EL MITO FEDRA-HIPÓLITO en la Narrativa de Thomas Mann.-
Por Guillermo R. Gagliardi.
Thomas Mann (1875-1955) consideró a Grecia como fuente inigualable de su arte literario. Y lo demostró estudiando los Mitos Griegos (p. ej. léase su Correspondencia con el filólogo húngaro Karl Kerenyi, muerto en 1973, autor de “Los Dioses de los Griegos”, “La Religión antigua”, “Hermes”, “Eleusis”, etc.; “Mythology and Humanism.The Correspondence of T. M., K. K.”, Cornell Univ. Press) y transmutándolos en personajes de sus novelas. Entre éstos, el Tadzio de “Der Tod in Venedig” y José de “Joseph und seine Brüder”.
Los Mitos Antiguos, el arte de Homero y Platón, lo acercan a una concepción de la Belleza al modo helénico. La Belleza no es exclusivamente una aspiración y una idea femenina, leemos en su “Exigencias de la actualidad”, ( “Obras Completas”, T. M., ed. Plaza y Janés, Barcelona, , 1965, 1967, 1968, 3 tomos).
En “Muerte en Venecia” (1912), Tadzio es espléndido en su belleza física y espiritual, “como la figura de un Dios”, “sólo podía inspirar imágenes de mito y ser como el mensaje lírico de los primeros tiempos, de los tiempos de la génesis de las formas y del nacimiento de los Dioses”. ‘Bello como el más bello Dios’ expresa G. D’Annunzio de su Hipólito...
Desde niño, Mann lee con gusto y admirará adultamente, con actitud de fervor y entrega, la mitología del pueblo griego, los símbolos y leyendas creados por esa Civilización.
Al ver al adolescente Tadzio, describe luminosamente a un ser Divino: “sus cabellos de color de miel le acariciaban las sienes y la nuca con sus rizos; el sol alumbraba una suave depresión entre sus hombros....¡Qué disciplina, qué precisión de ideas se reflejaban en aquel cuerpo esbelto y perfecto de muchacho!” (loc. cit., trad. J. Ferrer Aleu).
También el escritor británico Aldous Huxley (1894-1963) en su “Limbo” (1918) (“Novelas” de A. H., t. I, ed. 1957, Barcelona, trad. C. Rojas) aparece el escultural Lord Francis Quarles, “un muchacho apuesto, con rizada testuz de oro, cuerpo y miembros dignos de una escultura grecorromana”. Arrogante y aristócrata. Surge “un día, a mitad del curso de verano, uno de estos días de sol deslumbrante y cielo inmaculado”.
Brillante, apolíneo como una visión arcádica, en la luz dorada de la mañana, deja “encantado” a Dick, uno de sus “espíritus hermanos”, jóvenes universitarios. “Luminoso y apuesto,...como una revelación”. El sentimiento de amor griego se despierta en Dick, como en la novela de Mann. “Un éxtasis doloroso precipitó los latidos de su corazón y le retorció las entrañas. Se sintió morir. Acababa de enamorarse”. Una pasión que se extinguirá.
Dick es bajo y nervioso, Francis, displicente y arrogante. “Lo Greco-Romano y lo Gótico se presentan juntos. Dick, ardiente y vital, el otro, sereno e impasible.
Fuente bíblica. Tadzio se hermana con José, el de la tetralogía famosa: “José y sus hermanos” (sigo ed. Guadarrama, 4 vols., 1978). En esta obra, utiliza los Mitos griegos como tema novelesco, junto con alusiones políticas del momento (siempre simbólicamente, en el “Doctor hermeticus&rdquo
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Creemos que José tiene aires de Hipólito. Es joven y casto, pero como un Dios igual que Tadzio. Por otra parte, en el Génesis, libro IV, encuentra Mann la historia de José y la esposa de Potifar, Mut-em-enet. Ésta, estando ausente su esposo, ministro del Faraón, lo requiere de amores al hebreo, quien se niega a claudicar de sus ideas de pureza interior, al modo cristiano.
Ella, anticipando la pasión de Fedra en Eurípides y Séneca, le dice repetidamente: “Acuéstate conmigo”. La negativa de José es obediencia a Yahvé, fidelidad a su Señor, protector y dadivoso, ética cristiana: “¿voy a hacer yo una cosa tan mala y a pecar contra Dios?” (“Génesis”, 39, 9), utilizo “Sagrada Biblia”, versión E. Nácar Fuster y A. Colunga, O.P., 27ª edición B.A.C., Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1968).
