jueves, 01 de enero de 2009

            EL MITO DE  FEDRA  EN EL TEATRO DE  JACINTO BENAVENTE.-

 

 

                                                            Por Guillermo R. Gagliardi.

 

 

 

I.- Introducción. Tiempo. Vida, obras.

 

Sólo Lope de Vega (1562-1635)  puede equipararse con don Jacinto, en vida y fecundidad artística.

Desde “El nido ajeno” (1894), en comedias famosas, sin solemnidades ni declamaciones, fundó el Teatro Español Contemporáneo. Hispánico y Universal simultáneamente.

 

Un genio lúcido, cáustico, laborioso, ágil y eternamente fresco (1866-1954).

 

Arturo Berenguer Carisomo, entusiasta de su dramaturgia, en el Prólogo a las “Comedias Escogidas” (que utilizo aquí, 5ª ed., 1978), resume “las dos facetas de su personalidad extraordinaria: el ingenio tenso, socarrón, fulminante y luminoso como un relámpago, la comprensión honda, tolerante y perdonadora de las flaquezas humanas, la  sabiduría suprema...” (ed. cit., p. XXI)-

 

Proteico y mefistofélico comediógrafo, trabajador infatigable, cultivó con éxito el cuadro costumbrista, el teatro fantástico e infantil, el drama histórico y las comedias de intriga: “Los intereses creados”, “Señora Ama”, “El nido ajeno”, “La infanzona”...

 

Un teatro de alcance Humanista, español y popular también, es al modo Clásico, para leer y representar, como el de Shakespeare y el de Moliere.

Irónico, crítico, cuando no  tolerante y abundante en ideas profundas y generosas.

 

Como escribió Francisco Luis Bernárdez, “la sonrisa benaventina era un permanente llamado a la saludable duda,  a la conveniente reflexión crítica, a la indispensable tolerancia” ( en su “B. y América”, “Mundo de las Españas”, 1967, p. 65-68).

 

 

II.- “Fedra” en “La Malquerida”.

 

Vamos a la lectura y comentario de su “La Malquerida” (1913), con los aires trágicos de Hipólito y de Fedra.

 

Drama rusa, en 3 actos. Estrenada en Madrid en 1913, dedicada a María Guerrero, con cuya compañía había viajado  a  América en 1906. Pertenece a la época más fecunda de su teatro, la que va de 1903 a 1913: “La noche del sábado”, “Los intereses creados” y “Señora Ama”, ésta, estudio magistral del alma femenina de Dominica.

 

La acción transcurre en un pueblo de Castilla la Nueva.

En el primer acto, dos escenas: “Sala en casa de unos labradores ricos”.

 

(1). Diálogo entre Raimunda, Fidela y Engracia. La historia familiar y la vida de Acacia. -Esteban, segundo esposo de Raimunda, “nunca va y viene, de endequiera que sea, que no se acuerde de traerle algo” a su hijastra Acacia, displicente en apariencia...

 

En toda la obra aparece un lenguaje rústico, según el ambiente en que se desarrolla (expresiones coloquiales, morfologías verbales, sintaxis).

 

Acacia es pretendida por Norberto, a quien ha rechazado, y  luego por Faustino. Se vive clima de bodas, ante la indiferencia, frecuentemente espinosa como el árbol o arbusto de su nombra, sospechosa, de Acacia.

 

Ésta en la 2ª escena muestra a Milagros unos pendientes. En la torpeza de su lengua simula su pasión escondida por Esteban, su padrastro, como Fedra duda ante la Nodriza cuando se alude a su hijastro Hipólito.

 

Mientras conversan Milagros y Acacia, sucede un hecho trágico que saca de su calma a Acacia: un tiro se oye en la cerrada noche, “sin luna y sin estrellas”, que mata a Faustino, “muerto de tan mala muerte, asesinao de esa manera!”..

 

En el 2º acto, 6 escenas: “Portal de una casa de labor.

 

(1).  Discusión Raimunda.Esteban-Acacia y Juliana, sobre la culpabilidad de Norberto en el asesinato de Faustino. Luego sobre el mismo asunto: Raimunda-Esteban y el tío Eusebio.

 

(2). La escena V es importante para el desenvolvimiento y comprensión del asunto: Norberto declara a Raimunda, que el asesino fue el Rubio, quien aparece en la escena III, entorpecido por la bebida y las órdenes de Esteban que lo deja hablar.

 

Además Norberto sugiere la complicidad principal de Esteban, a través de referencias del pueblo: los husmeos de los vecinos en tiendas y taberna, y la copla, con la cual nos   proporciona  el autor, el significado de la obra, copla que desmenuza en su sentido Da. Raimunda:

 

                        “El que quiera a la del Soto

                        tiene pena de la vida.

                        Por quererla quien la quiere

                        Le dicen la Malquerida”.

