EL MITO DE FEDRA EN LA OBRA DE VICTORIA OCAMPO.-
Por Guillermo R. Gagliardi.
“Sólo en querer y admirar he hallado felicidad. Yo sé que mi obra no es otra cosa, no tiene otro sentido ni otra razón de ser”.
Personalidad cautivante Victoria Ocampo (1890-1979), como su estilo vital y literario, su singular vida y obra.
1.- La Cultura y el Ser.
En su original escritura han visto los críticos la coloquialidad criolla de Sarmiento, de Mansilla, de Eduardo Wilde.
Mujer sarmientina, libérrima y hacedora, inquieta y exuberante, de reciedumbre moral, de independencia de opiniones. Se dedicó a la ímproba tarea de su propia iluminación interior.
“He tomado sobre mis espaldas el monopolio de mejorar sólo a una persona y esa persona soy yo”.
El Yo de Montaigne, de Sarmiento y de Unamuno aparece radiante y afirmativa en sus variados “Testimonios”.
Victoria creía como Samuel Smiles, el autor de “Ayúdate a ti mismo” y “El Carácter”, que “no hay elevación moral, perfeccionamiento espiritual y mejoramiento social sin Cultura”.
La Música, la Poesía y el Teatro, fueron los ámbitos elegidos por ella, siempre cosmopolita, abierta a todas las manifestaciones del Hacer humano.
Cultura consistía en ella en una “Forma de Ser” en el Mundo. Se es culto cuando el saber ha penetrado y se ha difundido en la totalidad del ser personal, a lo largo, a lo ancho y a lo hondo, transformándose de un modo de Saber en un modo de Ser, o sea en Esencia de nuestra Persona.
La cultura como sechelleriana “Categoría del Ser”, como fundamento de nuestro Existir, como una Mejora de Sí.
Tempestuosa y solar, viajera perspicaz, sembradora incansable, amante de las Artes y las Letras. Humanista cabal.
(Puede consultarse “Ezequiel Martíez Estrada: “En Homenaje a V. O.”, en su “En torno a Kafka y otros ensayos”, Barcelona, 1967, p. 139-150. Frida Schultz de Mantovani: “V. O.”, Ediciones Culturales Argentinas, 1963, 2da. ed., 1980). A. J. Battistessa: “Recepción de la Académica de Numero Da. V. O. Discurso de Bienvenida”, en Boletín Acad. Arg. de Letras, en.-jun. 1977, nro. 163-164, p. 39-49. G. de Torre: “V. O., memorialista”, en su “Tres conceptos de la literatura hispanoamericana”, 1963).
2.- Francia.-
“He recibido tanto de ella”.
Dentro de la amplísima e intensa Cultura de Victoria, es Francia su primer y gran amor. Cocteau, Ravel, Malraux, Marcel, Rougemont, La Rochelle, Debussy, S. John-Perse, Gide, Le Corbussier, Claudel, Camus, Ansermet, Michaux, Jouvet, Metraux, Ana de Noailles…., integran la galería de sus predilecciones.
La “dulce Lengua” y el maravilloso paisaje integran ese amor:
“Aprendí el alfabeto en francés. Desde entonces, el francés se me ha pegado en tal forma que no he podido librarme de él.
Mi institutriz era francesa. He sido castigada en francés.
He jugado en francés. He rezado en francés...He comenzado a leer en francés...
Es decir que comencé a llorar y a reír en francés...
Y, más tarde, franceses fueron los versos bellos y las novelas en que por primera vez veía palabras de amor”.
(“Palabras francesas”, 1931).
Asimismo en sus “Testimonios- 2ª serie” (1941), en el capítulo “Racine y Mademoiselle” evoca años después y nuevamente, su amor infantil, primerizo, por Francia:
“Desde aquellos días, cuando solía hacer andar un trompo en los Campos Elíseos y a correr tras las ranas en el Pré Catalan, Francia ha dejado una huella indeleble en mi vida”.
Véase “El reinado de las institutrices”, en el tomo VI de sus “Testimonios”, donde recuerda a M. Alexandrine Bonnemaison, p. ej.
“Siempre ha dicho que una parte de su ser pertenece a Francia de la misma manera que la otra parte pertenece a la Argentina” (Doris Meyer: “V. O. Contra viento y marea”, 1981).
El Teatro Francés fue su gran Vocación. En su “La Belle y sus enamorados” (1964) cuenta su visita a Marguerite Moreno en Paris, que al besar sus manos,
“besaba tantos poetas muertos y vivos”,
“Besaba su Francia y su vocación frustrada: el Teatro”. “El teatro estaba cerca de su alma, de su sensibilidad, de su vida entera” (Alba Omil: “Frente y perfil de V. O.”, ed. Sur, 1980)
También Alicia Jurado evoca cumplidamente esta iniciación (“V. O., mi predecesora”, en Boletín de la Academia Argentina de Letras, t. XLVI, nro. 179=182, enero-dic. 1981, p. 81-95).
3.- Fedra y Victoria.
En la 5ta. serie de sus “Testimonios” (1957) memora sus lecturas de las obras de Jean Racine (1639-1699) con Jacques Copeau.
Publica en “la Nación” su “Carta de Nueva York- Fedra modernizada” (18-4-1976), incluido en su “Testimonios” 10ª. Serie, Sur, 1977.
Allí recuerda su niñez entre las lecciones de idioma francés, las visiones terroríficas del final de “Phédre” (1677) de Racine y el ambiente doméstico: lo cotidiano y la más elevada cultura universal:
“La visión terrorífica (‘le flot qui l’apporta recoule épouventé&rsquo
fue evocada por Mademoiselle, que nos leía primero lo que teníamos que aprender de memoria después.
Desde luego, me familiarice con Racine, de manera más seria, años más tarde.
Más seria si se respetan las convenciones. Con mayor intensidad ¡nunca!.
Lo estudié con una gran maestra, Marguerite Moreno. Lo vi en el teatro con diferentes intérpretes”.
Su admiración raciniana está unida la infancia, a momentos imborrables: lecturas, imaginación, recuerdos, actores.
“Aprendí a ser Aricie, Phédre...”.
Con Mademoiselle Alexandrine gustó por primera vez la obra de Racine (“Testimonios”, IIª serie).
“Niña terrible”, gustaba de asumir el papel de Hipólito defendiendo su pureza e integridad ante Teseo, su padre:
“De pie ante Mademoiselle, con el pelo partido en dos y recogido en dos trenzas tirantes, de guardapolvo almidonado y con los dedos manchados de tinta, no recitaba una lección, sino una súplica, una apelación, un rezo que parecía brotar de lo más profundo de mi ser: D’un mensonge si noir justement irrité...”.
Se entrega toda a su papel, y replica, agresivamente, a su maestra: “Nunca aprenderé todas las tablas de multiplicación, Mademoiselle. No vale la pena hacerlas”.
Expresaba Victoria su temprana fortaleza personal y dramática, ante el estupor de su institutriz.
Idolatra a Hipólito, como al Capitán Hatteras de Julio Verne o a Sherlock Holmes (creado por A. C. Doyle en 1887), por su heroicidad, su integridad.
Estos “héroes literarios” personificaban sus propios deseos, de aventura por una parte, y de ascetismo por la otra.
M. Moreno enseñó Declamación en el Conservatorio Lavardén de Buenos Aires, a instancias del gran escritor y crítico Juan Pablo Echagüe (según noticias de Antonio Aguilar en su biografía de Echagüe, p. 161 y 197).
Estas apasionadas lecturas le daban a Victoria “un nuevo sentido de libertad y le abrían un mundo más fascinante de fantasía. Verla ir a los libros así de directa y así de segura..., al fondo más fondo de todo cuanto leyó, a mí me pareció siempre una lección” (Eduardo Mallea).
