SAINTE-BEUVE Y EL MITO DE FEDRA.-
Por Guillermo R. Gagliardi.
l.- El crítico y los Clásicos.
“Un verdadero Clásico (...) es un autor que ha enriquecido el espíritu humano, que ha aumentado realmente su tesoro, que le ha hecho dar un paso más, que ha descubierto alguna verdad moral no equívoca, o retomado alguna pasión eterna en este corazón donde todo parecía conocido y explorado; que ha expresado su pensamiento, su observación o su invención, en una forma (...) amplia y grande, fina y sensata, sana y bella en sí; que ha hablado a todos en un estilo propio y que resulta ser también el de todo el mundo, en un estilo (...) nuevo y antiguo, fácilmente contemporáneo de todas las edades”.
(“Pláticas del Lunes”, 21-10-1850).
Así se refería Charles-Augustin de Sainte-Beuve (1804-1869) a la esencia, forma y contenido, significado y significante, del Arte Clásico: equilibrio y belleza.
En la Creación Clásica prevalecen con nitidez, “condiciones de regularidad, de sabiduría, de moderación y de razón”, la armonía de Pensamiento y Expresión. Criterio literario-moral... Y el gran Crítico cita a Jean Racine (1639-1699) y sus Tragedias como ejemplo de elevación ética, de prudencia y de grandeza en la concepción artística y su representación escénica.
Aconseja el magistral ensayista-crítico, un asiduo trato, amistoso, con los Clásicos, quienes nos devolverán seguramente:
“esa impresión habitual de serenidad y de amenidad que nos reconcilia (bastante a menudo lo necesitamos), con los hombres y con nosotros mismos”.
Cito por la excelente antología “Retratos literarios” de S.-B., traducción de Oscar Andrieu. Selección, Prólogo y notas por José A. Oría (1947).
El autor Clásico en el concepto de Thomas S. Eliot (1888-1965), se proyecta por sobre el tiempo y el espacio. Su valor consiste en su Perennidad (“What is a classic?”, en sus “Selects Essays”, 1947).
S.-Beuve fue un gran Lector toda su vida. Profesó un verdadero Culto de las Letras: “he tenido y tengo por única pasión: la pasión literaria”...
En sus años finales leía, traducía y comentaba, con Admiración incansable, con afán de Comprensión Crítica, a Homero, a Sófocles (Guiraud: “La vie secrete de S.-B.&rdquo
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También controvertido y a veces ambiguo y hasta malicioso, según Stendhal (1783-1842) : “muchas veces injusto y duro en sus juicios; no abrazaba lo grande o sublime, los grandes sentimientos”...
René Wellek lo llama con justeza el “maestro indiscutible de la crítica en el mundo”, la “figura magna de la historia intelectual europea” (en su valiosa “Historia de la crítica moderna”, Madrid, t. III, 1972, p. 61-107).
El autor de “Mes poisons” y “Volupté” identifica Hombre y Obra, Vida y Escritos. Psicólogo dotado de agudeza y concentración, de método de investigación y acuidad expresiva, a través del Estudio Literario, procura descubrir sagazmente el carácter moral del artista.
“Biógrafo de almas”, le interesa radiografiar, con intenciones a veces oblicuas, y quizás veleidoso, los secretos de una personalidad.
Frecuentemente deslumbra por su criterio original, sus conocimientos de la Historia, el Arte y la Filosofía de todos los tiempos, su laboriosidad y también por su cinismo y cuando no, su inclemencia, su amargo espíritu (“no he tenido ni primavera ni otoño, no he conocido sino un estío seco, ardiente, triste y duro, y que lo ha consumido todo&rdquo
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2.- El Crítico y el Trágico.
Uno de sus celebrados “Retratos literarios” ha sido el dedicado a Racine y su “Fedra” (1677), escrito y publicado en 1830.
Desde el principio del artículo crítico, lo califica como “el más maravilloso”, “el más venerado de nuestros poetas”.
Le interesa destacar la educación juvenil del futuro ramaturgo: “pronto consiguió leer todos los autores griegos en su texto; los extractaba, los anotaba personalmente, se los aprendía de memoria”.
Acompaña al joven autor de “Andrómaca” en sus ensueños, paseos solitarios y selectas lecturas.
“Para él, sensible y atemperado, la vida debe ser Reflexión y Silencio”. Este temperamento, precozmente perceptivo y delicado, avanzará “gradualmente, a fuerza de experiencia y de estudio, hasta llegar a la extrema profundidad de la Pasión misma en Fedra”.
Señala, insiste en, su originalidad dramática: la de presentar a los Personajes Mitológicos, de eterna Grandeza en sus caracteres, como seres de proporciones más humanas. P. ej., Racine atribuye en su obra otra amante, Aricie, a su intocado Hipólito, y a quien declara su amor en el acto II, , escena 2. Suceso agregado al mito griego, elegante concesión al gusto cortesano de la época de Luis XIV.
