EL MITO DE FEDRA EN LA CRÍTICA LITERARIA DE CALIXTO OYUELA.-
Por Guillermo R. Gagliardi.
“¡Grecia! ¡Madre inmortal! ¡Cuna dorada
de libertad e inspiración! ¡Maestra
eternamente venerable”.....”.
.........
“Joven
vives del Arte en el inmenso templo,
y tu genio fecundo,
volando vencedor de mundo en mundo,
culto es feliz de admiración y ejemplo”.
Estos fragmentos exclamativos y sentenciosos, pertenecen al “Canto al Arte” (1881) del poeta, crítico y profesor argentino Calixto Oyuela (1857-1935).
El ensayista se extasiaba ante la contemplación de la Eterna Belleza del Arte Clásico:
“Dejaré en cambio, que mi alma ajena
del espacio y del tiempo al linde exiguo,
se torne a contemplar, de encanto llena,
la eterna juventud del mundo antiguo”.
(1883).
Crítico de música y teatro, traductor de serenos y a la vez angustiadas cadencias y sentidos del verso leopardiano, autor de “versos tersos y nobilísimos” (A. Berenguer Carisomo).
Oyuela llegó a ser uno de nuestros más sólidos, completo y severo Hombre de Letras.
Devoto, firme e intransigente, del Clasicismo helénico, latino y español, se mantuvo en la vida literaria argentina, enhiesto “como una torre de piedra entre los vientos” (R. A. Arrieta).
Formuló su “Receta artística” para los jóvenes estudiantes, que publicó “Caras y Caretas” en su nº 1683, del 3-1-1931:
“Templa tu estro en las serenas
corrientes del arte heleno,
de naturaleza lleno,
sin delirios ni cadenas.
...
Nunca en ámbitos del mundo
Vibró tan alta armonía,
De razón y fantasía
En el ósculo fecundo.
...
Piensa bien; siente lo ‘eterno’;
Huye las modas del día
De efímera fantasía:
Y serás ‘siempre moderno’.”...
Cantó con énfasis a la Gloria, recordando a los romanos de la dorada época Imperial:
“¡Gloria! ¡espléndido nombre!...
Por ella César se alza victorioso,
e hiriente el pecho en ambición suprema
a Roma corre, imaginando ansioso,
ceñir del mundo la imperial diadema!”.
(“Gloria y Fe”, 1880).
“Hoy (...) es figura casi olvidada, aunque su obra crítica acaudale observaciones de singular importancia y su poemática, sincera y ardiente sea añadidura, de las más cuidadas y puras de su época” (A. B. Carisomo; iguales conceptos por P. L. Barcia en la Academia Argentina de Letras, ver bibliogr.).
Periodista sabio y equilibrado, maestro de Literatura Castellana y de Europa Meridional y Septentrional, Primer Presidente de la Academia de Letras, fundador del Instituto Libre de Segunda Enseñanza, el Dr. Oyuela era también Abogado, amaba el arte griego en sus originarios cultores y en sus imitadores inteligentes.
Su gusto, muy definido como su carácter e ideas, se repartía entre Fray Luis de León, Garcilaso y M. Menéndez y Pelayo, hasta las cumbres de la Antigüedad: Horacio, Homero, Virgilio, pasando por Goethe y otras cumbres, Byron, Carducci.
“El arte insuperable que ellos representan está imbuido de proporción y armonía, sobriedad y serenidad”, por lo que deduce que el aporte helénico (y el bíblico), son los dos elementos “de belleza más valiosos que se conocen” (en su “Sobre Arte”, y “Estudios literarios”, t. II; también, su “Carta a Rafael Obligado sobre sus Poesías”, “Ests. lits.”, t. I)..
Oyuela fue devotísimo alumno del erudito español Marcelino Menéndez y Pelayo (1856-1912), en cuyo Clasicismo e Hispanismo sin claudicaciones, fundamenta su propia obra poética y crítica.
Pero para él, toda Argentinidad auténtica desembocaba “fatalmente en lo europeo, y aún más inexorablemente, en lo español” (R. Obligado-C. Oyuela: “Justa literaria”, 1883).
Álvaro Melián Lafinur (1889-1958), uno de sus distinguidos discípulos, recuerda en el Prólogo a “Estudios Literarios”, la vibrante palabra y gesto del maestro, que hacían admirar la lírica española renacentista o el espíritu del siglo de Luis XIV (ob. cit., 1943, p. XI-XXX).
