EL MITO DE FEDRA EN EL ARTE DE VIRGILIO.-
Por Guillermo R. Gagliardi.
Había escrito la más grande obra épica latina, “La Eneida” (iniciada en 29 a. C., le llevó 11 años su composición).
Para el Dante, Virgilio fue el Maestro, el Guía en su viaje metafísico medieval. El Lírico autor de las “Églogas”, las “Bucólicas” y las “Geórgicas”, ejerció un permanente e intenso influjo sobre las Letras mundiales. Publio Virgilio Marón (70-19 a. C.).
“A la luz de Virgilio, los tiempos medievales han penetrado en el alma de la Antigüedad”. (v. H. F. Bauzá: “V. y el mundo occidental”, “La Prensa”, 3-1-1982).
El Poeta mantuano fue para la Antigüedad, según atinado juicio de Arturo Marasso, “atmósfera poética, enseñanza y perpetua visión moral y estética”.
Y todo lector puede encontrar en sus versos una seducción ilimitada (Jean Bayet, “La literatura latina”, 1972, p. 219-242: “El clasicismo latino. V.&rdquo
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El don de la Poesía es como el sueño o el agua que restaura y consuela:
“Tale tuum carmen nobis, divine poëta,
quale sopor fessis in gramine, quale per aestum,
dulcis aquae saliente sitim restringere rivo”
(“Égloga” V, v. 45-47).
Su ambiciosa “Eneida” en 12 Libros, revela el conocimiento de los escritos de Homero, Píndaro, Lucrecio y los Trágicos griegos.
Novela de guerra, de amor y amistad, Eneas y Dido, Niso y Eurialo. Observa Bayet que los monólogos vehementes y desesperados, de riqueza psicológica, que ofrece Virgilio, no se encuentran en la literatura hasta las tragedias paganas de Jean Racine (siglo XVII).
Eneas desea alianza con el rey Latino, de la costa del Lacio, pero se suscita la guerra entre los pueblos teucro y latino, por instigación de la malvada diosa Juno, con las huestes del rey Turno, pretendiente de Lavinia (hija de Latino y ofrecida a Eneas).
Enumera el autor a los que llegan para ayudar a Turno en sus aprontes bélicos. Acuden Aventino, hijo de Hércules, Céculo, hijo de Vulcano y Virbio, hijo de Hipólito, quien luchó contra Eneas y los troyanos:
“Iba también a la guerra Virbio, hermosísimo hijo de Hipólito, enviado a ella por su madre Aricia, que le criara en los bosques de Egeria”.
Diana persuade a Esculapio para que resucite a Hipólito; ante el enojo de Júpiter, aquélla esconde a su protegido en Nemi, lo transforma en un anciano venerable.
Y recoge Virgilio la fábula de Fedra, con una reseña breve, el testimonio de la horrible muerte del mancebo de Trecene:
“Es fama que Hipólito, luego que pereció por arte de su madrastra y despedazado por sus furiosos caballos, satisfizo con su sangre la venganza de su padre; tornó segunda vez a la tierra”.
No nombra a Fedra, pero se refiere a sus malignas artes, y a la muerte de su hijastro, y posterior resurgimiento:
“de las sombras infernales a la luz de la vida”,
por obra de Esculapio, y protegido por la Diosa de los bosques , y con el nombre de Virbio:
“mas la divina Diana esconde a Hipólito en sus repuestas moradas y lo encomienda a la ninfa Egeria y a la espesura para que allí, solo y sin gloria, pasase la vida en las selvas de Italia bajo el nombre de Virbio”.
Egeria y Virbio nos informa James Frazer en su “La rama dorada”, (México, ed. 1956) eran las deidades que junto con Artemisa-Diana, reinaban en los sagrados bosques de Nemi.
Sólo es mención directa del mito de Hipólito-Virbio, e indirectamente de Fedra, culpable de su desgracia. Ella simboliza el Bien y el Mal: aquél a través de su ascendiente, el rey Minos, el justo; éste por Pasifae y la leyenda monstruosa del Minotauro.
