viernes, 23 de enero de 2009

PAZ Y CIVILIZACIÓN EN EL IDEARIO DE SARMIENTO Y TAGORE.

 

                                                                        2ª parte.

 

                                                                                              Por Guillermo R. Gagliardi.

 

 

 

Nos evoca este texto el tema de la “desnuda desolación sin nombre”, el paisaje significativamente yermo.  que el joven Rabindranath pinta en su visita de 1888 a Shelidah (“Entrevisiones de Bengala&rdquoGuiño:

 

                                    “Ni una aldea, ni un ser humano, ni un árbol, ni una brizna de yerba”,

                                    “El cielo vacío, la tierra vacía también-la vaciedad de abajo dura y estéril,

                                    la de arriba arqueada y etérea...”.

 

Es evidente el pacifismo humanista del Profeta Huarpe y del Profeta Indio. Apologistas recios de la Civilización de   Lakshmi, diosa de la belleza y la suerte. Detractores

absolutos del Desierto cultural, de la Barbarie, de Sakti, la fuerza fanática y aniquiladora.

 

                                               “¡Haz que mi cabeza se yerga, con el valor y el orgullo de servirte!”. “Tenme

                                    siempre a tu puerta, esperando tu deseo, déjame ir a tu reino, atento a tu    

                                    llamada...”.  

 

Canta Tagore al Bien. Halla “El Supremo Bien” en servirlo con energía y entrega.

 

                                               “Llevo el último pasaporte admisible porque está escrito en todas las

                                    lenguas: servir a la humanidad, trato de reunir muchos egoísmos, muchos

                                    dialectos, en una sola masa homogénea”.

 

Es el canto sarmientino al Bien, en carta de 1888 a David Peña.

 

Ya en 1873, en su brillante Discurso en la Inauguración de la Estatua a Manuel Belgrano (Obras, “Discursos populares&rdquoGuiño elevó su himno a la Paz y la Civilización:

 

                                               “La especie humana se perpetúa hace cien siglos, dejando tras sí, entre el

                                    humo de las generaciones que se disipan en el espacio, una corriente de

                                    chispas que brillan un momento, y pueden, según su intensidad y duración,

                                    convertirse en luminares, en llama viva, en rayos perpetuos de luz, que     

                                    pasen de una a otra generación, y se irradien de un pueblo a otro pueblo, de                                                                                          un siglo a otro siglo, hasta asociarse a todos los progresos futuros de la

                                    sociedad y ser parte del alma humana”.

 

 

III.- Hombre público y hombre privado.

 

Sarmiento en su artículo sobre “La Insurrección de la India” (1857, Obras, tomo 26) considera que

 

“fue la India el origen y el estímulo de las civilización, y por llegar a los

países de las especias, el oro, los diamantes y la seda, Alejandro, Vasco da

Gama y Colón ensancharon los dominios del mundo civilizado”.

 

           Otro escrito sarmientino, sobre los misiones ingleses, comentado por su nieto Augusto Belin, le sirve exactamente para retratar nuestro constitucionalismo teórico y  nuestro anticonstitucionalismo fáctico. Los misioneros británicos

 

                                               “educan en la India a los hijos de rajaes, brahmines o hindúes, en todas

                                    las ideas europeas, inclusas las doctrinas teológicas de las sectas. Interro-

                                    gado un hindú en los exámenes, responde como un teólogo en puntos

                                    de creencia. Si se le pregunta en seguida: ¿Es Ud. cristiano? –No- ¿Quisiera                                                           serlo? –No. Este es el estado de nuestras gentes, duchas en la discurión,

                                    rebeldes en la práctica”

 

(“Sarmiento anecdótico”, 2ª ed., 1929).

 

Alude así, con  este ejemplo de la historia cultural de la India, a las prédicas sonadas y profesión de fe de los gobernantes latinoamericanos y a su ausencia del espíritu y letra

de la Ley Fundamental en actos y hechos políticos.

 

Sarmiento, embelesado lector del “Robinson Crusoe” (1719) de Daniel Defoe (1660-1731). Su robinsonismo que lo entusiasma al viajar a la isla Más Afuera. En carta a su amigo Demetrio Peña (“Viajes”, 1ª epístola, Montevideo, diciembre 14 de 1845) testimonia esa admiración y deseo de quedarse a residir en este ambiente paradisíaco, que también refresca sus lecturas russonianas (“Emilio&rdquoGuiño, y aguijonea fundamental y simultáneamente, su   sobresaliente inquietud de Civilizador Universal.

