viernes, 13 de marzo de 2009

            “ALFREDO  DE  LA  GUARDIA,  PERSONA  Y  CREACIÓN”.

 

 

                                                            Por  Guillermo R. Gagliardi.-

 

 

I.- Cultura Humanista. Presencia de Ricardo Rojas.

 

Cuando en la primera semana de febrero del ’74 falleció don Alfredo de La Guardia, los diarios comunes y los especializados en Literatura dijeron que  había sido ante todo un Humanista. En verdad, toda su obra de periodista, crítico literario y docente se cumplió según esa insoslayable necesidad del alma que define a la cultura humanista.

 

La Cultura  fue  para  el ilustre académico “un ámbito en que se elevan los ensueños”. Su formación se cumplió “por la virtud de una irresistible exigencia espiritual”. Implicó un afán de conocimiento y de saber, Un anhelo de comunicación con la Humanidad y el Universo.

 

Este Maestro enseñó  claramente que el Hombre que aprende a leer, puede y debe leerlo Todo.

 

Una de mis deudas con de  la Guardia, la más importante, radica en haberme interesado  a temprana hora vital, en la obra y vida de Ricardo Rojas. A su vez, el autor de “La Victoria del Hombre” y  “El Profeta de la Pampa” le enseñó a “creer y a crear”, guiándolo profundamente toda su existencia.  Ese magisterio  está presente  en sus ideas y escritos, como Beethoven en el alma grandiosa y severa de Brahms.

 

De la Guardia fue  el autor del estudio bio-bibliográfico más exhaustivo  y personal, completo y emotivo, sobre aquél: “Ricardo Rojas, 1882-1957 “. Publicado en 1967  (edit. Schapire),  mereció el premio Alberto Gerchunoff del Instituto Cultural Judío-Argentino, el Primer Premio R. Rojas de ese año y el Premio Municipal del año siguiente.  “En el silencio de las bibliotecas, en las horas nocturnas del pequeño hogar materno, en los paseos solitarios, leía pausadamente las obras del maestro..., recitaba mudamente los poemas de Rojas”.

 

En 1921 se entrevistó  con él por primera vez. Evocó con placer ese encuentro inolvidable: “Temblaba yo interiormente casi como un azogado ante la presencia del maestro...Había querido yo ver y hablar a  Rojas y allá estaba. Sus ojos negros, cabello endrino, largo y lacio bien peinado a ambos lados de una frente alta y despejada. Las cejas como pintadas al carbón, la mirada penetrante y tranquila, el fino bigote recortado para ocultar el labio superior, baja la nariz recta y algo ancha, la barbilla redonda y voluminosa... La tez de ese rostro tiraba a cetrina, pero recogía la luminosidad externa y parecía conjugarla con cierto propio fulgor”.

(M. Mujica Láinez: “A. de la G.”, en su “Págs....”, Celtia,

 

 

II.                Vida y obras.

 

 

En esa obra señera sobre  Rojas, fruto de su amor y estudio, ofrenda de un discípulo a su guía literario y espiritual, el autor estampó  varias otras observaciones autobiográficas, sus primeras aficiones poéticas, sus  tempranos años de periodista, su empresa de autodidacta.

 

“Comencé, entonces, a palear montones de carillas  para echarlas a las fauces insaciables del Moloch de las imprentas”.

 

Con “alegría y esperanza” cumplió su laboriosa tarea de “diarista”, incorporado luego al diario de Mitre. “No importaban el esfuerzo excesivo, el magro ingreso, el réspice de Secretaría, el vale impago en la Caja, la decepción o el cansancio, para acudir, en la madrugada, a beber la  copa o tomar el café con leche: veinticinco centavos por un tazón gigantesco, pan de media vara, manteca a discreción y además dulce de leche”.

 

Lector fervoroso, a los doce años de su edad, había leído, “entre espantos y placeres” a los clásicos argentinos y universales. “Comprados de lance, prestados –y a veces, según se acostumbra, no devueltos-, regalados también, iba leyendo con avidez y desordenadamente cuantos volúmenes podía, por lo general velando hasta la madrugada”.

 

Contó con una impenitente ansia de saber, con un invariable optimismo, con simpatía humana, y la valiosa “librería paterna”. Dos escritores le interesaron primordialmente en su juventud, Ricardo Rojas  y  Pío Baroja (1872-1956): “Cuando me sentía fatigado por la atención dedicada a las obras más nutridas de conceptos (“La restauración nacionalista”, “La argentinidad”...) serenaba los nervios con las narraciones divagadoras de “Zalacaín el Aventurero”, “El laberinto de las sirenas”...”.

