EL MITO DE FEDRA- HIPÓLITO EN LA OBRA DE ENRIQUE LARRETA.-
Por Guillermo R. Gagliardi.
“Es ante todo, un pintor. Un pintor a la manera impresionista. Luminosidad y color” (Enrique Williams Álzaga, “La pampa en la novela argentina”, 1955, p. 263; también Id.: “E. L., el historiador y el artista”, ‘La Nación’, 25-8-1974).
El autor de “Zogoibi”, “La Gloria de Don Ramiro”, “Las dos fundaciones de Buenos Aires”, etc. (1873-1961) fue un escritor de fama internacional en su tiempo, Diplomático, hombre de riquezas, mundanas y a la vez, interiores, intelectual y esteta.
Amante de España y su historia, su mística y paisajes, construyó en sus obras un calificado Monumento Verbal al Mundo Hispano.
Conocedor del mundo y culto lector, en su juventud se entusiasmó por la Cultura Helena, sus luminosidades, sus secretos...
“Un día hermoso de Grecia, el gran cielo puro desplegaba sus velos de oro sobre el valle de Olimpia...
En medio del valle, sobresaliendo por encima de los muros, con sus santuarios, exvotos, estatuas innumerables, pórticos, carros de triunfo, la ciudad sagrada recortaba sobre el azul del cielo su acrópolis blanco.
El radiante mediodía reverberaba en los mármoles”.
Se inicia con un epígrafe de Eurípides, el Poeta Trágico Griego más “moderno”:
“¡Salve, oh, muy bella, la más bella de las vírgenes del Olimpo, Artemis soberana!. Te doy esta corona tejida en intacta pradera nunca tocada por la hoz, donde jamás ha pacido un rebaño, que sólo visita la abeja primaveral y el pudor fecunda con su rocío”.
Pertenece esta bella cita al “Hipólito”, y es pronunciada con unción por el hijo de Teseo, al empezar la obra trágica, luego de la portada de Venus.
En sus años juveniles, Larreta frecuenta los Clásicos Griegos, los lee asiduamente y hasta dicta cursos sobre Grecia y su Arte. “El joven heleno” lo apodaban quienes conocían entonces sus inclinaciones estéticas.
“Su” Grecia es la del Amor, inquieta y apasionada, vitalísima, no la distante, escolar, fría y marmórea.
Su poema “Mi Grecia” de “La calle de la vida y de la muerte”, así lo atestigua: “frenéticos perfumes”, “olor de sangre”:
“No ya la Grecia de la serenidad, la Grecia de Fidias; sino la arcaica, la frenética, la Grecia de la Orestiada, la Grecia de Esquilo, la que respira todavía el soplo del Asia.
La Grecia de mi primera exaltación”.
Cito por “Obras Completas” de E. Larreta, Prólogo de Enrique de Gandía, Estudio Preliminar de Arturo Berenguer Carisomo, 1959, 2 ts.
Así remata el soneto X:
“Vértigo de los himnos, Órfica, predilecta
belleza, ni armoniosa, ni pura, ni perfecta.
¡Oh! Sacro mal, divina fiebre con que el escoplo
remojaba las túnicas, ¡oh! Sombra, tú resumes
la verídica Grecia, tú agregas en tu soplo,
al olor de la sangre, frenéticos perfumes”.
Alude en su “Tiempos iluminados” al amor hacia el milagro griego; surgido en su infancia por obra de un profesor que le encomendaría pronunciar una conferencia sobre la Atenas de Pericles: y la publicación posterior de esta novela corta, de asunto helénico, donde demuestra su erudición en historia y arte Clásicos y su inclinación por un mundo violentamente bello (Obras comp.., t. II).
En esa concepción encuadra el autor la sensual historia de Myrcia y Dryas. Sensual y trágica, la febril Myrcia no logra seducir plenamente al joven atleta Dryas, por la intervención de Artemis, quien con su influjo aparta a su devoto joven del pecho anhelante de la hetaira.
Dryas es concebido por el autor a la imagen de Hipólito, el hijastro de Fedra.
Cauto cultor de Diana- Artemisa, su vida es retraída y pura, es hermoso como un dios (Hermes):
“¡Es Dryas de Mesenia, vencedor en el pancracio! –exclamó el escultor Piladse- ¡Por Zeus! ¡Jamás he visto un cuerpo más hermoso, ni más noble cabeza! Al verle se experimenta, como ante las bellas estatuas, la tentación de tocarle y sentir bajo la mano las ondulaciones armoniosas y el relieve de los músculos. Hay algo de divino en su cuerpo...”.
