EL MITO DE FEDRA EN LA OBRA DE MARCEL PROUST.- (I)-
Por Guillermo R. Gagliardi.
“a Lectura es una Amistad, la más pura y serena. Y entre éstas, son preferibles las de los antiguos autores, que traslucen otras costumbres, otra belleza del estilo literario, más rara y exquisita”
Estos conceptos pertenecen al novelista francés Marcel Proust (1871-1922).
1.- Introducción.
Advierten los críticos que leer a Proust requiere buena dosis de paciencia, de concentración, de voluntad. “Uno advierte que lo mejor de los fundamentos de la cultura francesa está en él” (R. H. Castagnino, “En torno de M. P.”, ‘La Prensa’, 4-7-1971).
Esta disciplina que exigen los textos proustianos deriva de su peculiar lenguaje: abundancia de incidentales, de amplios períodos sintácticos (influjo de su enfermedad, el asma) pareció a sus coetáneos, inclasificable e inesperada...
Exploración cuidadosa del subconsciente. Su noción del tiempo Bergsoniano (perpetuo fluir en evolución creadora, la “duración&rdquo
, marca una escisión entre dos épocas: la de la Tragedia Clásica, con su tiempo limitado a veinticuatro horas, respetuosa de las unidades aristotélicas, y la de la Narrativa de 1914, psicológica, no costumbrista ni histórica (ver A. Thibaudet, G. Lanzón).
Esta llave que transformó la novelística moderna fue “A la recherche du temps perdu”, especie de novela-ciclo o novela-río, que retrata de manera impresionista e intensificando el análisis del alma, el mundo parisiense de la aristocracia.
Obra extensa en sus dimensiones,, “A la búsqueda del tiempo perdido”, comprende: “Del lado de casa Swann” (1913), “A la sombra de las muchachas en flor” (1918), “Del lado de Guermantes” (1920-1921), “Sodoma y Gomorra” (1921-1922), “La prisionera” (1923), “Albertina ha desaparecido” (1925) y “El tiempo recobrado” (1927).
También es autor de “Jean Santeuil”, novela juvenil inconclusa, , “Los placeres y los días” (1896), “Parodias y misceláneas” (1919), “Crónicas” (1927).
Sus autores preferidos, Balzac, Dickens, Flaubert, Y Jean Racine..., obligado culto para todo francés medianamente culto.
Joven enfermizo, sensible y caprichoso, licenciado en Letras y en Derecho, amante de los bellos libros, consideraba el amor como algo relativo y pensaba que la felicidad era imposible o brevísima.
Sólo la memoria recobra las cosas y el tiempo en su carrera continua (memoria asociativa y creadora), así pensaba y sentía.
2.- Racine en Ruskin.
A través de la Introspección busca el sentido de su existencia, quiere desgarrar “los velos superficiales de las cosas para hallarme a mí mismo”.
Proust admira en el autor de “Phédre”, su penetración en la esencia de la Pasión y su presentación prodigiosa (“Por el camino de Israel” de Sherban Sidéry, en “En torno a M. P.”, selecc. e introd.. P. Quennell, Madrid, 1974, p. 91 y ss.).
“Para leer bien a un poeta o a un prosista no hay que ser erudito, sino poeta y prosista”.
El novelista debe ser un Lector y un Crítico (“Contre Sainte-Beuve”, 1954).
Ama los versos delicados de Racine:
“La felicidad que se experimenta paseando por una ciudad como Beaune, que conserva intacto su hospital del siglo XV, con su pozo, su lavadero, su bóveda de maderaje artesonado y pinta..., se siente todavía un poco divagando por una tragedia de Racine”.
El estilo de “Esther” y “Athalía”,
“nos conmueve como la contemplación de ciertos mármoles, hoy inusitados, que empleaban los artesanos en otro tiempo”.
Trazos tiernos y suaves, cuando no épicos, con “una fuerza natural” (“Fedra”, “Andrómaca&rdquo
difícil e hallar en el arte coetáneo.
Estas citas pertenecen a su artículo “Días de Lectura”, incluido en su obra “Pastiches et Melanges” (1919), que con el título de “Sur la lecture” publicó en 1905 en “Renaissance latine”, y con el de “Journeés de lecture”, en “Le Figaro” (1907). También sirvió de Prefacio a su traducción de 1906, de “Sésame et les lys” de John Ruskin.
Este escritor inglés (1819-1900) fue un maestro de estética para Proust, tradujo también, con abundantes notas, su “Biblia de Amiens”. Lo consideró como un religioso de la Belleza, un idólatra de la Estética (“Ruskin á Notre-Dame d’Amiens”, 1900, “Le Mercure de France&rdquo
.
