miércoles, 28 de enero de 2009

Garcilaso, aunque rabie Sarmiento. (Ira. parte).- Por Guillermo R. Gagliardi.

GARCILASO,  AUNQUE  RABIE  SARMIENTO.-

 

por Guillermo R. Gagliardi.

 

 

1.-   Días de luchas y exilios.

 

Días de luchas y de exilios los vividos por GARCILASO DE LA VEGA (1501/03 – 1536) y DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO (1811-|1888):

 

“¿A quiénes de nosotros, el exceso

de guerra, de peligros y destierro

lo toca?”.                               

 

El  primero  interviene en acciones militares en Francia (1523), en África (1535) y en Provenza (1536), donde es herido; muere en Niza. Sufre destierro en Nápoles en 1531: fructífero para su madurez intelectual y vital.

El  segundo, en su exilio chileno durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas experimenta la revelación de su genialidad. El país trasandino le significó  una escuela de formación, artística, filosófica y política. Allí concretó viajes verdaderamente iniciáticos, una labor intensa en el Periodismo, libros. Fecundación de ideas y proyectos ambiciosos, acción febril  y escritos pedagógicos, la buscada consagración literaria.

Vidas de guerreros ‘in toto’. Por sus temperamentos heroicos y también por exigencias de sus épocas.

 

El autor de “Facundo”, ‘hombre de autoridad’ al decir de Manuel Gálvez, se declara “ejecutivista” en política, constitucionalista autodidacta, Liberal “gubernista”, “con limitaciones”. Defensor del orden y la legalidad institucional según los ideales de la República Romana, bebidos en su amorosa y aprovechada lectura de Cicerón (106-43 a.C.), su inspiración en la figura de los Catón, “el Antiguo” y su bisnieto,de Útica (232-147 y 96-46, resp. a.C.)  y de acuerdo asimismo con su inolvidable vivencia de la Democracia Yanqui.

 

El bardo toledano es un defensor del orden Imperial establecido por Carlos V, fiel incluso a la persona real misma. Su ideal político: “el mantenimiento de la jerarquía, base del orden y eficiencia nacional” según señala G. Marañón (en su “El destino de G.”  y  “G., natural de Toledo”, en sus Obras completas, tomo 9, ed. 1973).

“Agitado mar”, sus vidas y obras: tempestuosas debido a avatares externos (proscripción, campañas, viajes, polémicas)  e internos (amores, dolores íntimos).

 

Heredan de sus respectivos terruños los caracteres salientes de su persona. El habla castiza, las tradiciones más genuinas que evocan, entrañables. Las montañas imponentes y el  Zonda cerril,  en el ímpetu huarpe y civilizador y en el poder agónico del ‘Doctor Montonero’. El habla “pura y limpia” de la región, Castilla la Nueva, la enseñanza del castellano al Emperador por el alto poeta, la paz del “celebrado y rico Tajo” en las vegas rumorosas “en soledad amena”, “con agradable mansedumbre” y el rugido “con ímpetu corriendo y con ruido” en los acantilados. Y la esperanza de la Gloria:

“cada día cantaréis mi muerte

vosotros los del Tajo en su ribera”.

 

(cito por “Obras” de G. de la V., ed., introd. y notas Tomás Navarro Tomás, Clás. Castellanos, Espasa-Calpe, 1966).

 

2.- “In illo tempore...”.  

 

Añoraron siempre la paz y la felicidad familiar. Conflicto del amor de uno con Benita Martínez Pastoriza; con Elena de Zúñiga, el otro. Bartolomé Mitre y Juan Boscán representan  la contrafigura  en este aspecto, por la constancia y fidelidad conyugal:

“¡Tú, que en la patria, entre quien bien te quiere

la deleitosa playa estás mirando...”

 

El político sanjuanino se lamenta de su inadaptación al encierro hogareño en Yungay, luego, de la muerte temprana de su hijo Dominguito y de su yerno Julio Belin y sólo en la vejez une retazos de su familia en su casa de Presidente.

 

En  cartas a su amigo José Posse  manifiesta la desgracia de su “dolorido sentir” y le dice no tener casa ni hogar donde arrimarse, no obstante sus amores yanquis (Ida Wickersham, la principal entre otras beldades inteligentes), como las sirenas napolitanas que excitaron el viril eros de de la Vega. Tampoco pudo el argentino consumar prolongadamente su unión con Aurelia Vélez, su Elisa, su Bella Durmiente del Bosque: esta pasión adquiere las ricas notas de romántica y trovadoresca, oscurecida voluntariamente por las convenciones de la época y  seméjase a la de Garcilaso por Doña Isabel Freyre:

 

“Sabed que en mi perfecta edad y armado,

con mis ojos abiertos me he vendido

al niño que sabéis, ciego y desnudo”.