 

(3). En la escena VI se aclara el tema de la Honra de Acacia, de su relación incestuosa con el padrastro, inversión del mito griego de Fedra:

 

“Raimunda- ...¡La Malquerida! ¡Tú no sabes que anda en coplas tu honra!

Acacia- ¡Mi honra! ¡No! ¡Eso no han podido decírselo a usted!

R.- No me ocultes ná. Dímelo todo. ¿Por qué no le has llamao nunca padre? ¿Por qué?”.

 

Acacia revela a su madre toda la verdad. Raimunda defiende ejemplar y conmovedoramente a su hija, ante la perplejidad de Esteban y Bernabé.

 

 La actitud protectora de Raimunda difiere de la versión mítica, en la cual Teseo, en primer momento, maldice a Hipólito y cree las triquiñuelas de su esposa Fedra hasta las últimas escenas.

Raimunda en la convivencia diaria, mujer valiente y decidida, no ha advertido la pasión indebida de Esteban ni los motivos del silencio y actitud de Acacia (“Si delante de usted me comía con los ojos, si andaba desatinao tras mí a toas horas...&rdquoGuiño.

 

La acción y la temperatura trágica va creciendo hasta el clímax, en que Norberto revela los entretelones de la situación familiar.

 

El tercer acto, con la misma decoración del anterior, se estructura en 11 escenas.

 

(1). La tragedia, al más fiel Estilo Clásico, se ha cernido sobre esta familia, próspera, de vida calma y antes feliz.

 

Acacia, advierte Juliana, siempre despreció a Esteban, nunca le tomó cariño. Esta actitud es la de Hipólito, siempre indiferente y esquivo ante las solicitaciones de su encendida madrastra, fiel en su culto a Artemisa, como Acacia, a la memoria de su buen padre.

 

(2). El tema de la Honra prefigura el diálogo de Juliana, simple y habladora, con Acacia. La honra, el qué dirán, los comentarios de la aldea,  es lo que preocupa a Juliana, “la vergüenza”, “en boca de unos y otros”.

 

Pero a Acacia le importa su honor, en lo personal y no los juicios de los demás.

 

Benavente a través de Juliana, en esta escena  II, profundiza en el alma de Acacia, la desentraña con maestría psicológica, psicoanalítica.

Sabiamente Juliana llega al corazón de Acacia: por amor a su padrastro, odiaba a su madre:

 

“Que toa esa envidia no era de él, era de ella.. Por odio na más, no se odia de este modo. Pa odiar así tie que haber un querer muy grande”.

 

(3). En la escena VII, por el Rubio en diálogo con Esteban, nos enteramos del “infierno” y pasión de éste por su hijastra, locura como la que sufrió Fedra: angustia y dolor:

 

“Que estoy loco, que no pueo vivir así, que me muero, que no sé qué me pasa, que esto es un castigo...”.

 

Como en Eurípides el padre no ha declarado su amor ante los suyos y ha permanecido contenido, sufriendo silenciosamente.

Ansia de muerte en Fedra y Esteban por un  “Amor ilícito”, por una situación trágica.

 

(4). Raimundo en la escena IX recrimina a Esteban la Deshonra que trajo a su casa:

 

“Que no se vea el humo aunque se arda la casa”.

 

Confiésale Esteban el dolor pasado y cómo llegó, inconscientemente, a ese estado insoportable de desgracia:

 

“¡Si tú supieras lo que yo tengo pasao entre mí en too este tiempo!. ¡Como si hubiea estao porfiando día y noche con algún otro que hubiea tenío más fuerza que yo y se hubieao empeñao en llevarme ande yo no quería ir!”

 

(escena IX).

 

Son las fueras misteriosas, el hado cruel del  Mundo Clásico...

 

(5). Acacia revela en la última escena, al abrazar a Esteban, su amor incondicional por él.  Le grita a su madre:

 

“Sí, sí! ¡Máteme usted! Es verdad, es la verdad!.

¡ Ha sío el único hombre a quien he querío”.

 

Esteban desea morir junto a su amante, desesperado:

 

“¡Si he de condenarme por haberte querío!. ¡Vamos los dos!”...

 

El final trágico, muere la vigorosa y maternal Raimunda, por obra de su esposo, Acacia, llora esa muerte:

 

                        “Juliana- ¡Se muere, se muere!. ¡ Raimundo, hija!

                        Acacia- ¡Madre, madre mía!

Raimunda- ¡Ese hombre ya no podrá nada contra ti. ¡Estás salva!. Bendita esta sangre que salva, como la sangre de nuestro Señor!”

 

Es un drama típicamente español por el lenguaje (el dialecto rural castellano), el realismo de los personajes y las costumbres.

“Drama policíaco” lo adjetiva Ramón Pérez de Ayala, achicando la trascendencia de la pasión escenificada (en su “Benavente”, de “Las máscaras”, “Obras selectas”, A. H. R., Barcelona, 1957, p. 1232-1295).

