jueves, 08 de enero de 2009

            EL MITO DE FEDRA EN “EL INFAMADOR” DE JUAN DE LA CUEVA.-

 

 

                                                                        Por  Guillermo R. Gagliardi.

 

 

 

I.- Introducción: Clasicismo  y Españolidad de su Teatro.

 

 

“El verso advierta al escritor prudente

que ha e ser claro, fácil, numeroso

de sonido, y espíritu excelente”.

 

Para don Juan de la Cueva (1543-1616), la felicidad y luz de la Poesía radica en la “armonía sonora” y las “razones levantadas”, en el equilibrio entre humildad (no vulgaridad) y sublimidad (no pomposidad).

 

                        “La elevación de voces y oraciones

                        sublimes, muchas veces son viciosas

                        y enflaquecen la fuerza a las razones.

                        Vanse tras las palabras sonorosas

                        La hinchazón del verso, y la dulzura,

                        Tras las sílabas llenas, y pomposas”.

 

El sevillano, Renacentista, escribió esto en su “Ejemplar poético” (1606, 1609), “especie de manifiesto revolucionario en pro de la escuela de Lope de Vega” según M. Menéndez y Pelayo en su “Bibliografía Hispano-Latina Clásica”, tomo IV.

 

Su idea del Poeta, es Clásica, diría que  toma partido por el Creador al modo Raciniano:  ha de ser dulce y suave, afectuoso en la expresión lírica, elegante en su Lengua (ob. cit., vs. 91-96), agradable en sus perífrasis,  puro en sus vocablos (íd., vs. 115-132=.

 

Sigo la edición, notas e introducción de F. A. de Icaza de “El Infamador- Los siete Infantes de Lara – Ejemplar poético”, Clásicos Castellanos-60, Madrid, 1965.Y del mismo  Icaza: “J. de la C.”, en Boletín de la Real Academia Española, IV, 1917, p. 469-483 y 612-626.

 

Alaba  la euritmia de la Obra de Arte, esencia de Lo Clásico, el decoro en el estilo y presentación de los personajes. Sus reflexiones poéticas están mechadas de alusiones mitológicas y evocaciones de escritores de la Antigüedad.

 

En la Epístola II canta a la  belleza del verso castellano. El “español verso” posee la digna elegancia, la dulzura de la poesía de Helenos y Latinos:

 

                        “De nuestro español verso el elegante

                        método, el armonía y la dulzura

                        a la griega y latina semejante”.

 

                        (vs. 40-43).

 

El “discreto Esquilo”, Sófocles, quien

 

añadió el lloroso coro,

lamentando desdichas  miserables,

 entre reales púrpuras y oro”.

 

La obra conservada de Juan de la Cueva, “Comedias y Tragedias” (1588), se revela como un conjunto de transición entre el Teatro de Raíz Clásica y la Comedia  Nacional Española, entre el Humanismo y la Concepción Popular e Histórica.

 

“Crónica troyana”, “La libertad de Roma por Mucio Cévola”, la “Tragedia de la muerte de Ayax Telamón”, “La Tragedia de la muerte de Virginia y Apio Claudio”, poseen como fuentes a Tito Livio y Ovidio p ej., los que leyó y tradujo, prefiriendo los detalles pintorescos y los textos dinámicos de interés novelesco, como “Las metamorfosis” ovidiana.

 

Pero también escribe, con éxito, “Los Siete Infantes de Lara”, “Reto de Zamora”, parafraseando leyendas populares y tradiciones de las Crónicas Castellanas.

He aquí, pues, su mérito en la historia literaria española.

 

“Una de las mayores glorias de J. de la Cueva es haber sido el iniciador y, en cierto modo, el maestro de Lope” concluye de Icaza su “Introducción” a las obras de nuestro comediógrafo” (loc. cit., p. L).

 

 

 

II.- El mito de Fedra en “El Infamador”.

 

 

En 1581 estrenó su comedia “El Infamador”. “Farsa mitológica” (así la califica J. L. Alborg en su “Hist. de la liter. Española”, tomo 1, 1970, 2ª ed., p. 976-982).

 

Dividida en 4 Jornadas, los Protagonistas son: “el Galán y hombre rico” Leucino y  la “virginal” Eliodora.

 

Aquél la ama pero no es correspondido, “ninguna cosa aprovechaba con ella”. Por medio de Ortelio, un criado, quiere forzarla  y ella lo mata con su daga.