(O. comp.., t. 1, p. 48).
Parécese la imagen divina que el artista de “La muerte en Venecia” (1911) de Thomas Mann, percibe en la figura de Tadzio, y también al mancebo de “Arbaces, maestro de amor” de Arturo Capdevila, de 1945, con el escenario epicúreo de la Atenas decadente.
Myrcia, semeja a Fedra, en su fiebre de loco amor; temblorosa, corre por la selva en busca del atleta. Su retrato es labrado detalladamente por la artística prosa del autor, su hermosura es temible, “todo en ella era ritmo y fascinación”. Recuerda la Fedra (1909) de G. D’Annunzio, instintiva y “báquica”.
Hipólito euripídeo se trasvasa en Dryas: reserva y frialdad, arisco e incorruptible...
“Como una luz que brilla de pronto en la noche, así la belleza de Dryas atrajo todas las miradas. Una gracia armoniosa se desprendía como una claridad, de las formas de su cuerpo vestido apenas por la sobria túnica doria...”.
La sensualidad perceptiva del autor, su inclinación estética, tan fina y sutil, preciosista, nos recuerda asimismo los retratos y evocaciones efébicas de Manuel Mujica Láinez (1910-1984), p. ej., “Sergio”, 1976.
Tímido y selvático, el efebo, intacto en su inocencia y belleza, desdeña las caricias de Myrcia. Dryas y los bosques de Artemis forman un núcleo de luz y serenidad, en antítesis con el ambiente alocado de la ciudad de Olimpia y los deseos de Myrcia en la tragedia de Eurípides (Fedra-Hipólito, Dionisos-Apolo,...Myrcia-Dryas)..
La diosa preside los actos de su cultor, quien ha consagrado su vida como en la tradición mítica que Larreta conoce y continúa, a la Diosa de los bosques, claros y rumorosos.
“Lo que Larreta consigue, en el juvenil ensayo, es dar la sensación luminosa plenaria de la Grecia del Arte, de la Grecia de Taine”, A. Berenguer Carisomo, loc. cit.
Max Henríquez Ureña, el escritor dominicano (1885-1968), advirtió la influencia de “Afrodita” (1896) de Pierre Louis (1870-1925) en “Artemis”.
Louis aspiraba, como Larreta, a resucitar en sus novelas y cuentos, la Grecia Antigua, “la gran sensualidad griega”. Había escrito una imitación de escritos helénicos bajo el título de “Las canciones de Bilitis” (v. “Arqueología literaria. ‘Afrodita’ P. Louis”, Sergio Crivelli, ‘La Prensa’, 6-5-1979; “Influencias francesas en la novela de la América Española”, en “La novela hispano-americana”, selec., introd.., y notas Juan Loveluck, Chile, 1969).
Myrcia encarna el deseo, el instinto; Dryas, la nobleza y castidad. Preludio del tema filosófico central de todas sus obras (A. J. Battistessa: “Goce y desengaño del mundo en los textos del autor de ‘La gloria de Don Ramiro’”, en Boletín Acad. Arg. de Letras, nº 149-150, jul.-dic. 1973, p. 271-312. Íd.: “Recuerdo de E. L.”, Boletín Soc. Arg. de Estudios Dabtescos, a. XII, 1962, p. 11-18. A. B. Carisomo: “Los valores eternos en la obra de E. L.” (1946).
· Una directa y circunstancial presencia de Fedra, aparece en otro libro de nuestro escritor, en sus poemas de “La calle de la vida y de la muerte” (1939), Soneto XXXIV: “Retrato de Mujer”.
El alma de la mujer desea soñar y pensar libremente como la noche, sufrir y gozar:
“...Quiere ser por momentos
Balkis, Fedra, Cleopatra; ser Semíramis y
también Safo de Lesbos. Ceder al frenesí
de los goces malditos, llorosos y violentos”...
Solamente esa mención poética, en el 2º cuartero, enumerativo y de significación mítica.
Es el retrato del alma femenina, agónica, anhelosa de amor y pureza, febriciente y dionisíaca, locura y desierto, como Fedra...
(Puede cons. también, B. González Arrili: “E. L.”, en su “Tiempo pasado”, 1974, p. 433-437. Julio Noé: “E.L.”, en “Hist. de la Liter. Arg.”, R. A. Arrieta, dir., tomo 4. Carmelo M. Bonet: “E. L.. Novela en la primera mitad del siglo XX”, Ibíd., p. 251 y ss. ).
El milagro helénico lo había deslumbrado desde niño y su estética se identificaría largamente con las aspiraciones de su Clasicismo Estético.