Para F. Mauriac (1885-1970), la existencia de la novelística proustiana le fue revelada al leer el Prólogo mencionado, “desde las primeras líneas de aquel prefacio, me sentí en la frontera de un país desconocido” (en su “Por el camino de Proust”, ‘Obras Completas’, P. y Janés, t. II, 1962, 2ª ed., p. 989-1039).
Ruskin había pronunciado una conferencia sobre el valor preponderante de la Lectura en la vida , “Los tesoros de los reyes” (traducido por Proust en 1904): “la afición a los libros aumenta con la inteligencia”, es “la más noble de las distracciones, la más ennoblecedora, sobre todo, pues sólo la lectura y el saber dan al espíritu un aire elegante”. Busca en Racine, reitera Proust, la emoción del antiguo y bello lenguaje, singular y audaz.
3.- Racine y Santeuil.
Sus preferencias críticas son “impresionistas” y “hedonistas”. Busca el gusto de la lectura, el placer de una frase lograda, la pintura de sensaciones arrobadoras, la vibración “sinfrónica” con el autor, que G. Poulet llama “crítica de identificación”, ver bibliogr.).
Ya en su boceto temprano “Jean Santeuil” se observan estos rasgos literarios. El adolescente Jean, reflejo autobiográfico del propio Marcel, se sumerge apasionadamente en sus lecturas favoritas: Theophile Gautier o Leconte de Lisle o Paul Verlaine: “le aburría de muerte la lectura de los clásicos”.
Las imágenes brillantes de aquéllos, deslumbraban a Jean, y buscaba infructuosamente, algo de ese fuego vano en Corneille o Racine:
“...se esforzaba por leer ‘Phédre’, ‘Cinna’, las ‘Fábulas’ de La Fontaine con un espíritu nuevo para intentar que le gustaran tanto como los ‘Poémes antiques’ y las ‘Romances sans paroles’”.
El alma de Jean, plena de ensueños y dudas, como la de Marcel, lucha entre los que ‘gustaba’ y lo que ‘debía’ leer. Dotada de un calificado don para la observación interior y la más fina fantasía.
“Su única creencia era la Literatura”. no de sus profesores en el Liceo Henri-IV (I parte, cap. 6 de la novela mencionada), Monsieur Rustinlor le advierte sobre un verso (insignificante) de la “Fedra” raciniana: “La fille de Minos et de Pasiphae”, del que Gautier decía que era el único verso bello del autor.
Santeuil queda perplejo ante esta ridícula afirmación y Rustinlor, continúa su cruzada anti-raciniana:
“Su visión de la Antigüedad judía y griega no es desdeñable, pero, para mí, mejor que ‘Phédre’ es un cuento de Pierre Louis, titulado ‘Ariane’, donde está toda Grecia y que está mucho mejor escrita”.
En “Por el camino de Swann” (cap. II) un compañero del narrador, Bloch, se refiere al mismo verso de Racine, pero citado ahora, junto a uno de Alfred de Musset, el romántico (“Obras completas”, ed. cit., t. 1, p. 91).
Todavía Jean “no percibía las bellas sonoridades mitológicas del verso de Racine” ni sus imágenes de esplendor clásico, acota inmediatamente Proust.
Más adelante capitalizaría, al madurar su personalidad, las lecturas que su madre le había practicado: “le leo a menudo –dice Mme. Santeuil a su padre (ob. cit., cap. 2)-el ‘Horace’ de Corneille y ‘Les contemplations’, pues creo que las buenas lecturas, aunque se entiendan mal al principio, sólo pueden dar a la mente un alimento sano y fino que más adelante le aprovechará”.
Este boceto narrativo prefigura la grandeza literaria de su “A la búsqueda...”.
4.- Racine y la Bernhardt.
En el último tomo de su novela, el protagonista encuentra el ‘sentido de
vida’ en la intuición melancólica del paso del tiempo, es ahora consciente de ‘su’ tiempo, personal, es “Le temps retrouvé” (1927).
Allí, un recuerdo, transitorio, de “Fedra”, al memorar la figura inolvidable de Sara Bernhardt (la parisina Henriette Rosine Bernard, 1844-1923), luego de exaltarse al verla representar esa tragedia, e inmortalizarla en esta novela como la actriz ‘Berma’. Nos es presentada ya en su vejez, enferma y en dramática situación. Representa la célebre tragedia ya exhausta por la edad y los achaques consecuentes, sólo por la paga, que entrega a su hija y yerno, quienes así, con vileza la sacrifican para solventarse sus afanes de gloria social y su ocio (ob. y ed. cit., p. 1557-1561):
“La Berma, afectada por una enfermedad mortal que la obligaba a frecuentar muy poco la sociedad, había visto agravarse su estado cuando para atender las necesidades del lujo de su hija, necesidades a las que su yerno, enfermo y perezoso, no podía subvenir, se había puesto a actuar de nuevo”.