Como Fedra, Mut-em-enet traiciona a su amor, lo acusa, a la llegada de Potifar, de haber intentado burlar su voluntad: “Mirad,...ha entrado a mí para acostarse conmigo...”. Ella, como el viejo y valeroso Teseo, castiga a “ese hebreo”: “le metió en la cárcel donde estaban encerrados los presos del rey”.
También Lope de Vega en el Siglo Áureo español, escenificó la vida de José, a su manera y según su sensibilidad, popular-hispánica, en su comedia religiosa, “Los trabajos de Jacob”.
Fuente egipcia. Abraham Rosenvasser, el destacado egiptólogo argentino, publicó en 1976 “Los dos hermanos”, composición literaria popular del Antiguo Egipto, transcripción jeroglífica en “The Literature of Ancient Egupt”, ed. Simpson, traducido en “Romans et contes égyptienee de l’époque pharaonique” de Lefebvre, etc. (véase A. Rosenvasser, “Introducción a la Literatura egipcia. Las formas literarias”, en “Revista del Instituto de Historia Antigua Oriental”, nº 3, 1976, Univ. Nac. Bs. As.-Facultad de Filosofía y Letras, p. 7-105). Y Eduardo González Lanuza, “La cultura postergada”, ‘La Nación’, 19-8-1979, recensión de la publicación citada).
“La literatura del Antiguo Egipto ha penetrado en el mundo culto de nuestros días con el tesoro de sus cuentos populares...”. “Lo que ha sobrevivido de la literatura del antiguo Egipto tiene sólo valor fragmentario, al punto de que los restos conservados no alcanzan para integrar el proceso de una historia de la literatura del país, en el ámbito de los tres mil años de su vida”.
Entre las ricas y sorpresivas manifestaciones de este arte literario, “el tema mítico o la expresión mítica es frecuente”. En los himnos a los dioses, “constituyen la materia principal de su contenido”. En textos dramáticos, como el “Papiro del Ramesseum” (triunfo de Osiris y su reencarnación en Horus), o en la “Piedra de Sabacón”, “que fundamenta la supremacía de Menfis y de su dios Ptah, creador de los dioses y del mundo unificado del Egipto”.
También argumentos mitológicos aparecen en antiguas narraciones como en “Los dos hermanos”, donde el joven Bata, en su Primera parte, como un inocente Hipólito (o el José bíblico), es seducido por la mujer de su hermano. (“tú eres para mí como una madre, y tu marido, es para mí como un padre&rdquo
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La situación referida presenta similitud con la de Putifar en el Génesis y, por supuesto, ciertos visos de Fedra, amante angustiada y solícita.
Asi como Hipólito vivía en los bosques honrando a Diana la cazadora, Bata, “iba detrás de su ganado a los campos”, trabajaba la tierra con nobleza y vivía apartado “en medio de sus vacas diariamente”.
El texto egipcio asemeja al casto y solitario Bata, con el Hipólito de Eurípides y con el Tadzio manniano, por su divina juventud: “en verdad (...), era un bello mocetón que no tenía su igual en todo el país: había en él la fuerza de un dios”.
Pidiendo el amor de Bata, como la Fedra de D’Annunzio, la mujer de su hermano, intenta seducirlo: “Y ella deseó conocerlo como se conoce a un varón. Se levantó pues y cogiéndolo le dijo: ‘Ven, pasemos una hora, acostémonos...”. Sugiere los requerimientos eróticos de Fedra, en las “Heroidas” de Ovidio. “El joven se volvió entonces como pantera del Alto Egipto, furioso por la mala proposición que ella le hizo...”.
Fiel a su hermano, como José en la protección de Yahvé. Como la esposa de Putifar en el texto bíblico, la mujer de Anubis repite con insistencia sus deseos y expresa su sensualidad de urgente concreción.
Como Fedra, maliciosa y traidoramente, acusa a Hipólito ante el esforzado Teseo, simulando una vejación inexistente, la mujer de Anubis “tomó entonces grasa y sebo y se hizo fingidamente como si hubiera sido golpeada, pues quería decir a su marido: ‘Es tu hermano menor el que me ha golpeado’”. No es Fedra que en Eurípides se arrepiente y dice a Teseo: “hay que devolver la inocencia a nuestro hijo, él no era culpable”.