 

El Infamador acúsala con vileza, pero ante las razones expuestas por Eliodora, Leucino y un rufián suyo,  Farandón, son justicieramente ahorcados.  

Este “burlador” es trágicamente, burlado:

 

                        “y de gloria mundana

                        por mi riqueza igual ninguno tiene”.

 

                        “pues sabes que no hay dama que rendida

                        no traiga a mi querer por mi dinero...”.

 

Manifiesta el “burlador”, ufano, en la primera escena.

 

Su amor es “encendido de inquieta solicitud” hacia  Eliodora:

 

                        “la constancia de aquel constante pecho,

                        que siempre te ha tratado con despecho”.

 

                        (vs. 104-105).

 

La alcahueta Teodora (como la “Celestina” de Fernando de Rojas), es enviada por el Infamador para convencer a la joven amada.

 

Limpia y pura como el bello Hipólito de Racine, Eliodora confiesa:

 

                        “porque quiero asegurarte

                        que si amor te trae encendido,

                        que es tiempo ocioso y perdido

                        si piensas en mí emplearte”.

 

                        (vs. 411-414).

 

Tiene dureza de diamante, es bella como la Marcela del “Quijote” cervantino; pregunta Leucino:

 

                        “Pues, Eliodora, yo estoy

                        determinado a morir,

                        o darte muerte o cumplir

                        el fin que pretendo hoy”·

 

                        (vs. 427-430)

 

La pasión del Infamador es furiosa, como la heroína de Séneca. Mézclanse lo real y lo fantástico.

 

Aparece Némesis, la diosa de la Venganza,  luego Venus, diosa del Amor y Morfeo. Como en Eurípides, intervienen Venus al principio y la protectora Diana al final.

 

Leucino, como el Calixto rojiano, se vale de las artes de una alcahueta,: Teodora, Terecinda y Porcero, con la consabida expresión  de conjuros y evocaciones mágicas.

 

Pero Eliodora, como el Hipólito  euripídeo, no transige. No desea quebrar su vida de castidad y rigor:

 

                        Venus no tiene en mí parte,

                        y así quiero carecer

                        de su fruto y su placer”.

 

La casta amada es protegida como Hipólito, por  Diana, “de los bosques adorada”, a favor de la inocencia de la intacta Eliodora:.

 

Finaliza, retractándose Leucino de su infamia:

 

                        “...viendo no poder movella

                        a mi querer, determiné vengarme

                        con disfamalla, pues huía de amarme”.

 

                        (vs. 394-396).

 

Y alabando las diosas Venus y Betis, “el casto y claro nombre de Eliodora”.

 

La versificación es variada (octosílabos,  endecasílabos).

 

Encarna  don Juan de la Cueva de Garoza, el autor-escritor enamorado según Menéndez y Pelayo, tanto del Teatro Español como de la Sabiduría Antigua.

 

La creación de de la Cueva, comedia de tipo novelesco como “El viejo  enamorado” o “La constancia de Arcelina”,  es una inversión, imitada libremente, del mito de Fedra en Eurípides (480-406 a. C.), al final.

 

Como la Diana euripídea ante Teseo, la diosa en esta comedia descubre ante Hircano, padre de su protegida, la limpieza de intenciones y acción de ésta:

 

                        “Veras, Hircano, abierta y claramente

                        la poca culpa que tu hija tiene”.

 

                        (vs. 341-342).

 

Elioora es ungida por la gracia de la Diosa, con la gloria, la fama eterna:

 

                        “y que la fama esparza por el mundo

                        el casto y claro nombre de Él...

                        cantándolo del Betis a la Aurora”             

 

                        (vs. 482-484).

 

Como en la Tragedia Griega, la Diosa aclara la equívoca situación de culpabilidad...

 

(Puede consultarse también: Leandro Fernández de Moratín: “Orígenes del teatro español”, en su “Obras”, Biblioteca de Autores Españoles, t. Ii, Madrid, 1944.  Marcel Bataillon: “Simples réflexions sur J. de la Cueva” ,en Bulletin Hispanique, Burdeos, XXXVII, 1935, p. 329-336; y en su “Varia lección de clásicos españoles”, Madrid, 1964, p. 206-213. Ramón Pérez de Ayala: “Las Máscaras”, en su “Obras Selectas”, A.H.R., Barcelona, 1957, p. 1401-1406).

 

                       

 

 

           

 

           

 

 

 

 

 


Publicado por Desconocido @ 9:23
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