jueves, 22 de enero de 2009

SARMIENTO BIBLIOTECARIO

                                                I.- El libro y la lectura.-

 

 

                                                            por            Guillermo Gagliardi.

 

 

En un artículo periodístico de 1877 define a los libros como “un alimento del espíritu que no se destruye, como son las flores, aunque momentáneamente para la vista y olfato”.  En su concepto, tienen una vigencia material, y frecuentemente intelectual, limitada, según el progreso científico y técnico: “Pero aun así, los libros, sin perder su forma se desvanecen también con el tiempo, en presencia de nuevos libros más avanzados o de nuevas formas del gusto y de la literatura”.

 

Para el pensamiento de DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO (1811-1888), neto ejemplo de Optimismo Pedagógico, el libro es la fuente de toda instrucción. Metafóricamente, el gran  escritor y estadista lo define como instrumento de hierro cortante: “es hacha, es escoplo, según su objeto”, “es el pasto de la inteligencia”. Con perspectiva de sociólogo afirma que es el arma más poderosa para derrotar la Barbarie que   roe toda riqueza y desintegra  la identidad de las naciones.

 

El libro es en su reflexión y en sus proyectos, un elemento de Paz y Concordia internacionales, por lo cual insiste a través de toda su vida, en la organización y ejecución de Traducciones interamericanas, de convenios de distribución y comercialización, en estos “pueblos que necesitan otra educación para desmerecer el título de bárbaros”, “intentemos algo en esta vía, a fin de romper la muralla de la China que nos separa del mundo moderno”.

 

Amante de los libros como medios de deleite  y enseñanza, Don Domingo es uno de nuestros primeros y más profundos estudiosos de las  ‘obras de referencia’ (diccionarios, manuales, antologías, enciclopedias). Así en su carta a J. V. Lastarria (1817-1888,su amigo chileno, escritor y jurista) sobre la “Brockhaus Enzyklopädie” (llamada así desde su 17ª edición, originalmente impresa 1795-1809 como “Conversations-Lexicon...” y que ya en 2006 lleva 21 eds.), en su brillante recensión, del “Diccionario de Filología comparada de la Lengua Castellana” de Matías Calandrelli (escritor italiano radicado en nuestro país, 1845-1919)), en su comentario a las ediciones del español Manuel Rivadeneira (1805-1872), o el pormenorizado estudio de la “Enciclopedia de Educación” dirigida por el educador uruguayo José Pedro Varela (1845-1879), o en su  comentario crítico de “Juanito”, obra pedagógica italiana publicada en Cuba.

 

Le interesa el influjo de las ‘obras de consulta’ en el espíritu de la mayoría, su importancia para la información general y el avance de los conocimientos y de los estudios. Acude con rapidez a suscribirse, a anotarse y a difundir, con versación y fundamentos, las virtudes de tales libros.

 

Es el  Político Republicano, el cultor del saber universal y americano, el maestro, el  difusor tenaz de bibliotecas, “con el confesado propósito de estimular el interés público”. Compara, observa, ilustra con ejemplos de obras extranjeras, aplaude las traducciones y vulgarización en nuestra lengua: “Un apoyo más eficaz desearíamos suscitar a la adquisición a que damos mucho valor por el interés del adelanto del saber humano, como asimismo por el honor de nuestro país” (Obras completas, ed. Luz del Día, tomo 46).

Enfatiza su valor y calidad para el lector, especialmente el argentino.

 

Su  Pensar Bibliológico traduce su teoría de la Cultura, como proceso dinámico y constante de evolución, de mejoramiento. Resultado del Progreso indefinido de la Humanidad; “no hay libros de mérito perdurable. Los libros pasan como las ideas que contienen”. 

 

Por ello, el hábito de leer, debe ser siempre alentado, atendiendo a “la novedad del asunto; y cada día, cada semana, cada mes, debe traer su contingente de lecturas nuevas, para alimentar el espíritu, como en condiciones menos cultas cuidamos del cuerpo”.