El intencionado fingimiento de esta Fedra egipcia, enfurece a Anubis, quien intenta matar a Bata. Éste es salvado por acción de Para-Harakhte, (como Hipólito por Diana). El Dios “escuchó todas sus súplicas” e “hizo surgir entre él y su hermano mayor una gran (extensión) de agua que estaba llena de cocodrilos”.
Bata revela la verdad a Anubis: “Y bien, ella ha dado vuelta las cosas a ti en sentido contrario”. “Buscó una caña filosa y se cortó el miembro; lo arrojó al río...”.
Culmina la narración con los sucesos mágicos del Valle del Pino y la transformación de Bata en un toro mítico y en árbol, “pare renacer al fin de nuevo en figura humana, pero como Faraón”.
Es interesante y provechoso, pues, señalar este antecedente literario, esta creación egipcia, semejan al mito de Fedra, Hipólito, en los motivos (pasión deshonesta), los protagonistas y la situación dramática.
José e Hipólito. Esa es la fuente que revive Mann en su grandiosa novela, que consta de 4 partes, que son las sucesivas etapas de la vida del personaje bíblico: “Las historias de Jaco”, “El joven José”, “José en Egipto” y “José , el proveedor”. Densa y animada tetralogía, escrita en el período de 1933 a 1943.
En la 3ª parte, ubica su autor el episodio que comentamos. La ansiosa mujer de Potifar, fatal y perversa como la Salomé (1891) de Oscar Wilde (1854-1900) , p. ej. Salomé, hija de Herodías y el Profeta Yokanaán. Ésta la rechaza:
“¡Atrás, hija de Babilonia!
No te acerques al elegido del
Señor. Tu madre ha manchado
la tierra con el vino de sus iniquidades
y el clamor de sus pecados ha llegado
a los oídos de Dios”
(“Obras completas”, trad. J. Gómez de la Serna, Madrid, 1972, p. 756)..
La seductora esposa del magistrado, como expresa Oscar Caeiro, “pone a prueba su fe, que triunfa” (“Alusión y futuro. José y sus hermanos”, en “T. Mann. 1875-1945. Homenaje en su Centenario”, Univ. Nac. La Plata, 1975).
Antes José es arrojado al fondo de un pozo y vendido como esclavo, ahora, es arrojado a la cárcel, por la temible ira de Potifar (poderoso y colérico como Teseo), así como Hipólito muere por obra de los monstruos marinos.
Estos avatares de la historia de José fueron también evocados por la zarzuela “La Corte de Faraón” según datos de José Luis Lanuza (en su “José y los sueños de grandeza”, en su “Las brujas de Cervantes”, 1973).
Hipólito es protegido y amado por la diosa Diana-Artemisa, José es un “amado por los dioses”. Esta somera relación surgió de nuestra lectura del ensayo de Paul Valery “Sobre Fedra mujer” (incl. en su “Variedad&rdquo
. Para el poeta de Sête, hay que ver a Fedra de la misma manera implacable como vio Rembrandt a la esposa de Potifar, “cuando la grabó en el cobre, furiosamente retorcida y tendiéndose hacia José fugitivo” (cuerpo retorcido como los cabellos de Fedra en Séneca y en Racine).
Fedra y la mujer del Génesis, se igualan en su apetito desenfrenado, en su animalidad (Valery), en la monstruosidad de su innoble pasión. Pero ambas, la hembra griega y la egipcia, se diferencian, en la madura belleza de aquélla y la fealdad arrebatada de ésta. “La dama egipcia no es hermosa, y no tiene que serlo. Muestra con su fealdad la certidumbre de que su sexo acorralado debe bastar y va a vencer”.
Noble como Hipólito, es Belerofonte, hijo de Glauco, cuyo mito es referido en la epopeya, el poema escrito más antiguo de la Literatura Occidental, la “Ilíada”, canto VI, atribuida a Homero, siglo VIII a. C. Como José, éste es asediado por la lujuria de Antea: “Pero Antea divina, la esposa de Preto, furiosa se sintió contra él pues quería su amor clandestino y, al no haber seducido al honrado héroe Belerofonte, con mentiras le habló de este modo al Rey Preto; le dijo: “¡Ojalá!, Preto, mueras, o bien mata a Belerofonte que en amor quiere unirse conmigo...” (trad. F. Gutiérrez, “Obras” Homero, Barcelona, 1968).