De acuerdo con la Mitología el hijo desafortunado vivió en los bosques de Nemi, en el Lacio, dedicado al culto de Artemisa, “Diana Nemorensis”, y pasó a la Iglesia romana como San Hipólito, el 13 de agosto, que fue la festividad anual de Diana. Ese día el Santo es muerto por caballos, mártir y escritor griego que vivió en Roma en el siglo III.
En el Martirologio Romano se lo celebra el 22 de agosto (v. Luis M. de Cádiz, “Hist. de la Literatura Patrística”, Nova, 1954; A. Uslar Pietri, “Hipólito”, en su “El globo de colores”, Venezuela, 1975, p. 140-142; G. H. Pagés: “’Phèdre’, de Racine, sinfonía virgiliana”, en “Actas- VII Simposio Nacional de Estadios Clásicos, Bs. As., 1982, p. 21-36).
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Y a su vez, confiesa a su hermana Ana que “Aquel que me unió a sí el primero, aquél se llevó mis amores; téngalos siempre él y guárdelos en el sepulcro!”
Siqueo es el rival del amor de Eneas, como en Racine, lo es Aricia.
El corazón de la Dido virgiliana, se agita, abrasada por el amor, enfermizo y culpable, como el de Fedra. La pasión que dibuja el pincel virgiliano, “ignora la serenidad, la seguridad, la alegría”.
Juzga Guillemin que aquí está el nudo de la Tragedia, “en la trivialidad de un romance de amor, un drama de conciencia”. Esa fidelidad hacia Siqueo le agrega nobleza “cristiana” a la invención virgiliana, “una elevación” admirable:
“desde la muerte de mi desventurado esposo Siqueo, desde que un cruel fratricidio, regó e sangre nuestros Penates, ese sólo ha agitado mis sentidos y hecho titubear mi conturbado espíritu”.
Alumno de Virgilio y de Racine, nuestro Juan Cruz Varela (1794-1839), con quien la Tragedia Clásica nació y murió en las orillas argentinas” (Juan María Gutiérrez), también reflejó las llamas de esta “pasión culpable”, de ese “veneno”, en su dramatización del Libro IV de “La Eneida”, en su “Dido” (1822):
“Esta insana pasión me llena toda,
y todo abrasa cuanto en torno veo”.
(acto I, escena II).
Se debate como Fedra en Eurípides, Séneca o Racine, en una “inquietud ansiosa y afligente”, un “lenguaje de desesperación”. V. “Tragedias” de J. C. Varela, Libr. La Facultad, 1915, p. 44 y ss..
Se agita entre la fe a Siqueo y los ardores del amor a Eneas.
Juan María Gutiérrez, crítico, educador, narrador, poeta y hombre público (1809-1878) en su “Estudio sobre las obras y la persona del literato y publicista argentino, Don Juan de la Cruz Varela” (1871; ed. 1941, Academia Argentina de Letras, p. 202), advirtió la similitud de alma entre Fedra y Dido, y la oposición Dido-Eneas, Fedra-Hipólito. Sentimiento de culpa, de la interdicción y de fuga en ambos (“La ‘Fedra’ de Racine...” Rodolfo Machuca, en ‘La Prensa”, 16-2-1986). El incesto de la madrastra, el enamoramiento del joven por Aricia, hermana de los Palántides, a los que Teseo, su padre, había vencido...
El delirio, irreflexivo, de Dido y Fedra, contrasta con la actitud racional, serena, de Eneas e Hipólito.
Escribe Gutiérrez: “Pero tal vez la tibieza del jefe troyano contribuye a realzar, como una tinta apagada, la ardiente figura de Dido, así como la inocencia de Hipólito contrasta con la honda pasión de Fedra, cual Racine la concibió”.
Ver G. H. Pagés: “Virgilio en nuestros primeros poetas”, 1948. R. A. Arrieta: “El político y el poeta o Virgilio a orillas del Plata”, en su “Bibliópolis”, 1933, p. 113-130.-
Al pintar Virgilio tan bellamente la “pasión amorosa” de Dido a Eneas, nos recuerda a Fedra y notablemente a su hijastro Hipólito.