Siente el teatro en intensidad e íntimamente. Versos y representaciones que nunca olvidará:
“Todavía me sé de memora ‘Phédre’ casi entera y llevo dentro la voz de M. Moreno”.
Según carta a Delfina Bunge (de Gálvez), Marguerite fue su ídolo.
Aun joven, en su “De Francesca a Beatrice” (Madrid, 1924) se refiere al “amor-pasión” de Paolo y Francesca, los inmortales personajes de Dante Alighieri, en el “Infierno”, canto V, v. 73-142, de su “Divina Comedia” (siglo XIV).
Sentimiento excesivamente trágico por su hijastro, según lo definió Stendhal en su “Del Amor” (1822):
“Es provocación a la muerte, que la corona siempre de una manera o de otra”.
(“Autobiografía”, t. 3, ed 1981).
En el artículo de “la Nación” redacta una crítica teatral a la representación de “Fedra” en territorio yanqui. Abomina de la exageración de los elementos de sexualidad en esta concepción pretendidamente “moderna”. Y señala con atención sus diferencias y contradicciones:
“Cuando apareció Phédre . ‘Que ces vains ornements, que ces voiles me presente...’ -
comprobamos que los velos no podían pesarle.
Llevaba un ‘roibe chemise’ transparente, pegada al cuerpo”.
Con elegante y precisa ironía registra otras discordancias entre el impar drama raciniano y la representación a que asiste, algo asombrada:
“Por fin, dicho de manera jadeante y entrecortada se oyó
un verso articulado. –´Mes yeux sont éblouis du jour que je reveis...´ desmentido por la luz crepuscular que acompañaba esta afirmación, este quejarse del exceso del sol. Pero...mi exigencia realista es hoy cosa anticuada, como la de Racine”.
Sus observaciones críticas e interpretativas se extienden a todos loas aspectos de la Tragedia: la dicción, el vestuario, pobre y hasta grosero, el alma de los personajes, la ambientación de la escena, los detalles y la visión de conjunto.
(Puede verse también A. J. Battistessa: “Frente a un texto barroco”, en su “El poeta en su poema”, Nova, 1965, p. 153-164).
En la revista “Sur” la escritora española Rosa Chacel (1898-1994) publicó la traducción en pareados alejandrinos del Primer Acto de la obra de Racine (en el nº 256, en.-febr. 1959): “Fedra en español”, luego completada, y adaptada para la escenificación por Eduardo Mendoza y Pere Gimferrer, estrenada en Madrid en 2004. Chacel, poeta premiada, también traductora de “Athalie”, sintetiza perfectamente el arte del neoclásico francés: “Hay dentro de estos versos palabras llenas de años, como abuelos; otras llenas de savia, como padres; otras llenas de gracia, como hijas. Es decir que hay una grandeza antigua, encauzada en formas racionales, una cortesía caballeresca y una piedad cristiana, una crueldad medieval y un sentimentalismo prerromántico” (loc. cit., p. 56)...
Al final de esta carta, tan bien escrita, como una conversación sabia y simpática, vuelve a su evocación de la niñez, entre “Phédre” (sus citas del texto, siempre en el idioma galo) y San Isidro, los benteveos que dialogan en el paisaje de su tierra:
“Yo compondría ahora una Phédre con llamados de benteveos, ruidos de molino, y las interrupciones de Mademoiselle formando un mosaico al entreverarse con Racine”.
Esta sinfonía dramática, criolla, que logra componer, mezclada con transcripción de fragmentos del célebre Relato de Therámenes.
“Todo ello en un cuarto de Punta Chica, frente al Río de la Plata”.
Esta versión, familiar y rioplatense de Fedra, sería tan inesperada, observa la misma Victoria, como la de N. York, despojada de la “pulpa espiritual” de la Tragedia Clásica, con neto aire wagneriano:
“El dragón entraría en el cuarto como el de Siegfried, en la ópera. Pero entraría, eso sí, por la ventana que da al Río. Una variante. ¿Por qué digo entraría?. Por ahí entró”.