MAX SCHELER Y EL MUNDO DEL ESPÍRITU.-
Por Guillermo R. Gagliardi.
La lectura de las obras de Max Scheler (1874-1928) advierten sobre la necesidad de las Ideas, la consideración del Espíritu y el horizonte luminoso del Ser y los Valores Absolutos.
Nos precave sobre la deshumanización de la Era Tecnológica, sobre la irreductibilidad de la Persona al método científico-positivo.
I.- Retorno a los Valores.
Retornar a los Valores del respeto, el amor, la humildad, la piedad, la libertad es el Mandamiento de su obra filosófica.
Uno de sus preclaros maestros fue Rudolf Eucken (1846-1926), también filósofo alemán, autor, entre otros, de “La lucha por un contenido espiritual de la vida” y “La vida del Espíritu”, de 1896 y 1909 resp., Premio Nobel de Literatura 1908,.
En estos días de penuria para el Hombre, en que el poderío material esta hipertrofiado, y el Espíritu se debilita, nos indica el peligro de la desproporción evidente entre lo Mecánico y lo Místico.
Días de Oscurecimiento Mundial, como los que vivió de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), de disolución y desalojo del Espíritu. Sus meditaciones profundas nos animan a dar ese Salto Cualitativo que ha de plenificarnos y ennoblecernos.
Definitivamente nos enseña que el Espíritu es Trascendencia, apertura a un mundo “a priori” de Valores y de Sentido.
La Persona reviste la cualidad de Moral luciendo las categorías de Cordura o coherencia de sentido, Mayoridad (cierto grado de desarrollo) y Dominio sobre el cuerpo propio. Inobjetivable en su Trascendencia.
II.- La Persona Humana.
El Hombre ahonda en su Ser Espiritual cuando se realiza en su Integralidad. Como Persona Singular y como Persona Social.
La Persona es un Centro dinámico, activo, en continuo y libre perfeccionamiento, que funda, unifica y otorga significación a nuestros actos.
No olvidemos que la esencia del Espíritu del Hombre radica en esa capacidad de Interioridad. La Nada ejerce una fatal tracción sobre el Hombre, pero a través de la acción ejemplar de los Modelos, se le vuelve asequible el ascender a Dios.
Las reflexiones schelerianas se encienden desde el influjo de San Agustín, de Pascal, de Nietzsche y de Bergson.
III.- “Ardiente y Libérrimo”.
René Le Senne y Louis Lavelle califican al pensador germano como Genio “ardiente y libérrimo”. El argentino H. D. Mandrioni lo parangona con Sören Kierkegaard, el filósofo danés, existencialista, autor de “Temor y Temblor”. “Representa un retorno al estilo greco-medieval en el sentido de la afirmación de una directa, inmediata e intuitiva apertura del espíritu al mundo real y jerárquico de los seres”. Amplió sensiblemente el campo Espiritual, con el reconocimiento del “mundo del sentir emocional”.
Según su concepción, afirmará la irreductibilidad de los Principios éticos a Postulados Lógicos, la aprehensión de los Valores mediante una Percepción Afectiva.
Cuantioso ha sido su influjo en la Pedagogía, la Psicología, la Axiología, la Ética, la Sociología, la Antropología, la Culturología, la Metafísica.
Scheler, era “alguien que quería vivir la vida hasta el extremo e hizo de su vida una brillante llama que se consumió en 54 años” (M. de Gandillac, cita de Mandrioni, en su “Introducción a la Filosofía”, vs. eds.).
Destacable es el influjo de Buda en las teorizaciónes schelerianas. Por ello, p. ej., relaciona las “condiciones morales del filosofar” con las técnicas de “reducción fenomenológica” (Edmund Husserl): des-realización, ascetismo, separación de la esfera vital. “Reducida la tendencia vital, debilítase la fuerza de la realidad contingente, permitiendo la intuición de la esencia”.
El dogmatismo y materialismo del “yo natural” es proclive a entregarse al “enceguecimiento de las cosas terrestres”.
Mas en el Amor, el Yo se abre al “otro”, desde la humildad y el autodominio.
Anti-cartesiano, el “yo” no significa para Scheler el centro de la Filosofía, sino el Ser, el que debe recuperar su prioridad antológica.
“La civilización como condicionante del despliegue espiritual. La razón al igual que las herramientas y máquinas, vale en la exacta medida en que posibilita el ocio para la contemplación y para el ejercicio del amor de Dios. Ellas crean el lugar y el mecanismo exterior favorables la Cultura Espiritual”.
IV.- El Saber y la Culotura.-
Entiende al Saber como una Relación Ontológica.
Distingue sabiamente un Saber de Cultura (admiración), de las esencias, que sirve al despliegue de la persona, es un saber de Educación o Formación. En el cual se elimina el Centro Pulsional, surge el Centro Espiritual-Personal y que introduce en la Metafísica.
