jueves, 21 de mayo de 2009

  EL DICCIONARIO DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA DE LA LENGUA.-

 

 

                                                                        Por Guillermo R. Gagliardi.

 

 

 

Consulto la 19ª edición, editado por Espasa-Calpe, Madrid, 1970.

 

Contiene un “Preámbulo” (p. VII-VIII) y “Nómina de Académicos” (p. IX-XX), con detalle de títulos y cargos, de personas vivas y fallecidas, tanto de Académicos españoles como de las Academias Hispanoamericanas.

En las tareas preparatorias colaboraron  especialmente  los eximios lexicógrafos Julio Casares (1877-1964) y luego Vicente García de Diego (1878-1978).

 

Contiene unas “Advertencias para el uso de este Diccionario”: letras mayúsculas y minúsculas, variantes formales de una misma palabra, orden de acepciones en cada artículo (primero las modernas, luego las antiguas y finalmente las de germanía), normas seguidas para la transcripción de Etimologías en Lenguas orientales.

 

A cada acepción le precede la clase gramatical: adj. – adv. Y el género: m. f.. Ej.: “Venus- sust. F.: Diosa... sust. Masc.: Planeta”.

Numera cada acepción de un mismo vocablo, usa en forma relevante la tipografía con valor de llamada o referencia: “abad 1, 2, 3”. Distingue de esa forma igual grafía y diverso uso gramatical: “a 1, a 2”; “carralejo 1” (es  /1/ aquí unas referencia que remite a la primera acepción de dicho vocablo en el lugar alfabético correspondiente).

 

Utiliza asterisco (*) para indicar conjeturas, una etimología hipotética o dudosa.

Además de la explicación enunciativa de los significados de un vocablo, en muchos casos los aclara incluyendo frases; ej., en “abadengo”.

 

En el “Preámbulo” se aclara que incorpora nuevas voces de la Ciencia y la Técnica, palabras del Lenguaje Familiar y Popular. “La modificación más destacada ha sido el avance decidido hacia la definición directa objetiva”.

 

 Registra Regionalismos y  Americanismos. Antecede el nombre del país en que se usa determinada palabra. Ej.: “abastero: Chile”, “achiguarse: Arg.-Chile”. También,  términos indígenas. “achiote: del nahua achiotl: m. bija”.

 

Trae un “Suplemento”, que abarca págs. 1373-1422, en el que colaboró primordialmente  el  reconocido filólogo Rafael Lapesa (1908-2001).

 

El Diccionario propiamente dicho, la parte alfabética está a 3 columnas, en numeración arábiga, en tipografía clara, con distintos tipos de letras según se refiera a vocablos antiguos o incluidos en frases o americanismos o referencias.

 

Presenta acepciones no sólo  de palabras sino de obras literarias o jurídicas, términos forenses, de zoología u otras Ciencias: “Actos de los Apóstoles”, como una significación de “Acto”, p. ej.

 

Aclara abreviadamente la materia del saber técnico a que se refieren los vocablos específicos: “autos –for. (lenguaje forense)”. “Mar.” (términos de navegación marítima), etc.

 

Agrega al final: “Observaciones sobre formación de diminutivos, superlativos y reglas de acentuación”, p. 1423-1424.

 

Los preliminares descriptos (Preámbulo – Nómina de Académicos – Advertencia para su uso – Lista de Abreviaturas) están paginados en  romanos, hasta pág. XXIX, a toda página.

 

Papel resistente de buena calidad. Márgenes discretamente amplios. La presentación tipográfica no es abigarrada, sino clara y cuidada. Encuadernación en cuero, sobria y de muy buena calidad.

La única ilustración es la reproducción del Escudo y Símbolo de la Real Academia Española en las hojas preliminares.

 

El alcance de este Diccionario es amplísimo. Para la consulta rápida o superficial y actual, y para la especializada y de investigación, dada la extensión y amplitud de los vocablos incluidos y la intensidad comprensiva con que se enumeran las diversas significaciones de un mismo vocablo, aclarando no sólo el sentido corriente y real de un término, sino agregadamente, el sentido figurado o poético o metafórico, o presentando breves oraciones o frases que aclaran determinado uso lingüístico en la Lengua Hablada, Coloquial, Jergal o Culta.