 

(Soneto 28, a Boscán).

 

“Era omne esencial, amigo de efevos (...) e tobo tal gracia, que todos los cavalleros de su tiempo desearon  remidas sus costumbres” lo evoca Fernando del Pulgar en su “Claros Varones de Castilla” (siglo 15).

Garcilaso y Don Domingo sacrificaron su “hombre visible e interior” al “hombre visible y del deber”:

“Yo, como conducido mercenario,

voy do fortuna a mi pesar me envía”

 

(Elegía II).

 

Así lo enfoca Pedro Salinas en su semblanza de “La realidad y el poeta” (1937-1939, incluido en sus “Ensayos completos”, 1983).

 

Genios creadores y humanísimos más allá de las guerras de su vida activa y exterior. El “visible” en que la Fortuna “de un trabajo en otro lleva”, “ya mi paciencia en mil maneras prueba” (Égloga III), el camino “por tan duros pasos..., con la fuerza del afán presente” (Epístola a Boscán), “las horas del duro afán y grave pena” (Elegía II).

 

“Entre las armas del sangriento Marte,

de apenas hay quien su furor contraste,

hurté de el tiempo aquesta breve suma

tomando, ora la espada, ora la pluma”

 

(Égloga III).

 

La prosa sarmientina, de “dureza y áspero ejercicio”, a veces “zampoña ruda” “de ornamento y gracia va desnuda” y otras, el discurso agradable “del gusto y del ingenio”: la definimos con términos garcilasianos.

 

Casi medio siglo después de su prédica libertaria  en el  Idioma, Domingo se adaptará

Parcialmente a la evolución y progreso de nuestra República  Comspolita y Cartaginesa, alejada de los ideales garcilasianos.

 

Pero no obstante, insistirá y se acercará a la postura académica de conservación del  Lenguaje Oral y Escrito, en exigencias de lógica y decoro.

 

Así  lo sostendrá, por ej., y extensamente, en su “Introducción” celebratoria al libro “La Democracia Triunfante” de Andrew Carnegie, empresario y filántropo norteamericano (1835-1919),  traducido por Clodomiro Quiroga, y publicado en Buenos Aires en 1888 (vése S.: “Páginas literarias”, Obras, t. 46).

 

Irónico  y magistral, el  sanjuanino  expresa que nuestra “laxitud de principios en materia de lenguaje escrito, dada la prisa de nuestra vida y lo deleznable de nuestra literatura de labradores, de albañiles y de constructores de ferrocarriles,  de autores de rótulos de botellas, facturas y programas, no quita que sigamos el ejemplo de Saint Just y de Robespierre, jefes de sans culottes, que vestían sin embargo con pulcritud y aseo esmerado”.

 

En la nación financiera y bullente de trabajo de la pujante época del 80, Don Domingo reivindica al Poeta de las Églogas y consagra los ideales del Renacimiento, de voluntad de estilo; sabiamente obvserva, advierte y profetiza: “surgen las más graves cuestiones de las que dividen a los hombres y arrastran a las naciones tras de mirajes de engañosas apariencias”.

El estadista genial percibe la significación extra-lingüística de sus ideas, la unidad de la Lengua, el cuidado estético, pues vertebran una unión y una moral nacional de sólida construcción Republicana, nada menos que la      afirmación indestructible de nuestro ser colectivo.

 

El digno poeta-soldado está inserto en la tradición espiritual Humanista.

Lisardo Zía (1900-1975), poeta y periodista argentino,  en su “Pequeña Poética” evoca  al poeta toledano, “verdadero varón de guerras y de versos, forrado con todos los hierros de su armadura”, fiero en ello, y pugnante como el sanjuanino, pero además...”sabía llorar” “’estoy contino en lágrimas bañado’, decía, porque era un hombre”..

(Véase también Ignacio B. Anzoátegui, “Política y política de Garcilaso”, en su “Extremos del Mundo”, 1942; íd., Soneto “G.”, en “I. B. A.”  Ferro-Allegri, E.C.A., 1983, p. 183. Antonio Oliver, seud. ‘Andrés Caballero’: “G., capitán y poeta”. S. Serrano Poncela: “G. el inseguro”, en su “Formas de vida hispánica”, 1963).