Antea es Putifar y es Fedra, que encubre su amor, injuriando a Belerofonte ante Teseo, el colérico rey de Argos, (Preto, en este mito). (ver también Eurípides, “Estenebea&rdquo
. El mismo motivo aparece en el mito de Peleo, que rechaza el asedio amoroso de Hipólita, quien lo acusa ante su esposo Acasto (Eurípides habría escrito una tragedia sobre Peleo). María R. Lida de Malkiel cita esta huella literaria en su “El cuento popular y otros ensayos”, ed. 1976: “Motivos populares de la ‘Ilíada’”.
La saga de José es una historia pasional de un amor trágicamente correspondido, con base bíblica y claras alusiones míticas. Estas últimas se identifican en los caracteres del protagonista, que como el Dios Hermes es inteligente y astuto, ladrón y joven, tenía el Don de aparecer y desaparecer, como José en la novela.
Met-em-enet encarna lo Dionisíaco, las Ménades o Bacantes “que consumaban su rito, atrapando un joven corzo y destrozándolo con los dientes”.
José es Hermes y Adonis, y es Hipólito, puro e injustamente castigado. Para nosotros Mut-em-enet es Fedra, Venus Ishtar, ciegamente enamorada, pérfida en sus acusaciones finales. Babilónica, la Venus romana, diosa de la batalla y del placer, que descendió al Infierno en busca de Tammuz, el joven amado, según nos informa la mitología Mesopotámica. En Babilonia y Nínive representa la amante voraz, el “erotismo desencadenado” (v. “Estrella de la mañana” por Elvira Orphée, ‘La Nación’, 20-1-1980).
Es Ishtar o Astarté. Ella simboliza el Mal y la Destrucción, Mann la transforma en una “bruja”. El breve relato bíblico de la seducción y falsa acusación es transmutado en una larga y detallada narración, de magistral matización psicológica, en la novela germana: las circunstancias, de una fiesta popular egipcia, la diferente clase social a que pertenecen sus protagonistas (en la tradición mítica de Fedra, ella y su hijastro pertenecen a la nobleza, reconociendo su descendencia solar), y las referencias políticas contemporáneas (ambiente festivo y de despreocupación, acusación de la esposa en tono demagógico), “un discurso para azuzar a la jauría”, apelando a los sentimientos de nación para destruir con vileza al enemigo. Historia contemporánea, mito e ironía se aúnan en su novelística.
Conclusión. La magna obra del creador de “Doctor Faustus” y “Los Buddenbrook” nos enseña que “cumplir con el deber que tenemos para con la vida” es “trabajar por el espíritu de la nación, por su moral y su cultura, por su libertad espiritual, por su nivel intelectual”. “Trabajar por la humanidad para la cual se desea decencia y orden, justicia y paz, en lugar de mutuas calumnias, mentiras y odio”, pues “el último medio siglo ha presenciado una regresión de lo humano, un inquietante desgaste de la cultura,,,” (trad. N. M. de Machain, en “Panorama de la Literatura Alemana” , compil. W. Langenbucher, introd.. F. Auerbach, 1974).
En el año de su muerte, 1955, y al cumplirse, coincidentemente con el sesquicentenario de la de Schiller (1805), pidió públicamente, que la Humanidad se afane en cultivar la Belleza, en amar la Verdad y la Bondad, el Arte y la Libertad Interior respetándose por sí misma.
Bibliografía complementaria:
- Rodolfo Modern: “La literatura alemana del siglo XX”, Columba, 1969, p. 94-108. Íd.: “Hist. de la liter. Alem.”, vs. edic. Ib.: “T. Mann” (‘La Prensa’, 7-6-1975).
- José Lasso de la Vega: “Unanimismo y mito clásico en la obra de T. Mann” (en “Filología Moderna”, Madrid, nº 7-8, 1962, p. 35-64).
- Carlos A. Ronchi March: “T. Mann y los griegos” (‘La Nación’, 9-9-1979).
- Sergio Crivelli: “Vida y espíritu en el mito (“José...)” (‘La Prensa’, 10-9-1978).
- José Lezama Lima: “Mann y el fin de la ‘grandeza’” (en su “Tratados en La Habana”, Obras Completas, t. II, México, ed. 1977).