sábado, 27 de diciembre de 2008

                        EL MITO DE FEDRA EN  JEAN RACINE.-

 

                                                                        (I).

 

                                                                        Por Guillermo R. Gagliardi.

 

 

Prólogo: Fedra en la Literatura Universal.

 

                        Intento comentar mis lecturas en una misma dirección temática a través de las Letras Universales. Trato de enfocar el tema del Mito de Fedra desde una perspectiva dinámica, el peculiar tratamiento de cada obra literaria.

De esta manera, cada capítulo constituye una aproximación personal, ciertamente encantado por el asunto, y en general, por la Magia de Lo Literario.

 

Testimonio mi frecuentación aplicada de algunas cumbres del arte Literario, sobre todo la que ocupan aquellos artistas de la palabra que han revelado la “Humanidad Intensa”.

Finalmente y de modo principal, sigo los consejos de Alfredo de la Guardia, “doctor en Teatro” y maestro de la crítica dramática, para quien “la formación de una cultura solamente se cumple por la virtud de una irresistible exigencia espiritual, un afán de conocimiento y saber, un anhelo de comunicación con la Humanidad y el Universo”...

 

 

Introducción: el Mito.

 

Los Mitos son narraciones poéticas que se refieren al nacimiento, vida y acciones de los Dioses. Se llaman Leyendas a las narraciones que describen hazañas de los Héroes. En aquéllos el Hombre ha imaginado los poderes Sobrenaturales como seres Espirituales activos, intentándose  ganar su benevolencia adorándolos, según los “ritos”, o  sea repetición de un “gesto arquetípico” realizado antiguamente por los antepasados o los Dioses (es el momento auroral, el “illo tempore” según Mircea Eliade en su “Tratado de Historia de las Religiones&rdquoGuiño.

 

El Mito fue la primera forma de la Reflexión: los Dioses como símbolos de los deseos y pasiones humanas. Los elementos naturales y las cuestiones de los hombres son Personificados.  Los problemas cósmicos son concebidos como concretamente humanos. Se considera la Naturaleza como proyección de Lo Humano. El Cosmos como un Orden, tal el de los ejércitos, el de la danza...

 

Por lo tanto el Mito  es producto de la facultad Mística y Metafórica del Alma. Es una Forma de pensar (R. Mondolfo: “El pensamiento antiguo”, t. 1).

 

Para Karl Jung (1875-1961) el Mito es una objetivación del Inconsciente Colectivo, por lo cual se le  confiere una cualidad Emotiva y Social. El Hombre es un Olimpo y toda Ciencia es, también, un sistema de Alegorías y Símbolos.

 

Los pueblos antiguos concebían la Vida como Mito, como ficción, como una explicación alegórico-religiosa del Universo.

 

“Mythos” desde Tales de Mileto  significó la antítesis de “Logos”, del Razonamiento crítico y libre. Aquél es un saber Legendario, tradicional, que no se discute, como en Sófocles y Esquilo. Y consta de dos esferas o elementos: una, teológica (el Dios, el hado que rige todo el acontecer): y la otra, Heroica, es el acontecer humano (J. Vilanova: “La herencia de Tales”, Clarín, 11-12-1975).

 

Pero en Eurípides  este Saber Divino es cuestionado. Asistimos al comienzo de la Racionalidad Occidental, opuesta al Dogmatismo: Grecia, claro, humanizó los Dios, los tornó accesibles, los capacitó para acercarse a los Hombres, encuadrándolos en planos lógicos, “humanos”.

 

 

El Clasicismo francés.

 

 

El Reinado de Luis XIV en Francia se caracterizó por un acendrado sentido de Lo Heroico, de Lo Grandioso. Toda esa gloriosa edad, en lo artístico y lo político (habilidad y ambición diplomática), porta el sello de la Personalidad del Rey: el orden, la regularidad, la unidad, la elegancia, fastuosidad y exhibicionismo.

 

“Mi pasión dominante es ciertamente el amor a la Gloria”: el Rey deseaba que Francia heredase el esplendor de la antigua Roma y la Grecia del siglo V a. C.  Sostenedor sin par de las Letras y las Artes, frecuentador atento de ballets y teatro, apoyó también a las investigaciones científicas.

 

Confluyen en este Reinado, dos mundos, de profunda incidencia en el arte del siglo XVII:  el cosmos Mitológico y el mundo de la  Geometría, con el análisis de las pasiones, la aspiración a las ideas  “claras y distintas”, el Racionalismo en la Arquitectura (Versalles) y en la Sociedad, la Simetría y la Unidad. Un gobierno estable y eficiente, proclamador del Orden, de la vigencia de las Leyes y los Valores de la Cultura Universal, debía producir, fecundado por el Genio Francés, un gran siglo en las Artes y en las Letras, como el excepcional tiempo en que escribió Jean Racine.

