martes, 20 de enero de 2009

SARMIENTO Y SPRANGER EDUCADORES.-

 

                                                                        Por Guillermo R. Gagliardi.-

 

 

1.    El cartesiano del Zonda.

 

En su“Historia de Sarmiento” (1911) Leopoldo Lugones  (1874-1938) advierte la racionalidad sarmientina, carácter central de su gesta política y educativa, no suficientemente observada por sus exegetas. “No hay para qué decir que su método de enseñanza era el racionalista...” (ob. cit., ed. 1945, p. 176).  Su didáctica sigue, según “Educación Popular”, “Educación Común”, etc., las “Reglas para la dirección espiritual” de Descartes (1596-1650). Privilegia ese camino del conocimiento, y acentúa el ‘Interés’, y la riqueza comunicacional del ‘diálogo creativo’ entre los dos polos del acto educativo. Enfatiza el aprovechamiento de lo espontáneo e incidental por sobre el libro y la ‘curricula’ estricta.

 

Apreciamos definitivamente el magisterio contemporáneo, perenne de este ‘cartesiano’ del Zonda. En “Educación Popular” fundamenta la Educación de raíz Democrática, cimiento de la dignidad ciudadana. Es la teoría de que el gobernante debe perseguir el objetivo esencial de elevar la moral republicana “desarrollando la inteligencia y predisponiéndola a la acción ordenada y legítima de todas las facultades del hombre”. Levanta las banderas cartesianas y kantianas,  del Iluminismo: intelectualismo y logicismo, con su natural vehemencia e intención concretizadora.

 

 El pensador de Königsberg (1724-1804) sentenció: “El hombre es entre todos los seres creados el único que debe educarse: una generación educa a la que le sucede, no para el estado en que ella se encuentra, sino para otro mejor, que por fuerza ha de sobrevenir. en otros términos, los niños deben ser educados según el ideal racional de la humanidad” (cit. por José Manuel Estrada en  “Miscelánea” tomo I, de 1904, de su escrito “La educación común en la provincia de Buenos Aires&rdquoGuiño.

 

En palabras de John Dewey (1859-1952), a quien también podemos aproximar con don Domingo, “la libertad de pensamiento en una desarrollada forma constructiva”. Sarmiento en 1848: “La instrucción pública (...) tiene por objeto preparar las nuevas generaciones en masa para el uso de la inteligencia individual”; “La civilización de un país (...) está en las escuelas primarias, cuando  éstas están montadas sobre un plan liberal, filosófico y razonado”.

 

Es el ideal vitalista y redentor de la Escuela que traduce en su inmortal discurso al inaugurar la Escuela de Catedral al Norte, en 1859: “Los pueblos antiguos hicieron en pirámides y mausoleos la apoteosis de lo pasado y de la muerte, ensalzando la tumba. Los pueblos modernos principian hoy a enaltecer el porvenir y la vida, erigiendo en la escuela monumental la cuna del pueblo, donde han de crecer y desarrollarse las virtudes y las dotes sociales de todos”. “La Escuela, el laboratorio de la moralización del hombre, el palacio del pueblo, el cuartel de la disciplina y la táctica de las repúblicas democráticas” define, formidable, metafórico,  en su “Informe del Comisionado Especial para la Fundación de la Escuela Superior de la Catedral al Sur”, 1858, en el tomo 44 de sus Obras, “Informes sobre Educación&rdquoGuiño.

 

 

2.  Pasión por la Educación del Pueblo.  

 

Sarmiento había manifestado desde temprano y corroborado en sus lecturas y viajes  iluminadores lo que Eduard Spranger (1882-1963)  señala como las “tres cumbres culturales históricas, capaces de formar, con su influjo continuado, a los hombres de hoy: la antigüedad grecorromana; el cristianismo con sus influencias (...) y, por fin, el idealismo de Herder y Goethe, Kant y Fichte, Schiller y Humboldt”, que “despiden de sí aún hoy rayos de luz y de victoria” (en su ‘Der gegenwärtige Stand der Geistes wissenschaften und die Schule’, 1922, trad. “Las ciencias del espíritu y la escuela&rdquoGuiño. 