 

Concibe al libro como la memoria insoslayable de los hechos y pensamientos humanos, como el testimonio, eterno e imperecedero en su esencia, del hombre y su cultura.

 

El 23 de junio de 1866 estampó en el álbum de la Sociedad Sarmiento de Tucumán, un juicio que sintetiza en bello estilo su idea iluminista sobre tal influjo: “El sepulcro cubre los despojos del vestido que revistió un espíritu en la tierra. Si esa alma pensó, se sobrevivirá en una hoja de papel escrita dejada a sus contemporáneos, si contuvo una idea, una verdad útil, abriráse paso entre obstáculos, y hará camino de un país a otro; y en alas del genio volará de siglo en siglo. Esta es su propia irradiación”.

 

Quizás el Primer Bibliopsicólogo Hispanoamericano. Se ocupa de la  lectura y los libros como “Medicina Moral”. Postula y reconoce, como  hombre público-pedagogo, la misión social y ética del libro, junto con la informativa y de instrucción.

 

“Las horas ocupadas en la lectura sustraen a millares de hombres y mujeres a la acción de sus propias pasiones puestas en juego” (Obras, ed. cit., tomo 1).

 A través de las Bibliotecas y de las Escuelas, los dos fundamentos de su tesonera prédica educativa y cívica, debe educarse al ciudadano común en el hábito diario, necesario y enriquecedor de la Lectura.

 

En primer lugar, ‘la lectura de los Diarios’, cuya  apetencia de novedades, constante ocurrencia de emociones y cultivo de la sana curiosidad, hace que sea tan extendida, , según lo expone precursoramente en sus escritos “El diarismo”, “Sobre la lectura de periódicos” (loc. cit.) o “Diario para las escuelas” (tomo 4, Obras).

 

Luego, por supuesto, el libro, que “en la habitación doméstica, es una esponja que embebe los momentos perdidos”, “es otras veces antídoto contra el fastidio”, “un narcótico o un estimulante contra el sueño”.

 

En la preciosa carta a Andrés Bello (1781-1865, filólogo y escritor venezolano, con quien polemizò en Chile), publicada en ‘El Monitor de las escuelas primarias’ (15-9-1854) elabora unaPsicolog÷ia de la Lectura, singularmente pionera en el ámbito bibliotecológico de la historia de América hispana del siglo 19.

 

Afirma convencidamente que el libro es un factor decisivo en la vida humana, en la ocupación escolar e intelectual en general, como generador de sentimientos positivos, humanizador del ocio, estimulante del desarrollo personal y germen del afinamiento  de la sensibilidad moral y la capacidad estética, “entrando los datos que suministran, a formar parte de las conversaciones de las gentes en sus horas desocupadas, a ser la distracción honrada del que quiere huir del café o de la taberna”.

 Esta práctica  evita la degradación y preserva al ser humano de los efectos perniciosos de la incultura .

 

En su “Educación  Común” (1856) menciona, estudia y compara el problema del alcoholismo y el juego, en diversas épocas y naciones, relacionado con la ausencia de instrucción elemental, reflejos de “una civilización imperfecta”: “para suprimir la embriaguez como solaz del trabajo, es preciso antes de todo saber elevar el espíritu y ennoblecer al hombre”.

 

La lectura y el hábito del ahorro, encarnan para Sarmiento el paliativo más eficaz y permanente contra el vicio de la embriaguez y del juego. “Una novela, si se buscan disipaciones, embriaga por más tiempo que una botella de vino, y la caja de ahorros promete infaliblemente fortuna más segura que los azares del dado, aunque pida más tiempo”.

 

También en su concepción Biblioterapéutica subraya la lectura de Biografías y de Viajes, “geografía en acción”. “...una preparación admirable para aspirar a mayores conocimientos”. Representan el primer grado en el desarrollo intelectual, ético y sensitivo. Y las descripciones geográficas, los retratos que desenvuelven la capacidad de ensueño, de asombro e imitación, las imágenes emocionantes, “mientras llega la época de entrar en la iniciación de las ideas abstractas”,”el juicio entra por poco todavía, la inteligencia duerme aún”.

 

“La moral no se enseña por máximas directamente, sino por los nobles y grandes ejemplos. La biografía tiene aquí su alta misión, cual es educar a la humanidad, excitando en ella la admiración y el deseo de acercarse a los grandes ejemplos”. En su escrito admirable “De las biografías “ (1842) postula el aprendizaje práctico y concreto de los valores, que ayudan a la cualificación de cada persona y al progreso general de la Civilización.

 

Y también, la lectura de Novelas. “Yo absuelvo de toda culpa hasta a las malas, tan útiles y serviciales al cultivo de la inteligencia han sido todas ellas”. “la novela induce a leer, por lo mismo que excita una grande curiosidad”.  En 1856, en su artículo “Las novelas” (1866), en su proteico libro ‘Las escuelas base de la prosperidad y de la república en los Estados Unidos’, conforma una apología del género y de la Lectura Imaginativa y Recreativa, que deleita con anécdotas y aventuras reales y fantásticas y que es trascendente escalón para lecturas más instructivas y edificantes. “es el siglo el que la crea y acaso es el espíritu humano el eterno inventor de novelas”, “novelas son todas las manifestaciones del género humano”, “enseñan a leer bien a los que sin ellas no leerían nunca”, “son el agua con que se enjuagan y ajustan las duelas de la pipa, para echarla después buen vino... Todo trigo es bueno” escribe en ‘La  ciudad pioneer’ (Obras, tomo 29).

Son  “el primer libro que despierta el deseo de leer”. “La novela es la vida humana, la sociedad, el ideal mismo..., es la gran maestra del pueblo”. “Una novela de Dumas pone en movimiento la sociedad; una de Zola levanta un grito de indignación primero”. 

 

En correspondencia a “El Zonda”, con el seudónimo de ‘Anacharsis’, desde Boston (9-10-1865) observa agudamente que aquellos que exageran los peligros de la lectura de novelas, no piensan que si un millón de personas en el mundo están seis horas sentadas leyendo, durante esas seis horas un millón de causas de pecado, de crimen , ha sido suprimido, puesto que si ese millón hubiera estado obrando activamente, es seguro que hubiesen ocurrido un asesinato, diez robos y diez veces diez gruesos pecados. Esta es la moral de la lectura”.

 

He ahí también cómo establece la función catártica, curativa, purgativa, de la lectura, que ya Aristóteles, ‘el Estagirita’ (384-322 a.C.)  había atribuido sabiamente a la tragedia, en su “Poética”. Y advierte la característica de actividad personal, solidaria y de apertura, en que consiste: “es enemiga moral del egoísmo, porque tiene la virtud de asociar el alma a todas las emociones extrañas al organismo individual, y el ser humano por consiguiente a toda la humanidad”  (en “La educación común”, diciembre 1 de 1876).

 

En la familia, la costumbre de la lectura, crea nuevos y duraderos motivos de unión, lazos de comprensión, “el vínculo de la comunión tranquila de todos en un objeto”.

 

En 1874 en carta al presidente del Círculo Frentano de Italia, también analiza su concepción. El placer y el esfuerzo de leer son “profilaxis del espíritu”, reemplazan a “la búsqueda de otros excitantes, las más de las veces, estériles y ruinosos y hasta degradantes de la conciencia y la voluntad, los azares del juego, las excitaciones de las bebidas alcohólicas y todos los agentes de desinfección que inventa la actividad del espíritu en su ansiedad de emociones, pues todos ellos son simple aceleración de la vida, por medios ruinosos y artificiales”.

 

Precisa la capacidad ‘diversiva’ del hábito de leer, pues es eficaz entretenimiento en horas de tedio o de angustia,  y recuerda al pensador de Burdeos Michel de Montaigne (1533-1592) al definirlo como “pesca de algún volumen”, “para cambiar un poco de fastidio” (‘Biblioteca de San Fernando’ 1878) o al Barón de  Montesquieu (1689-1755), que “había descubierto la ventaja de ‘cambalachar’ horas de fastidio por otras de entretención, leyendo”  (carta a la Sociedad Rural, desde N. York, 22-11-1866).

 

Según sostiene vehemente y auguralmente  el sanjuanino, la lectura es una ‘relación’, un ‘diálogo’ personal y definitorio de lo humano, fértil y libre, incondicionado, ilimitado.. “Brillat-Savarin, el espiritual gastrónomo, decía:’Dime lo que comes y yo te diré quién eres’; dime lo que lees y yo te diré por dónde vas; si nada lees te diré que vegetas como las plantas silvestres”.

 

“Si un libro no puede estar en una biblioteca, no ha debido ver la luz pública, ni venderse. Si la vio, y alguien quiere leerlo, nadie puede interponerse entre el lector y el autor, entre el papel impreso y el ojo del hombre”. Llama al libro, “El imán que permanece inerte hasta que el hierro le es aproximado”, “por el solo hecho de existir, encontrará siempre una inteligencia que se apropie”. 

 

La lectura es, define clarividente, una Comunión de “dos sustancias afines, que se atraen y se confunden”.

 

 Desde Lago Oscawana, N. York, en carta del 28-6-1866,  resume a Pedro Quiroga, en pocas líneas, el estado de nuestra cultura. El hecho decisivo de la ausencia de libros y de la costumbre y necesidad del mismo. “no tenemos libros; no lee nuestra juventud ni la generación que nos ha precedido. Es una vergüenza oír a los libreros aquí. No hay libro, por interesante que sea, que se atrevan a publicar en castellano por tener por experiencia averiguado que los de esta lengua no consumen materia impresa”. “Pero la verdadera razón es que pocos leen habitualmente y como satisfacción de una necesidad”.

 

Quien dice “Instrucción” dice “Libros”. Sólo los pueblos salvajes se trasmiten su historia y sus conocimientos, costumbres y preocupaciones por la palabra de los ancianos.

Considera que el libro es el máximo resultado de la Cultura y del Cristianismo. “Nuestra civilización cristiana es, pues, esencialmente escrita; el libro es su base, y mal cristiano será siempre, el que no sepa leer”. Los libros son “la razón humana embotellada”, “son los depositarios de toda ciencia, de toda moral y de toda luz” . Son memoria de lo pasado y juicio del presente, medio de socialización del individuo, son “semillas de libertad”.

 

La lectura y el libro revisten para el autor de “Argirópolis” una cardinal importancia social y política y constituyen  central influjo en el proceso histórico universal y representan el símbolo de la Civilización. 

“Al ‘niño grande’ (el pueblo) no se le puede obligar a leer, y de que adquiera el hábito y el gusto de leer depende la salvación de la América, sacándola de la parálisis mental, y por tanto industrial, en que se mantiene”. El progreso económico y cultural depende de la popularización del libro, de la extensión de la necesidad y divulgación de las ventajas de la lectura.

 

En 1888, en una medulosa epístola, con motivo de la fundación de la Biblioteca de Mercedes bajo la advocación de su nombre, ya muy ilustre y no menos polémico, que hace imprimir con fines de propaganda bibliotecaria, insiste en sus perspicaces observaciones sobre el valor terapéutico, y la finalidad normativa que posee el  libro.

 

Éste brinda “materia honrada a la conversación que se alimenta de duelos, robos, juego, de bolsa, carreras de caballos, fama de pelotaris, por falta de alimento de la curiosidad del cerebro que pide otra cosa sin excluir aquéllas”, “se jugarían algunos centenares de millones menos en la bolsa; habrían menos hipódromos y caballos célebres por su  ruinosa inutilidad, y  centenares de  jóvenes conservarían su fortuna, a veces su vida sacrificada en aras de la nada soberbia, rica, elegante y pasablemente estúpida”.

 

El gracejo de su pluma ayuda al pensamiento avizor: la suscripción a una buena colección de libros útiles y modernos, cuesta “muchos menos que una caja de habanos; y puede ser que millares menos que lo que se apuesta al potrillo o a la yegua Relámpago o a la alta o la baja”. 

 

En su mente superior, humanista y civilizadora, la lectura nos hace participar con gozo e instrucción del avance universal de las ideas y nos deja réditos que nos elevan de la condición de meras bestias o seres mediocres.

 

“Debe leerse en la escuela lo más notable de los escritos, lo más atrayente para ser instructivo, lo más divertido para suplir por medio tan barato y al alcance de todos, de entretenimientos, en busca de los cuales van a la pulpería, tras las ilusiones de la embriaguez, y la codiciosa excitación del juego, que hace subir como espumas las pasiones rencorosas, que enceguecen”. : así resume en 1886 su Credo del Bibliotecario, los criterios bibliopsicológicos.

 

En diversos escritos, anticipatorios, de 1844 y 1849, en Chile, adelanta consideraciones prácticas sobre el derecho de propiedad intelectual y el de edición. Distingue los diversos productos bibliográficos: creación literaria, tratados científicos, traducciones, compilaciones, manuales didácticos, investigaciones especializadas, etc. Y comenta fundadamente las disposiciones jurídicas internacionales sobre autoría del trabajo intelectual. Se ocupa de la actividad editorial en todas sus etapas, desde el autor hasta la impresión y la venta (Obras, tomo 10).

 

Al redactar las semblanzas de “Los emigrados” destaca la correspondiente a José Madero. Ejemplo de Bibliotecario según lo entiende Sarmiento. Encarnación del espíritu público, benefactor e irradiador de cultura y civismo. Emplea sus mejores galas de estilo para definirlo: “El espiritu publico encarnado en la figura mas simpática y sonriente, buscando con ojos brillantes donde puede  hacerse el bien”. “Sol que ilumina con los rayos del alma y del corazón” No olvidemos que para el autor de “Facundo” el Bibliotecario es “en el más alto sentido un maestro”, pues “la biblioteca es una escuela”.

 

Igual concepto docente de tal radical hacer y saber  sostiene Melvill Dewey (1851-1931, reconocido inventor de la Clasificación Bibliográfica Decimal) en 1876 en su magistral exposición “La profesión” publicada en el primer número de su trascendente ‘The American Library Journal’.-

 

En un memorable discurso parlamentario de 1857 compara el proceso de elaboración y estructuración de los Códigos de Jurisprudencia con la concepción de un Diccionario: “A principios de siglo, cuando se hizo el primer Código, se procedió así, y no podía hacerse de otro modo, como procederíamos para hacer el primer diccionario, en que necesitaríamos diez o quince años. Pero aquí puede aplicarse el mismo procedimiento que ha seguido Salvá y el de los demás diccionarios que han aparecido hasta el año anterior. Con el conocimiento que tiene del idioma, toma lo que se ha hecho hasta entonces en la materia, coleccionándolo todo, y agregando en seguida lo nuevo que haya. Así se han hecho esos colosos de la inteligencia humana: siglos se han necesitado para hacer los diccionarios. Tal es la cuestión de los códigos”.

 

Conoce, es evidente, nuestro genial político-escritor, el mecanismo de recopilación, actualización y uso de las obras de referencia. Alude  aquí, sabiamente y con admiración al “Diccionario de la Lengua Castellana” del bibliógrafo español Vicente Salvá y Pérez (1786-1849).

 

El universo sarmientino se configura bibliocéntrico. Libro: Bien, poder eterno del Espíritu: “el alma regeneradora como el principio vital en la atmósfera física, difunde el halito benéfico por  medio de ese vehículo impalpable, formado por la palabra escrita, reducida a libros y periódicos”  (1849, Obras, tomo 9). 

 

Considera a la libertad de la palabra con ojos metafísicos, como santa y primera, fundante. Tirteo cuyano, entona su himno al “mas bello triunfo”, “la campaña más hermosa” . aquella que triunfa “con la voz de la prensa, sin otra arma que la palabra escrita”. 

Canta al “brillo de una de las más bellas batallas”, “digna de la democracia, sin una lágrima de las madres, sin una gota de la sangre preciosa de los ciudadanos”.  Intensa imagen de trascendencia cívica. Original y emotivo, el estilo sarmientesco aduna frecuentemente las consideraciones más generales y elevadas, la meditación más subida, con las alusiones más tiernas, con la imagen concreta y realista, otras veces con la metáfora médica o la alegoría musical.

 

En 1883 manifiesta a Secundino Navarro que “Todavía no han entrado los placeres del espíritu en las distracciones de la existencia. Cuentan con pocos entretenimientos y muchas privaciones. Fáltales la música, la pintura, y aun el consumo de láminas para que la vista tropiece con las escenas que ofrecen, en lugar de las murallas vacías. La lectura por hábito, por diversión, debe ser promovida, animada”.

 

 Está instalado  en una  significativa Galaxia Gutenberg. Es un héroe del libro. En su cosmos bibliofílico forja expresiones y exhala climas de un fogoso papiromaníaco.

 En su discurso presidencial en Rosario (1871) al dirigirse a la Exposición Industrial de Córdoba, decreta con su estilo soberano: ..”La  pampa es una inmensa hoja de papel en que va a inscribirse todo un poema de prosperidad y cultura” (citado por su nieto, Augusto Belin, en ‘Sarmiento anecdótico’, ed. de 1929, p. 203).

 

Y en la  inauguración de dicha Exposición (Córdoba, 15 de octubre de 1871), enfatizará, exultante, el valor del Papel en la Civilización y su preeminencia en el desarrollo de la Cultura (Obras, tomo 21). Sarmiento quiere fundar, resueltamente, una Civilización del libro.

 

“¡El papel que es el pan de la civilización; el papel que mide la cantidad de ideas que gasta diariamente un pueblo; el papel que es el Fénix moderno, que después de haber servido a cubrir y engalanar el cuerpo, resucita para hacerse intérprete y heraldo del alma, el papel no se fabrica en nuestro país!.

Recorro con la imaginación los pueblos aun medio civilizados que no lo fabriquen y no encuentro ninguno!.

He aquí un grande hecho histórico. Yo he visto en la humilde habitación del pobre, en la última y más apartada aldea de la América del Norte, en el rincón más oculto de la casa, un cajón o una cesta en que la familia deposita con prolijidad todo desecho o recorte de tejidos, y mediante algunos céntimos, el trapero hace de ellos su colecta; y de los andrajos de una aldea se llena un carro; y cien carros se dirigen de todos rumbos hacia un molino, de donde a poco se ve salir un río nítido, blanco, en una hoja continua de papel que cortada de distancia en distancia por tijeras mecánicas, se acumula en resmas que vuelan a recibir la impresión de la palabra escrita, la que arrojada después a todos los vientos en forma de cartas, libros, diarios, ilumina el mundo, convirtiéndose en una antorcha de luz, de poder y de civilización!.

Y nosotros somos sin embargo, los inventores del papel o sus introductores en Europa. Yo he alcanzado a ver todavía en España, patria de nuestros  antecesores, el taller del obrero que  a mano y en pequeña forma, vacía su hoja de papel florete, tal como lo practicaron nuestros padres en Andalucía, Valencia, Córdoba y Granada cuatro o cinco siglos ha!.

Somos nosotros los españoles, los que hemos dotado al mundo moderno de esta preciosa plancha de reflejar las ideas, reteniéndolas con más tenacidad que el bronce y el mármol”.

 

Libro, Cristianismo y República se unen en su Ideario fervoroso sobre la Cultura. Simbolizan la chispa sacra  que encendió todos sus esfuerzos de escritor, de polemista, de gobernante, de Supremo Hacedor, en su firme dogma bibliólatra.

 Así lo sentenció  en 1856 (‘Educación Común’, tomo 12 de sus Obras): “es esencial que el pueblo sea ilustrado. Debe poseer Inteligencia y Virtud”.-

 


Publicado por Desconocido @ 19:27
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