sábado, 10 de enero de 2009

EL MITO DE FEDRA EN  “EL GRAN GALEOTO”  DE   JOSÉ ECHEGARAY.-

 

 

                                                                        Por Guillermo R. Gagliardi.

 

 

 

José Echegaray, 1832-1916. Político, Ingeniero y Dramaturgo vallisoletano.

Sus obras: “O locura o santidad”, “El abuelo”, “Un milagro en Egipto”, “El hijo de don Juan”, entre otras.

Alcanzaron fama, como planteos, en estilo grandilocuente y confusa estructura, de serios problemas íntimos. Obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1904.

 

La trama argumental de “El Gran Galeoto”, drama en verso de 1881, posee similitud con la de “Un drama nuevo” de Tamayo y Baus.

Y con la situación dramática que presenta el mito de Fedra: Ernesto es recogido por don Julián en su casa, al morir su padre. La esposa de Don Julián, Teodora, es joven y  hermosa, como joven es Ernesto. De esta relación amorosa entre ambos se murmura constantemente.

 

Ernesto “quiere escribir un drama cuyo principal personaje sea ‘todo el mundo”.

Finalmente, inspirado en los amores de Paolo y Francesca (recreados maravillosamente por Danbte Alighieri en el siglo XIV, en su “Divina Comedia&rdquoGuiño.

 

Entretanto –acota Echegaray- como Teodora, la esposa de don Julián, es joven y bella, la gente comienza a chismosear acerca de ella y Ernesto. .

 

El drama se desat violentamente, cuando el hermano de Don Julián, le advierte sobre su esposa y Mercedes habla con Teodora.

 

Cuando ésta sabe por boca de Mercedes, lo que de ella se sospecha, exclama, en zozobra por la idea de la culpa:

 

                        “Pues escucha, aunque te irrites;

                        cuál es más vil no sé yo:

                        o tú que me lo repites.

                        ¡Maldito el labio mundano,

                        que dio forma a tal idea!.

                        ¡y maldito quien lo crea

                        por imbécil o villano!.”

                        .....

                        “Jesús, nunca lo pensé;”

 

“¡Qué angustia siento en el alma...

                        qué desconsuelo... y qué frío!

                        ¡Por la pública opinión

                        de esta manera manchada...!

                        ¡Ay, mi madre...! ¡Madre amada...!

                        ¡Ay, Julián del corazón!”.

 

Esta Fedra-Teodora aparece enfáticamente, desesperada, por el honor mancillado por las calumnias, y por una pretendida culpabilidad, que desecha:

 

                        “Pero, ¿por qué...? ¡No parece

                        sino que yo soy culpable!

                        ¡La calumnia miserable

                        no mancha, sólo envilece!

                        ¡Es engendro tan maldito

                        que, contra toda evidencia,

                        se nos mete en la conciencia

                        con el sabor del delito!

                        ¿Por qué de un necio terror

                        me oprimen los ruines lazos?”.

 

El autor “nos arroja con mano potente en la vorágine del delirio, y una vez en ella, a su antojo,nos estremece y sacude” (Calixto Oyuela, “El Gran Galeoto” y “España y Echegaray”, en su “Estudios Literarios”, ed. 1943, t. I, p. 157-164 y 433-460).

 

Las sospechas, los dimes y diretes de la chusma, engendran una nueva realidad inexistente en los hechos concretos, pero creíble por la mayoría maledicente.

 

Ernesto, quien confiesa a todos no haber obrado con deshonor, “con profunda emoción, con angustia profundísima, con acento desesperado”, declama a Teodora,

temblorosa y sollozante (Don Julián se bate en un duelo por defender el honor de su mujer):

 

                        “¡Me importa poco del mundo,

                        desdeño sus maldiciones,

                        y me inspiran sus pasiones

                        el desprecio más profundo!

                        ----

                        ¡Pero usted! ¡El ser más puro

                        que forjó la fantasía!

¡Usted, por quien yo daría

                        una y mil veces, lo juro,

                        y con ansia, con anhelo,

                        en esta insensata guerra,

                        no ya mi vida en la tierra,

                        sino mi puesto en el cielo!”.

 

Ernesto se diferencia notablemente del Hipólito de la tradición mítica. Ernesto declara su amor a Teodora, a quien adora románticamente, mientras el hijo de Teseo es desdeñoso y huraño.

 

Siempre la fuerza de las apariencias y las sospechas vanas serán el motivo de la obra.

 

Por las acusaciones de  Severo y  Mercedes, don Julián admite con  desconsuelo, la infidelidad de Teodora:

 

                        “¡Si yo te adiviné...! ¡Sí sé que le amas...!

                        --------

                        “¡Sí lo sabe Madrid...! ¡Madrid entero...!”.

 

Ernesto le replica, decididamente:

 

                        “¡Del hervor de la sangre, del delirio,

                        todas esas traiciones son engendros!”.

 

No muere Teodora-Fedra sino don Julián.

 

Ernesto en el final proclama retóricamente su amor, inventado por la lengua de los necios: la amará y besará para, por despecho, no desmentir, lo que el vulgo propaló infundadamente, en una escena culminante de delirio y efectismo, de un lenguaje intenso y patético:

                       

“¿Queréis amor...? Pues bien: ¡amor inmenso!

                        -----

                        ¡Vosotros a inventar...! ¡Yo, a recogerlo!

                        ¡Y contadlo...! ¡Contadlo...!,,,”.,

 

El desenlace es violento, Julián muere maldiciendo a su esposa y pupilo.

 

El colorido es vivo, fuertemente apasionado, neo-romántico, melodramático.

 

“Su luz es la que incendia y abrasa” (Oyuela). No es la luz serena y pura del Clasicismo, a lo Tamayo.

 

“Lo único que yo veo en el teatro de Echegaray, son conflictos ilógicos y contra naturaleza, seres que no pertenecen a este mundo y hablan como delirantes; y cerniéndose sobre todo la fatalidad más impía y más ciegamente atormentadora de sus víctimas”, Menéndez y Pelayo, magiser, dixit.

 

 

 


Publicado por Desconocido @ 7:25
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