miércoles, 07 de enero de 2009

                        EL MITO DE FEDRA EN LOS ESCRITOS DE  ERASMO.-

 

 

                                                                        Por Guillermo R. Gagliardi.

 

 

 

 

1.- El Humanista y Cristiano.

 

Desiderio Erasmo de Rótterdam (1469-1536) fue llamado “el hombre más sabio del mundo”, y en verdad, la cultura del Humanista holandés fue proverbial-

 

Su amor por los libros, incitante. Al autor de  “Laus Stultitiae” (1509), “Elogio de la Locura”, la vida le fue dulce sólo a través del estudio. 

 

Es admirable su radical libertad vital y de pensamiento, y la amplitud de sus intereses intelectuales.. “No es un uno de esos hombres que un día decretan que ya no les queda nada por aprender. Siempre será un buscador, un estudiante” (L.-E. Halkin: “E.”, México, 1971).

 

En el “Enchiridión militis christiani”,  “Manual del Caballero Cristiano” (1502), ha dejado un sincero manifiesto del Cristianismo Interior: el sentido de una religión afectiva, simple, no formalista ni intelectualizada (infl. de Tomás de Kempis y su “Imitación de Cristo”, del siglo XV).

 

Pequeño sacerdote “que no nació de rodillas”, “clerc” que criticó la piedad populachera y el culto de los Santos (el verdadero  significado de la devoción a los Santos está en leer sus escritos e imitar su vida). “La filosofía de Cristo se refugia en los impulsos del corazón”.

 

Su educación fue de raíz clásica. Su amor por los Antiguos, sus preocupaciones pedagógicas y su capacidad de crítica y burla, soberanamente  independientes.

 

Su Humanismo, como el de Petrarca en el siglo XIV, es de los orígenes, el que abreva en las fuentes del Pensamiento Occidental, en los textos de los Grandes Escritores: disciplina y voluntad comprensiva; “los libros y la cultura superior son lo que realmente lo apasionan” (José A. Oría, “E.”, ‘La Nación’, 2-11-1969).

 

A través de la Cultura Clásica se nos ofrece un ideal de serenidad y armonía. Ama las “Humaniores Litterae”, para conseguir la elevación del alma y la distinción del espíritu (en su “Los antibárbaros&rdquoGuiño.

Los Clásicos son sus más fieles amigos, a los que lee, copia y estudia encerrado “en su rinconcito, huyendo de la multitud inconstante”: “Tales son los amigos con los que me encierro en el retiro. ¿Por qué riquezas  qué reinos cambiaría yo esas horas de útil ocio”.

 

En  su opúsculo “Del Menosprecio del Mundo” alaba la soledad y observa agudamente que los hombres “de mundo” sienten aborrecimiento de la vida de los solitarios, la consideran aburrida, inhumana, “destituida de todo contentamiento”; el solitario, el que se aleja del ruido y furor de la multitud y se recluye hambriento de serenidad y saber, es visto con ojos malévolos, es excluido cruelmente del  “juego social”. Pero, concluye, disfrutar “de este ocio tranquilo, es, sí, estar en ‘soberana libertad’”. “No cambiaría mi libertad por el más espléndido de los obispados”.

 

Prefiere entre las lenguas clásicas, el Latín (también estudia el Griego y el Hebreo); y entre sus cultores,  a Cicerón (106-43 a. C.), modelo de elocuencia y buen gusto, “el valor seguro de las Humanidades Clásicas” (en su “Ciceroniano”, 1528).

 

En sus famosos “Adagios” (1ª ed., 1500) y “Apotegmas” (1531), logró reunir con fines educativos, frases y comentarios de célebres escritores, “una suma de la sabiduría antigua”.

 

Publica “Los oficios” de Cicerón, traduce a Luciano de Samosata (su antecesor en dotes críticas y mordacidad), a”Hécuba” e “Ifigenia” de Eurípides, el Nuevo Testamento, Terencio, Horacio y Séneca. Sus traducciones son verdaderas obras de arte, concienzudas, laboriosas, y han incitado grandemente el estudio y gusto por los Clásicos (Marcel Bataillón, “E. y el erasmismo”, Barcelona, 1978).

 

 

2.- Fedra en Erasmo.

 

Tangencialmente, el “Rey de los Humanistas” recuerda a Fedra, a Hipólito y a su padre. Así, Teseo, en el “Panegírico gratulatorio a Felipe el ‘Hermoso’” (1504, en versos latinos), donde encomia la valentía y templanza del nieto de los Reyes Católicos, y considéralo superior a Hércules, Aquiles, Héctor, Epaminondas, César y Teseo..

 

Cito por su “Obras Escogidas”, traslación castellana, comentarios, notas y ensayo biobibliográfico por Lorenzo Riber, Madrid, 1964, 2ª ed.