 

Con exactas palabras que parecen definir a don Domingo, Anzoátegui (1905-1978)   afirma del poeta de la Vega: “el hombre que poseyó la virtud aristocrática de saber sufrir de un modo eminente y público...”. Porque, como Sarmiento afirma en sentida carta a su hija, desde N. York, el 10-9-1867: “Sé mi hija en eso, en sufrir, en trabajar, en esperar para mañana o para más allá del sepulcro...Yo, en la justicia de la posteridad, que es el cielo de los hombres públicos”.

 

Guerrero con la armadura del coraje, héroe del Espíritu Santo de la Acción y el Deber Cívicos, el valor de enfrentar el dolor con la fuerza moral de la Virtud Clásica de la Esperanza y la Fe  en la República (léase el “Epistolario íntimo” de S., ed. B. González Asrrili, E.C.A., 1963).

 

Una escritura comprometida con el amor a la belleza, con un lenguaje atento a “la verdad de las sentencias”, al rigor de la doctrina y a la búsqueda del sentido (léase su Carta a Doña Jerónima de Almogaver; H. Ciocchini, “G., poeta europeo”, en Cuadernos del Sur, B. Blanca, n° 11; J. Moreno Villa: “Palabras y formas culminantes en G.”,  en su “Leyendo a...”, El Colegio de México, 1944, p. 26-32); G. Díaz-Plaja: “La efigie de G.”, en su “Poesía y realidad”, 1952, incluido en su “Ensayos sobre Literatura y Arte”, 1973, p. 1079-1085; íd.: “G. de la V.”, en Boletín de la Academia Arg. de Letras, t. XVI, n| 60, p. 403-410). 

 

Recreador de la mitología clásica, reminiscente de los arquetipos platónicos, reconocedor de la Fe cristiana  (“que de tan bien lo que no entiendo creo tomando ya la fe por supuesto&rdquoGuiño.

 

3.- Escritores religiosos.

 

Vemos también a nuestro  “gaucho de la república de las Letras”  como un escritor religioso. Adviértese en su contracción al Bien Público como absoluta religación, su “cuidado”. En su estoicismo y vitalismo existencial. Su cultura clásica omnipresente en escritos, acción y meditaciones de  “animal político”. Su visión Cristiana del Progreso, su rehabilitación del Culto Mariano a la Mujer.  Pospone el “deleite y la terneza”, “a las útiles cosas y a las graves” como señala Garcilaso en su Epístola desde Aviñón, 12-10-1534. Pospone “los provechos, las honras y  los gustos”.

 

“Caudillo del Bien” denomina con acierto a nuestro Sarmiento el prof. Francisco Romero, pensador y ensayista. “Que al bien siempre aspiraste” lo llama, coincidentemente con estos juicios, Boscán a su amigo. Pensamiento y ejercicio del Bien en nuestros parangonados:

 

“es razón grande que en mayor estima

tenido sea de mí, que todo el  resto,

cuánto más generosa y alta parte

es el hacer el bien”.

 

(Epístola, v. 60-63).

 

En la Elegía I a la muerte de Bernardino de Toledo (1535) el joven hermano del Duque de Alba, canta Garcilaso  el valor superior de la fortaleza del ánimo, “encendida del divino amor el fuego” y la purificación del dolor.

 

Y la idea cristiana de la Bieaventuranza, de la Serenidad espiritual “eterna holganza y en sosiego”, “la dulce región de la alegría”, “de las horas inmortales”. Y en su Canción IV que J. L. De Ubeda llamó “elegía del alma” (en su “Vergel de flores divinas” 1582), sobre la lucha entre la razón y el demonio del deseo. Y en la Epístola a Boscán apologiza la calidad ética de la Amistad, que ennoblece y dignifica según el filosófo Aristóteles.

 

Fray Severo es el maestro de Mora, el sabio de la Égloga II, como lo es el Pbtro. José de Oro en “Recuerdos de Provincia”: preceptores de la conducta, formadores de la personalidad, arquetipos de educadores cristianos.

 

4.-  Vitalismo.

 

 El  imbatible periodista de “El Progreso” y “La Crónica”, como el autor asevera en su Soneto 33,  encarna al valeroso Hombre de “fe pura” y “gran firmeza” que ha atravesado “por ásperos caminos” en su “trabajosa vida” y ha mostrado el “ímpetu furioso” del agua embravecida.

 

Pero también es maestro en “aflojar la cuerda” de su patetismo de Moisés  criollo y su dramatismo de Hércules benéfico. Forjador  de instituciones democráticas, sabe tensar la cuerda de su Yo más íntimo, más lírico, más humano y personal, que tanta negada posteridad le ignora o le niega.

 

Hombres modélicamente renacentistas por su central vitalismo. Por su muy alta ternura y pasión aunada con su  extraordinaria donación amorosa, su activo heroísmo junto con su voluntad de Gloria. Su esperanza y búsqueda afirmativa de la Fama. Su vigoroso  personalismo estético y moral. Su atesoramiento del dolor más hondo, su sentimiento bucólico riquísimo, y la intensidad de sus luchas, viajes y sueños.

 

5.-Noción de Río.-

 

 La noción de “Río” en  el  argentino, coincide con la significación del Rhin y del Danubio en la poética del otro. Centros positivos impulsores de actividad ciudadana . En la Égloga II el Danubio incita a la acción gloriosa del Duque de Alba y del Emperador.

En la caliente prosa de aquél, el río concreta su visión venturosa del porvenir nacional. Y simboliza en su dinamismo comercial, la transformación de la aldea colonial en la República. Lente  del Estadista. Rn el río Tormes (loc. cit.), semantiza lo que entendemos como la típica acción sarmientesca: marcial, virtuosa y memorable.

 

Esforzada  concretización de un “pólemos” incansable, grande por su contundencia verbal y pragmática y su posterior influjo. Claro, es el río de la gloria de la ciudad de Alba de Tormes, y también sugiérenos la gloria de Hacedor a la que aspiró nuestro Sísifo, con veracidad y nobleza excepcionales.

 

6.-  Poeta de la sensación .

 

 Poeta de la “sensación aguda y penetrante” al decir de Azorín (1867-1973) en sus  “Lecturas españolas” (1912), Garcilaso ama el agua, los árboles y las flores. Ejemplifican sus “tres dilecciones supremas” ( autor cit., “Obras Completas”, ed. Aguilar, en tomos 2, 3, 4 y 8). Notamos sutileza, constante gracia y refinamiento en  su eurítmico estilo. Moroso y placentero.  Bastedad frecuentemente, urgencia práctica, imperatividad y profetismo, a veces sorprendente delicadeza estética, velada por la innúmera exigencia de la praxis política, en la “prestíssima” escritura sarmientesca.

 

Ostentan  semejante  tendencia a la “embriaguez terrenal” y al panegírico de los Héroes. Facundo, San Martín, Lincoln, Vélez en uno. El Duque y su familia en la urna de la Égloga segunda. La poesía de Natura y de Marte. La lírica y la épica les penetra la pluma, más incisiva y encrespadamente en  aquél.

 

Pero “el otro Sarmiento” que queremos destacar, es el Garcilasesco. Ricamente sensorial y artista admirable, humano y amical. Estilista vibrante, romántico, nostalgioso. Lo llamaremos “Sarmiento Lasso”. Ingenuo como un  joven idealista y apresurado.  Amantísimo padre, hijo y hermano.   Lo llamamos también ”Garci Sarmiento”. Personalidad de entidad Imperial, ascendente y bravo en sus gestas por el Progreso Americano. Símbolo de lo Moderno y de lo Nuestro. Manantial prodigioso  del Arte y el Pensamiento hispánicos.

 

En su eximio  estudio “Hacia el humor de Sarmiento” (1977) indica Raimundo Lida que “aparecen sorprendentes reminiscencias del poeta toledano en los más imprevisibles contextos”. Y documenta un precioso artículo  en “El Mercurio” donde el autor de “Argirópolis” describe jocosamente un viaje “cervantino”, accidentado por el fango peligroso  del camino. Alude a la desgracia de lo ocurrido con la cita acriollada del primer verso del soneto X del poeta “¡Oh dulces prendas, por mi mal halladas”, compuesto con motivo de la muerte de su amada Isabel (como la Lamentación de Nemoroso en la primera Égloga).

 

Según Francisco Sánchez el Brocense (1523-1601) y Fernando  de Herrera (1533-1599), es recuerdo de “La Eneida”, libro IV  (Virgilio, 70-19 a.C.): el doloroso llanto de Dido al matarse con la espada de Eneas: “¡Oh dulces prendas, mientras lo consentían los hados y un dios, recibid esta alma y libertadme de estos crudos afanes” (traducción de E. de Ochoa). Retozándole los manes garcilasianos,  presintiendo la muerte, escribe don Domingo: “¡Oh  prendas por mal de la patria malogradas!. ¡Oh dones inútiles para la causa americana!...”.

 

7.-  Paisajes.-

 

 Azorín en “Los dos Luises” (1921)  señala un rasgo casi privativo de Garcilaso: su europeísmo.  Igual que para el sanjuanino, el carácter teutón le trasmite disciplina moral e intelectual. El español le adiciona la “fiereza”, la valentía y la fuerza prusiana, que también Sarmiento, celebra en sus “Viajes, 1845-1847” (Obras, tomo 5).  Por su parte, Francia, estética y filosofía, les significa a ambos: Patria del Pensamiento especialmente al sanjuanino, nación de Rabelais y de Montaigne.

 

Otro rasgo sobresaliente: su placer en describir, vivir, pintar y santificar la Naturaleza. Con la  intensa literatura sarmientina aparece en toda su riqueza el genuino paisaje y personajes americanos. Azorín afirma, refiriéndose a su connacional, que “las montañas, los bosques, los ríos, el mar, aparecen por primera vez en la poesía española con Garcilaso”.

 

El recio Faustino, pasión y razón juntas y a veces en conflicto, se hace dulce y elegante casi melifluo, preciosista y garcilasiano para memorar los encantos de la sierra puntana, la montaña natal  o la magia de la selva brasileña, del Delta o del paisaje tucumano.  Canta como Garcilaso a las

 

“Corrientes aguas puras, cristalinas

árboles que os estáis mirando en ellas”,

 

a la Naturaleza idílica y frecuentemente cerril del paisaje patrio. Como el pastor de la segunda égloga, ya citada, versos 64 y ss.:

 

“aquel manso ruido

del agua que la clara fuente envía,

y las aves sin dueño

con canto no aprendido

hinchen el aire de dulce armonía,

háceles compañía...”,

“...y entre varios olores

gustando tiernas flores,

la solícita abeja susurrando,

los árboles y el viento...”.

 

El viajero inmerso en la observación geográfica, devorador de panoramas y detallista deleitoso. El joven eglógico que sencillamente corretea por la sierra y los valles cuyanos. El anciano patriarca que goza en su estadía paraguaya y canta loas “con su voz cansada” a Asunción. El hombre público tempestuoso que descubre y gusta “rusticar”  en el Delta y del que escribe bellas cartas alabándolo, rememorando el tópico conocido del  “menosprecio de corte”  (Antonio de Guevara) y del “beatus ille” horaciano. Cual Salicio (ob. cit., v. 38 y sig.), podría cantar:

 

“¡Cuán bienaventurado

aquel puede llamarse

que con la dulce soledad se abraza,

y vive descuidado”

 

y

“ ...No ve la llena plaza,

ni la soberbia puerta

de los grandes señores,

ni los aduladores

a quien el hambre del favor despierta”.

“Aquel breve descanso

aquel reposo

basta para cobrar de nuevo aliento”.

 

 8.-  Se cansa del descanso.

 

En su mencionado destierro en Yungay (1852) nuestro  Domingo se cansa del descanso. En carta a Mitre, del 9-7-1852 lo califica de “alegre prisión”: “rasguño la silla en que estoy sentado; tallo la mesa con el cortaplumas, y me sorprendo mordiéndome las uñas” y alude “a mi apego al fueguito, al quietismo y el silencio, cuando  la pasión no me inspira palabras como un torrente impetuoso, escritos como catapulta, actos como poeseído del diablo”. Configura él mismo su dualismo personal  conflictivo, el activo y volcánico político, y el intelectual y artista contemplativo, amigo del ocio y el silencio. Naufraga angustiado en la inacción forzada, el obligado ocio matrimonial lo sume en la zozobra. Traduce el estado anímico de Nemoroso en la primera Égloga:

“Y en este triste valle, donde agora

me entristezco y me canso en el reposo”,

 

(ob. cit., versos 253-254).

La tiranía conyugal, los celos, arman la cárcel en su hogar chileno, pues él posee el alma arriesgada y el ansia de batalla que luce el soldado-poeta. Y... ama a Aurelia: su concepto garcilasiano de este amor, como sufrimiento y frustración, y suplicio de sí mismo, se complementa en la segunda Égloga con su entendimiento dolorido del amor sin esperanza.


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