 

Nacido en Madrid el 8 de diciembre de 1899, nacionalizado argentino. Desempeñó la Secretaria General de la Academia Argentina de Letras, a la que se incorporó en 1966, en el sitial de Enrique García Velloso y José León Pagano. Como Profesor, su palabra serene y admonitoria  fue escuchada en el  Conservatorio Nacional de Música y Arte Escénico y otros centros de estudios hispanoamericanos. Había obtenido el Primer Premio Nacional de Literatura en 1943.

 

Evocó  su tierra natal con gracia y delicadeza suma, en su “García Lorca: Persona y creación” (1ª. ed. en Sur, 1941), investigación que alcanzó varias ediciones y difusión entre la juventud estudiosa según su especial propósito. Interpretó la muerte del creador de “Yerma” como un símbolo del Valor y el Sacrificio del Espíritu.

 

De firmes convicciones republicanas, amó acendradamente a su país de nacimiento. Apasionado por la escritura y biografías de  Valle-Inclán, los Machado, Espronceda, etc., reunidos parcialmente en su “Imagen del Drama” ( Schapire, 1954). Enamorado del estudio de la Lengua Castellana, izó la bandera del Casticismo y la pureza idiomática, con su mirada fija en la Cultura Hispanoamericana y especialmente la realidad  del habla  argentina, el “uso lingüístico” según lo  estudió, en general, Julián Marías.

 

Biógrafo y crítico digno de la escuela ilustre de Montaigne, de Sainte Beuve o de Sarmiento, gustó ejercer, con la biografía moral y espiritual,  “una especie de judicatura”, informando y educando al lector. Le interesaron las anécdotas definidoras de un carácter. Su máxima creación  en esta área ha sido su “El verdadero Byron” (Primer Premio Nacional de Crítica y Ensayo, 1959, publicado por Stgo. Rueda en Buenos Aires). No exenta de tono polémico, es la primera biografía argentina, completa y amena,   sobre el poeta de “Childe Harold’s Pilgrimage”.

 

Como  el prócer autor de “Recuerdos de Provincia”, prefirió cultivar el género biográfico, por ser “la tela más adecuada para estampar las buenas ideas”. “Hay en ella algo de las bellas artes, que de un trozo de mármol bruto pueden legar a la posteridad una estatua”. Por ello, para él George Gordon, Lord Byron (1788-1824) significó universalmente el Poeta Combatiente- Revolucionario- Prometeano. Su estudio sobre el  escritor británico constituye una magistral reconstrucción de la vida y una bella evocación de los territorios que visitó. Definitivamente esculpió su “biografía espiritual”, como postulaba el crítico de “Causeries du Lundi”: dolencias, sentimientos, amistades y enemigos.

 

La biografía debe conjugar según su concepción, una amplia cultura histórica y exponerla con una evocación en que la tonalidad del estilo contribuya a crear en el lector la ilusión de revivir una época, en especial el personal romanticismo combatiente del  controvertido vate de “Mazzeppa”. Logró la prestancia estética y la dignidad ética en la crítica, de manera excepcional. Entendió  que “un buen ensayo puede ser tan importante como un buen poema o una novela buena”.

 

Su última obra, “Poesía dramática del Romanticismo” (1973) fue calificada por los comentaristas como una contribución valiosa de su “pluma agudamente analítica y vitalmente galvanizadora”. Igualmente  “Temas dramáticos y otros ensayos”, con prólogo de Ángel J. Battistessa, edición  póstuma, de la Academia , de 1978. Ostentaba la virtud de brindar alta calidez humana a su relato, descripciones o retratos, ya se refiriera fundadamente a Pellico, George Sand, Balzac, Shelley, etc. Sentía predilección por los movimientos artísticos de reforma, humanización, , idealismo y romanticismo socio-político. (H. J. Becco: “Bibliografía de A. de la G.”, Boletín de la Acad. Arg. de Letras, n° 151-152, 1974).

 

III.             Pasión y Crítica teatral.

 

Docente de nivel superior, crítico, historiador y teórico. El teatro se distinguió como  su pasión absorbente. Numerosísimos artículos, conferencias, traducciones, entrevistas, prólogos y compilaciones, jalonaron esta ingente tarea crítica, didáctica  y creativa.  Por ejemplo: “El teatro contemporáneo” ( tomo I publicado), “La obra de arte dramático” (1963, en Puerto Rico), “Visión de la crítica Dramática” (La Pléyade, 1970), “Hay que humanizar el Teatro” (1971, en la misma editorial).

 

 Reivindica la más prestigiosa tradición democrática: el Teatro como Civilizador, Humanizador, Dignificador del Hombre. Censura el teatro del Absurdo, de la Ira, de la Nada.  Abomina de la incoherencia, el pesimismo y la grosería de Ionesco, Beckett, Albee, Pinter, Genet... Entiende y postula la Dramaturgia como  formidable factor de perfección espiritual. “El teatro ha contribuido en el curso de los siglos a elevar el pensamiento el hombre, a fortalecer y depurar su conducta, a orientar sus más levantaos anhelos”.

 Prologuista y antólogo sustancioso  del  noruego   Henrik Ibsen (1828-1906, creador del drama moderno, de índole realista y psicológico-social)  y los dramaturgos franceses coetáneos.

 

Sostiene sabiamente que el Teatro es literatura y no debe limitarse a los valores puramente escénicos. Recalca que debe ser una revaloración de la “condition humaine”. Disentía con el filósofo-ensayista  Ortega y Gasset (1883-1955) y su “La deshumanización del arte” (1925) o “Idea del Teatro” (originado en una conferencia de 1946 y publ. en 1958) y con el  creador de “La cantante calva”, “Rinoceronte”, etc., Eugéne Ionesco (1912-1970), entre otros, sobre la desvitalización del  proscenio contemporáneo, la incomunicación, etc.. (Cons. Luis ordaz:”Presencias...”, Inst. Nac. del Teatro, 2005, t. 2, p. 227-229).

 

Instó, bregó, predicó, beligerante, por un teatro comprometido con la universalidad de los problemas fundamentales del Hombre.

 

Enseñó que “La dramaturgia en su gran estilo, cuando es creación de Poesía, ha sido y debe ser una guía levantada para el genio del Hombre, y no únicamente, el reflejo más o menos simple de aspectos demasiado parciales de la  vida. Ése es el Supremo Arte del Teatro”.

 

Repetidamente, y siempre con energía y sólida información, se  manifestó contrario al teatro que desprecia el Verbo, la Palabra, y se transforma en Circo, en danza, anti-drama, el teatro del absurdo, etc.... “La Palabra fue, por tanto, el elemento primordial de la dramaturgia, surgida de la reflexión intelectual del hombre y de sus tensiones temperamentales”. “Al no apoyarse básicamente en la más elevada  legítima expresión humana –el vehículo del pensamiento que levanta y diferencia al ser racional del irracional-,  ‘el nuevo  teatro’  abdica de su valor más acendrado”.

 

Abrigó por el Drama, una Esperanza, un Idealismo fogoso, romántico: “que,  en su calidad de manifestación ideológica y de belleza formal, torne a ser la expresión depurada del espíritu humano”. (“Homenaje a A. de la G. en el Centenario de su nacimiento” O. Kovacci – F. Peltzer, en Boletín Acad. Letras, n° 253-254, 1999).

 

IV.              Valoración última.

 

Solamente ejerció, y con fervor y convicciones acendradas ,  la crítica positiva, de valores, comprensiva, nunca la pesimista ni la destructiva, tal como  estuvo finamente constituido su  noble temperamento. (M. M. Láinez: “A. de la G.”, en su “Páginas selecc. por el autor”, Celtia, 1982).

 

“Ayudó a pensar, a sentir, a juzgar”.

 

Vibra en su prosa amical una  música humanizante, que lo categoriza como crítico, como escritor, como intelectual,  como Artista.

 

Orador fino, eterno admirador del espectáculo del mundo, Poeta siempre, escribió con la mirada fija en la libertad del Espíritu y en la Justicia.

 

Encareció la apreciación de la Historia argentina con imparcialidad y su interpretación sin odios ni anteojeras ideológicas (p. ej., “Recordando a Belgrano” o su estudio sobre el teatro de José Mármol), observando el mensaje de los hombres preclaros de la Argentinidad, evitando “mirar con indiferencia y con desdén todo el acervo espiritual del país”.

 

Infatigable trabajador, hombre modesto y jovial. Cáustico, simpático, negador de anacrónicos ideales aristocráticos, de exóticos estilismos y del falso populismo en el Arte.

 

Desde el país del lenguaje Verdadero, Alfredo de la Guardia, platónico esencial,  nos incita hoy a reflexionar: “En esta crisis de la Humanidad, hora de Lucha, Muerte y Resurreción y, por tanto hora de Conciencia, respetemos lo respetable y  repudiemos a los falsarios. Aprendamos las grandes lecciones: el sacrificio de  la vida por un Ideal, el desprecio de los bienes inferiores, el poder del Genio, el vuelo del Espíritu”.

 

¡Esforcémonos, en consecuencia,  por representar, encarnar y elevar esos ideales de vida, intensa, expresiva y optimista!.

 

 


Publicado por Desconocido @ 6:19
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