EL MITO DE HIPÓLITO EN LUIS DE GÓNGORA.-
Por Guillermo R. Gagliardi.
1.- “Príncipe de las Tinieblas”.
Luis de Góngora y Argote (1561-1627) concreta sus ambiciones cortesanas en 1617, estableciéndose en los nobles dominios del Duque de Lerma, y escribe uno de sus grandes poemas “Panegírico al Duque de Lerma”.
Se ordena Sacerdote, siendo nombrado Capellán Real.
Toda su vida se concentra en su actividad de Hombre de Letras, en sus polémicas, en sus amistades y enconos literarios.
Autor de Romances, Letras y Sonetos, compuso las “Soledades” (1613) y “Fábula de Polifemo y Galatea”.
Las obras citadas lo presentan como el “Príncipe de las Tinieblas”, inteligente y complejo, escéptico y mordaz.
Amante de la Belleza, su tensa expresión poética es colorida, magnificente, brillante y a veces ininteligible.
Su poesía se extiende en cultismos, hipérbaton, alusiones mitológicas e ingeniosidades conceptuales.
Es, en definición deL poeta y crítico español Dámaso Alonso, príncipe de Gongoristas, “la síntesis y la condensación intensificada de la lírica del Renacimiento, es decir, la síntesis española de la tradición poética grecolatina” (en su “G. y el ‘Polifemo’”, 1967, t. II; también sus “Estudios y ensayos gongorinos”, 1960).
Encuentra placer artístico en imitar el mundo de la Antigüedad, en los temas, el léxico, la sintaxis (influjo cultista de Petrarca, s. XIV, y de los conceptos del “Libro de la erudición poética” de Carrillo y Sotomayor, s. XVI).
“G. se apasiona por la hermosura del mundo” (Jorge Guillén: “Lenguaje y Poesía”, 1962).
“G. es ante todo el poeta perfecto. Su técnica es implacable y no deja cabo suelto por atar...Un artista único” (Gerardo Diego, “Nuevo escorzo de G.”, 1961).
2.- Fedra e Hipólito en Góngora.-
· El “Panegírico” es una composición fría, pomposa, arquitectónica, esencialmente cortesana:
“Si arrebatado merecí algún día
tu dictamen, Euterpe, soberano,
bese el corvo marfil hoy de esta mía
sonante lira, tu divina mano”.
Alabanza del Duque, de su infancia y mocedad. Evoca plásticamente, en octavas reales, las actividades del noble personaje: el manejo de las armas y el adiestramiento en los deportes viriles.
“Tal vez la fiera que mintió al amante
de Europa, con rejón luciente agita;
tal, escondiendo en plumas el turbante,
escaramuzas bárbaras imita;
viento dando a los vientos, ejercita,
la vez que el monte no fatiga vasto,
Hipólito galán, Adonis casto”.
(estrofa 9).
El toreo le apasiona, como la imitación de las escaramuzas de los moros, el juego de la pelota “de viento” (“al lanzar la pelota de viento’, da `’viento al viento’”, anota Alonso). Y la caza.
En este último menester, compara Góngora a su elogiado verso 8, bimembre, utilizando referencias mitológicas: Adonis e Hipólito.
Casto cual el famoso hijastro de Fedra, hermoso como el amado de Afrodita.
La tradición del mito habló de la afición a la caza de ambos personajes y Góngora, que tan profusamente recuerda las fábulas antiguas, tomó esta reminiscencia. “-No sé de amor, dice él, ni saber (quiero) salvo de un jabalí para cazarlo” (Shakespeare, “Venus y Adonis”, estr. LXIX).
Anota Dámaso Alonso los dos versos finales: “las veces que no se dedica a la caza, fatigando con los ojos todo el ancho monte, como un Hipólito que fuera bello como Adonis, como un Adonis que fuera casto como Hipólito”.
Shakespeare: “Adonis a la caza se partía, / que ama la caza y al amor lo ignora” (“Venus y Adonis” estr. I, trad. Mno. de Vedia y Mitre).
Comparando al Duque con ambos seres míticos, Góngora lo alaba soberbiamente, considerándolo tan hermoso como Adonis, tan intocado como el hijo de Teseo: unión de dos altas virtudes alabadas por el mundo y las leyendas antiguas, en una sola persona real.
La alabanza del peregrino a la Vida Aldeana, tiene como fuente la “Fedra vel Hipolitus” de Séneca, así lo reconoce Arturo Marasso (en sus “Estudios de literatura española”, 1954, y “Cervantes. La invención del Quijote”, íd., p. 265-269).
Monólogo de Hipólito (acto II, escena 2), es el tópico del “menosprecio de corte y alabanza de aldea”: “Que los vanidosos beban en codiciadas copas de oro. ¡Cuánto mejor es tomar con las simples manos, el agua, que nace de las fuentes!” (trad. J. Azagra).
El ‘joven casto’ que odia la naturaleza femenina, “siempre he gozado con odiar”, es un antecedente del desengañado peregrino de la creación gongorina (“náufrago y desdeñado sobre ausente”, ‘Soledad’, I, v. 9), alabando la “re rustica”, la perfección de lo simple, la pureza de lo natural.
“Esta esfera luminosa de sencillez limpia, de pobreza rica con sus dones de generosidad cumplida, es la paz que entre los montes distantes y las arboledas agrestes se ofrece al Peregrino como el ideal de vida perfecto” (Marasso, “Cervantes”, ed. cit., p. 267).
El mancebo de Góngora, como el Grisóstomo cervantino, representan la inversión Renacentista del mito de Fedra, el asunto trágico del amor no correspondido.
Como Fedra, el joven llora su soledad, “mísero gemido”, “lagrimosas de amor dulces querellas da al mar” (“Soledad Primera”, v. 10-11).
Hasta el mar, en bella imagen poética, se conduele de la lastimosa canción del náufrago.
(Puede leerse también, J. L. Alborg: “Hist. de la Liter. Española”, 1970, t. 2, p. 505-569. A. J. Battistessa: “El poeta en su poema”, Nova, 1965, p. 41-80. G. de Torre: “La difícil universalidad española”, 1965, p. 76-109).
Nuestras incursiones en la obra gongorina, siempre de admiración, continuadamente de atención y frecuentemente de goce estético (sobre todo en algunos “Sonetos” y en las “Soledades&rdquo
, nos han llevado, con gusto, a señalar dos reminiscencias del mito de Hipólito, en el arte Barroco del “Panegírico” y las “Soledades”...