sábado, 03 de enero de 2009

                        EL MITO DE FECRA EN FRANCESCO PETRARCA.-

 

 

                                                                        Por Guillermo R. Gagliardi.

 

 

Francesco Petrarca (1304-1374), retomando la tradición Trovadoresca y Stilnovística, había legado su influjo a una rica literatura Amorosa posterior, sutil, introspectiva y formalmente refinada.

 

Amante de los Clásicos Latinos y los Padres de la Iglesia, tiene por Cicerón y Virgilio, entre otros, un fervor de índole moral, pues busca en los Grandes Autores Antiguos, Normas de Vida.

 

Hombre Moderno en continua zozobra existencial, lee los Clásicos buscando su Humanidad, con el objetivo de mejorar su propio ser.

 

“Los antiguos son maestros de sabiduría, su meditación y sus experiencias de vida ayudan a la vida nuestra”,

 

son “stelle splendenti e fisse nel firmamento della veritá”,

 

“ci mostrano il porto della quiete nel mare delle continue onde dell’animo nostro”.

 

Umberto Bosco, crítico contemporáneo, expresa que “el gran descubrimiento personal de Petrarca es la humanidad y, por ende, la actualidad de los Clásicos, tanto que puede reconocer la fraternidad de sus espíritus, vivir con ellos en cada momento de su jornada” (en “Homenaje a F. P.”, Univ. Nac. La Plata, 1975, vs. autores).

 

Acude a los Antiguos, sin prejuicios religiosos, como Hombre Libre, fusionando  Alma Cristiana y Pagana, Fe  y Amor, como un Humanista de nuestros días.

En esta actitud se diferencia raigalmente de Jean Racine, el Neoclásico, quien amó la Belleza de las obras del arte griego, pero desde el punto de vista de un Jansenista.

El italiano une Clasicismo y Cristianismo, el primero, Cicerón y San Agustín.. G. Highet define: “P., como Dante, realizó una síntesis de Grecia y Roma en la Europa moderna”, “La tradición clásica”, cap. “Hacia el Renacimiento. P.”, tomo I, México, 1978, 1ª reimpr., p. 135-145).

 

Hace revivir en su vida interior, el mensaje y las bellezas de las obras inmortales de la Antigüedad (G. Marone: “Viaje al espíritu italiano”, 1973).

 

Ama los libros fervorosamente, pues, como escribe en una carta de 1346:

 

“los libros deleitan en lo profundo, pueden hablar; consuelan, y se unen a nosotros en una  viva y fuerte, familiaridad”.

 

Poseyo la biblioteca  personal más importante de la Europa en la Edad Moderna.

 

Siempre su experiencia cultural es valiosísima, para sus coetáneos y para la posteridad. Es personal, de raíz afectiva, moral, no estrictamente científica ni sólo ornamental.

 

Ejemplo de estas afanes humanistas son el “África”, donde ambiciona, cantando a Escipión y las glorias de Roma, equiparar a la “Eneida” virgiliana, el “Bucolicum Carmen” (recopilación de églogas), “De virus illustribus” y “Rerum memorandarum”.

 

 

 

  • El Poeta coronado en el Capitolio en 1341, también escribió “I Trionfi”, poema alegórico en tercetos. Donde aúna su preocupación amorosa (Laura Di Noves) y su erudición antigua. Son los Triunfos del Amor, la Castidad, la Muerte, la Gloria y la Divinidad.

 

El primero de los mencionados, el “Trionfo dell’Amore”, narra el sueño que tuvo en Valchiusa, donde vio el amor llevando multitud de enamorados célebres detrás de un carro de fuego.

 

Rey sediento de lágrimas, el hijo de Venus le pregunta:

 

“¿No has oído hablar de uno que no accedió a secundar los deseos de su madrastra y que prefirió huir antes que ceder a sus ruegos?”.

 

Inserta el autor, aquí, una alusión a Hipólito y Fedra, apasionada amante de su hijastro.

 

“Pues aquella intención casta y buena le mató cuando el amor de Fedra, amante maligna y terrible, se trocó en odio”.

 

“La muerte de ésta, que siguió a la de él, vengó a un mismo tiempo la de Hipólito, la afrenta de Teseo y la traición de éste para con Ariadna”.

 

Es una valoración sintética del mito griego, que el autor inserta en el Canto I del “Triunfo del Amor” (la traducción es versión de Flor Robles Villafranca, ed. Iberia, 1961).

 

También quiere señalar la  calificación ética del mito de Fedra y aclara:

 

                        “Tal es la recompensa de los calumniadores”.

 

Quiere indicar la experiencia vital que podemos extraer de los sucesos cantados por Eurípides y Séneca (concepción medieval de la Poesía Didáctica y Moralizante):

 

“Quien goza engañando a los demás, no debe lamentarse si otro le burla a él”.

 

“Teseo, que marcha entre las dos hermanas muertas, Fedra y Ariadna, es buen testimonio de ello”.

 

Y continúa con el desfile de personajes famosos: Hércules, Medea, Orfeo, Marte, Homero...

 

Poeta rico en observaciones psicológicas, sabe, confiesa, del fuego del amor,

 

“que nos llega hasta los huesos, que en las venas vive oculto y cuando más muerto parece, estalla el incendio”.

 

Sabe de las

 

”brevísimas risas y el prolongado lamento, cual es la miel mezclada con ajenjo”.

 

Por eso evoca en sus figuras célebres a Orfeo

 

“que amó únicamente a Eurídice a la que siguió hasta los infiernos y a la que aún después de muerto con la lengua helada llama”

 

a Safo, Catulo y Tibulo, Esaco, hijo de Príamo y algunos más.

 

Por lo cual, Petrarca, conocedor del mito y del drama vivido por Fedra, no podía ignorarla en esta simbólica galería.

 

 

 


Publicado por Desconocido @ 21:55
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