 

En una de sus abundantes piezas epistolares,  incluye  a Teseo por su voluntad férrea. Es una carta de 1517, dirigida al teólogo W. Fabricio Capitón, incitándolo a continuar su propia obra para mejorar el entendimiento de las Letras Sagradas.

 

Dice:

 

“estoy viendo que, una vez emprendida la tarea, no te iba a faltar en ella la tenaz y abundante voluntad de Teseo”.

 

Éste, en la antigua mitología, era igualado a Hércules en hazañas y valor.

 

Y un recuerdo de Hipólito en su “Apología del Matrimonio” (“Encomium matrimonii&rdquoGuiño, un opúsculo juvenil.  El estado del matrimonio es el ideal para el ser humano, en paz y concordia mutua, sostiene el moralista cristiano.

Dedíquese al celibato solamente aquel que no puede ser padre o el pobre, que no puede criar hijos o el elegido por Dios para una misión especial: “dejemos que ellos imiten el plan de vida de Hipólito”: se refiere a la tradición mítica de la castidad del hijastro de Fedra, que huía de la compañía femenina, desdeñoso del placer y de los goces que Afrodita procuraba (posición claramente expuesta en  su monólogo, en la “Phaedra vel Hipplitus” de Séneca).

 

En carta de 1524 al jurista Luis Gavero, celebra a sus  amigos  muertos: Pico della Mirándola, Lorenzo Valla, Marco Musuro y Pedro Inghiram de Volterra, entre otros. Este último  lo menciona por su elocuencia al representar el papel de Fedra en la tragedia senequista; por lo ajustado de su escenificación de parsonaje tan dramático y exigente, fue apodado Pedro Fedro:

 

“interpretó el papel de Fedra en la plaz que hay delante del palacio del cardenal Georgiani. Así lo entendí yo de labios del propio Cardenal, y de ahí le viene el apodo de Fedro”.

 

Hemos leído una carta de Robert Aldridge donde le pide un códice de las obras de Séneca del Real Colegio de Cambridge; de sus lecturas del filósofo  y trágico había reunido numerosas notas (“digno es Séneca de tal solicitud...”, “tengo  un digno y sumo interés en que ello se haga pronto&rdquoGuiño, infielmente publicadas por un amigo alemán (carta de 1525 desde Basilea).

Se refiere a estas notas en correspondencia con el humanista español Juan Luis Vives (1492-1540) y en carta a Juan Botzhemmo Abstemio (1523).

 

En el “Panegírico” citado, acude a un pensamiento senequista, del “Hipólito”, para afirmar que los sucesos trascendentes superan toda retórica que desee reflejárselos, mientras que los insignificantes, causan infernal palabrería:

 

“Así que hube llegado a este lugar, donde palabra alguna, ni aun la más primorosa y exquisita estaría a la altura del suceso, me falla de súbito el lenguaje usado y corriente.

O yo no sé qué es lo que lo motiva, o no cabe duda que sea lo que con elegancia escribe Séneca en su ‘Hipólito’: los cuidados leves son parleros y los grandes producen estupor y mutismo”.

 

En su ensayo “De la amada concordia de la Iglesia, “De sarcienda Ecclesiae concordia”, 1533 (Exposición y comento del Salmo LXXXIII) se refiere en un pasaje a los dones divinos, muy superiores a los mundanos y mediocres: “los bienes mediocres se apetecen con deseos moderados; pero aquellos... que Dios aparejó para quienes le aman, deben apetecerse con deseos vehementes”.

 

Así pues, las expresiones bíblicas del “desfallecimiento por los atrios del señor”, , “desfalleció mi alma por su Salvador”. (A. J. Battistessa: “E., los libros y el Libro”, ‘La Nación’, 26-10-1969). “Humanismo y reforma. E.” Fritz Martín, en su “Historia de la literatura elamana”, ed. 1964).

Subraya   el desfallecimiento por dolor físico, por la vista de un objeto amado o espantoso, y por la visión de Dios. Esta idea hebrea del  “caerse pasmado” la ejemplifica  en el mundo testamentario con las citas del Salmo CVIII o los cánticos de Salomón: y en el mundo profano, con el sufrimiento de Fedra.

 

“Este desfallecimiento a veces ocasiónalo en el hombre un recio espanto o un pasmo enérgico; a veces un dolor agudo, o una alegría rebosante, o un amor invencible. Por esto, en las tragedias profanas, Fedra, a vista de Hipólito, cae como muerta”.

 

Presa de su “loca pasión”, la esposa de Teseo, preclara descendiente de Júpiter, sufre  por un amor  no correspondido; su alma, como la retrató Séneca (acto I, escena II), se precipita al abismo, languidece ante la presencia del desdeñoso joven.

 

Estas escenas  evocaría el autor del “Elogio de la Locura”, para mencionar a Fedra como ejemplo de “caída” del alma mortal por motivos mundanos.

 

 


Publicado por Desconocido @ 21:33
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