ROLAND BARTHES Y “EL PLACER DEL TEXTO”.-
Por Guillermo R. Gagliardi.
El célebre semiólogo y crítico francés (1915-1980) publicó en 1973 su influyente obra, exquisita prosa, concisa, pensamiento intenso, “Le plaisir du texte”.
1.- el ritmo audaz poco respetuoso de la integridad del texto.
La avidez del conocimiento nos arrastra a sobrevolar o encabalgar ciertos pasajes para reencontrar lo más rápidamente posible los lugares quemantes de la anécdota.
Interesa la continuación de los enunciados. Saltamos impunemente las descripciones, las explicaciones.
Ignoramos entonces, en ese devorar y tragar, los juegos del lenguaje (ej., en Balzac, Tolstoi, Verne...).
2.- la lectura aristocrática, de textos modernos.
Se lee con aplicación y ardientemente. Lectura total, lenta. Es la que conveiene al texto-límite.
Masticamos en este caso, desmenuzamos minuciosamente.
Para leer a los autores de hoy es necesario, advierte Barthes precisamente, reencontrar el ocio de las antiguas lecturas.
Entonces sí nos interesa, advertimos, gozamos, el volumen de los lenguajes, la enunciación (ver pág. 22, ed. castellana, Siglo XXI).
1. texto de placer: el que colma, brinda euforia, contenta.
Corresponde a los libros antiguos, al hedonismo de la práctica confortable de la lectura. Proviene de la Cultura.
2. texto de goce: contrariamente es el que desacomoda, el que hace vacilar la cultura del lector, la congruencia de sus gustos, valores y recuerdos.
Coloca en crisis nuestra relación con el lenguaje. Pierde consistencia el Yo del Lector.
El texto me elige mediante toda una disposición de pantallas invisibles, de seleccionadas sutilezas: el vocabulario, las referencias, la legibilidad, etc.
Y perdido en medio del texto ...está siempre el Otro, el Autor.
Como institución el autor está muerto...Pero en el texto, yo deseo al autor: tengo necesidad de su figura, tanto como él tiene necesidad de la mía (ed. cit., p. 46).
El lenguaje encrático (el que se produce y se extiende bajo la protección del poder) es estatutariamente un lenguaje de repetición: todas las instituciones oficiales de lenguaje son máquinas repetidoras (las escuelas, el deporte, la publicidad, la obra masiva, la canciçon, la informaciçon) repiten siempre la misma estructura, el mismo sentido, a menudo las mismas palabras: el estereotipo es un hecho político, la figura mayor de la ideología ¿ed. cit., p. 66=67?.
Generalmente se deplora esta desgracia nacional desde un punto de vista humanista como si despreciando el libro los franceses renunciasen solamente a un bien moral, a un valor noble.
Deduce y enuncia que sería mejor hacer la sombría, “la estúpida y trágica historia de todos los placeres objetados y reprimidos en las sociedades: hay un oscurantismo del placer”...
“Se diría que la idea de placer ya no halaga a nadie. Nuestra sociedad parece a la vez tranquila y violenta, pero sin lugar a dudas es frígida”.
Es una sociedad (p. 75) trabajada por dos morales: una moral mayoritaria, de la mediocridad, y otra, grupuscular, del rigor político, científico...
Este placer puede ser dicho: de aquí proviene la crítica (p. 83).
Pero, advierte finamente, apenas se ha dicho algo sobre el “placer del texto” en cualquier parte aparecen dos gendarmes preparados para caernos encima: el gendarme político y el gendarme psicoanalítico (p. 93).
Es vieja la tradición del Hedonismo siempre reprimido por las Filosofías.
“Sólo entre los marginados se encuentra la reívindicación hedonista”.
El Placer, es siempre decepcionado, reducido, desinflado. en provecho de los valores fuertes y nobles: la Verdad, la Muerte, el Progreso, la Lucha, la Alegría.
“Perdido en ese tejido -esa textura- el sujeto se deshace en él como una araña que se disuelve en las segregaciones constructivas de su tela”...