 

 

ü      En el Boletín de la Academia Argentina de Letras, tomo XXX, n°  115-116, enero-junio 1965, se trascribe un estudio de Rafael Lapesa: “Los diccionarios de la Academia” (p. 39-45) donde informa sobre la preparación y características de esta edición 19°  del “Diccionario”.

 

Su preparación comenzó en 1961, caso 10 años antes de editarse. El original fue ya enviado a la imprenta en 1963. Informa Lapesa: “se calcula que la edición aparecerá a fines de 1966 o comienzos de 1967”.

 

Señala una característica técnica diferenciadora de esta edición: “en las ediciones anteriores las referencias a acepciones de palabras que tienen más de una, sólo iban acompañadas por el número de la acepción”, p. ej.: “componedor: algebrista, 2ª acepción”, “esto era una fuente de errores, pues si la enumeración de las acepciones se alteraba por adición o supresión de alguna, era muy fácil que las referencias no reflejasen el cambio. Ahora, en vez de número, las referencias llevan una definición condensada que orientan al lector: ej.: “algebrista, 2ª acepción”, ahora dice: “algebrista, cirujano”.

 

Dado el aumento considerable en la longitud de muchas definiciones, se suprimió la inclusión de material paremiológico, de refranes. Agrega Lapesa: “Muchos consultantes del Diccionario lamentarán tal vez la ausencia de estas expresiones de la sabiduría popular, tan agudas y  plásticas; pero su estudio excede los límites de la Lexicografía”.

 

Se moderniza la clasificación de locuciones y modos adverbiales, “haciéndola más científica, de acuerdo con las categorías establecidas por Casares en su ‘Introducción a la Lexicografía moderna” (1950, Consejo Sup. de Invest. Científicas; 3ª ed., 1992).

Los verbos “reflexivos”, p. ej., ahora se los denomina “pronominales”.

 

El caudal léxico que reúne es enorme: “el total de voces o acepciones nuevas, unido al de las enmiendas, alcanza la cifra de 9.000”.

 

En esta 19ª edición se concede preferente atención al léxico y semántica hispanomericanos, mencionándose como más destacada, orgánica y completa, la tarea de nuestra Academia Argentina de Letras. Parte pues de un concepto de Diccionario “de todo el mundo hispánico”, “nuestro Diccionario no  debe ser el ‘Diccionario de Madrid’”.

 

También parte del concepto de reconocimiento de “las realidades del uso vivo” del idioma. Así, “la nueva edición del Diccionario común dará entrada a numerosos neologismos, con un criterio de creciente amplitud”. Incluye, p. ej.: “presupuestar”, “cineasta”, “devaluación”, “inflacionario”, “fin de  semana”, etc.

 

No contiene las posibles traducciones de términos técnicos extranjeros, salvo que “se sepa que han hecho fortuna” entre los hispanohablantes.

Para incluir los tecnicismos “parece aconsejable cerciorarse de que tienen uso efectivo, y de que  éste  rebasa los límites de lo estrictamente profesional hasta no ser raro entre personas cultas de otros ambientes”.

 

No es un Diccionario Histórico, puesto que como  explica Lapesa en el trabajo citado, la Academia publica en fascículos tal labor. Ya llega a 3.000  págs., en 16 fascículos, desde 1933 a 1966.

 

(Cons.  también  Fray Martín Sarmiento: “Reflexiones sobre el Diccionario de la Lengua Castellana que compuso  la Real Academia  Española en el año de 1726” /public. en Boletín de la Real Academia Española/.  Benjamín Vicuña  Mackenna: “El castellano como lengua nueva, según la última edición del Diccionario de la Lengua castellana de la Real Academia Española” (en “Revista de Artes y Letras”, Chile, 1885, t. III, p. 390-428; y en “El Mercurio”, 16, 17 y 18-6-1885).