Advierte una clara finalidad moral en la obra, y la relaciona con la vida de su autor: Racine había abandonado los ideales de Port Royas y entregado a su obra y al éxito que le deparaba, y su espíritu debatíase entre la felicidad perdida y la gloria presente.
También Fedra, esa alma atormentada que maldice el mal pero a él se entrega fatalmente.
“Su propio corazón le explicaba el corazón de Fedra”. Como resultado se reconcilió con Port Royal y sus ideales Jansenistas.
Luego el crítico compara la creación de Eurípides (480-406 a. C.), su “Hipólito” con la de Racine. Ambos sepáranse del sentido superior de las tradiciones mitológicas.
El argumento de la tragedia francesa está desarrollado con evidente linealidad: “todo lo que no es Fedra y su pasión se escapa y huye”.
En el texto griego vemos en escena a Venus-Afrodita. Fedra desea correr por el bosque, luego quiere beber el agua pura de los manantiales, o perseguir ciervos en los bosques de pinos, y después se lamenta, abatida: “¡Infeliz de mí! ¿Qué he hecho? ¿Cuál ha sido mi absurdo delirio?”,
El poeta griego prolonga el estado anímico de la anti-heroína. El francés, no: v. gr., en escena 4, acto III, en presencia de Teseo, Hipólito y Enona, sólo atina a decir: “Indigna de agradaros y de aproximarme a vos no debo pensar en adelante más que en esconderme”.
Consecuentemente, el análisis de la vida de Racine, le ha llevado al Crítico de “Nouveaux Lundis”, a admitir, junto con las atinadas comparaciones citadas, , que “Racine tenía mucho más talento para la Poesía en general que para el Teatro en particular”.
Su genio “reconcentrado y apacible”, lo había más inclinado al cultivo del género lírico, pues poseía un “arte singular para no hilar más que con un solo hilo a la vez”.
El drama de “Fedra” transcurre en un fondo simple, sin excentricidades o cuadros divergentes, en medio se desarrolla, sin accesorios, “una pasión (...) cuya ola llega ya majestuosamente, blandamente cubierta de pluma, y que os arrastra como la corriente blanquecina de un hermoso río”.
De la “biografía interna” o “estudio del alma” raciniana, fiel a su método crítico, Sainte-Beuve arriba al análisis estilístico. El “modo dramático” es “animado”, “entrecortado”, “sube y desciende”, pero el escritor francés adopta “un color bastante uniforme de elegancia y de poesía.
Fedra mira su pasión dentro de sí misma, se escucha sufrir”, “y la expresa con sus palabras, tal como la ve en el seno de ese mundo interior”.
“Inútilmente me empeño en observarla día y noche: se muere en mis brazos, de un mal que me oculta” exclama Enona en el primer acto, escena 2.
“He concebido un justo terror por mi crimen, odié la vida y me horrorizó mi pasión. Muriendo quería resguardar mi honor y ocultar a la luz, pasión tan negra” reflexiona la mujer de Teseo en la escena siguiente.
La expresión es continuamente elegante, solemne.
S.-Beuve encontró en el genio de Racine, un alma casi gemela. (véase André Maurois: “El hombre y el monstruo”, ‘La Prensa’, 13-4-1938; D. Diderot: “El sobrino de Rameau”, 1761; Pierre de Lacretelle: “Vida privada de Racine”, en P. y Jacques de Lacretelle, “Racine”, 1ª ed. española, 1974; M. Proust: “Contre S.-Beuve. Recuerdos de una mañana” (memoria entre 1908-1910)).
Ambos, duales, tiernos y crueles en sus juicios. Recelosos, injustos y malévolos muchas veces (p. ej. S.-Beuve con Victor Hugo, Racine con Corneille).
Almas complejas, con sinuosidades y venenos para consigo mismos y con los demás, genios ‘caninos’, incapaces frecuentemente de elogiar con magnanimidad, comidos por la envidia y minúsculos resentimientos..., productores de un legado humanístico de valimiento perenne, memorable.
De esta original manera, el grande y controvertido autor de los notables e influyentes “Causeries du Lundis” ha logrado, no tanto juzgar la obra literaria, sino “definir” inteligentemente, suspicaz y fino, el “Retrato” psicológico, la intra- historia de una vida y obra.
Sainte-Beuve ha destacado brillantemente la Significación Moral de “Fedra”, dentro de la trama vital y el medio en que fungió su autor, y, en segundo lugar, ha estudiado el estilo de la obra, como lógica consecuencia de lo primero.
Bibliografía complementaria: