domingo, 05 de octubre de 2008

       LA VALENTÍA CÍVICA DE AUGUSTO, EL NIETO DE SARMIENTO.-

 

                                                           

                                                                        Por Guillermo R. Gagliardi.-

 

 

 

A los argentinos, Augusto Blein Sarmiento (1854-1936)  nos es apenas conocido, ante todo, por su ameno “Sarmiento Anecdótico”. Pero su personalidad nos queda así valorada  fragmentariamente, sólo como el albacea fiel de la gloria del gran Sanjuanino, la edición, parcial de sus escritos en 52 tomos, el índice alfabético de los mismos, y algunas evocaciones del Maestro-Estadista. 

 

Una de sus obras de alta significación, para la vida coetánea y que demuestra la fibra de su prosa y pensamiento, es “Una República muerta” (1892).. Libro de escasa tirada y revelador en varios sentidos. Precedido el texto por una “Carta-Prefacio” de Lucio V. López. Estructurado en 10 capítulos (p. 1-173) y se cierra con un “Apéndice” que comprende tres partes: “Calificaciones del voto en los Estados Unidos”, “Discursos en la Constituyente de Buenos Aires en 1889” y “La naturalización de extranjeros en los Estados Unidos” (p. 175-232). Utilizo la edición que he consultado en los repositorios de nuestra Biblioteca Nacional, que reza: “A.Belin Sarmiento. Una República Muerta-Buenos Aires-Imprenta y Encuad. ‘M. Moreno’-1892”.

 

 Comienza su escritura en un tono exclamativo y pesimista:”¡La república se muere!. La república ha muerto!”. Las instituciones republicanas mancilladas y el país, como consecuencia, librado –escribe- a la habilidad inescrupulosa de los pescadores en aguas turbias.

 

Sabemos que su abuelo lo había designado director de su última campaña, moralizadora de la política, con “El Censor” (1885). Època de la Revolución de Julio de 1890 y el cambio de gobierno. Había proyectado Augusto esbozar un cuadro de las costumbres electorales de todo el país, pero ha preferido no hacerlo ante el temor, al entrar en detalles, de que el extranjero que lo leyese creería que  la Argentina estuviera degenerada  en “una raza de tramposos y cubileteros sin ningún asomo de vergüenza” (ob. cit. p. 10).

 

Observa agudamente la corrupción de las esferas ejecutivas y legislativas, la falta de respeto a las leyes, la práctica indebida del derecho electoral por parte de la masa ignorante e inerme que sólo presta su consentimiento a los ambiciosos, “todo por escarnio de la libertad (...) y en general, en provecho propio”..

 

Dos décadas antes, Don Domingo pronuncia un discurso en Francia, ante la noticia de su elección como Presidente (1867), formulando su programa de gobierno y advirtió justamente: “la república es todavía un sentimiento, un desiderátum, la libertad no tiene todavía asiento fijo, y para dárselo tenemos que fundar un gobierno de la libertad”.

 

 

 

José Posse le expresaba a don Domingo en carta desde Tucumán, 12-9-1868: “ el epicureísmo es la llave ganzúa de los puestos públicos”. Se queja allí también “de esos generales que ha armado el Gobierno Nacional para echar abajo gobiernos interviniendo en las provincias para forjar un presidente de arcilla”.

El político tucumano le escribe a otro de sus amigos, José Uriburu, 18-10-1868: “Elizalde ha prodigado, a imitación de Derqui, como V. sabe, grados militares a las provincias a hombres que jamás han conocido el ejército, a caudillejos que nunca sirvieron a la patria, y sin otro título, que haber trabajado a puntapiés y a garrote por su candidatura”. (“Epistolario S.-Posse”, Museo Hist. S., 1947, t. I).

 

Y a Sarmiento, mucho después, en 1875: “qué haremos del militarismo que viene penetrando hasta en las entrañas de nuestro cuerpo?. Si vieras las ambiciones y pretensiones que han surgido en esta época, te caerías de espalda espantado del porvenir. De aquí han ido solicitudes para promociones de oficiales, y para que se den grados efectivos a tenientes coroneles y comandantes de milicia que nunca vieron ni los mostachos del enemigo, y que en esta época no han hecho sino morisquetas a trescientas leguas del teatro de la guerra. A este paso vamos a suprimir la graduación por servicio para  empezar la carrera militar por General o Brigadier, ni un medio menos” (ídem, tomo II).

Ya S. en 1856 escribía en “El Nacional”, y advertía: “sin pensarlo nos volvemos todo ejército, lanzas, bayonetas, caballos”, “nuestra historia de medio siglo se reduce a crear ejércitos y destruirlos. El país se vuelve todo ejército con Rosas... Ejército por aquí, ejército por acullá”.

 

El  nieto vuelve a encender esa vena fiscalizadora en esta obrita: “No se juega a mano limpia en el gobierno. Se dan leyes y decretos que llevan por dentro gavetas secretas para beneficiar partidarios”. “La regla de la idoneidad para la provisión de empleos ha desaparecido ante las camaraderías, el nepotismo, hasta el punto de que el talento mismo no tendrá carrera asegurada sin la intriga y la complacencia y se forjan puestos innecesarios con tal de dar un salario al pariente o al partidario”, “..se anidan en los recovecos del presupuesto toda clase de aves de rapiña”.

 

Continúa Augusto acusando el estado de corrupción administrativa del Ejército, y reitera conceptos: “una de las erogaciones que pesan más sobre el presupuesto de guerra, es la cantidad enorme de sueldos de un número inaudito de jefes, que está lejos de corresponder, al efectivo del ejército, lo que constituye una prueba más de que la corruptela ha hecho de los ascensos un medio de premiar la fidelidad hacia los gobernantes y a los jefes con ascensos y dádivas inmerecidas”.

Lograda la pacificación política y la “destrucción de indios fronterizos”, es inútil el Ejército que la República sostiene: más de tres mil hombres, aumentando esta cantidad aun después de 1880, lo que Don Domingo denominó “Ejércitos Póstumos”.

 

Alberdi, lo cito nuevamente, en su “El crimen de la guerra”, publicado en 1895, 11 años después de su muerte: “Dad ejércitos a países que no tienen enemigos, ni necesidad de hacer guerras y crearéis una clase de industriales que se ocupará de hacer y deshacer gobiernos o, lo que es igual, de hacer la guerra del país contra el país. A falta de guerras extranjeras, el ejército degenera en clase gobernante y el pueblo en clase sometida. El ejército es el surtidero de los candidatos al gobierno, que no son otros que los héroes de la espada erigidos en libertadores siempre  que salen victoriosos de las guerras de candidaturas al gobierno político, convertido en propina o sinecura militar”.

 

Su  contendiente de siempre, Sarmiento,  opinó firmemente en “El Nacional”, 12-6-1857, como así también en otros trabajos recogidos en “Conflictos...” y en “Las doctrinas revolucionarias”: “Toda sociedad que  viva a fuerza de tener hombres armados, quedará al fin a merced de ellos... No está, pues, el mal en tener ejércitos de línea o de paisanos enganchados o conscriptos. El mal está en tener necesidad de ejército, es decir, fuerza que fuerce a los enemigos o a nosotros mismos” (Obras, tomo 24, “Organización del estado de Buenos Aires&rdquoGuiño.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                             

 

Definitivamente “Una República Muerta” constituye el escrito, denuncia, crítica cruda, de un ciudadano intachable, culto, profundo y laborioso, dignísimo heredero del mensaje sarmientino.

 

El titán sanjuanino ya había gritado ante este derrumbe institucional del des-gobierno:  “Estoy ensordecido por el fragor de las instituciones que se derrumban. ..¡Ya no puedo gritar!. Estoy ronco después de sesenta años de prédica estéril!”. La policía y el Ejército Nacional no escapan a su férula. El militarismo en general es objeto de críticas y observaciones punzantes, sobre todo en su estilo hispanoamericano, elefantiásico,-burocrático.

 

Conceptualmente la obra tiene una Segunda parte, en que en sendos capítulos aborda el tema del Sufragio. Es la más extensa: ley de Elecciones, el Derecho de Votar, el Voto Restringido, nuestra Constitución Nacional.

 

Manifiéstase contrario al Sufragio Universal. Afirma categóricamente, “el predominio de las verdaderas mayorías numéricas, es decir, de la parte más destituida e ignorante de la sociedad, en el manejo de los intereses colectivos, haría descender a la nación que lo sufriera, al último rango, si no la aniquilara con luchas intestinas”.

 

Explica la necesidad de que los gobiernos sean compatibles con la idiosincrasia del pueblo: “no hay gobierno regular sino el que arranca de las entrañas mismas de la nación” (cap. IV: ‘El gobierno emana de la necesidad social&rsquoGuiño.

 

Recogiendo el mensaje invalorable de su abuelo, también Augusto nos anoticia positivamente de los Estados Unidos, al que califica de nación crecida en cien años más grande, más rica, más populosa, más próspera y más feliz, que Roma no acabó de fundar en 800 años con la sangre humana derramada a torrentes”.

 

La Constitución norteamericana es a su juicio, excelentemente constituida en sus fundamentos, por cuanto está cimentada en las costumbres y la idiosincrasia de la mayoría de los habitantes. Alaba la educación política asombrosa del país del Norte.

 

El abuelo le había confiado a Bartolomé Mitre en una carta desde Santiago de Chile, el 10-8-1853, y por su intermedio a las futuras generaciones, su declaración de Fe Federalista: “Ennoblecer y realizar la Federación” era su deseo. “Yo soy federal de convicción”. “No hay más república en el mundo que la de los Estados Unidos”.

 

Belin asienta que el gobierno debe ser Democrático, “pero no como el de Atenas –aclara-, tan celebrado, que en tres siglos acabó por hacer matar uno por uno, en guerras inicuas aconsejadas por los demagogos (a) toda la población viril, hasta no quedar sino 77 adultos jóvenes”. No será aristocrático, ni monárquico. . En una extensa nota examina  “El Federalista” de Madison, Hamilton y Jay y señala que el Presidente de Estados Unidos tiene exageradas atribuciones, como un rey europeo.

 

“Después  de haber batallado durante treinta años contra la tiranía nacida del gobierno más genuinamente popular, nuestros padres vinieron en Caseros a reconstruir la libertad y el progreso, pero al adoptar las más perfectas y admirables instituciones que se conocieron entonces en el mundo, la Constitución de los Estados Unidos, por aquella obcecación que producen los ideales profundamente arraigados, creyeron aquellas instituciones republicanas que están bien basadas en lo que para ellos era un principio ‘sine qua non’ de la República, el sufragio universal”.

 

Según Alberdi, la Constitución debe estar en consonancia íntima con la capacidad de los habitantes, la disposición del suelo, el estado cultural y la extensión de los pueblos (ver sus Obras completas, tomo V).

 

Nosotros, explica Belin, hemos adoptado una amplitud de sufragio que ni los yankis ni los ingleses en 600 años de práctica de la Libertad no se habían atrevido a implantar. . Cita una declaración del gobernador japonés en  1891 en que, “con admirable buen sentido”, se dice que “no se hace nada duradero en política con principios abstractos, con frases huecas, con vagas nociones de libertad introducidas de otras naciones que una educación política secular ha preparado mejor para recibirlas y aplicarlas...En lugar, pues, de entregaros a una política de aventuras, dedicáos más bien a la educación del pueblo. Haced que sea más grande y se encuentre más seguro de sus propias fuerzas”.

 

“¡Cuántos errores, cuánta sangre, cuánto progreso esterilizado nos hubiere ahorrado un lenguaje semejante, si pudiese haber sido entendido con tiempo  en nuestra patria!” agrega el autor.

 

No deja de admitir la necesidad humana de gozar de la libertad, de expresar sus opiniones, pero cree un error capital entregar a la masa el problema de elegir la forma de gobierno y los mandatarios. No podemos  pedir razón y juicio a la masa, “tan apta para servir de juguete al más grosero charlatanismo, como para dar acogida a la más torpe de las calumnias” (cap. VI: ‘Derecho de votar&rsquoGuiño.

 

Resultado de ello es el recompensar “a los agentes del enjuague y asalariar a los sostenedores de la trampa. Desaparece todo programa serio de gobierno, de reconstrucción como fue el de Mitre, de afianzamiento de la autoridad y de progreso material e intelectual como el de Sarmiento, y después, si Roca y Juárez hablan de progreso, ha de ser para mayor ganancia de parientes y paniaguados, y ello dura, mientras el pueblo paga”.

 

Alberdi, en el tomo VII de sus “Escritos Póstumos” sentencia: “la libertad no se adquiere por conquista, sino como toda educación, como toda ciencia, como todo saber práctico, por un largo, laborioso y paciente aprendizaje”..

Comenta S. en “El Nacional” del 11 de febrero de 1879 que “El Courrier de la Plata” afirmaba en esas fechas que “la libertad del sufragio ni existe en el Río de la Plata” (Obras Completas, tomo XI).

 

La mayoría, expone el nieto, no tiene la legítima soberanía, ni conoce o desea siempre la justicia y la razón. Concede gran valor al saber leer y escribir, como derecho al voto, ya que un individuo alfabetizado puede ponerse al corriente de la situación y votar con conocimiento de causa.

“Es tal la facilidad que la abundancia y la baratura de los libros presenta al que puede usarlos, y tan superabundante la dilucidaciòn que ofrecen los panfletos y  artículos de diario al menos entendido, que el simple arte de leer que posee un individuo, puede llegar como Lincoln, Sarmiento y tantos otros  ‘self-made-men’, a ser lumbrera de su época”.

 

El voto es el resultado de la inteligencia, es prueba de estar preparado a votar el “poder leer”, enseña Don Domingo, por ello se consagró a “Educar al Soberano”. El autor de las “Bases” escribía a Juan M. Gutiérrez desde Valparaíso en 1852: “ mientras la ley llame a elegir al populacho, el populacho elegirá niños que dicen lindas frases, porque lo representan...”..

 

El voto, pues, para estos próceres mayores de nuestra nacionalidad, ha de perfeccionarse y habilitarse, mediante la Educación Común y la biblioteca pública, “la escuela pública gratuita está frente a frente con la mesa electoral”.

 

Advierte que la inscripción de los ciudadanos en el registro electoral, previa a las elecciones, es la fuente y el origen e todas las trampas. También se pronuncia en contra del voto de los jóvenes de 18 años de edad, porque lo contrario se basa en la “errónea relación que se hace entre el derecho de sufragio y la obligación de armarse en defensa de la patria”.

Señala lo pernicioso que es la división de cada provincia como una sección electoral: “éste es uno de los más perversos factores de la corrupción electoral, que constituye a cada gobernador en Gran Elector de su provincia”.

 

El mal del sufragio fraudulento, el espíritu de favoritismo, fueron reconocidos por historiadores y sociólogos como males del “criollismo”, herencia española de fatuidad y verborragia, de la rapacidad del indio y la  falsedad infeliz del mulato (véase Ricardo Sáenz Hayes, “Fragm. de la novela ‘El Apòstol’”, en su “Las ideas actuales”, Valencia, 1910, p. 72, 77 y 159-172, carta a R. Rojas con motivo de la publicación de su  “La restauración nacionalista&rdquoGuiño.

 

En ese mismo año celebratorio de los Ganados y las Mieses, Joaquín V. González publica “El juicio del siglo”, donde escribe sobre la efectiva participación de los elementos populares  en el sufragio, en tono sereno y firme; estudio luego incluido en el tomo XXI de sus Obras Completas, Univ. Nac. La Plata.

 

 

La tercera y ùltima parte de la obra, según la división temática que hemos adoptado, se relaciona màs estrechamente con la primera pero forma una unidad, en cuanto es una crítica de varios aspectos del país en la década conflictiva del ’90.

 

Aborda ahora el tema de la Inmigración, tan caro a toda la generación sarmientina. Señala los efectos negativos de la misma: la superstición de la opinión pública que concede superioridad a la capacidad europea, por ejemplo.  Ésta conspira contra la unidad de la Nación. No hay en nuestro país lo que existe en Francia, los ciudadanos unidos por un vínculo profundo de solidaridad, ideología, raza, derechos, gobierno, glorias e infortunios comunes (Cap. IX: ‘El cosmopolitismo&rsquoGuiño.

 

“Con tantos habitantes sin patria, la idea de patriotismo se diluye, la nacionalidad se desagrega y Atenas se convierte en Cartago”.

 

“Las instituciones peligran por la  ineptitud de nuestra raza y otras causas que nos son peculiares y se trata de añadirles a los que se muestran incapaces del gobierno propio una leva compuesta de las muchedumbres de todas lenguas, a los palurdos pobres e ignorantes de las campañas europeas, a la espuma de las ciudades, a los desechos humanos de todas las sociedades”.

 

Con ironía Augusto escribe que nuestro suelo tiene “una planta” que le es exclusiva, la afectación de una virtud: el patriotismo como retórica y sofisma. “Polisílabo singular con el que se tropieza en cada esquina, que en definitiva nada significa y sirve para explicarlo todo. “.

 

“En las asambleas populares se toca el patriotismo como música anodina, por instinto y de oídos. El orador alardea de patriotismo: mi patriotismo, vuestro patriotismo y tan exaltados patriotas, capaces de morir de veras en aras de la patria, son generalmente incapaces de la constancia que la realización de la República requiere, son patriotas buenos para vencedores, vencidos se echan a muerto”.

 

Alberdi, igual que Sarmiento, había dado en la clave: “lo que ellos llaman servir a la patria, es en realidad servirse de la patria, para vivir a sus expensas una vida confortable, con poco o ningún trabajo” (“Escritos Póstumos”, t. VII y VIII).

 

En su discurso ante la Constituyente, en 1889 (que incluye como Apéndice de esta obra), Belin  había esbozado varios de los tópicos que desarrollaría ahora, en 1892. Elegir es discernir, y no se ha de dar el derecho de elegir al que sea incapaz de discernir.

A viva voz declaró su descontento y habló del “oprobio de nuestro país, donde la libertad es una ramera y la República una mentira merced a este sufragio universal tan inconsideradamente acordado por las imprudentes ilusiones de nuestros primeros ensayistas”.

Entre nosotros- el sufragio universal es una “farsa en favor de las oligarquías diminutas, a punto de que no se ejerce sino en provecho de los politicastros de profesión”.

 

Vemos habitualmente hombres ‘decentes’ en sus hogares y relaciones sociales, “que no trepidan en cometer los actos más criminales tratándose de las elecciones políticas, que falsifican firmas... falsificando documentos públicos, y viven de eso con la impunidad general”.

 

Violentamente declara: “nuestro sistema republicano es una farsa, a veces sangrienta y una mentira siempre. Con la educación política que va adquiriendo el pueblo falta muy poco para que presidentes y gobernadores designen un muñeco para su sucesor”.

 

La obra comentada  motivó una carta que Lucio V. López dirigió a Belin. Está incluida como “Carta-Prefacio” y fechada en setiembre 4 de 1892. Allí López le escribe que el libro le ha dejado una profunda tristeza, y le refuta: “La República no está muerta, la República vive en todas partes, en las ciudades, en las campañas, en la industria, en la agricultura, en las grandes zonas donde pacen los enormes rebaños que constituyen nuestra riqueza tradicional”.

 

Con respecto a la Inmigración reconoce las razones esgrimidas categóricamente por su autor, pero le aconseja  aceptación que es a su vez esperanza: “Tenemos que rendirnos ante esa ola inmensa que nos invade día a día, y echarnos en sus pliegues, para que nos envuelva y nos transforme. No hay otro remedio, amigo mío!. De esa transformación necesaria que ningún poder humano puede evitar, saldrá la nueva nación argentina, más rica, más fuerte, más numerosa que todas sus hermanas de origen, y ella consolidará estas instituciones que hoy estamos ensayando todavía y que amamos con el amor ciego y filial de las cosas heredadas”.

 

Sarmiento: “¡Qué chasco nos hemos dado con la inmigración extranjera!. Estos gringos que hemos hecho venir son aliados naturales de todos los gobiernos ladrones por la buena comisión que cobran ayudándolos en las empresas rapaces!”.

 

Es evidente la importancia de la obra reseñada en cuanto visión de la realidad argentina en el final el siglo XIX. Cruda, realista,  absoluta, libre, crítica máximamente. Ataca todos los frentes de la política, educación economía, administración, ejército, municipalidad, legislación...

 

Es testimonio inconfundible  de una etapa  en la evolución del espíritu argentino, “con su anverso y reverso de descomposición y resurgimiento” como escribió Adolfo Mitre en el “Prólogo” a “la Bolsa” de Julián Martel, 1946, p. VII  y según estudió, entre otros, Mariano de Vedia, en su “El General Roca y su época” (edición 1962, La Patria Grande, cap. VI, p. 70-81).

 

Es un libro enteramente valiente. En él su digno autor, se nos revela un “intrépido publicista en una obra de admirable valentía cívica”, heredera sustancial del alma sarmientina, genuinamente republicana. Hijo verdadero del último Sarmiento, el enfermo de “desencanto” del país, ante la crisis del gobierno de Juárez Celman y el advenimiento de la Nación financiera, crematística, sin ideales ni moral...

 

 


Publicado por Desconocido @ 13:07
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