 

Con el Clasicismo, movimiento literario-artístico-filosófico, Luis XIV llevó a Francia a estudiar el Hombre Interior, las tensiones y pasiones, y a reflejar esta Exploración de las Almas en un arte discreto y de cálida sobriedad, de equilibrio por sobre la turbulencia, de serenidad por sobre la inquietud. Una iniciación en el Clasicismo Francés, advierte Henri Peyre  constituye el más fecundo enriquecimiento de nuestra cultura (“Qué es el clasicismo&rdquoGuiño.

 

Estas notas esenciales del estilo de los Clásicos de Francia pueden considerarse como una de las actitudes eternas del Espíritu Humano, y como el verdadero Ser Espiritual de la patria  de Racine y Corneille (Lo Romántico se opuso a ese ideal Apolíneo, con la violencia, lo sentimental y el exceso de lo enfermizo; ver F. Schiller: “Poesía ingenua y sentimental&rdquoGuiño.

 

La palabra Clásico obedeció en la historia a diversos usos. Primero, significó aquellos autores más adecuados para explicar  “en clase”. Como juicio valorativo, indicó las obras que oficialmente eran consagradas, que habían triunfado de las pruebas implacables del tiempo y que eran reconocidas como Modelos (E.R.Curtius: “Literatura europea y edad media latina”, cap. 14).

También se aplicó este juicio a los escritores del Antigüedad Greco-Romana.

 

En Francia es cultivado por un grupo social de elegidos: público de nobles y burgueses, de “preciosas”, de la Corte y la Ciudad parisina. La regla suprema era Agradar, respetar las jerarquías sociales, el cartesiano geometrismo del Estado.

 

Y surge una Literatura Social, mundana y cortesana, que se expresa discretamente en máximas, retratos, comedias, elocuencia sagrada y cartas.

Gusta de lo permanente, lo universal, lo sustancial por sobre lo accidental. Lo sublime y perfecto. Seleccionando y estilizando, quiera Durar.

El  Neoclasicismo significó, por el contrario, rutina, vana frialdad, resecamiento, pedantería, muy lejano de la Elevación Moral, de la Majestuosidad y la Energía de los auténticos Clásicos (por eso fue etiquetado Seudo-Clasicismo).

 

Observa Helmut Hatzfeld que este movimiento no corresponde a una época o país determinado, pues ese ideal  de “Edle Einfalt und stille Grösse” de J. Winckelmann (1717-1768), noble sencillez y serena grandeza, es de procedencia italiana y no helénica. Fenómeno cultural impuesto por una élite (Kulturlenkung). V. H. Hatzfeld: “Estudios de literaturas románicas”, Planeta, 1972, p. 251).

 

Gilbert Highet, en su “La tradición clásica” (t. 2, p. 14)  afirma que “la tragedia barroca fue eso que Spengler llama una ‘pseudomorfosis’: la recreación, en una cultura de una forma o actividad creada por otra cultura distante en el tiempo o en el espacio”, “fue casi el más intensamente clásico de todos los  géneros literarios de la época moderna”.

 

En los salones de la ciudad y en los recintos frastuosos de la Corte luminosa, florece el arte  encantador y soberbio de Corneille, La Rochefoucauld, Mme. de Sevigné, Boileau, Moliere, Racine...

 

 

La “Fedra” de Racine.

 

Nicolás Boileau (1636-1711), el crítico de esta generación y uno de los primeros en la historia literaria francesa, en una de sus “Epístolas”, la VII: “Sobre la utilidad de los enemigos”, consoló a Jean Racine del fracaso de su “Phédre”.

 

Una obra bella es siempre apreciada, la crítica debe servir de mayor acicate aún para el genio creador auténtico.  El “Legislador del Parnaso” tenía razón. Veamos ya, cómo escribió Racine su inmoral drama, en la Francia inigualable del Rey Sol, y para los siglos venideros.

 

Utilizo la traducción en prosa de Nydia Lamarque.

 

Según los cánones clásicos, la obra está estructurada externamente en  5 actos.

 

(I). Huida de Hipólito. Comienza el drama “in medias res”. Tiene presentes los conceptos horacianos, dirigiéndose linealmente al desenlace, y colocando al público en medio de los sucesos como si fuesen ya conocidos. La situación está presentada por el autor a través de varios rasgos definidos:

 

a)      Hipólito se siente angustiado, anhela la presencia de su padre.

