jueves, 05 de febrero de 2009

                LAS DOS ESTÉTICAS DE LEOPOLDO   MARECHAL.-

 

 

                                               Por Guillermo R. Gagliardi.

 

 

I.  “DESCUBRIMIENTO  DE  LA  PATRIA”.

 

 

                  “....No sólo hay que forjar el riñón de la Patria,

                  sus costillas de barro, su frente de hormigón:

                  es de urgencia poblar su costado de Arriba,

                  soplarle en la nariz el ciclón de los dioses.

 

                  La Patria debe ser una provincia

                  de la tierra y del cielo”.

 

 

                  “...La Patria no ha de ser para nosotros

                  nada más que una hija y un miedo inevitable,

                  y un dolor que se lleva en el costado

                  sin palabra ni grito”.

 

Don Leopoldo Marechal (1900-1970)  contempló la Nación, cuando “era un retozo de niñez en el Sur aventado”, “la vi en el mediodía tostado como un pan, entre los domadores que soltaban y ataban el nudo de la furia en sus potrillos”...

 

Él declara pertenecer  a “otra estirpe”, a “otro clan”, a aquellos que venían “del Sur en caballos y églogas”. Ajeno  a aquellos “de ojos verticales y de aritmética”, “los abismados hombres de negocio que medían en pulgadas la madera del norte”...

 

Solo, solo con sus poesías y su amor a la tierra y sus gentes simples y humildes, fuertes y  curtidos por el trabajo, el sufrimiento y la injusticia.

 

Toda su valiosísima obra literaria, que debe ser re-des-cubierta necesariamente,  muestra su raíz Metafísica, su sed  de Eternidad, su clásico manantial y textura: sus fuentes prestigiosas y su estilo selecto, la Altura de su Arte.

El Humanismo de sus motivos e intereses. Léanse p. ej., sus “Odas para el hombre y la mujer” (1929), sus estudios sobre San Juan de la Cruz y Santa Rosa de Lima,  su “Descenso y ascenso del Alma por la Belleza” (1939), “El Centauro” (1940)...

 

Americaniza, argentiniza, nacionaliza los temas  y versos de los grandes escritores  áureos españoles, las bases inconmovibles de la literatura y pensamiento griegos, las mitologías de linaje más antiguo.

Conjuga pues (geminiano en su carta solar) dos interpretaciones del Mundo y dos sentidos de la Belleza: la Nacional en su màs alta significación y la Universal, igualmente.

 

La Belleza lo acompaña en su pluma, en la Poesía, el Teatro, la narrativa, el ensayo. Con su Misterio y profundidad trascendental.

Su  escritura tensa de Nacionalismo y de Universalidad.

 

Deberíamos leer y conocerlo mejor, evitando en lo posible hermenéuticas sofisticadas  de políticos y críticos enigmáticos.

 

Paradigma de la mejor  Literatura son sus inmortales “Al resero Facundo Corvalán”, “Al domador Celedonio Barral”, entre otros de tema nacional y factura  finísima. Al primero le erige su monumento verbal, su epitafio clásico: “Nadie toque su sueño: aquí reposa un viento”. 

Al segundo, igualmente, al modo de Horacio, en su “Oda” III,   “exegi  monumentum aere perennius”, perenne retrato del domador:

 

                  “El potro de la muerte no se rindió a su espuela

                  de antiguo domador y jinete final.

                  Por eso duerme aquí, silencioso y vencido:

                  porque domaba todos los caballos,

                  menos uno”.

 

 

 

II. VIDA Y ARTE.

 

El autor de “Adán Buenosayres” (1948), “Antígona Vélez” (1951), “Heptamerón” (1966), etc., ha sido maestro en la enseñanza escolar  e Intelectual dentro de la más sólida formación  Humanística, greco-romana y cristiana.

 Asimismo representa uno de los mayores cultores de la Lengua Castellana en Argentina y en Hispano-América.

Su estética parte y arriba a una cosmovisión platónica, serena, armoniosa. Su idioma “puesto sobre justa balanza”, como lo define en su “Laberinto de amor” (1936), contiene y trasunta una deliberada sobriedad.

 

Integran leit-motivs  centrales de su Literatura la evocación romántica del Sur bonaerense, de la localidad de Maipú donde residía su familia (hijo de uruguayo con ascendencia francesa, y de vasca) y el porteñismo pasional, raigal, de sus escritos (v.gr. “Adán BuenosAyres”, 1948).

 

  Sus decisivas andanzas campestres con el tío Francisco Mujica por un lado y su giro hondo hacia la Mística, la Teología y el Simbolismo religioso, marcan  los dos ritmos de una obra  extensa, premiada en su momento y hoy algo desconocida por los más.

Así en su “Cantico Espiritual”, 1944, dentro de un estilo, y por la otra vertiente, “Historia de la Calle Corrientes” (1967) v. gr..

 

La ciudad de Buenos Aires, que para él significaba “no una sola ciudad sino treinta ciudades adyacentes y distintas, cada una de las cuales aprieta una mazorca de hombres  y destinos en interrogación” (“El banquete de Severo Arcángelo”, 1965).

 

Maestro de enseñanza primaria y secundaria, funcionario de Cultura, bibliotecario. Transcurrió su vida rica y silenciosa, cultivando la pluma y la palabra, la lectura selecta y los entrañables amigos.  También los reveses de la política criolla dañaron su humanidad, bondadosa y generosa como pocas.  Su “Elbiamor”, la esposa, Elbia Rosbaco, artista como èl, embelleció sus  años finales y alumbrò las sombras de un exilio injusto y mezquino...


Publicado por Desconocido @ 17:30
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