LAS DOS ESTÉTICAS DE LEOPOLDO MARECHAL.-
Por Guillermo R. Gagliardi.
I. “DESCUBRIMIENTO DE LA PATRIA”.
“....No sólo hay que forjar el riñón de la Patria,
sus costillas de barro, su frente de hormigón:
es de urgencia poblar su costado de Arriba,
soplarle en la nariz el ciclón de los dioses.
La Patria debe ser una provincia
de la tierra y del cielo”.
“...La Patria no ha de ser para nosotros
nada más que una hija y un miedo inevitable,
y un dolor que se lleva en el costado
sin palabra ni grito”.
Don Leopoldo Marechal (1900-1970) contempló la Nación, cuando “era un retozo de niñez en el Sur aventado”, “la vi en el mediodía tostado como un pan, entre los domadores que soltaban y ataban el nudo de la furia en sus potrillos”...
Él declara pertenecer a “otra estirpe”, a “otro clan”, a aquellos que venían “del Sur en caballos y églogas”. Ajeno a aquellos “de ojos verticales y de aritmética”, “los abismados hombres de negocio que medían en pulgadas la madera del norte”...
Solo, solo con sus poesías y su amor a la tierra y sus gentes simples y humildes, fuertes y curtidos por el trabajo, el sufrimiento y la injusticia.
Toda su valiosísima obra literaria, que debe ser re-des-cubierta necesariamente, muestra su raíz Metafísica, su sed de Eternidad, su clásico manantial y textura: sus fuentes prestigiosas y su estilo selecto, la Altura de su Arte.
El Humanismo de sus motivos e intereses. Léanse p. ej., sus “Odas para el hombre y la mujer” (1929), sus estudios sobre San Juan de la Cruz y Santa Rosa de Lima, su “Descenso y ascenso del Alma por la Belleza” (1939), “El Centauro” (1940)...
Americaniza, argentiniza, nacionaliza los temas y versos de los grandes escritores áureos españoles, las bases inconmovibles de la literatura y pensamiento griegos, las mitologías de linaje más antiguo.
Conjuga pues (geminiano en su carta solar) dos interpretaciones del Mundo y dos sentidos de la Belleza: la Nacional en su màs alta significación y la Universal, igualmente.
La Belleza lo acompaña en su pluma, en la Poesía, el Teatro, la narrativa, el ensayo. Con su Misterio y profundidad trascendental.
Su escritura tensa de Nacionalismo y de Universalidad.
Deberíamos leer y conocerlo mejor, evitando en lo posible hermenéuticas sofisticadas de políticos y críticos enigmáticos.
Paradigma de la mejor Literatura son sus inmortales “Al resero Facundo Corvalán”, “Al domador Celedonio Barral”, entre otros de tema nacional y factura finísima. Al primero le erige su monumento verbal, su epitafio clásico: “Nadie toque su sueño: aquí reposa un viento”.
Al segundo, igualmente, al modo de Horacio, en su “Oda” III, “exegi monumentum aere perennius”, perenne retrato del domador:
“El potro de la muerte no se rindió a su espuela
de antiguo domador y jinete final.
Por eso duerme aquí, silencioso y vencido:
porque domaba todos los caballos,
menos uno”.
II. VIDA Y ARTE.
El autor de “Adán Buenosayres” (1948), “Antígona Vélez” (1951), “Heptamerón” (1966), etc., ha sido maestro en la enseñanza escolar e Intelectual dentro de la más sólida formación Humanística, greco-romana y cristiana.
Asimismo representa uno de los mayores cultores de la Lengua Castellana en Argentina y en Hispano-América.
Su estética parte y arriba a una cosmovisión platónica, serena, armoniosa. Su idioma “puesto sobre justa balanza”, como lo define en su “Laberinto de amor” (1936), contiene y trasunta una deliberada sobriedad.
Integran leit-motivs centrales de su Literatura la evocación romántica del Sur bonaerense, de la localidad de Maipú donde residía su familia (hijo de uruguayo con ascendencia francesa, y de vasca) y el porteñismo pasional, raigal, de sus escritos (v.gr. “Adán BuenosAyres”, 1948).
Sus decisivas andanzas campestres con el tío Francisco Mujica por un lado y su giro hondo hacia la Mística, la Teología y el Simbolismo religioso, marcan los dos ritmos de una obra extensa, premiada en su momento y hoy algo desconocida por los más.
Así en su “Cantico Espiritual”, 1944, dentro de un estilo, y por la otra vertiente, “Historia de la Calle Corrientes” (1967) v. gr..
La ciudad de Buenos Aires, que para él significaba “no una sola ciudad sino treinta ciudades adyacentes y distintas, cada una de las cuales aprieta una mazorca de hombres y destinos en interrogación” (“El banquete de Severo Arcángelo”, 1965).
Maestro de enseñanza primaria y secundaria, funcionario de Cultura, bibliotecario. Transcurrió su vida rica y silenciosa, cultivando la pluma y la palabra, la lectura selecta y los entrañables amigos. También los reveses de la política criolla dañaron su humanidad, bondadosa y generosa como pocas. Su “Elbiamor”, la esposa, Elbia Rosbaco, artista como èl, embelleció sus años finales y alumbrò las sombras de un exilio injusto y mezquino...