 

Comienzo a sonrojarme de mi ociosidad en medio de la mortal duda que me agita. Separado de mi padre desde hace más de seis meses, desconozco el destino de un ser tan caro; ignoro hasta los parajes que puedan esconderlo”.

 

Desde este momento existe una situación que no puede durar, el telón se levanta, como observó Henri Gouhier (“La obra teatral&rdquoGuiño en ese paso que es preciso llamar el comienzo del fin. Se prepara la crisis con su desgraciado final.

 

Terámenes, su ayo, se pregunta por la ausencia de Teseo:

 

“¿Quién sabe, incluso, si el Rey vuestro padre no quiere que se descubra  el misterio de su ausencia?”.

 

En la obra de Séneca se nos anoticia de la ida de  Teseo a los Infiernos. Ismena en el segunda acto raciniano refiere esa versión entre otras no menos fabulosas, “las infernales sombras”, “aquella triste mansión”.

 

Pero en Hipólito se ofrece la nota más cálida:

 

Ya no existe aquel tiempo feliz. Todo cambió de rostro desde que los Dioses enviaron a estas playas a la hija de Minos y de Pasifae”.        

 

Se advierte la influencia nefasta de la Divinidad, y la existencia de dos  “tempos” : el que aquí se vive dramáticamente, y uno anterior, feliz.

 

Théramène adelanta una visión del estado psicológico de Fedra, lo que después observaremos en su clímax:

 

            “una mujer agonizante y que desea morir”,

 

            “cansada de sí mismo y hasta de la luz que la alumbra”.

 

Son motivos anímicos, constituyen estados de hastío e imagen directa de la angustia. El ayo no cree, antítesis de su ama, en el amor como pecado.

 

           

            b) Motivo de la huida de Hipólito.

 

Este motivo hasta ahora permaneció en suspenso. Es el amor de Aricia, princesa griega, de Atenas, la que no aparece en Eurípides ni en Séneca; es “la dulce hermana de los crueles palántidas” (sobre este personaje, luego insistiremos en detalle).

Terámenes sugiere desde su primer parlamento una antítesis entre padre e hijo: Teseo, entregado al culto de Venus, Hipólito, casto. En Eurípides, el hijo dialogo con un servidor que le hace recordar el culto debido al Amor.

 

            b-1) explica el motivo. Es el orgullo y soberbia por mantener su castidad, “enemigo implacable de las amorosas leyes y del yugo que tantas veces sufrió Teseo”.

 

“Huyo de esa joven Aricia, resto de una sangre fatal contra nosotros ‘conjurada’”.

 

            b-2) oposición de su padre. El hijo  hace un elogio de Teseo, prototipo de guerrero intrépido y audaz, y enumera sus hazañas:

 

“El obstáculo eterno que nos separa”,

 

“mi padre la repudia, y por leyes severas prohibe dar sobrinos a sus hermanos, quiere que... jamás se enciendan para ella los fuegos de himeneo”.

 

Es  el primer momento de las confidencias: H. dice a T. que ama a Aricia. T. desea persuadirlo sobre lo bueno de ese amor (como lo hace la Nodriza en el drama griego):

 

            “¿seréis siempre fiel a vuestro huraño escrúpulo?”.

           

“salvaje y orgulloso”,

 

“cargados de secreto fuego se agravan vuestros párpados. No es posible dudarlo: amáis, ardéis, perecéis de disimulado mal”.

 

 

(II). Presentación de Fedra.

 

a)      directamente, por Enona (la Nodriza del mito). Por la angustia, se debate entre luces y sombras:

 

“Un eterno desorden reina en su espíritu, y en su inquieto pesar la arranca de lecho”.

 

“se muerte en mis brazos de un mal que me oculta”.

 

b)      indirectamente, a través de su propio lenguaje:

 

“no puedo más: las fuerzas me dejan.  La luz que vuelvo a ver deslumbra mis ojos, y mis temblorosas rodillas ceden bajo mi peso.

 

Los nudos en su trenzas, simbolizan su estado emocional:

 

            “Todo me aflige y me molesta, todo se conjura en dañarme”.

 

“Quelle importune main, en farmant teous ces noeuds,

A pris soin sur mon front d’assembler mes cheveux?”

 

“No basta que las poesías sean primorosas –Horacio dixit, in Epistulam Ad Pisones- es preciso que sean patéticas, y arrebaten a su arbitrio el ánimo de los oyentes”.

 

Primero: el síntoma de la crisis, la Desesperación. Segundo: el síntoma de su crisis, Ansias de Muerte.

 


Publicado por Desconocido @ 16:25
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