OTRAS MIRADAS SOBRE LA LECTURA.-
Por Guillermo R. Gagliardi.-
Para Picon, la Mirada del Lector le proporciona existencia a la Obra de Arte: “descubre la obra como realidad orgánica; mirada exigente de una conciencia evaluadora”.
La Lectura se configura como un Acto Creador: la obra y el lector. Y como una síntesis de Percepción y Creación.
Los grandes lectores cargan de nueva significación las obras que leen y las enriquecen: son los rasgos de la Lectura fecunda y apasionada.
Luego se concreta esta corriente interpretativa con Hass y con U. Eco, 1967.
Sostienen estos autores que es fundamental la participación recreativa de cada Receptor de un Hecho Literario.
El escritor argentino, poeta y académico Jujeño, Jorge Calvetti ,1916-2002, en su ensayo sobre “Juan Carlos Dávalos” (Ediciones Culturales Argentinas, 1962) observa precisamente que
“La mirada del buen lector recrea la realidad que expresa la obra. Quiero decir que esa realidad se va formando a través de la lectura, en el alma del lector”.
Por ello afirma que el fin específico de la obra es lograr esa Recreación: la realidad vivida por el creador vuelve a revivir, a re-existir en el alma del Lector
Esta apasionante disciplina posee como fin particular el estudio de la fuerza activa del Discurso Cristalizado.
Wilhelm Von Humboldt, sabio alemán, en Teoría Política y Lingüística, entre otras ciencias, (1767-1835) estableció que el Libro es un instrumento de excitación de experiencias psíquicas.
La palabra, expresa sabiamente, no transmite Ideas, excita Contenidos.
Tanto en el Emisor como en el Receptor, esta idea debe salir de su propia fuerza interior. Las mismas palabras en individuos distintos, en diferentes momentos, despierta ideas disímiles.
Olexsandr Potebnia (1835-1891), el lingüista y etnógrafo ruso, considera que la palabra no transmite el pensamiento, provoca en el que la escucha un proceso de creación de pensamiento análogo.
Es imposible la Comprensión. La sustancia de una obra, su fuerza, consiste en la Acción que esta obra ejerce sobre los lectores. (Léase “Language as the blood of nation” de Ihor Siundiiukov, en ‘The Day’, july 2009).
El poeta simbolista Stéphane Mallarmé (1842-1898), por el contrario, sostenía que el Poema no requiere aproximación del lector.
Hennequin concibe la “Esthopsicología”, donde subraya la influencia de la obra artística sobre las emociones.
Toda obra literaria ejerce la más fuerte acción sobre el lector, cuya organización psíquica ofrece la mayor analogía con la del autor. (Véase el completo y excelente blog “Bibliópolis. Ciudad de libros” de Daniel Lavorano).
Por su parte el historiador y crítico Hipólito Taine (1828-1893) señala que la analogía que existe entre las individualidades de los lectores depende de las analogías del medio social, de la raza y del momento histórico.
Gabriel Tarde, psicosociólogo (1843-1904) observò por su parte que mientras más grande haya sido la acción intermental entre los antepasados de dos individuos dados, y mientras más semejanza haya habido en pensamiento, conductas y acciones, más fácil les será comunicarse uno al otro su estado de alma.
La obra de arte no existe sino como presente, no es un puro objeto de historia.
“Lectura diversiva” denomina a una especial, catártica e imaginativa (cuentos, libros de viajes).
Otra reconoce como “Lectura convivencial”, de autobiografías, biografías, memorias: “en principio toda lectura debe ser convivencia”.
Y por último distingue la “Lectura perfectiva”, es la de aquellos libros que definitivamente nos mejoran, nos plenifican, nos personalizan en profundidad: los que incrementan y perfeccionan nuestro saber, nuestra aspiración a la belleza o a la religiosidad más honda.
Autor de “Der Freigeist”, “Nathan el sabio “, “Laocoonte o los límites entre la Pintura y la Poesía”, “La educación de la Humanidad”, etc. dejó escrito en 1777 una composición titulada “Una parábola” (incluida luego, v.gr., en sus “Escritos filosóficos y teológicos”, Editora Nacional, Madrid, p. 468) retrata maravillosamente el guardián celoso y humano de los Libros, al Promotor de la Lectura, el Amante del Saber, el Bibliotecario, y escribe:
“Una cosa es ser Pastor, y otra, ser Bibliotecario.
Distintos son los nombres, pero más aún lo son sus respectivos cometidos y obligaciones.
Creo que el Pastor y el Bibliotecario se relacionan mutuamente en líneas generales como el pastor de ovejas y el herbolario.
El herbolario vaga por montes y valles, curiosea por bosques y prados a ver si encuentra una hierbecita a la que Linneo no pusiera nombre.
Cómo se alegra en corazón cuando encuentra alguna!. Cuán indiferente le resulta que sea o no venenosa la hierbecita.
Cree el herbolario que aunque no sean útiles los venenos -(¿y quién dirá que no podrían ser útiles?)-, sin embargo es útil conocer las sustancias venenosas.
El pastor no conoce más que las hierbas de su campiña, y aprecia y cultiva sólo las plantas que resultan más agradables y provechosas para sus ovejas...”.