Y menciona a la “Fedra” de Jean Racine (1639-1699), entre otras, como ejemplo de drama mitológico en la Francia Seudo-Clásica.
Las Tragedias sobre asuntos histórico-míticos, sostiene autorizadamente, no son naturales al espíritu galo. Sólo lo representan vivamente, cuando, como en “Phédre”, el célebre autor aprovecha la belleza artística de un tema sentimental humano, para conferirle trascendencia universal, en las más diversos épocas y naciones (Shakespeare, Calderón, Racine...).
Lo más importante es la encarnación de una Pasión Universal en un personaje noble, en este caso, el encendido amor de la esposa del Rey Teseo, que concibe por su hijastro. Memora asimismo a Macbeth, en que el cisne de Avón plasmó el tipo de la ambición criminal, o el Segismundo de “La vida es sueño”.
Sainte-Beuve, el gran crítico (1804-1869) había advertido en sus “Retratos literarios” la esencia lírica, intimista y delicada de la personalidad y arte raciniano.
Y por su parte, otro francés, Anatole France (1844-1924) anotó en su “El genio latino” que los “ardores” y “debilidades” del autor de “Phédre” lo predisponían a conocer las pasiones y a expresar con perfección formal, la naturaleza del terror y la piedad.
De este modo, frecuentemente del análisis de las obras literarias, en su extenso ejercicio docente y crítico, Oyuela extrae conclusiones estéticas, y, por otra parte, sus exégesis y juicios tienen una firme base en el estudio de la Historia y la Filosofía del Arte.
Así nos lo demuestran sus serios “Apuntes estéticos”, “La raza en el arte” y “Conversaciones de Arte”, su difundida y didáctica “Teoría Literaria”, “El espíritu nacional en el arte y la literatura”, sus Antologías introducidas de muy serios y vigentes estudios introductorios, etc.
Conocido cronista y teórico del Teatro, ejerció tal oficio con entusiasmo, sabiduría y valentía.
Advirtió en 1907:
“Quien midiese nuestra cultura artística, nuestra vida intelectual, por la pasión teatral que aquí impera, en todas sus formas, con música o sin ella, buen chasco se llevaría...En realidad, aquí no se concibe ni estima todavía el arte sino unido al espectáculo y a la reunión social. No se le aprecia en sí, sino por el aparato que en ciertos casos despliega...Sólo así se explica el curioso fenómeno de una vida teatral tan intensa, en medio de una vegetación intelectual tan pobre”-
Y es a propósito de la representación de Sara Bernhardt (1844-1923, famosa actriz francesa de cine y teatro) en el teatro Politeama (Buenos Aires), de la tragedia de Racine: “Una de las más célebres tragedias clásicas del siglo de Luis XIV, representada, en el idioma original, por S. B.” (“Estudios literarios”, ed. cit., t. I, p. 217-223).
De entrada nos anoticia que sus “impenitentes aficiones clásicas” no se identifican con “el arte de museo, artificioso y contrahecho, de la tragedia francesa del siglo XVII”.
Hay una brecha evidente, observa, entre ese arte y el “grande, libre, espontáneo, bañado por la luz del sol y las auras primaverales, de los antiguos griegos”.
Por ser aquél, imitación de éste, “ha perdido todo el sabor de originalidad y vida propia, que forma el encanto más poderoso del arte sereno, armonioso y resplandeciente de aquellos hijos legítimos de las Musas”.
Como quería el notable ensayista y crítico francés Émile Faguet (1847-1923) en su “Arte de leer” (ed. castellana, El Ateneo, 1950), nuestro crítico nos enseña a leer, y desde las más diversas perspectivas: la histórica, la literaria y la filosófica. Por eso, le interesa destacar en primer lugar el origen y esencia de la obra teatral.
En Grecia, “la majestad y solemnidad de la tragedia”, “estaba magníficamente en armonía con el alcance social y religioso que se le daba, con los grandes asuntos nacionales que le servían de médula”.
El drama helénico (en Esquilo y Sófocles primordialmente) era un espectáculo público, eminentemente nacional y sagrado. La representación en la plaza pública justificaba la expresión y acción y el ademán grandioso en los actores, pero no en la tragedia francesa, en que cambia lo histórico y lo social, la circunstancia, es decir, el público espectador (uno de los elementos definidores del género), se ha “exagerado y falseado el estilo trágico”, dándole un barniz oratorio y grandilocuente, ajeno a la intimidad y delicadeza de la escenificación.
