jueves, 15 de enero de 2009

            EL MITO DE  FEDRA  EN  LA  OBRA  ANATOLE  FRANCE.-

 

 

                                                                        Por Guillermo R. Gagliardi.

 

 

  • Anatole  François  Thibault, ANATOLE FRANCE (1844-1924), Premio Nobel de Literatura 1921, ha sido el último rayo luminoso de la Literatura Francesa Clásica.

 

Amante del equilibrio y la serenidad, su estilo literario se parece al griego antiguo o al del Àureo siglo de Luis XIV en Francia.

 

Fervoroso de los libros, Bibliotecario en el Senado, Académico desde 1896, coleccionista y culto lector, “supo hacer de su París natal una segunda Alejandría, griega y judía, erudita y letrada, la Alejandría  que está en potencia en el clasicismo francés...” escribió Albert Thibaudet (“Historia de la literatura francesa. Desde 1789 hasta  nuestros días”,  3 ª ed. castellana, 1957, p. 368-372).

 

Mesurado y elegante al modo de la corte gala. En 1889 conoce en intimidad la Filosofía de la Hélade, por influjo del pensador e historiador de la filosofía Víctor Brochard (1848-1907)... Reencarnó esa Sabiduría Clásica en  su  socarrón Abate Jerónimo Coignard y en su temible  M. Bergeret.

 

Risueño y sabio, tolerante y escéptico, irónico y piadoso, sofista, agudo, fue el Último Clásico, con su estilo natural y claro, pleno de moderación y radiante armonía. “La Guerra y el Romanticismo, ¡una plaga!”...

 

Compasivo con el sufrimiento de los débiles (“El caso Crainquebille”, 1901), “Amó a los seres simples, a los que guardan su virtud y su encanto en la bondad elemental del alma” apreció Juan P. Echagüe (en su “La emoción y el sentimiento  en la sombra de A. F.”, incluido en su  “Enfoques intelectuales”, 1943 y luego antologado en  sus “Páginas Selectas”, 1945, p. 259-266).

 

Su obra consagrada, desde el “affaire Dreyfus” (1894), se torna satírica y hasta polémica. En su “Las opiniones de J. Coignard” (1893) y en “la isla de los pingüinos” (1908) se burla de la Civilización tecnificada y ataca precisamente sus instituciones más representativas: la Religión, el Patriotismo, la Familia...

 

 

  • “Thaïs” es una narración escrita por France en 1890, inspirada en la “Tentación de San Antonio” de Gustave Flaubert (1821-1880), historia exitosa de una pecadora salvada y un ermitaño condenado.

 

Taïs semejaba una preciosa estatua, con una mirada serena de ojos violeta, “imponiendo a todos el estremecimiento trágico de la belleza”.

 

Pafnucio es en la obra, un asceta penitente que se  ve empujado por una multitud (ob. cit., cap. I: “El loto&rdquoGuiño  y un personaje aún sin nombre, en dirección al teatro.

Allí es admirable la luz que inunda el anfiteatro y la alegría de los espectadores. Cito por “Obras Escogidas” de A. F., trad. y Prólogo Luiz Ruiz Contreras, Madrid, 1979. También, admirable, la alegría de los espectadores.

 

Su acompañante, llamado Dorión, él mismo lo revela, “dolido por la decadencia del teatro”, ante el silencio de Pafnucio, recuerda los tiempos antiguos, de Eurípides (480-406 a. C., uno de los tres grandes Poetas Trágicos griegos)  y Menandro (342-292 a. C., comediógrafo griego). Añora la majestad y hondura de la Tragedia Clásica.

 

Vituperan ambos, Pafnucio y Dorión, el temible poder de las mujeres:

 

“¡Por  los dioses imperturbables –exclamó Dorión-, la mujer no procura a los hombres el placer, sino la tristeza, la turbación y las negras preocupaciones!”.

 

Y le relata una visita a Trecene, donde

 

“he visto un mirto de un grosor prodigioso, cuyas hojas estaban cubiertas de innumerables picaduras”.

 

Y hace referencia a la Leyenda mítica de Fedra e Hipólito, de venerable linaje en la Literatura Universal:

 

“La reina Fedra, en el tiempo en que amaba a Hipólito, estaba todo el día lánguidamente recostada sobre ese mismo árbol, que aún se ve hoy.

En su mortal fastidio, sacaba la aguja de oro que prendía sus rubios cabellos y taladraba las hojas del arbusto de bayas olorosas”..

 

Y continúa con el relato de la muerte de Fedra:

 

“Después de haber perdido al incauto a quien perseguía su amor incestuoso, Fedra, tú lo sabes, murió miserablemente.

