martes, 03 de febrero de 2009

                                    DIOS  EN LOS ESCRITOS DE MARTIN BUBER.-

 

 

 

                                               Por Guillermo R. Gagliardi.

 

 

 

Partimos del axioma  del ilustre filósofo-teólogo vienés, judío,  MARTIN BUBER (1878-1965)     sobre que sin la verdad del encuentro, todas las imágenes de Dios  son ilusión  y  engaño de uno mismo.

 

Quien rehúsa someterse a la realidad efectiva de la Trascendencia, advierte el pensador, contribuye a la responsabilidad humana por el “Eclipse de Dios”.

 

Toda realidad religiosa comienza con el Temor a Dios (el Dios terrible e incomprensible): constituye el misterio esencial,  la primordialidad de lo incognoscible, lo inescrutable.

A través de esta  puerta  el creyente penetra en lo cotidiano. Éste está consagrado como lugar en que  aquél  debe vivir con el Misterio.

 

Buber acentúa su observación profunda de que toda expresión religiosa auténtica, posee un carácter personal, surge de una situación concreta, más aún, consiste en un “Encuentro”.

 

Distinguimos: Religión,  no =  a Filosofía. Ésta va más allá de la circunstancia tangible. Comienza y recomienza con la Abstracción (alejamiento de lo Concreto).

 

La Filosofía nos eleva al plano  de la Conceptualización, a la dimensión de las Ideas.

Proclamaron los griegos y los hindúes precisamente la Liberación del que conoce, respecto de la experiencia. Fundamentaron la dimensión de “lo óptico”,  la Contemplación o “theorein”.

 

 Apelamos  a la Historia de la Filosofía Griega, consecuentemente, como la Historia de la “Optificación del Pensamiento”: lo Universal como realidad superior a la existencia.

 

Mordechai Martin Buber  considera dos modos  pertinentes  de nuestra existencia con el Ser: 

 

“Yo-Ello”=  conocimiento del hombre pre-filosófico.

Dios como una cosa, un Ser entre seres y que implica imaginación, sentimiento, éxtasis y exasperación, ante un Dios viviente.

 

“Yo-Tú= el ser ilimitado se convierte, como Persona absoluta, en mi compañía.

Corresponde al hombre filosófico: este Algo deja de ser un objeto de sentimiento y de deseo, y pasa a  significar y adquiere entidad como Objeto del Pensamiento.

 

La Religión se construye como un pacto de Lo Absoluto con Lo Particular. Por lo tanto, la “realidad religiosa” importa la unificación personal, su intensidad y transfiguración.

 

Alude a Blas Pascal (1623-1662), el científico y pensador de Clermont-Ferrand,  quien habla del Dios de los Filósofos diferente del de Abraham. Aquél significa una idea. Éste, resume todas las ideas.

Es el “estar a solas en tu Presencia”, “lejos del Mundo”, “despojado de todas las Cosas”.

Es el Dios del Corazón, del Encuentro, del Amor.

 

También Emmanuel Kant (1724-1804) consagra su “Principio de Teología Trascendental”. Dios: qué es y su existencia, implican un pensamiento dentro de mí  e igualmente una relación moral.

Ha de creerse en un Dios viviente, en una relación personal.

 

Hermann Cohen (discípulo de Kant, 1842-1918) en su “Las concepciones mitológicas relativas a Dios y al Alma” (1868) sostiene que Dios es una Idea, no es existencia, no es vida natural ni espiritual.

 

Dios despliégase como un Concepto Ético.  “El único lugar de Dios está dentro de un sistema de pensamiento”.

 

Después, Cohen  elabora otras exposiciones, no menos trascendentes: “Ética de la Voluntad Pura” (1904), “Religión y Moral” (1907) que  explica la batalla entre Conocimiento de Dios y Amor a Dios, “El amor a la Religión” (1910): es el amor a Dios, el conocimiento de la Moral; y “El concepto de Religión en el sistema de la Filosofía” (1915).

El amor a Dios como Padre, como vengador  y protector del pobre:

 

“No puedo amar a Dios sin dedicar todo mi corazón a vivir para mis semejantes, sin consagrar toda mi alma a la respuesta a todas las tendencias espirituales del mundo que me rodea”.

 

En la medida en que sea capaz de amar al hombre, amaré a Dios.

 

Y, finalmente, su obra póstuma:  “La religión de la razón en base a las fuentes del Judaísmo”. Aquí  establece apropiadamente que el amor de los hombres hacia Dios es amor al Ideal Moral, y está destinado pronto a llegar a la Desesperación, ante la conducta del mundo, que contradice esos principios.

 

También señalamos la naturaleza de la Ética y la de la Religión.

Una  consiste  en la decisión moral efectiva del individuo.

La Religión, por su parte, ya indicamos, es relación efectiva del individuo con Lo Absoluto.

