“Cuestiones Americanas: Límites con Chile” de Sarmiento.
Por Guillermo R. Gagliardi.
Corresponde esta obra al volumen 2 del tomo XXXV de las “Obras Completas” del sanjuanino.
Sarmiento destaca en estos escritos teñios frecuentemente de pasión política, y desde los primeros artículos en la prensa, que las querellas internacionales sobre cuestiones limítrofes sólo llevan a Sudamérica al empobrecimiento y al desgaste de energías y de cerebros en un tema de naturaleza ‘secundaria’.
Afirma ello considerando las organizaciones de los límites geopolíticos como embrionarias e indecisas. Así, por ejemplo, toda la Patagonia era considerada “tierra de nadie” en los mapas europeos.
Extrema este concepto teniendo en cuenta las necesidades más prioritarias y urgentes que reclama el desarrollo del pueblo americano: los caminos, el comercio, las escuelas, la formación de los municipios, el mejoramiento de la ‘inferioridad racial’ del mestizo (desprecio al trabajo en el español, haraganería y abulia en el aborigen).
Declara decididamente que su deseo es evitar ese derroche de fuerzas vitales “en la prosecución de intereses frívolos que no conducen a resultado positivo alguno” e incitarlos “a la adopción de medidas salvadoras, curando los males donde están y mejorando la situación de sus pueblos por la inyección de nueva vida, por la aplicación de todos los medios que hacen el poder real y la riqueza de las naciones modernas”.
Observa muy agudamente: “Que cada uno eche una ojeada sobre los pueblos americanos en el momento en que escribimos y sentirá la indignidad, la mezquindad de las cuestiones que dividen a los gobiernos, con ruina de los pueblos, víctimas de pretensiones que, a ser justas, serían inútiles, improductivas y destructoras”.
Lo que el Civilizador-Hacedor y Organizador de Naciones ansía es forjar la Unión de América hispánica, amor entre los países de la Región, unión de intereses culturales y económicos, para lograr allanar dificultades, levantar a estas comunidades, moverlas a su desenvolvimiento político e industrial.
En su época las comunicaciones eran muy precarias, muy rudimentario el espíritu de Asociación. Entre Cuyo y Buenos Aires no había posibilidad de contacto ventajoso, las invasiones indígenas eran cuantiosas y devastadoras. Cerca de 1 habitante por kilómetro cuadrado, en esta cifra desconsoladora consistía la escasa densidad demográfica.
Considera hipócritas a los gobiernos que se llaman hermanos, cuando esto esconde una marcada hostilidad, permanente, que más parecen “manadas de lobos, prontos a arañarse entre sí”. Pero es condición connnatural de este ‘mono agresivo’, ‘primate con armas’ que es el ser humano, sobre todo en estado salvaje, incivilizado.
Sostiene que el Estrecho de Magallanes constituye una vía necesaria de comunicación para el país chileno. Una ventana de contacto con Europa. Para Argentina, “es una posesión inútil”, según estima.
El gobierno argentino –sostiene- no reclamó desde 1843 en que Chile ocupó el Estrecho y por 6 años, sus derechos, y permaneció indiferente, a pesar de la publicidad dada en el país trasandino a la ocupación e inversiones posteriores para el progreso de esa zona.
Hay “intención insana y miras secretas” –según aprecia- en este tardío reclamo de Rosas, porque sabiendo el derecho de ocupación, dejó “poblar y poseer durante 6 años el Estrecho sin reclamar...”.
Cita la 12ª Ley de Indias. Título 15, Libro 2º, en apoyo histórico de su afirmación. Evidentísima es la inquina anti-rosista de don Domingo al sostener estas opiniones, que tanto lo perjudican, desgraciadamente más aún en el futuro, aún después de muerto, ante sus numerosos y poderosos enemigos ideológicos. Muchos, mezquinos, encarnizaos, ‘chiquitos de mente’ y obnubilados por las etiquetas chauvinistas y la agresión xenofóbica...
Observa que estas cuestiones ‘ociosas’ turban la tranquilidad pública, distraen de los auténticos intereses nacionales, se arruina el comercio y se inutiliza el tiempo que tanto nos hace falta para coordinar el progreso y consolidación de estas repúblicas embrionarias.
Sus dardos, por supuesto, están dirigidos a Rosas, contra su gobierno y procedimientos políticos: ése es su odio, su combate terrible. Qué hace el gobierno de Rosas para poblar la extensión del país?: - se pregunta rabioso- nada, sino que la incuria, miseria y despoblación avanzan peligrosamente, los salvajes amenazan o destruyen ya zonas de Córdoba o San Luis por ejemplo.
El gobierno debería haberse ocupado –denuncia indignado- por poblar el Chaco, Río Negro, Chubut y las fronteras, por allanar las dificultades del comercio interior, por regularizar las leyes de Aduana, temas básicos para constituir una nacionalidad sólida. Qué es lo que hubiera hecho el pretendido “gobierno rosista” con el Estrecho? Se pregunta justamente, Nada, pues sería ocupado por ‘los bárbaros’, ante la indiferencia y el ningún interés para destinar erogaciones a los fines lógicos del adelanto y organización de esos lugares.
El maestro aconseja sinceramente a todos los Estados Sudamericanos, su visión es amplia y de honda intensidad positiva, constructora: “Comercio, industria, población, inmigración educación”, “he aquí los verdaderos intereses de los pueblos y el blanco de una política sabia, justa y provechosa!”. Insiste, profesando siempore su Religión del Bien Absoluto, porque confiesa saber qué es el bien y en qué consiste y cómo realizarlo en estos pueblos emergentes: “Queremos el bien de la República Argentina”.
Maldice eternamente al ‘sistema de manejo de la cosa pública’ de don Juan Manuel, por fomentar estúpidas rencillas y disputas inútiles que distraen de los Grandes Temas que han de hacer adelantar a las mayorías ciudadanos de América: Educación, Industria, vías de comunicación, etc., mientras “mantiene quietos en la degradación y sume en la barbarie y en la pobreza a mis desgraciados compatriotas arruinando el erario en cuestiones exteriores provocadas por él mismo, mientras descuida todos los intereses nacionales”.
El móvil sarmientino en esta cuestión del Estrecho ha sido, según explica: “Ahorrar a los argentinos un nuevo conflicto inútil, separarlos de lo que los llevaría a una guerra ruinosa, y romperle en las manos al tirano el instrumento con que esclaviza a mi patria”.
Advierte que la misión de Baldomero García a Chile no traía intenciones ‘patrióticas’, según demagógicamente declaraban los federales, sino una perversa finalidad política-partidaria, una aviesa estrategia, para atacar a “los salvajes unitarios” y su combate contra la tiranía porteña.
Subrayemos definitivamente que el resultado fue el apartamiento prudente de Sarmiento y su verbo y pluma contundentes y temerarios, con su viaje al exterior, por un lado y también el cese de los ataques terribles, los mazazos sarmientinos en la prensa contra el gobierno de los “colorados” por parte del diario “El Progreso”.
Sarmiento, recalcamos, interpreta las pretensiones por el Estrecho no como una “Cuestión Nacional” según el Discurso Rosista restaurado por el ‘Revisionismo Histórico’, sino como una pretensión exclusiva “de Rosas al Estrecho”.
El déspota había enviado una Circular perentoria a los gobiernos de la Confederación y a Chile exigiendo la inmediata y total “represión del autor de ‘La Crónica’, para ponerlo “en la imposibilidad de continuar conspirando”.
El ataque es “ad hominem” resueltamente, con toda la maldad de que era capaz el Restaurador y sus cortesanos.
Sarmiento era “uno de los que más desenfadadamente lo han atacado”, el “que más rudos golpes ha dado al exclusivismo y al espíritu hostil contra la Europa”, porque “en Chile, en nuestra persona, va a darse la última batalla en la América del Sur, entre el poder absoluto y las constituciones, entre la libertad de pensar y la tiranía”.
Confiere S. una trascendencia magnífica, con aires de epopeya homérica a esta lucha ideológica, desde su posición Americanista e Ilustrada.
En 1878 dirá don Domingo que esa zona “es agria, frígida y azotada por los vientos polares que le han desgarrado en girones” (en “El Nacional&rdquo
. “El Estrecho es inútil, el huano escaso, la Patagonia inhospitalaria, la distancia enorme...”.
“Hasta ahora tres años Chile tenía defensores en Europa en aquella cuestión, se creía que podía tener derechos, puesto que con tanta insistencia los reclama. Hoy ha cambiado la opinión pública, desde que se exhibieron ciertos documentos que por su sencillez y naturaleza están al alcance de todo el mundo”.
