miércoles, 07 de enero de 2009

             ROUSSEAU  Y  A.  W. . SCHLEGEL: EL MITO DE FEDRA.-

 

 

                                                            Por Guillermo R. Gagliardi.

 

 

 

1.- Rousseau: “Julie o la nueva Eloísa”, anti-Fedra.

 

Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) “se desplazó como una llama a través del mundo y del siglo, agitando a millones de almas en cada  sucesiva generación” (Will y Ariel Durant, “La edad de Voltaire&rdquoGuiño.

 

Filósofo que luchó contra los filósofos (G. Lanson: “Hist. de la liter.francesa”, ed. 1956). Uno de los excepcionales Pensadores que en la época del Despotismo francés, se atrevió a gritar al mundo que la Libertad es la Causa Primera, es una Condición natural del Hombre y la Esencia de Lo Humano.

 

En 1750 conmovió a todos con su “Discurso sobre si el restablecimiento de las Ciencias y de las Artes ha contribuido al mejoramiento de las Costumbres”.

Y declaró que en esa sociedad, aparentemente ilustrada, prosperaba la hipocresía, la vanidad, los odios y la desvergüenza; productos del lujo, del que se origina la corrupción y el vicio.

El cultivo de las Ciencias es un obstáculo para el desarrollo de las cualidades morales, la fuerza y el valor.

 

“Su discurso toma por asalto a todo el mundo” le declara  Denis Diderot (1713-1784,  director de la lª Enciclopedia  Universal editada en Francia, o “Diccionario razonado de las ciencias, artes y oficios”, en 28 volúmenes). En su “Emilio” (1760)  reveló la simplicidad de la vida natural, en consonancia con sus posibilidades didácticas. Se pronunció meridianamente contra la Educación por el Temor, represiva, y la convencional y superficial  Instrucción cortesana.

 

Su obra más famosa y que mayor influjo ejerció fue el “Contrato Social” (1762), donde sostuvo que todo Gobierno Legítimo es Republicano y sólo así puede gobernar el Interés Público, a favor del mantenimiento de las Libertades.

 

La magnética idea rusoniana de la “Soberanía del Pueblo” se convirtió en el punto de partida de los movimientos revolucionarios de importancia.

“La voluntad del pueblo tiene siempre razón y tiende al Bien Público”.

La consigna Libertad-Igualdad-Fraternidad, de 1789, fue tomada de su obra, de duradera vigencia...

 

Precursor por sus fecundas meditaciones, en Política, Sociología y Pedagogía, también lo fue, por sus escritos, en Arte y Literatura. En “Julia o la Nueva Eloísa” (1758) idealizó el Amor puro, apartado de las Leyes de la Sociedad. Novela ingenua, inauguró la prevalencia del Sentimiento en las Letras: el Romanticismo.

 

Lector ávido de Plutarco, Locke, Descartes, compuso y copió Música (p. ej., la ópera “El descubrimiento del Nuevo Mundo”, “El adivino de aldea” y otras. Escribió sus “Confesiones”, los “Recuerdos de un paseante solitario”, etc.

 

La “Eloísa” en el juicio de Leo Claretie es un himno a la pasión, novela llena de fuego y lágrimas. “Todo lo ha inflamado, ha divinizado los sentimientos, decuplicado las sensaciones, galvanizado la elocuencia, encendido la antorcha del nihilismo, favorecido la intrusión violenta de la personalidad en las cartas, descubierto el sentimiento de lo pintoresco... Su pluma hizo conmover al mundo, su tinta tuvo la virtud de la sangre de los  apóstoles y sus palabras fueron actos” (Prólogo a “Obras Selecas” de J.-J. R, trad. J. Marchena y E.  Velarde, ed. 1966).

 

A raíz del artículo sobre “Ginebra”, donde  Jean d’Alembert  (1717-1783,  intelectual relevante, para quien las Ciencias son un instrumento del progreso humano), propicia la creación de un Teatro en esa ciudad, Rousseau enterado de ello por boca de Diderot (“Mis confesiones”, versión A. G. Gil, Schapire, 1962,, t. II, p. 147), escribe una réplica famosa: “Lettre  à d’Alembert sur les spectacles” (1758): “Mi carta a d’Alembert tuvo un éxito extraordinario. Todas mis obras lo habían tenido, pero éste me fue más favorable”.

 

Ve un peligro moral en el mundo teatral, prefiere el establecimiento de fiestas deportivas y reuniones comunales al aire libre, bailes públicos, etc.. “Clama R. ardorosamente contra las costumbres disolutas de las actrices, las funestas consecuencias económicas de la venta de localidades, los estragos crecientes del lujo y la ostentación, y así sucesivamente. Hoy todo esto nos parece impertinente y sin interés” (en su “Hist. de la crítica moderna”, t. I, p. 78).

 

on estas reflexiones éticas nuestro filósofo se separa de Diderot y los Enciclopedistas. Su encendida diatriba se dirige en contra de la Civilización y de lo que se entendía por Cultura, de la Sociedad pervertida y afeminada de la época. Causó una “tormenta memorable”.