Sus juicios, naturales, eruditos y a la vez vitales, son concluyentes: “la tragedia francesa no es, en rigor, una imitación, sino una falsificación de la tragedia griega”. Sus héroes semejan, más bien, cortesanos del séquito amanerado del Rey Sol.
Por ello le parece exótica y hasta risueña a veces, la “imitación” del drama de Eurípides:
“lo importante es tener la pintura de una época, hecha por los grandes poetas que florecieron en ella.
Eso es más espontáneo y legítimo, aunque los nombres y trajes sean exóticos, que la pintura hecha en frío de una época muerta, por hombres que no han podido nunca contemplarla ni sentirla.
Lo demás es arqueología pura. Esto no quita que no podamos menos de sonreír cuando oímos decir a Hipólito, con toda ceremonia cortesana: ‘Madame, je n’ai pas de sentiments si bas’”.
Pero, crítico temperamental, siempre coherente y honestísimo, reconoce en Racine un talento de primer orden, por lo cual su obra, dentro de un sistema convencional, encierra considerables bellezas.
Admírale sobre todo la “descripción psicológica”, que en los monólogos famosos de Fedra son incomparables: la concentración de la acción trágica, fiel reflejo de los preceptos aristotélicos:
“Nunca se ha presentado en el teatro una lucha más patética ni más compleja dentro de un mismo corazón y un mismo espíritu, del amor y la vergüenza, la virtud y el deseo, la venganza y los celos, con furor tan extremo y humano a un mismo tiempo”.
“Y todo ese clamor hervoroso de las pasiones es al fin dominado por la voz serena de la virtud, no apagada en el alma de Fedra, que se levanta imperiosa con el nombre de muerte”.
Le exalta el amor fatal de Fedra, consciente de su vergüenza, pero impelida a arrojarse en brazos de Hipólito.
No menciona otras obras de Racine, no la compara con las varias Fedras de la literatura universal.
Crítica de estimación inquisidora, que sabe dilucidar los verdaderos valores del arte, de intención clarificadora, es justa en sus apreciaciones y fundamentalmente equilibrada.
Le interesa destacar el valimiento espiritual del personaje, sin erudiciones malsonantes y basándose en previas y “sabias dilucidaciones estéticas” (R. M. Ragucci, “Voces de Hispanoamérica”, “C. O.”, 1973, p. 75-82).
De esta forma a través del balance y comentario de sus estudios literarios, hemos encontrado otras huellas del mito de Fedra, esta vez en las observaciones atinadas del crítico y maestro argentino.
Bibliografía complementaria:
- Arrieta, Rafael A.: “La poesía en la generación del 80_ C. O.” (en “Historia de la literatura argentina”, R. A. A., dir., Peuser, t. III, 1959, p. 348-356). Íd._ “C. O., el hidalgo” (en su “Lejano ayer”, Ediciones Culturales Argentinas, 1966, p. 77-80). Id.: “Discurso en la sesión en homenaje a Don C. O.” (en “Discursos académicos”, tomo IV, Academia Argentina de Letras, 1947, p. 55-58). Íd.: “C. O. “ (en su “Presencias”, J. Suárez, 1949).
- Barcia, Pedro Luis: “Precursiones de C. O.” (Boletín Acad. Arg. de Letras, nº 293-294, 2007).
- Berenguer Carisomo, Arturo: “La poesía lírica de C. O.” (Univ. Bs.As., 1973).
- Castagnino, Raúl H.: “Evocación de C. O. “ (en Boletín de la Acad., cit., nº 201-202, jul.-dic. 1986, p. 275-282).
- García Mérou, Martín: “Recuerdos literarios” (Eudeba, 1973, p. 201-210).
- Ibarguren, Carlos: “Palabras con motivo del fallecimiento de Don C. O.” (en “Discursos académicos”, t. III, Academia, cit., 1947).
- Marasso, Arturo: “Don C. O. “ (Boletín de la Acad., cit., nº 80, p. 533-538).
- Obligado, Carlos: “Discurso en el sepelio de Don C. O.” (“Disc. Acad.”, cit., p. 61-64).