, circunspecta para discutir con Bello, Piñero, Carril y otros; téngola burlona para los tontos; pero para los que a sabiendas disfrazan la verdad, para los sofistas, para los hipócritas, no tengo pluma: tengo un ‘Látigo’ y uso de él sin piedad, porque para ellos no hay otro freno que el dolor, pues que vergüenza no tienen cuando apelan a esos medios de dañar”.
Muestra don Domingo, indignado, su instrumental de combate, sus armas de estilo, que definen toda su obra literaria. Los epítetos, la acumulación de vituperios, el “crescendo” de insultos, el desenmascaramiento de la doblez y la falsìa, la veracidad en cueros vivos...
Realiza en líneas siguientes su “currículum vitae”. “Por mis estudios; por mi consagración de veinte años, por mi práctica, por mis viajes para perfeccionarme, por mis obras sobre educación..., en fin, me reputo... persona más competente, más útil a la América, más meritoria que el abogado Alberdi”.
“En 1848 encontré a Alberdi alquilado con un diario, ‘El Comercio de Valparaíso’, escribiendo según el tenor de una contrata repugnante, y destinado a sostener una candidatura ignorada aún”.
Luego: “No, Alberdi. Deshonradme ante mis compatriotas, como lo habéis hecho en vuestro libro, preciándoos de haber hecho con moderación, sin ruido... Deshonradme en hora buena, pero ‘No toquéis la Educación Popular, no desmoronéis la escuela’, este refugio que nos queda contra la inundación de la Barbarie, que eleváis a sistema americano, a ‘palanca’ de progreso”.
Sarmiento extrema su juicio y lógica como también su lengua, temeraria contundente, pero clara y sincera. Alberdi, se mueve en una prosa e intención filosa, reptiliana y mas afilada, malévola, calculada y perfilando su vasta cultura y reserva abogadil. Domingo vocifera desde el inmenso corazón que porta.
Ante los ataques a su vocación militar, lo refuta enunciando su trayectoria: “es mi ánimo solamente probarle a usted que soy militar lo necesario para no avergonzarme en mi patria de llevar unas charreteras en los hombros, una condecoración al pecho, y una espada al cinto”.
Sarmiento es eminentemente personalista, su Yo desborda de su pluma. Noblemente como siempre, espontáneo y agresivo, se defiende, y se define magníficamente, apunta al meollo de su persona y su trascendente figura histórica americana: “De profesión sólo soy Maestro de Escuela, y en este grado, adquirido por mi esfuerzo y sancionado por gobiernos ilustrados, he llegado con honradez y pureza a donde no llegará usted como periodista de alquiler y contratable para sostener todo lo que le manden sostener, y ni aún como abogado, pues abogados hay por estas Américas unos tres mil, que ojalá hubiera más, y educacionistas de mi clase no hay tantos que sobren por todas partes”,
Alude a las fundamentales “Bases” alberdianas, “el Decálogo Argentino” y a las “Quillotanas”: “¡Relea usted su libro, Alberdi, y recuerde que ... es elaborado, meditado fríamente en el retiro, entre las flores de los jardines. Y que hay en el intento, el plan de matar políticamente a un hombre”.
III.-
En la última carta S. compara al autor de las “Bases” con Èmile de Girardin, el apasionado y enérgico publicista y político francés (1806-1881) “con quien su enemigo también le ha comparado a él”.
En sus cartas de Quillota el escritor norteño desmerece la originalidad de la utopía sarmientesca de “Argirópolis”. En sus escritos sobre “Complicidad de la Prensa en las guerras civiles de la República Argentina” le expresa a su compatriota que “sus gritos de cólera pueril me dan lástima, no enfado. Son gritos de dolor”. Lamentable episodio el de esta polémica entre dos grandes hombres argentinos. ..