Se oponía ostensiblemente a Voltaire (1694-1778), autor de dramas y propulsor del teatro en  su residencia de “Las Delicias”.

 

D’Alembert concebía el Teatro como “una diversión refinada en que se representan los sucesos acaecidos a nuestros semejantes, para consolarnos y curarnos de los infortunios que podamos experimentar” (Carta a Rousseau&rdquoGuiño.

Pero Rousseau, muy de acuerdo con el pensar Protestante de los ginebrinos, considera que el teatro relaja las costumbres y peligrosamente exacerba las pasiones y debilita el carácter de los hombres.

Para él, el espectáculo debe reforzar el temperamento nacional y las inclinaciones personales.

 

Y  menciona al mito griego de Fedra: “¿Qué aprendemos en ‘Fedra’ y en ‘Edipo’, sino que el hombre no es libre y que el cielo le condena por los crímenes que el mismo cielo le hace perpetrar?”.

“Uno tiembla ante los horrores que se presentan en la escena francesa para divertir a un pueblo que es el más dulce y humano que habita sobre la tierra”.

 

Sólo admite el teatro en cuanto a su función docente, como aleccionador para el público.Abomina del horror de los crímenes que los Poetas Clásicos franceses presentan a su dulce auditorio.

Por ello prefiere la Comedia, que sin escenificar nocivas escenas de terror y brutalidad, enseña y divierte, al uso más antiguo del Arte.

 

EL aprendizaje, en tragedias como “Fedra”, es para Rousseau, contraproducente, es  negativo: “¿No es sabido que todas las pasiones son hermanas, que basta una para excitar otras mil?”.

 (Ver, Sainte-Beuve: “R.”, en su “Retratos literarios”,  Estrada, 1947, p. 253-274);  “Diderot y Voltaire contra R.” R. Sáenz Hayes, en su “Blas Pascal”, Samet, 1924, p. 192-204).

 

Y llena de horrores y de angustias, la pasión de Fedra, terrible, está  algo lejos, evidentemente, de la que el escritor ginebrino presentaría en su “Eloísa”, sentimental y plenamente “romántica”.

 

En Julie d’Etange sugirió una nueva vida, antes desechada, la del corazón. La vida del amor ingenuo y de la emoción pura, la felicidad en la naturaleza, alejada de las ciudades: “nada más inocente según la Naturaleza que los amores de Julie y Saint-Preux”, según G. Lanson.

 

“Con Rousseau empieza un Nuevo Mundo”, advertía y sentenciaba Goethe...

 

 

 

 

2.-  A. W. Schlegel  y la crítica literaria.

 

“Hay que mirar a cada obra de arte desde su propio punto de vista… Será perfecta si llega a la cima de su género, de su esfera, de su mundo”.

 

Esta teoría de la Crítica literaria  ha sido formulada  en el país de Goethe, por August Wilhelm Schlegel (1767-1845). Notable crítico, junto con su hermano Friedrich (1772-1829), tuvo el privilegio de poseer una envidiable formación Clásica.

 

Georg  F. W.  Hegel (1770-1831), excepcional pensador y pedagogo, propiciaría después  una Educación Humanística  para los jóvenes alemanes, pues los Estudios Clásicos, sostenía, son un modo honroso  y benéfico de ir a habitar entre los Antiguos.

 

Augusto fue un precursor de las Literaturas Comparadas, la guía cardinal de su vida fue la idea de una Literatura Universal. Postuló la necesidad del conocimiento “der universellen Geschichte der Poesie”.

La obra de Arte es, en esencia, autónoma, se rige por leyes propias. Anticipó modernas teorías sobre el Arte y la Estética. Propulsó el Romanticismo, junto con su hermano, desde la revista “Athenaeum”.

 

En “Die Romanische Schule” (1833) el poeta Heinrich Heine (1797-1856) sostuvo que “la celebridad del Sr. Schlegel aumentó cuando se lanzó a atacar a las autoridades literarias de los franceses”. “Con orgullosa satisfacción contemplamos cómo nuestro compatriota mostraba a los franceses que toda su literatura clásica no valía un comino” (“Obras” de Heine,  trad., Pról.. y notas M. Sacristán, Barcelona).

 

También Hegel en sus “Vorlesungen über  die Aesthetik” (conferencias sobre Estética, 1835) observará la  “formalidad” más bien declamatoria, retórica, de las figuras trágicas francesas; que  más las asemejan a las heroínas de Séneca que a las griegas (en Racine, según Mz. y Pelayo, sólo hay influencia de Eurípides en la  mera línea argumental; pero traduce y transcribe fragmentos considerables de la “Fedra vel Hippolytus” senequista).

Sólo Shakespeare se puede  equiparar con Sófocles y Esquilo en la grandeza de alma, en la firmeza del carácter de sus protagonistas, pues Eurípides presenta las pasiones vacilantes y dubitativas, como una criatura moderna (W. Kaufmann: “Tragedia y Filosofía”, ed. 1978).

 

En 1807 Schlegel  hace pública una “Comparación des deux ‘Phédres’” (la de Eurípides y la de Racine).  Menéndez y Pelayo califica  a esta Disertación como el Primer Manifiesto Romántico. Constituye un punto fundamental en la evolución de las teorías sobre el Teatro. (“Historia de las ideas estéticas”, t. IV).

 

Luego en  1808 y 1809 sus “Lecciones de literatura y arte dramática”, en Viena, testimoniarán  su creciente interés por la Tragedia, especialmente en los autores griegos, en Shakespeare y en Calderón.

 

Considera la “Fedra” raciniana de un rango inferior al “Hipólito” de Eurípides. P. ej., el hijo de Teseo. Es presentado  como imagen de la juventud, hermosa y pura: para sentir dignamente la dramatización de E. “es preciso estar iniciado en los misterios de la hermosura y haber respirado el aire de Grecia”. Hip. en  el trágico francés, es débil e insignificante. Racine olvidó en forma “absoluta  e irreverente” la parte Divina del argumento helénico y presenta la pasión de Fedra como desnuda, en abstracto, sin  referencias locales.

 

También Hegel observó en su “Filosofía de la Religión” que la introducción de Aricie  es una “característica estúpida del tratamiento francés de la tragedia”. Enunció la teoría del “conflicto dramático”, oposición de caracteres, pasiones, sentimientos y del “sufrimiento trágico” del dolor culpable.

El Arte Clásico lo concibe en una misma entidad con el Helénico, en cuanto a creación equilibrada y serena y función armónica de forma y contenido (Wellek: “Hist. de la crítica moderna”, t. II, p. 370 y ss.).

 

La anti-heroína griega es trágica en cuanto no puede evitar su destino. Implica ruina inevitable “en un acontecimiento inevitable” (Kayser, “Interpr. y  análisis de la obra liter.”, 1968). La acción trágica se resuelve en la armonía última  de los “opuestos poderes morales”.

 

En las “Lecciones...” vienesas, contradictoriamente,  Schlegel aminora el valor  de Eurípides, y exalta a Esquilo y Sófocles. Éstos representan la  Idea del Destino y respetan el sentido Religioso del asunto mitológico, aquél desnaturaliza tal sentido.  Según  escribirá Heine, el ataque a E. se debió a que le sugería Modernidad y Democracia y Protestantismo.

Aseméjase al odio de Aristófanes, puesto de manifiesto en “Las ranas”. También Friedrich Schlegel había arremetido contra el trágico de “Las Erinnias”, en su “Hist. de la Literatura antigua y moderna” (1812).

 

Si antes el August fue injusto con el drama raigalmente moderno de Eurípides, no menos lo fue anteriormente, al despreciar la Poesía encantadora del dramaturgo de “Phédre” (Philaréte Charles: “Eurípides y Racine”, “Etudes sur l’antiquité”, 1847, el primer crítico francés de fisonomía cosmopolita según Wellek, defiende el valor de la obra de Racine frente a la de Eurípides, en contra de las críticas de Schlegel).

 

Refiriéndose a ello advirtió Heine la significación del creador de “Británico”, “fuente viva de amor y de sentimiento del honor,...”. El inmortal creador de “El libro de las Canciones” había sido singular amante de la cultura y la política francesa, la exalta en sus “Französische Maler” y “Französische Zustände” (1831 y 1832 resp.). Confiere una importancia precursora y modernista al arte del siglo de Luis XIV y vitupera, en carta de 1835 a Ph. Chasles,  el método crítico schlegeliano, por carecer de sentido temporal y espacial: “el señor Schlegel se pasaba la vida azotando a los poetas Modernos con las ramas de laurel de los Antiguos” (en su “La escuela romántica”, ed. cit.; ver también Wellek, “Hist. de la crítica moderna”, t. III).

 Se había olvidado Schlegel de sus enseñanzas sobre el “Espíritu artístico” y la obra de Arte juzgada como un ente indivisible, “en” su mundo, en “su esfera”...

 

También Francesco de Sanctis (1817-1883), discípulo intelectual de Hegel, traductor de su “Lógica”, una de las primeras figuras de la crítica del siglo XIX,  en su variante histórico-filosófica, con su perenne “Storia della letteratura italiana”, (1870-1872).   En sus “Saggi critici” tan ricos y variados en temas, juicios y conceptos, combatió a Schlegel y su oposición a Racine.  “Fedra es una fugaz aparición en Eurípides; en Racine es toda la Tragedia”.

 

Estas apreciaciones sobre Fedra, quedarán en la historia literaria como ejemplo de Comparatismo y como testimonio de una Estética Literaria (idea de lo Sublime, de la Fatalidad trágica, del Arte Clásico...), de especial influjo en la Crítica venidera, con Schiller, Kant y Hegel...


Publicado por Desconocido @ 17:00
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