Detesta la visión exclusivista que es consecuencia del Patrioterismo y detéstalo en cuanto es “la más ciega de las pasiones”, que destruye y oscurece la obra de civilización que ha de emprenderse ya, de una vez y para siempre, en estas tierras del Nuevo Mundo..
Desaprueba la demagogia que enfervoriza los más primitivos instintos populares conduciéndolos a la improductiva violencia, y a la expresión pomposa de “infulas de grandeza, valor, honor y otras yerbas” y gastos increíbles en sesiones de las Cámaras, de “exteriorizaciones” vacías que le “están rompiendo el tímpano” con los “gritos de honra y pabellón pisoteado”.
Producto de ello suele ser “alborotos en las calles, insultos estudiados a una pobre estatua, mítines monstruosos, discursos patrioteros y disensiones” que atrasan a estos pueblos y disuelven el avance del sentido republicano..
Detràs de los carteles hipócritas de “ciencia, dignidad y patriotismo” está escondida la víbora de la “impotencia y mala crianza” de estas naciones, los gastos estériles del erario, cuando no hay escuelas ni comercio, ni correo, , ni Nación. ,ni Ciudadanos prósperos, ni elevación de las condiciones de vida material y espiritual, sino todo lo opuesto, degradación, analfabetismo, pobreza y destitución crecientes.
Pasadas décadas de su brega juvenil anti-rosista reconoce (v.gr. “El Nacional”, 15-11-1878) que los hechos han disipado las ilusiones que motivaron la ocupación del Estrecho. “No ha podido poblarlo en treinta y más años de asiduos ensayos”. “Es inútil la guarda y cuidado el Estrecho, para Chile mismo”.
Hay que ‘ensanchar’ la cabeza para entender a don Domingo y liberarse definitivamente, baconianamente, de los “ídola” célebres que cierran la mente.
Para él “El Estrecho es una vía pública interoceánica. Sus ribereños no ejercen dominio sobre sus aguas”. Lo considera y propone como “un pasaje libre interoceánico”, en esa zona “desolada, donde no irá en siglos a establecerse población regular”, donde los vientos “hacen insoportable la existencia” y donde la tierra “no se presta a la inmediata ocupación del hombre”.
“En la Tierra del Fuego la miseria ha degradado de tal manera la raza humana que la habita, que es reputado como el vínculo que nos liga con la animalidd”, pues” la pobreza del terreno y la inclemencia oponen obstáculos al desarrollo de la población”.
Le interesan, como Político, magno Civilizador y Maestro, los lugares en que el ser humano se asocie, mantenga una comunidad ordenada, y luzca su dignidad y responsabilidad, y progrese en todos los dones que por mandato Divino le han sido otorgados..
Quiere fervientemente que en estas regiones se note la presencia de Dios, su huella, su paso, en la intensificación de Lo humano por excelencia, en el alcance concreto d la Felicidad terrena, física, moral y cultural, tal como lo pudo apreciar, admirado, en otras naciones adelantadas del Planeta...
Durante su Presidencia S. se ocupó muy especialmente de la cuestión Magallanes, agitad muchas veces por sus enemigos de intenciones torcidas y malévolas. Nombró Ministro ante Chile a su amigo, el jurista y escritor católico Félix Frías (en 1869), por su espíritu tolerante e ilustrado.
Fomentó el estudio detenido, minucioso e imparcial del tema, promoviendo la adquisición y análisis de documentación cuantiosa. Guido y Spano descubre preciosos documentos en el Archivo, que S. comentara positivamente en la prensa.
En 1843 el objetivo de la cuestión había sido establecer una Estación Naval para proteger con remolques la navegación, una fortaleza en Puerto Hambre, pero que en tiempos de su Presidencia ( en 1872, carta a Frías), acusa la mala intención de extenderse a toda la Patagonia.
Está dispuesto absolutamente a descender del Poder Ejecutivo, “a fin de que pueda yo mismo consagrarme a defender como individuo los derechos de mi país”.
Al final de sus días reconocerá: “Soy achilenado porque cuando se habla de la confraternidad americana, no invoco sentimientos simpáticos, para azuzar rencores y odios. Soy achilenado, como soy yankificado, por largos años de residencia y estudio de sus diversas instituciones”.