 

El tema es una inversión del mito  sin artificios rebuscados sino natural y popularmente castizo, con un hondo Patetismo al mejor modo Helénico, un desenlace trágico que conmueve al espectador, al lector: la muerte de uno de los personajes más nobles, la madre, la esposa, la mujer, Raimunda.

 

El clima de incesto y pasión contenida, de anuncio de Tragedia, desde el comienzo, es continuamente tenso, sin desfallecimientos ni escenas superfluas.

 

Los diálogos son siempre precisos, a veces escuetos, como en Unamuno, y significativos.

 

En el siglo XVIII Vittorio Alfieri dramatiza en “Mirra” (1787) el amor de una joven por su padre.  De 1915 (publicada 20 años después) data otra obra española que presenta una relación edípica, entre padre e hija, es “Gualba, la de mil voces”, novela del catalán Eugenio d’Ors (1881-1959), en quien se siente el influjo “romántico” de Shakespeare (Prólogo de Carlos d´Ors a ed. Planeta, 1981). Y de G. D´Annunzio (comentario de Renata Donghi Halperín en “La Prensa”, 17-1-1982, “alimentado en la obra de Freud”.

 

vegetación lujuriosa y voces misteriosas del río, en la noche sugiere la tentación y el mal. En Benavente, el ámbito es agreste, como sus personajes y quehaceres, la noche trae al espectador un clima de incesto y de muerte, de inevitable tragedia. 

 

“La Malquerida” es un hito famoso dentro de la veta  señalada de su teatro, siempre de resonancia   universalista. Alfredo de la Guardia, destacado crítico de teatro,  calificó a Benavente como “el Becque  español” (en su “García Lorca”, cito por    4ta. ed., 1961, p. 236).

Sin duda aludió el maestro de la exégesis dramática,  a la esencia psicológica y la intención satírica de la mayor parte de la obra benaventina, comparándolo con el dramaturgo francés Henri Becque (1837-1899),  más amargo e implacable en su teatro de observación y naturalismo, de “Los  cuervos” y “La parisiense” (en Lanson, “Hist. de la  liter. Francesa”, 1956, p. 662).

 

La obra comentada es una   de las suyas de más profundo dramatismo, aunque él prefería  “Señora ama” (1908). El final es violento y sobrecogedor, pues todos simpatizan con la ejemplaridad y gran carácter que es Raimunda, quien muere por la enajenación y vileza de Esteban, enamorado de Acacia hasta su perdición.

 

El estilo, expresivo y familiar, “elimina de la obra dramática todo lo que puede haber en ella de exterior y de cubileteo argumental” (José A. Oría, “Discurso en Academia Argentina de Letras”,  en “Discursos académicos”, ed. de la Academia, t. IV, 1947; y en su “Temas de actualidad durable”, ed. de la Academia,  1970, p. 201-210: “B. y la Argentina&rdquoGuiño.

 

La sencillez argumental es unamuniana, linealmente raciniana. Pocos elementos materiales, un ambiente campesino, cuatro o cinco personajes bien definidos, un tema predominante y presagios de un fatal desenlace, al modo dieciochesco  de Jean Racine y el Teatro Clásico de Sófocles y Eurípides: el arte consiste en la “acción simple” con escasos elementos accesorios, sin extensas acotaciones ni largos monólogos que dilatan la acción (Racine, Prefacio al “Británico&rdquoGuiño.

 

Con su Esteban, Acacia y Raimundo, Benavente nos memora, a Fedra, Hipólito y Teseo, pero al revés. 

 

Apreciamos la hermandad del variado y brillante cuerpo de su Dramaturgia, con los autores del Clasicismo: Racine y Lope.

 

Por su acuidad expresiva y argumental, simple y grande a la vez, por su buceo psicológico, por su Humanidad, siempre varia e intensa.

 

 

Bibliografía complementaria.

 

·        Azorín: “Coquelín. B.”, “B. y Baroja” y “Para un estudio de B.” (“Obras completas”, t. 7, p. 1068-1071, y en t. 8, p.  298-306 y 881-893).

·        Guibourg, Edmundo: “B., centenario” (en rev. “Sur”,  nro. 300, mayo-junio 1966, p. 95-98).

·        Marías, Julián: “De ´El caballero de Illescas´ a  ´Los intereses creados´” (en sus “Obras”, Madrid, t. III, ed. 1974, p. 852-882).

·        Roldán, Belisario: “J. B.” (en sus “Discursos completos”, vs. edic.).

·        Torre, Guillermo de: “Revisión de B.” (en su “Vigencia de R. Darío y otras páginas”, Madrid, 1969, p. 173-177). 

·        Vossler, Karl: “J. B.” (en su “Escritores y poetas de España”, Austral, 2da. ed.,  1948).

 

 

 


Publicado por Desconocido @ 20:10
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