Por Guillermo R. Gagliardi.
1.- Vuelta a Marechal.
Debemos volver a la poesía de Marechal. Porque significa el “Descubrimiento de la Patria”:
“4. La Patria era una niña de voz y pies desnudos.
Yo la vi talonear los caballos frisones
en tiempo de labranza;
o dirigir los carros graciosos del estío,
Con las piernas al sol y el idioma en el aire.
(Los hombres de mi estirpe no la vieron:
sus ojos de aritmética buscaban
el tamaño y el peso de la fruta).
5. La Patria era un retozo de niñez
en el Sur aventado, en la llanura
tamborileante de ganaderías.
Yo la vi junto al fuego de las yerras:
¡estampada su risa en los novillos!
O junto al universo de los esquiladores,
cosechando el vellón en las ovejas
y la copla en las dulces guitarras de setiembre.
(No la vieron los hombres de mi clan:
sus ojos verticales se perdían
en las cotizaciones del Mercado de Lanas).
1. Dije yo en la Ciudad de la Yegua Tordilla:
“La Patria es un dolor que aún no tiene bautismo”.
Los apisonadores de adoquines
me clavaron sus ojos de ultramar;
y luego devoraron su pan y su cebolla,}
y en seguida volvieron al ritmo del pisón”.
6. Yo vi la Patria en el amanecer
que abrían los reseros con la llave
mugiente de sus tropas.
La vi en el mediodía tostado como un pan,
entre los domadores que soltaban y ataban
el nudo de la furia en sus potrillos.
La vi junto a los pozos del agua o del amor,
¡niña, y trazando el orbe de sus juegos!
Y la vi en el regazo de las noches australes,
Dormida y con los pechos no brotados aún.
11. Y dije todavía en la Ciudad,
bajo el caliente sol de los herreros:
“No sólo hay que forjar el riñón de la Patria,
sus costillas de barro, su frente de hormigón:
es de urgencia poblar su costado de Arriba,
soplarle en la nariz el ciclón de los dioses.
La Patria debe ser una provincia
de la tierra y del cielo”.
12. Me clavaron sus ojos en ausencia
los amontonadores de ladrillos.
Los abismados hombres de negocio
medían en pulgadas la madera del norte.
Nadie oyó mis palabras, y era justo:
yo venía del Sur en caballos y églogas.
15. Yo la vi talonear los caballos australes,
niña y pintando el orbe de sus juegos.
La Patria no ha de ser para nosotros
Nada más que una hija y un miedo inevitable,
y un dolor que se lleva en el costado
sin palabra ni grito.
16. Por eso, nunca más hablaré de la Patria”.
“Toda la obra de Marechal tiene raigambre metafísica y cuño ontológico y todos y cada uno de sus libros muestran una desesperada búsqueda de lo eterno”,
“La riqueza formal y verbal del mundo poético de Marechal constituye un paradigma de herencia cultural bien asimilada: metros y formas estróficas de los clásicos castellanos, al pasar por el tamiz de su individualidad, se refrescan y americanizan”.
“Del amor navegante” (de “Sonetos a Sophia”, 1940):
“Porque no está el Amado en el Amante
ni el Amante reposa en el Amado,
tiende Amor su velamen castigado
y afronta el ceño de la mar tonante.
Llora el Amor en su navío errante
y a la tormenta libra su cuidado,
Porque son dos: Amante desterrado
y Amado con perfil de navegante.
Si fuesen uno, Amor, no existiría
ni llanto ni bajel ni lejanía,
sino la beatitud de la azucena.
¡Oh amor sin remo en la Unidad gozosa!
¡Oh círculo apretado de la rosa!
Con el número Dos nace la pena”.
Gran Poeta, Marechal. Nada fácil de interpretar, pero bello en su misterio, en su belleza y en su profundidad metafísica, su religiosidad superior, su mística trascendencia, su arte altamente argentino, tenso de nacionalismo y universalidad.
Clasicismo y Cristianismo aunados en un arte elevado.
Ejemplar, digno arte, que deberíamos conocer mejor.
De sus “Poemas Australes” (1938), “Epitafios Australes”:
1. Al resero Facundo Corvalán.
Aquí yace Facundo Corvalán, un resero.
Porque había nacido en la cama del viento,
sopló todo su día.
Empujando furiosas
novilladas al Sur,
atropelló el desierto, vio su cara de hiel,
y le dejó una pastoral
montada en un caballo blanco.
Vivió y amó según la costumbre del aire:
con un pie en el estribo
y el otro en una danza.
Y, como el aire, se durmió en la tierra
que su talón había castigado.
Nadie toque su sueño:
aquí reposa un viento.
4. Al domador Celedonio Barral.
Domó en la pampa todos los caballos,
Menos uno.
Por eso duerme aquí Celedonio Barral,
con sus manos prendidas
a la crin de la tierra.
El doradillo, el moro, el alazán
entre sus piernas fueron
máquinas del furor
y pedazos de viento en su muñeca.
Su pan fue una derrota de caballo por día:
un trueno de caballos fue su música entera.
Para su Dios y para su mujer
tuvo sólo un aroma:
el olor de un caballo.
El potro de la muerte no se rindió a su espuela
de antiguo domador y jinete final.
Por eso duerme aquí, silencioso y vencido:
porque domaba todos los caballos,
menos uno”.
2.- Sarmiento, según Grandmontagne.
“Más que las grandes inteligencias son los grandes caracteres los que imprimen tono espiritual a los pueblos. En la República Argentina, por ejemplo, hay en el alma colectiva una atmósfera sarmientista permanente.
Las anécdotas, los rasgos, la engallada altivez, el ímpetu soberbioso de Sarmiento, constituyen el modelo o arquetipo del temperamento nacional.
Todo el mundo se mira un poco en ese espejo eterno. En el hogar, en el trato humano, en las actividades todas de la vida, cada argentino, sin pensarlo, sin proponérselo, cual si le moviera un resorte oculto, vibra a la manera sarmientista.
Sarmiento está metido en el tuétano espiritual de la sociedad argentina. Con ser muy grande la estela que dejó su inteligencia, es aún mayor la eterna estela que ha dejado su carácter.
Podrán surgir con el tiempo, aunque ello es difícil, estadistas que lo superen, en la magnitud de las creaciones prácticas. Pero lo que nadie podrá borrar ni eclipsar es su fisonomía espiritual, grabado de modo indeleble en el alma del pueblo”.
Francisco Grandmontagne, 1866-1936, “El Doctor Zumel o el espíritu burgalés”, La Prensa, 1924; y en sus “Páginas escogidas”, edit. Aguilar, Madrid, 1966, p. 49.