 

                                               “Lo único que sonríe a mi alma –confiesa Domingo a los vecinos de

                                    Chivilcoy en 1856, Obras, tomo 52- un rincón  de tierra, plantado de

                                    árboles, adonde volver un día a ser lo que nací, y no debí nunca dejar de ser

                                    pobre cultivador”.

 

El Anteo sanjuanino nos cuenta estas “predilecciones de su espíritu”:

 

                                               “Desde mi llegada a Buenos Aires he buscado en las islas del Paraná un

                                    pedazo de tierra adonde retirarme un día a vivir, como me he criado en mi

                                    pobre provincia, a la sombra de los árboles, cultivando plantas, y aspirando

                                    el ambiente embalsamado de la vegetación y de las flores...”.

 

El maestro sentencia:

 

                                               “Eduquemos la tierra y los niños”. La Patria es la tierra y los afectos:

 

                                               “Una patria, en lo que la constituye para los seres dotados de inteligencia:

                                    las afecciones de los que lo rodean los  intereses recíprocos, la tierra y la

                                    libertad”.

 

La tierra cultivada forma la República:

 

                                               “la tierra inculta es la que ha inspirado e inspira todavía horribles pensa-

                                    mientos y alimenta odiosas pasiones”.

 

Como en el poeta de “Gitanjali”, el hombre público siempre se manifiesta unido al sentidor de la intimidad, al arte  más personal, constante más cara en su accionar político y social. Así advertimos igual intenso amor por lo rural, por la naturaleza agreste y el rico humanismo de la cultura alejada de la ciudad.

 

No rehuye la actividad responsable, literaria y socio-política, de los grandes centros de la Civilización. Pero prefiere “el flujo de la vida” en la aldea de Shelidah. El ocio y el trabajo, el placer y los padecimientos en ese ámbito le “parecen estar afinados a una música que es tranquila, soñadora (...), algo inmenso...”. Así lo siente, con grandeza y contención armonizadas, este hijo indio de Gea, en sus “Entrevisiones de Bengala”. Es la etapa más fecunda en humanidad y estilo, en su creación narrativa.

 

 

IV.- Formación y acción por la Paz.

 

 

Sarmiento, raigal pacifista a pesar de todo: “No estoy por la guerra, ni convendré

 jamás con la propaganda de Mahoma- detesto el sable como argumento” (1866, Obras, tomo 17). En la plasmación de  su filosofía cívica han tenido principal gravitación la vida y obras de Benjamín Franklin (1706-1790) y Marco Tulio Cicerón (106-43).

 

Sentimiento de lo útil, lo grande y lo justo. Y en Tagore, es decisiva la fuerza rectora de su padre, Debendranaz y de Rammohan Roy (1774-1833), el apóstol y reformador. Ambos creen en un demonio secreto que los ilumina. Es el “daimon socrático” del sanjuanino. Es el “jibandebata” tagoriano. El numen que determina los actos de su vida y su prédica inmortal de reformadores, pacíficos y humanizadores.

 

Fueron decisivos y relevantes los influjos familiares en la niñez y juventud de Tagore: su padre, el filósofo Dwijindranath y los pintores Abanindranath y Gouendranath. En uno de los artículos sarmientinos en “El Nacional” (15-12-1855, en tomo 24 de sus Obras, “Organización-Estado de Buenos Aires&rdquoGuiño, a propósito de la deseable importación de hielo para nuestro país, hace referencia a un familiar del poeta bengalí.

 

Expone la acción de  un progresista norteamericano, que desde principios del siglo XIX, inició  la generalización en el mundo del utilísimo “uso del hielo, haciendo del agua congelada una valiosa producción”. “Emprendiólo desde 1805 Federico Tudor de Boston, conduciéndolo a la India Oriental”.

 

 Aplaude Sarmiento: “Buenos Aires entra este año a figurar entre los mercados conquistados por el hielo norteamericano....”. Y concluye su escrito, siempre entusiasta ante todo progreso y adelanto humano, citando extensamente un discurso del orador y político yanqui Everet en la residencia de Tudor.

En el fragmento que trascribe, se solaza por la belleza de ésa, “para mostrar que es materia digna de nuestra humilde pluma el helado, asunto a que tan grande estadista no desdeñó prestar las galas de su lenguaje”. Y Mr. Everet narra allí su interesante encuentro en el palacio real de Londres, “con un extranjero, que por entonces metía mucha bulla en Londres, el Babu Dawardana Tagore”.

Suponemos un pariente de Rabindranath. Esta familia era sumamente distinguida en Calcuta, principal centro político inglés de India, por su nobleza inteligente, por su religiosidad, su tradicionalismo y  a su vez su mentalidad innovadora en lo social y educativo.

Continúa el texto transcripto por Sarmiento: “Este personaje que aún vive, era un hindú de grande riqueza, liberalidad e influencia”. Su vestimenta fastuosa, “y su porte y maneras correspondían a la fama de su importancia e inteligencia”, “él mismo había contribuido abundantemente en beneficio de la educación”.

 

Hugo Beccacece en su trabajo “Un refugio para el amor y la poesía. Mirabío” sobre el encuentro de Victoria Ocampo con Tagore en San Isidro (Revista “La Nación”, 01-04-1990) anota la trascendencia de un abuelo de éste, Dwarakanath, por su obra, adelantos económicos y de caridad pública, que se asemeja por la importancia de su figura a la antes citada. Humayun Kabir, en su “Hacia el hombre universal” (en rev. SUR, nª 270, mayo-junio 1961) destaca la posición aristocrática del clan Tagore, pero en un sentido innovador.

Sobre todo debido a su entusiasmo señalado por la educación de Occidente y sus principios liberales, armonizados con los típicos de Oriente.. Por ello en “Sobre la escuela del poeta”, Tagore   anota que “el código convencional de vida de nuestra familia era una convergencia de tres culturas, la hindú, la mahometana y la británica”. 

 

“El abuelo de Tagore partió para Inglaterra desafiando las convenciones de sus contemporáneos”. “nació en una familia donde la atmósfera estaba cargada de un profundo sentido religioso y sin embargo no se sometía a ningún formalismo y a ningún ritual”, “...el background de su familia contribuía a aguzar su sensibilidad para toda nueva corriente del mundo moderno”.

 

Conciben racionalmente la Paz internacional: Así lo enuncia Sarmiento, idólatra de la Libertad de Pensamiento y de Creencias:

 

“La libertad de pensar, que permite tocar todas las cuestiones políticas,    económicas, comunitarias y religiosas”. “La libertad de creer, que hace de todos los hombres una sola familia, y de cada fragmento de la tierra, la patria de todos” (“Educación Popular”, Obras, tomo 9).

 

Y según Tagore, en meditación concordante:

 

“La civilización debe ser juzgada y realizada no por el monto del poder que ha desarrollado, sino por cuanto ha evolucionado y dado expresión, mediante sus Leyes e Instituciones, al amor de la Humanidad”.

 

Al respecto, el escritor y pensador gandhiano, Joseph Jean Lanza del Vasto (1901-1981) en su “La Peregrinación a las Fuentes” (cap. ‘Wardha o tres meses en casa de Gandhi’, inciso 40, ed. Sur, 1954) nos anoticia respecto de la hondura sabia y sutileza emotiva de los cuerpos normativos en el país de Tagore.

 

Atestiguan un profundo saber, una dignidad contenida y soberana y a veces una frescura poética y una delicadeza de sentimiento”.

 

Superan esos textos toda rigidez jurídica y privilegian, como Tagore observa. Prevalecen la ponderación y un esencial humanismo. Cito algunos dísticos que las ilustran:

 

“Que el hombre acreciente su justicia, su Dharma /virtud, destino que cada uno se forja en las sucesivas reencarnaciones/ como las hormigas blancas su hormiguero – evitan conturbar a ningún ser viviente- pues así evitará entrar solo en el otro mundo- para que escoltado por su justicia franquearía- el paso infranqueable de las tinieblas...”.

 

La Ley de Manú enseña al brahmán “ la oblación de toda su persona a la justicia y al saber”, y al gobierno de los demás hombres a través del ejemplo, de la verdad y de la Libertad. Manú-Swayanibhuva fue el primerode los grandes progenitores  del género humano, según  su mitología. El fundador de la dinastía sacerdotal de los Manú y autor del famoso Código, con más de 5.000 versos en 12 Libros (ca. Siglo XV A.C.), que rigió  durante siglos  la vida ética, pública y privada de la nación india.

 

En su discurso al inaugurarse la Escuela Sarmiento en San Juan (1865, en Obras, tomo 21), Don Domingo compara el estado embrionario de las Repúblicas Sudamericanas en la etapa  independentista con los textos de los “Vedas” de la literatura y filosofía hindú. Allí se alude al “espíritu de Brahma”, “que era un huevo luminoso flotando sobre las oscuras aguas del caos, y del cual salió la creación entera”
Publicado por Desconocido @ 20:43
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