Un Saber de Salvación: el amor a Dios, fundamento último de la esencia y existencia del Mundo. Y un Saber de Dominio, de transformación del mundo, por la Ciencia y la Técnica, que legisla la fugacidad fenoménica, las cosas, lo sensible, lo experiencial.
En su “Sociología del Saber” afirma que Oriente posee una técnica del Saber Filosófico, de “ideación esencial”, que otorga al cavilar humano un sentido de Eternidad. Exalta el Desapego, anulación de la Acción y del Mundo. Occidente otorga un Saber Técnico de Dominio.
Toda acentuación unilateral de cada uno de estos tres Saberes, tiende a desquiciar a la Humanidad.
Lo Emocional, lo más profundo del Espíritu, es el Amor y el Odio, irreductible a toda Lógica. El Amor es apertura al Otro. Nuestra actitud ante el Mundo, es una actitud emocional captadora de Valores. P. ej., leer “Amor y Conocimiento”, “Ordo Amoris”, “Esencia y formas de la Simpatía”.
Según su pensamiento el amor precede al intelecto, “el amante precede al cognoscente”. Para captar las intenciones de lo real, para aprehender las esencias de las cosas, es preciso coparticipar del amor primigenio que los creó.
V.- El Mundo de las Esencias.
Por el Espíritu, “Geist”, el Hombre se abre al mundo esencial, desciende a los Orígenes, lo Primigenio, los Fundamentos. Es apertura al mundo, capacidad de revelar el Ser.
La Idea del Hombre en Scheler apunta más allá de sí mismo y de toda vida, a Dios. Es atraído hacia lo Divino por la Gracia y por el Don.
Las Notas del Espíritu: Trascendencia, Indefinibilidad, Sacralidad, Gratuidad, Supernaturalidad.
Privilegia el Dolor como Purificador e Iluminador de la Conciencia. Orienta al Hombre hacia los estratos más profundos de su Ser. Lo expone magníficamente, en esplendorosa expresión, en su “Sentido del Sufrimiento”.
La Jerarquía de los Valores abarca lo agradable, lo útil, lo noble, los valores espirituales o culturales y los Religiosos. Generan, se corresponden con los cinco tipos o Modelos existenciales: el Artista, el Conductor de la Civilización, el Héroe, el Genio y el Santo. Así lo escribe en “Formalismo en la Ética y la Ética Material de los Valores”.
Ante la angustia terrestre del existir puramente temporal, afirma la superioridad de lo Espiritual, su fuerza Liberadora.
VI.- Ética y Metafísica.
Para este personalismo Ético, el principio unificante de la heterogeneidad de los actos es la Persona. Independiente del estrato psíquico y físico. Es única, insustituible, irrepetible.
En sus obras “Del derrocamiento de los Valores”, “Fenomenología y Metafísica de la Libertad”, “Esfera de lo absoluto y posición real de la idea de Dios”, entre otras sólidas y memorables contribuciones al Pensamiento Contemporáneo, afirma la Presencia en el Hombre de un núcleo metaempírico, de una Dimensión de Eternidad, de un punto central transfísico del que brotan los Actos Espirituales.
En sus Meditaciones, la Ética está ligada a la Metafísica, la Persona se vincula a Dios, el Ser Espiritual con el Ser Absoluto.
Y debe estar también atenta a la Historia y la Sociología, a la circunstancia epocal, pues el Espíritu, a pesar de ser una Entidad Suprahistórica, debe hallar su maduración y su despliegue en el Tiempo..
Véase su “De lo eterno en el Hombre”, con su lúcida aplicación de la Fenomenología al Hecho religioso.
El Espíritu se manifiesta en discontinuidad metafísica en relación el evolucionismo Spenceriano. El Geist establece un ámbito ajeno a las determinaciones naturales, irrumpe lo Divino en el Hombre.
VII.- Conclusiones.
El Hombre en cuanto Espíritu se halla colocado entre la Esencialidad Divina a la que aspira, y el Centro Vital al que está existencialmente ligado como entidad fáctica y contingente (“El puesto del Hombre en el Cosmos&rdquo
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El Hombre ha de desprenderse de la esfera psico-física y del mundo circundante. E instalarse en el mundo de las Esencias, de lo Eterno y lo Permanente, es decir, en Lo Divino.
Consuela y estimula el pensar scheleriano, en medio de una época de indiferencia, de des-amor, de amoralidad e inmoralidad obvias, de odios y de terror.
Enseña magistralmente, definitivamente al hombre deshumanizado de esta era sobre el apriorismo de la Afectividad, la necesidad del cultivo del Horizonte del Ser, las Ideas, las Emociones...
Una obra, rica y varia, leonina en su hacer y trascendencia, un Llamado al Amor, la Piedad, y una sólida y comunicativa Metafísica de la Libertad Humana...