“La hija de la Berma, que no era, sin embargo, positivamente cruel y era amada en secreto por el médico que cuidaba a su madre, se había dejado persuadir de que esas representaciones de ‘Fedra’ no eran peligrosas para la enferma.. En cierto modo había forzado al médico a que se lo dijera...”.
La reconocida actriz parecía la suprema vitalidad en escena, vivía con plenitud de artista su representación, “con una vida tan extraordinaria en escena como moribunda semejaba en la cama”.
Siempre era aclamada por el público, escribe Proust; ella se prodigaba totalmente en la obra raciniana:
“Después de la escena de la declaración de Hipólito, aun cuando la Berma había presentido la espantosa noche que iba a pasar, sus admiradores la aplaudían entusiásticamente, proclamándola más hermosa que nunca”.
Esta imagen trágica de Berma, la Bernhardt, triunfante en el proscenio y dolorida física y espiritualmente en su hogar, se completa con otra, más plástica y memorable aún.
En una de los reuniones sociales que organizaba la actriz, o su hija y yerno para satisfacer sus pretensiones figurativas, concurre sólo un invitado, un joven que, al final, también parte a lo de Guermantes.
Elabora una escultura literaria con reminiscencias helénicas:
“La Berma tenía, como dice el pueblo, la muerte pintada en la cara. Esta vez parecía verdaderamente un mármol del Erecteón. Sus arterias endurecidas estaban ya medio petrificadas”.
La imagen que Proust nos transmite es la de una formidable máscara teatral:
“Se veían largas cintas esculturales recorrer sus mejillas con una rigidez mineral”.
El autor maneja hábilmente las comparaciones, los gestos definidores, los matices perceptivos:
“Los ojos... brillaban débilmente como una serpiente dormida en medio de piedras”.
De pronto el joven se va a la casa de Guermantes, promesa de una fiesta brillante y deja a la actriz con sus familiares, en ese ambiente de depresión y soledad. Esa máscara hecha piedra de la genial actriz le parece finalmente, Fedra misma, en su delirio y suicidio, o la misma muerte:
“...se levantó y se fue, dejando a Fedra o a la muerte, no sabía cuál de las dos era...”
en el vacío absoluto y sin vida.
En “Swann”, cap. II aparece un personaje interesante de su obra, Bergotte, uno de los tres artistas dominantes en “A la recherche...”, advierte Elizabeth Bowen (en “En torno a M. P.”, ed. cit., p. 70): Elstir, Vinteuil y el nombrado. Era un autor de “romans psychologiques”, concebido por Proust teniendo como modelo al consagrado escritor Anatole France (1844-1924), otro enamorado del Clasicismo en el Arte y el Pensamiento.
El entonces joven narrador mantiene en el jardín, un domingo de lecturas, una conversación con Swann sobre los gustos de Bergotte, en materia de actuación teatral. Y se entera de su predilección por la Berma:
“¿Ha hablado Bergotte de la Berma en alguna obra suya? –pregunté al Señor Swann. – Me parece que en su folletito de Racine...”.
(loc. cit., p. 99).
5.- Racine y Albertine.
El vasto opus proustiano es un intento por rescatar su pasado, rememorar detalladamente los hechos, personajes y escenarios de su vida, y de una época elegante y ‘snob’.
Quiere recobrar el tiempo vivido. “..el autor da pruebas de una curiosidad psicológica infinitamente más extendida en superficie y en profundidad que la de sus predecesores” (Lanson, “Hist. de la literatura francesa”, p. 709-710).
En “Albertine disparue” (1925) relaciona su situación íntima con el drama del alma de Fedra. Conoce a Albertina en las playas de Balbec (“A l’ombre des jeunes filles en fleurs&rdquo
, y se enamora de ella, por celos, pues lo desdeña (“Sodome et Gomorrhe&rdquo
. Desea hacerla su “prisionera”, retenerla febrilmente, como Fedra a su impoluto e inaccesible Hipólito:
En “A la sombra de las muchachas en flor” (‘Obras completas’, ed. cit., t. 1, p. 437 y ss.), el narrador añora ver a la Berma en una actuación parisiense:
“era mi deseo oír a la Berma en uno de esos personajes clásicos en los que, según me dijera Swann, llegaba a lo sublime”.
“La Berma en ‘Andromaque’, en ‘Les caprices de Marianne’, en ‘Phédre’, era una de las grandes cosas que mi imaginación tenía muy deseada”.
Ansía escucharla recitar los inmortales versos de Racine: “On dit qu’un prompt départ vous éloine de nous, / Seigneur”.
Le “saltaba el corazón” con sólo pensar en que los pronunciaría esa “voz áurea”...