 

La Religión envía sus rayos hasta que penetran toda la vida de la persona, produciendo un amplio cambio estructural.

 

Esencialmente, la religiosidad viva desea producir un “Ethos viviente”. Lo religioso confiere. Lo ético, recibe.

 

Por ello  se manifiesta una Heteronomía y una Autonomía moral: en la primera, influencia de las leyes morales externas. En la segunda, gravitan las leyes impuestas por el ser personal.

 

Pero la relación religiosa supera esta alternativa.

Surge de tal modo, una “Teonomía”: la Religión nos proporciona algo  qué comprender, que cada individuo debe comprenderse  por sí mismo. Aquí acentuamos la Libertad Individual.

 

La Religión es principalmente el acto  de “aferrarse a Dios”.

La Filosofía proclama ostensiblemente la Independencia de la Reflexión. Y hoy, sobre todo, el “Abandono de Dios”.

 

Buber proclama a la Plegaria como el Discurso del Hombre ante Dios, que pide la manifestación de esa Presencia, para que se torne diagonalmente perceptible.

 

Exige una condición: la disposición plena del hombre a aceptar esta Presencia, y a desplazar todo lo que perturba o aparta de esa Luz.

 

La relación dialógica, Yo-Tú (según expuso principalmente en su  famoso “Ich un Du”, 1923) personal, de un ser con otro, este encuentro existencial, esta relación esencial, es la más auténtica en el concepto buberiano, la más enriquecedora.

 

Dicotomiza  la relación Yo-Ello: subjetiva, empobrecedora,. No es de entrega, incapaz de decir Tú y de practicar una relación plena y fundamentadora, y corresponde al Yo omnipotente de la Modernidad: al Eclipse de Dios.

 

Afirma  el reflexivo maestro de “Imágenes del Bien y del Mal” (1952), en su “Yo y Tú”:

 

“El vocablo Dios es la más gravosamente cargada de todas las palabras que el hombre emplea, pero por esta misma razón es la más imperecedera y la más indispensable de todas.

...

Quien pronuncia la palabra Dios cuando está todo lleno de Tú (...) se dirige al verdadero Tú de su vida, al que ningún otro Tú limita y, con el cual está en una relación que envuelve todas las otras”.

 

En esta relación, el encuentro Supremo, actúa el hombre todo entero. Implica una acción: elegir. Y una Pasión: ser elegido.

 

El Ello está compuesto de preceptos, ejercicios, meditaciones, preparación.  La dinámica Mundo / Dios sugiere una separación...

 

Mientras que en la relación pasional descripta antes, el hombre actúa en su plenitud, en la perfecta aceptación de la Presencia: un hecho simple y prístino, una cita, pura, incondicional, no excluye nada, incluye todo, no olvida nada.

 

Apartarse del Mundo no es dirigirse a Dios.

Tampoco lo es tener los ojos fijos sobre el mundo.

No encontramos a Dios apartándonos del Mundo ni sólo permaneciendo en el mismo. Todo se ve en esa dirección amorosa, implicante, que tan bellamente poetizó Juan Ramón Jiménez en su “Animal de Fondo”, el Dios deseado y deseante.

 

Simone Weil (1909-1943) en su “Espera de Dios” (traducción castellana 1954, nueva ed. española “A la espera de Dios”.  1996) aporta algo más al concepto de Plegaria. Como “atención”, incluye  “orientación hacia Dios,”, toda “la que el alma sea capaz”, genuina, sin sentimentalismos ni retóricas, pero  sí definitoriamente “amorosa”:

 

“Jamás, en ningún caso, un verdadero esfuerzo de atención se pierde.

Siempre es eficaz para el espíritu y también, por añadidura, para el plano inferior de la inteligencia, pues toda Luz Espiritual ilumina la inteligencia”.

 

 Esta “mujer absoluta”, militante en  el tema de la condición obrera, sensibilísima y  sobre-humana, autora de “La gravedad y la Gracia” y “El conocimiento sobrenatural”,  destaca que “el deseo de luz produce Luz”. Adquirimos mayores aptitudes para este encuentro en cuanto mayor y más intenso y más fino es “nuestro deseo de volverse más apto para captarla”. En este sublime “entre” buberiano halla su entidad la persona. En este diálogo Hombre/Dios anotamos la esencia del judaísmo bíblico.

 

“La atención consiste en suspender el pensamiento, en dejarlo disponible, vacío y penetrable por el objeto”.

 

“No debemos buscar, sino esperar, los bienes más preciosos”.

 

 

Bibliografía auxiliar:

 

José Isaacson: “La lección de M. B.” (en su “Filosofía, literatura, etc.”, 2004).

Víctor Massuh: “Utopía y comunidad en el pensamiento de B.” (en “Sur”, mar.-abr. 1963).

Eugen Relgis: “Los tres caminos de B.” (en su “Profetas y Poetas”, Humanidad, 1981).

           


Publicado por Desconocido @ 19:49
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