Se encerró en su cámara nupcial y se ahorcó, valiéndose de su cinturón de oro suspendido en una clavija de marfil”.

 

Concluye:

 

“Los dioses quisieron que el mirto, testimonio de tan cruel desdicha, conservara sobre sus hojas nuevos pinchazos de aguja”.

 

Como lección de valor personal, cuenta Dorión que tiene una de dichas hojas en su lecho, “para estar constantemente advertido y no abandonarme a los furores del amor...”.

 

En el “Hipólito” de Eurípides, Fedra pasaba sus días agobiada y doliente, en su lecho, encerrada en su palacio.

En la “Fedra” del romano  Séneca (4 a. C-65 d. C.), la reina “se suicida ante el destrozado cuerpo de Hipólito, atravesándose el vientre con una espada”.

En la homónima tragedia de 1677 de Jean Racine (1639-1699), la esposa de Teseo elige “un veneno que Medea trajo de Atenas”, para terminar con sus dolores (Gabriel des Hons: “A. F.  et J. Racine, ou la clé de l’art Francien”; Luis Reissig: “Afinidades y discordancias. J. Racine”, en su “A. F.”, Anaconda, 1933, cap. IV, p. 85-94).

 

 

  • En esa genial sátira de nuestra época que es “La isla de los pingüinos”, France relata la fantástica existencia de ‘un monumento de la literatura pingüina’ del siglo XVI: un viaje a los Infiernos escrito por el monje Marbode.

 

Y transcribe, imaginariamente, su texto. Allí, como en las galerías de Alain de Lille y B. Silvestre del siglo XII (literatura medieval latina), aparece Fedra, la primera entre  otras “víctimas del amor”:

 

“En el fondo de una caverna oscura, Minos juzgaba a los hombres. Penetré en el bosque de mirtos donde vagaban lánguidamente las víctimas del amor: Fedra, Procris, la triste Erifilea, Evadne, Pasifae, Laodamia, Cenis y Dido  la fenicia”.

 

Nuevamente el mirto o arrayán, árbol cuyas ramas se ofrendaban a Afrodita. Y la presencia imponente de Fedra, y otros personajes de la mitología Antigua, Minos, su padre, legislador y tirano:

 

                        “Minos juzga en los infiernos a los pálidos hombres”

 

dice Fedra a Enona, en la obra de  Racine (escena 6, del acto IV). France: “Le génie latin. J. Racine”, Lemerre, 1913, y en sus “Obras Completas”, Intermundo, Bs. As, 1946, vol. VII, p. 232-249.-

 

 

  • Éstas son las únicas referencias eruditas al mito de Fedra que hemos hallado en la ingente y celebrada obra de France.

 

De la frecuentación de sus bellos textos, nos admira su vocación de fino lector, de amigo de los libros, y su estilo, culto de la Razón y la Belleza,  la unión de Francia y Grecia, de Arte y Pensamiento, en suma.

 

El afamado autor, hoy un poco olvidado, de “Le crime de Silvestre Bonnard” y “La vie litteraire”, un símbolo de la Civilización, de la Cultura y la Tradición (europea, greco-romana, latina-clásica) ante la Barbarie que significó la primera Gran Guerra (1914-1918)...

 

 

Bibliografía complementaria:

 

-         Becher, Emilio: “Diálogo de las sombras” (Univ. Bs. As., 1938, p. 11-27).

-         Bietti, Oscar: “Glosas del escribir: A. F. y la posteridad” (“La Prensa”, 22-9-1974)

-         Bonet, Carmelo M.: “”Sobre la crítica impresionista” (en su “La crítica literaria”, Nova, 1967, 2ª ed., esp. P. 82-85).

-         Giusti, Roberto F.: “A. F.” (en su “Siglos, escuelas, autores”, Problemas, 1946, p. 203-209).

-         Lanson-Tuffrau: “Un artista revolucionario” (en su “Historia de la literatura francesa”, 1956, p656-659).

-         Loudet, Osvaldo: “Sobre la ironía y la piedad” (en su “Vocación y vida”, Emecé, 1979, p. 201-207).

-         Rodó, José Enrique: “A  A. F.” (en su “El mirador de Próspero”, en sus “Obras Completas”, 1967, 2ª ed., p. 577-580).

-         Romero, Francisco: “A. F.” (en “Rev. de Educación”, Tucumán, 1921, a. 2, nº 15, p. 10-15).

-         Ruiz Díaz, Adolfo: “Una relectura de A. F.” (en Revista de Literaturas Modernas, Univ. Nac. Cuyo, nº 14).

-         Sáenz Hayes, Ricardo: “a. F.” (en su “De Stendhal a Gourmont”, BABEL, 1923, p. 233-245).

 


Publicado por Desconocido @ 8:57
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