 

Concordantemente, el Presidente cuyano manifiesta en 1871 “Al recibir al Ministro de Alemania” que “...la Prusia principalmente, y la Alemania en general, han respondido mejor que otros pueblos de Europa, y a la par de las Repúblicas, a la suprema exigencia de nuestro siglo, la educación de las grandes mayorías”, “...la dignidad humana debe a la Prusia, por la educación universal del pueblo, una noble iniciativa, como las ciencias son deudoras de su renovación al espíritu investigador y crítico de los pensadores alemanes” (Obras Completas, edit. Luz del Día, tomo 51, ‘Papeles del Presidente’ 2ª parte, 07-06-1871) . 

 

Estaba convencido nuestro maestro-político de la concreta afirmación de Spranger, de que “es necesaria una madurez indecible para llegar a apropiarse una cultura educativa tan desarrollada”, “es cuestión ahora de encontrar los medios para realizarla si no ha de ir en aumento el aplanamiento y degeneración general de espíritu” (ob. cit.). Este  amor excluyente y perenne la llama, en preciosa alusión catoniana, “Mi Delenda” (Catón, el incorruptible y ejemplar Censor, 234-149 a.C, bisabuelo del de Útica) . Si consigo “poner mi palanca en terreno firme” le manifiesta a su amigo José Posse (intelectual y gobernante tucumano),  “daré fin a mi vida empleando lo que de ella me queda con el objeto de mi constante predilección. Mi delenda” (carta del 10-12-1864).

 

 

3.   El ideal de la Escuela.- 

 

En 1883 sostiene Sarmiento polémica de sólidos argumentos en “El Nacional” de Buenos Aires, sobre “¡La escuela sin la religión de mi mujer!” (Obras, tomo 48). Funge entonces como Senador, contra Nicolás Avellaneda (1837-1885) y su “La escuela sin religión”. Allí expresa su más hondo sentir. Revela la médula religiosa que fundamenta su magisterio, su condición de “Educador nato”, en el alto significado espiritual que le confiere Spranger.

 

“Dejad que los niños se acerquen a mí. ¡Reclamo mi propiedad!. Era aquella frase y es el emblema de mi enseñanza. ¡Cuarenta veces la repetí en cuarenta años de enseñar, y escribir enseñando!”. Se jacta sinceramente, como es su costumbre, de ubicar en su escritorio “el bellísimo grabado de Henry L. Jenue de aquella grande escena, que por el marco con la corona de espinas que lo rodea, se muestra que es el Dios Penate que he traído a mi hogar de largos viajes, con la advocación del Evangelio que cuadra a mis  instintos”. “Sobre mi mesa está en yeso el boceto del grupo que corona la escuela de Chivilcoy, el Sinite párvulos...”.

 

Estos ejemplos de arte sacro, de pedagogía bíblica, se constituyen en la inspiración y motivo permanente de su obra, la presencia tutelar de sus desvelos por la instrucción popular, la reparación justa por las ingratas luchas que mantuvo por la educación ciudadana. En el tomo 3 de sus Obras,  valora a su libro “Educación Popular” como la legítima herencia de su gloria histórica, la “elección que conoce lo más íntimo de mi corazón”. “Este libro es aquel que más estimo...La ciencia y la carrera de la enseñanza primaria, me la he inventado yo, y en despecho de la indiferencia general he traído a la América del Sur el programa entero de la educación popular... A aquel libro con preferencia a cualquier otro de los míos, (...) confiara la guardia de mi nombre” (ob. cit.).

 

“¡No!, no me quiten a mí mi adoración, mi abogado a la hora de la muerte, mi maestro, para revestir frases de oratoria”. “Cuando me afligen las punzadas terribles que sufro por la educación de los párvulos, si levanto los ojos encuentro a estos mis lares que me consuelan”

           

Condición sprangeriana primera del maestro argentino: “No cuento milagros, sino que viví siempre rodeado de pequeñuelos, por amor a la cultura del espíritu” (véase “Der geborene Erzieher” 1958). En ello radica la “genialidad pedagógica” sarmientina, según la definición del  pedagogo de Tubinga: “ella es más que inclinación, o que talento; ella importa un sentirse impelido hacia la formación de hombres” (ob. cit., trad. “El educador nato”, Introducción) . Así confiesa el autor de “Facundo”, en consonancia con este característico imperativo socrático del maestro por antonomasia: “Yo he pasado mis horas de trabajo, estudiando en los pequeñitos el albor de la inteligencia para hacer silabarios”. Esta “captación del albor de la inteligencia infantil” a que se refiere, se corresponde íntimamente con “el descubrimiento de lo elemental fecundo” según lo  menciona el germano en su “Espíritu de la educación europea”: es, evidentemente,  “el gran maestro” señalado como el inspirado despertador de ese “principio de la conservación de la energía”, esa “invencible Fuerza generadora”.

 

En su “obra de activación”, “Pädagogische Perspecktiven” (1950, ed. cast.,, 1951) advierte su autor la naturaleza religiosa de ese despertar con base en las ideas de Sócrates y Fichte.

 

 En su mensaje de 1858 como Director  del Departamento General de Escuelas de Buenos Aires, asienta precisamente el fundamento sprangeriano de su pedagogía, de fondo humanista clásico: “Un maestro debiera ser un sabio en el sentido en que los griegos daban a esa palabra, porque él tiene en sus manos la masa amoldable de que va a formarse la sociedad” (“Segundo informe del Departamento de Escuelas”, en t. 44 de sus Obras). En esa Antigüedad Grecorromana y en el Cristianismo, juntamente con  la filosofía idealista, había observado Spranger las “tres cumbres culturales históricas”,  una soberana Potencia pedagógica,  fuerza vitalizadora por excelencia, capaz “de formar, con su influjo continuado, a los hombres de hoy” (“Las ciencias del espíritu y la escuela”, cit.).

 

Este “impulso de formador de almas”, lo justifica paradigmáticamente ante la posteridad. Esta “pasión del espíritu”, este fuego y vuelo interior, esta “devoción del alma”, lo encienden y expanden su genialidad civilizadora.

Según sostiene Spranger el educador “ayuda para la libertad”, colabora amorosamente “en despertar, ¡alumbrar!” “este misterio del nacimiento interior” (“El educador nato”, cap.I: ‘El problema de la palanca&rdquoGuiño.

 

Don Domingo ejemplifica colosalmente las “Lebensformen” que estudió el pensador alemán en 1914 en su “Formas de vida. Psicología y ética de la personalidad” (ed. española. 1935): los días  y valores de su acción tipifican una personalidad básica socio-política y religiosa.

 Existencia esforzada  de hombre público  sudamericano, consciente de su poder para fundar una República progresista sólida. Arquetipo de Maestro, como el rey Midas- recuerda el tratadista germano- todos los asuntos que lo ocupan adquieren un desarrollo y un fin formativo: “Para él todo en sus manos se transforma en oro pedagógico”, ésa es la maravillosa parábola que se le puede aplicar a sus cualidades. Su paideia confiere a toda la Cultura, a los bienes de la Civilización, “una nueva relación de sentido”, una sutil y perfilada jerarquía. Su recia exigencia magisterial fundamenta sus nociones y prácticas de Institucionalización, su diccionario básico de Pedagogo Político-Social.

 

“La escuela es en lo moral lo que la palanca de Arquímedes en lo físico: el más vulgar y conocido mecanismo humano, la más colosal de las fuerzas aplicadas a la materia o a la inteligencia” (1859, discurso “Edificios de Escuelas&rdquoGuiño. Esa fuerza, panacea,  idea regeneradora,  de la Escuela, la denomina “la palanca omnipotente”. Spranger se refiere, también,  a “El problema de la palanca” en el capítulo I de su “El educador nato”, como “el primer problema que provoca fecunda intranquilidad “ en el alma del que enseña.

 

El viajero de “Educación Popular” ha reflejado su pasión germánica, sobre la enseñanza prusiana: el maestro desempeña su más alta y eficaz función, desenvolviendo “la infinita y bella diversidad  de sustancias”, la “vitalidad y energía” del educando. “El alma  del niño se ilumina al fin”. “A los niños sólo debe enseñárseles aquello que eleva el corazón, contiene las pasiones, y los prepara a entrar en la sociedad” (Obras, tomo 3).

 

 

4. Educación y Estado.

 

 El “Maestro de la Patria” como lo distinguió Alfredo Calcagno (en su boceto de homenaje en 1938), constructor del “Eigengeist der volksschule” (obra de Spranger de 1956), para quien la escuela primaria popular es la base para forjar una Nación orgánicamente constituida, el “Machtmensch” sanjuanino, con paulina convicción, escolarizó la política, el periodismo, la diplomacia, la literatura.... “Mi manía”- reconoció- es la educación del pueblo. “Se ha dicho que la educación es mi manía (...), sólo cuando una grande aspiración social se convierte en manía, se  logra el hacerla hecho, institución, conquista” (Sarmiento en discurso del 20-09-1869, Obras, tomo 1). 

 

Antes, en artículo  de “El Nacional” (31-07-1858, Obras, tomo 25): “Un pensamiento ha dominado los actos de nuestra vida entera (...), la educación pública, fue siempre, en todas partes, en todas las situaciones de la vida, el fondo y el fin de nuestros trabajos”. “El gobierno futuro se funda exclusivamente en las Escuelas”.

 

“La ciencia y la carrera de la enseñanza primaria –afirma Domingo- me la he inventado yo, y en despecho de la indiferencia general, he traído a la América del Sur el programa entero de la educación popular” (en su “Recuerdos de Provincia&rdquoGuiño. Su norte ha sido constante, tenacísimo: “Crear la renta, crear la escuela, crear el maestro, crear la instrucción, crear el espíritu público, he aquí la obra preparatoria en que deben entrar antes de todo; la acción, la impulsión”  había adelantado  en su  “Creación de la Escuela Normal de Preceptores”, 1842, incluido en el tomo 4 de sus Obras). Ésa es “la obra gigantesca que (se debe) ejecutar en la América Española”.

 

Así lo anuncia a Juana Manso en 1865:  La hora ha sonado. Fiat Lux. Habrá educación universal...Como todas las grandes doctrinas vendremos desde las campañas sobre la Jerusalén, desde Cafarnaum, desde Chivilcoy, Mercedes, avanzando; desde las catacumbas de Roma hasta la superficie en que están los templos de los ídolos”. Se siente un ser Providencial.

 

Porque ya años antes en un discurso público en Chile reflexionaba: “En los grandes acontecimientos de los pueblos hay causas, hechos e ideas que los provocan: pero entre la masa de los hombres que experimentan su acción, hay naturalezas privilegiadas que sienten con más vehemencia el bien, que se lanzan a la realización de las ideas con mayor anticipación” (en 1853 ante los restos de Nicolás Rodríguez Peña, “Discursos Populares” tomo 1).

 

En 1862 al colocar la piedra fundamental de la Escuela con su nombre en San Juan, y a propósito de memorar a su maestro de la Escuela de la Patria (donde ingresara en 1816), el venerable  Don Ignacio Fermín Rodríguez, recuerda la necesidad de infundir el respeto religioso a la función del enseñante. “La escuela como institución debió adquirir en mi ánimo esa importancia suprema que no he dejado de atribuirle nunca”. Pues, sostiene, “conservo la impresión casi religiosa de este respeto que inspiraba el maestro a  todos sin excepción”

 

Profesa una modélica concepción de la Historia y del Universo basada marcadamente en una idea educativa, realizadora de valores, normativa y docente. Quiere “hacer de toda la República una Escuela”, “educar al Soberano”, tal como lo postula Spranger en el capítulo “La importancia de la pedagogía científica para la vida del pueblo”, de su obra “Kultur und Ersienhung” (1919, ed. castellana de 1948: “Cultura y Educación&rdquoGuiño .

 

En “El educador nato” señala,  en su cap. III: ‘El laberinto de las comunidades’,  que “El verdadero formador de hombres siempre se inclinará a llenar con espíritu pedagógico las comunidades de vida no educativas”. La preponderante pasión sarmientesca consistió en “imprimir el movimiento”, impulsar la marcha, hacer, bregar por la difusión activa del evangelio pedagógico.  Consecuente con lo sostenido por el  escritor-político argentino, el maestro germano deja asentado en 1961 “La ley de los efectos colaterales involuntarios de la educación”: “sólo la pedagogía social abarcaría integralmente el significado de la educación”, pero ha de reconocerse que el camino para  “educar en función de la vida y de la acción sociales”, “pasa siempre a través de la educación del individuo”.

 

“El fin de todos estos esfuerzos” opina el profesor berlinés, es “la juventud del pueblo, su futuro mejor. Los medios para este fin son dos: organización y formación de maestros”. Esa ha sido la dirección esencial del trabajo del sanjuanino, extender el espíritu vivo del magisterio.  “La sociedad misma – expresa Spranger-  debe despertarse al sentimiento pedagógico de la reponsabilidad”. Como este último, Sarmiento trabaja en una goetheana “provincia pedagógica” integrada a la vida popular, factor de crecimiento de la nacionalidad: “Nacida de la vida popular, la educación, pensada y plasmada científicamente, es  devuelta al pueblo” (coincide el noble pensador de “Cultura y educación”, vol. 2, ensayo I, III) .

 

 

5. Sociedad y Escuelas.   

 

 En su  magnífica página “Autobiografía” don Domingo traza su retrato, epítome levantado del Héroe Cívico, “de fuerza inagotable”, de los “ideales básicos de la individualidad”  y su correspondencia con las “formas culturales, según la configuración sprangeriana.

 

“Acometí todo lo que creí bueno...Hice la guerra a la barbarie y a los caudillos en nombre de ideas sanas y realizables...Dejé por herencia millares en mejores condiciones intelectuales, tranquilizado nuestro país, aseguradas las instituciones (...), para que todos participen del festín de la vida, del que yo gocé sólo a hurtadillas”.

 

El ímpetu y energía de su personalidad se direccionan al Bien Social, a la fundación de la Civilización, a la organización de una Cultura Republicana. Esta ética eudemónica es constante de su cosmovisión y su práctica política. Ejemplifica la nobleza del “ethos” sprangeriano  de la “decisión personal” (“Reflexiones...” ed. Bähr, p. 108 y 109) .  El Sísifo cuyano despliega pasionalmente  una monumental “conciencia de que debe construir una auténtica cultura de la dignidad y el derecho humanos” (ob. cit., p. 123).

 

Lo que Sarmiento  denomina “Levantar una vara más alta el continente americano” o “Pesan sobre mí grandes responsabilidades” encarna según estos sublimes conceptos, en dimensión homérica, el Hombre de la Dignidad y la Responsabilidad, la Suprema conciencia nacional, el Deber de “la voluntad de resistencia” contra el Mal. Y la ética sacrificial, “peleando duro y recio” y “guiado por la luz de grandes y claros principios” (discurso en su 75º cumpleaños, 1886, Obras, tomo 22).

 

Ellos son, en palabras subidas de Spranger “sus manantiales originarios, (que) despiden de sí aún hoy rayos de luz y de victoria” (“Der Gegenwärttige ...”, 1922).

 

La educación del ciudadano común y la instrucción femenina han sido los pilares del “optimismo” sarmientino, con base reconocida en los pensadores franceses de fines del siglo XVIII. “Dar la mayor suma de instrucción posible al mayor número de habitantes (...) en el menor tiempo que sea dado a la acción combinada del Estado y de los Ciudadanos (1856). La escuela pública adquiere la entidad superior de factor primero de transformación social y de fundación de la democracia de vida.

 

“Sería un remedio para cambiar, en una sola generación, la capacidad industrial, la moralidad, los hábitos”.

Consecuente con ello, el maestro alemán deja asentado en 1961 en su “La ley de los efectos colaterales involuntarios de la educación” que “sólo la pedagogía social abarcaría integralmente el significado de la educación”. pero ha de reconocerse que el camino para “educar en función de la vida y de la acción sociales”, “pasa siempre a través de la educación del individuo”.

 

“Hasta ahora dos siglos había educación para las clases gobernantes, para el sacerdote hablando, parte activa de las naciones”. “Y esta igualdad de derechos acordada a todos los hombres (...), es en las repúblicas un hecho que sirve de base a la organización social...” (“Educ. Popular&rdquoGuiño.

 

Sarmiento representa sprangerianamente el Educador y Político que proyecta el Futuro (“El educador nato” cap. IV: ‘Fines de la educación e ideales formativos&rdquoGuiño. “Junto al político conductor es el educador nato el que más proyecta para el futuro aún no formado, pues, precisamente, quiere influir sobre la constitución espiritual ética de la generación venidera”. Spranger admite los postulados neohumanistas de la “Bildung”, el idealismo de la “formación interior”, concordándolos con los iluministas de la “Aufklärung”, que han bregado por la edificación racional de la sociedad desde la educación.

 

Su pedagogía científico-espiritual es “producto de esa síntesis” (“Spranger. Su pensam. Pedag.” R., Nassif, 1968, p. 7-9, idem, “·Pedagogía general”; L. Luzuriaga: “La pedagogía  contemporánea”, 1957) .

 

 

6. “Escriba, combata, resista”...    

 

La escuela de hoy es el presupuesto de la política dentro de diez años, cuando los niños sean ciudadanos” sentencia don Domingo. “La escuela es una previsión” escribe en Chile en 1853. Reiteramos que sus modelos son la escuela prusiana y la yanqui, que “han hecho sin embargo, en un siglo, lo que la humanidad entera ha venido haciendo y deshaciendo en seis mil años de historia!” (“Tribulaciones de un Apostolado” carta a Juana Manso, 1865, en su “Ambas Américas”, Obras, tomo 29) .

 

“Escriba, combata, resista. Agite las olas de ese mar muerto...”  (ídem, y en “Educación Común”, Obras, tomo 12, “Influencia de la Instrucción Primaria en las costumbres y en la moral pública&rdquoGuiño.”Es la educación un capital puesto a interés por las generaciones presentes para las futuras”.-

 

Siguiendo la interpretación sprangeriana, Sarmiento ocupa uno de los lugares cumbres de la historia educativa universal. Pues ha vinculado, entre los primeros en América Hispánica, la tarea pedagógica con la labor cristiana, de caridad y amor al prójimo. En su “Educación Común” (1856) se refiere a las Sociedades norteamericanas de Educación en que los vecinos impulsan el mantenimiento y adelanto de las escuelas, como clara garantía de progreso y cohesión social: “Todos estos esfuerzos del espíritu público, no son más que la caridad cristiana ilustrada, obrando en escala más dilatada que la limosna que envilece sin atacar el origen de la indigencia”.

 

 Preconiza un “Cristianismo Constitucional”, una caridad republicana, de razonamiento más hondo y alcances más largos. Sentencia que “La más alta expresión de la caridad cristiana es aquella en que, no contentándose con aligerar los males presentes, escudriña su origen y va directamente a su fuente”. La propaganda por la instrucción primaria adquiere, en su elevada concepción, el vehículo más poderoso para difundir el mensaje de Jesús, despertando fértiles sentimientos de  hermandad y caridad, para impulsar el desarrollo de la inteligencia y la sensibilidad de las masas.

 

“La Escuela es como la Iglesia, una necesidad pública”, fruto supremo de “esa otra piedad  ilustrada, que nos hace admirar  como el más bello homenaje rendido a Dios, la cultura de la inteligencia y del corazón” (léase la Introducción a su “Educ. Popular&rdquoGuiño.

 

Considera “punto gravísimo” esta inversión del sentimiento caritativo, esta beneficencia con futuro que ataca los males en su raíz. Esta postulación “agapística”  fue sostenida con vehemencia y le generó contrariedades infinitas. El “eros pedagógico” ha de estar unido a “la ayuda cristiana social”. Esto nos lleva a la afirmación de “El educador nato” de que “personalidades en las cuales tomara forma esta combinación, pertenecen a los fenómenos más grandes de la historia de la educación” (ob. cit., cap. V). Sarmiento ejemplifica en su “Vida de Dominguito” (“novela extraña” que bosquejó 20 años antes, auténtica  intento de “bildung roman”, edición  definitiva de 1886, en el tomo 45 de sus Obra y  en ediciones más precisas posteriores, de José Luis Lanuza y de Javier Fernández) esa condición amante  del maestro.

 

Ese bello libro-homenaje cálido y sentido al hijo desaparecido en Curupaytí, en la Guerra del Paraguay (1865), narración romántico-didáctica,  muestra  al político, habitualmente de ceño adusto y postura desafiante, ahora enternecido y afinado su instrumento expresivo. Traza un monumento afectivo y literario. En el niño amado, “núcleo ético del ser”,  anticipa  el joven  meritorio, prometedor y el adulto valioso en intelecto y humanidad, y destaca la prefiguración del ciudadano probo, del héroe y estudioso.

 

Confirma ello el mismo Spranger, esta característica por excelencia del “amor docente”: “Ama las posibilidades dadas en el hombre en formación”, presiente al ser inmaduro, “el renacuajo de ciudadano”.  “Visión anticipada de cómo el hombre deberá ser una vez”, que es el estilo de la “educación autoritaria”, previsora, según lo establece en su “Espíritu de la educación europea”.

 

Trasunta ese “don especial”: “saber ver en el educando, a través de lo que aún está sin desplegar, lo que presumiblemente habrá de ser alguna vez la meta de su libre e íntimo pujar”. Trasciende su conexión con lo metafísico desde su estilo de evocación. Aúna las dotes del amor al niño y al joven, con la intimidad más conmovedora y la  más devota intención docente.

 

Cordializa su estilo, chispeando en su prosa  el amor, el juego y la alegría, conjuntamente con las normativas escolares más estrictas y la gracia de las anécdotas del párvulo. “¡Con qué delectación reconstruye en sus minúsculos detalles la enseñanza de las primeras letras al hijo Dominguito y cómo sentimos que padre y maestro significaban para Sarmiento una sola misión” ha observado Martínez Estrada (en su “Meditaciones sarmientinas”, 1968, ed. de Chile, p. 60).

 

Spranger asienta pensamientos que confirma nuestra lectura de  esta admirable “Vida”: “no se puede negar que la sensación de que es a la sangre hacia quien dirijo mis cuidados, fortalece el brío del espíritu pedagógico y aumenta la obligación” (cap. V de su “El educador nato”, y “Cultura y Educación. Parte temática” 1948, caps. “Eros” y “Del eterno renacimiento&rdquoGuiño.

 

Publicado por Desconocido @ 19:25
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