 

 

ü      José  Ortega y Gasset (1883-1955), en su escrito “A un Diccionario Enciclopédico Abreviado” (1939), recogido en el tomo 6 de  sus “Obras Completas”, Rev. de Occidente.Alianza, 1983. P. 358-367; también su “Diccionario y Circunstancia”, ídem, p. 55)  establece la pertinencia de la distinción  de los dos sentidos de la palabra “Diccionario” y  su semejanza extrínseca: el contenido de la obra aparece repartido en artículos, cada uno lleva como título una palabra, y estas palabras-título están ordenadas alfabéticamente. Se ocupa de palabras, en el significado originario, en cuanto designa un repertorio de dicciones (palabras). Y se ocupa de cosas, de “pragmata”: aquello con que el hombre tiene  que ver, lo que le ocupa y le preocupa. Los objetos materiales, no en su abstracta existencia, sino  cuanto le interesan al hombre, en cuanto “asuntos”, “importancias”.

 

ü      “Diccionario de la Lengua” designa el sentido estricto del término Diccionario: Vocabulario, repertorio de vocablos. Por lo tanto, le interesa el primer aspecto  señalado, las palabras (“dicciones&rdquoGuiño no las cosas ( los “asuntos&rdquoGuiño.

 

Mientras que “Diccionario Enciclopédico” no sólo  dice “lo que las palabras significan”, sino que pone en claro lo que las cosas son: es un Repertorio Pragmático.

El joven escritor argentino, Luis Chitarroni señala inteligentemente, por su parte, que el mundo, con su apetito de usos,  necesita un agente anti-entrópico, ordenador y sistematizador, “exige un Diccionario, una memoria ordenada de la fatalidad alfabética que la realidad desordena” (en “Babel”, setiembre 1989, p. 40).

 

En el siglo XVIII nace la idea de que hay que ordenar lo que sabemos de las cosas, según el orden alfabético de sus nombres. Así surge  la “Enciclopedia” (‘énkyklos’, saber esférico, completo), como Diccionario de asuntos (industriales y científicos), intención oficial. Y como propagando política, sub-intención secreta de demagogia.

Aspiraban los “enciclopedistas” al “pléroma”: plenitud de los tiempos, creían que habían obtenido por fin el Saber, “la sagesse embotellada”.. No investigan, no se ocupan de averiguar lo que las cosas son. Su afán es popularizar el saber, transmitirlo, con tenacidad, entusiasmo  y laboriosidad.

 

La Enciclopedia fue el último sistema integral de opiniones que ha tenido vigencia en Europa. Por lo que Ortega sostiene que desde 1800 no ha vuelto a haber en Occidente una Fe Común y que comprendiese todas las grandes líneas de la existencia humana.

Los Diccionarios se han transformado en “máquinas mentales de uso cómodo, de fácil transporte y en que se encuentren datos claros, con una técnica refinada de sus índices”.

 

Alvin Toffler (1928)  denominó a  estos depósitos gigantescos de nuestra época, los grandes Diccionarios y Enciclopedias, como la “Infosfera” de la nueva “Tercera Ola” de nuestra Civilización (“La tercera ola”, 1ª. Ed., 1980). A la Segunda Ola, de la educación masiva, del archivo, la biblioteca y el museo, le ha sucedido la revolución informática, digital, aceleradora suprema del cambio social, estimuladora por excelencia del avance histórico en un modo impresionante e impensado.

 

Se han constituido en “máquinas culturales”, en “libros-máquinas” que liberan nuestra memoria  “para que vaya a lo que es necesario tener en ella”.  Estas máquinas se ocupan de almacenar y sistematizar y actualizar nuestra “oceánica Sabiduría”. Pues, concluye el filósofo madrileño, “es lo más probable que las crisis históricas se han producido por un exceso de los medios que el hombre había acumulado u cuya proliferación vegetativa llegó a ahogarle”.


Publicado por Desconocido @ 20:46
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios