MENÉNDEZ PIDAL Y “La canción de Rolando”.-
Por Guillermo R. Gagliardi.
Leemos la excelente obra, erudita y extensa, de Ramón Menéndez Pidal (1869-1968), ilustrísimo filólogo e historiador español, “La Chanson de Roland y el Neotradicionalismo” 1959.
Primera Parte: Cap. I= “Teorías varias sobre el origen y carácter de la Chanson de Geste”.
Estos Cantos nacionales cesan a fines del siglo X. Hasta aquí tendríamos una tradición nacional: edad de las Cantilenas.
Y entonces la Epopeya se apodera de ellos y los absorbe, quedando enteramente constituida a fines del siglo XI esta tradición literaria: edad de la Epopeya.
Sus autores son Juglares, a la vez poetas y cantores ambulantes, que reemplazan a los Guerreros de la época anterior, cantores también y Poetas, pero ahora los Juglares hacen obra más amplia, reuniendo los cantos antiguos, dándoles unidad en torno a una idea general.
Los poemas de los juglares conservan su popularidad refundiéndose de siglo en siglo, para adaptarse a la comprensión y a los gustos de nueves generaciones. Fuente: ideas de la crítica romántica, Wolf, Lackmann.
Invocan siempre el testimonio de los Romances españoles, que juzgan ser anteriores a los Cantares de Gesta.
Pero la realidad es lo contrario, pues los más antiguos Romances épico-lìricos de tema histórico derivan de los poemas narrativos compuestos por los juglares.
Los primitivos poemas coetáneos a los sucesos, tan lejos como puede alcanzar nuestra vista (p. ej., “Canción de Clotario II”, “Fragmento de La Haya”, Bertolai del “Raoul de Cambrai&rdquo
, eran cantos puramente épicos.
La Epopeya no es poesía popular. Nace espontáneamente como poesía de la aristocracia militar, y después, cuando la clase noble la abandona, baja al pueblo. Sus creaciones son obra de un Poeta Individual, sin cooperación ninguna extraña.
Así, el filólogo catalán, sin nombrar para nada las antiguas Teorías Románticas, las contradice totalmente, en primer lugar, sentando el aristocratismo del género y la unicidad del autor en el poema, y en segundo lugar, silenciando toda indicación sobre Continuidad Tradicional de las obras.
Sólo con el tiempo se degrada y, de ser excitadora del ánimo para grandes hechos, pasa a simple incentivo de la curiosidad y baja a ser patrimonio del pueblo inculto.
Lejos de tener un misterioso origen colectivo, es siempre obra de la inspiración y de la intención artística de un individuo, y sólo se diferencia de cualquier otro género poético en que es una poesía de asunto histórico, nacida en edades remotas.
Apoyado en los estudios de Milá, Rajna niega aquella “edad de las cantilenas” establecida por Paris: los romances españoles, que se ponen siempre como ejemplo de esas breves y líricas cantilenas creídas germen de la epopeya, ha probado Milá que, lejos de eso, ellos nacen de los poemas.
El particular objetivo de Rajna, es el afirmar una larga continuidad en la vida de la epopeya. Nacida la epopeya francesa en edad antiquísima y en lengua germánica, se propaga desde la época Merovingia a la Carolingia y pasa a la lengua románica.
Paris ya en su “Literatura francesa en la Edad Media” (1888, 1890, etc.) se adhiere a Rajna, renuncia a los orígenes autóctonos, románicos y tardíos del siglo X que antes propugnaba.
Reconoce que si un poema como el de la versión de Oxford ciertamente no pudo nacer a raíz del desastre, pudieron nacer otros “cantos épicos” que con “adiciones y amplificaciones posteriores” llegaron a la forma extensa hoy conservada.
Así nació el célebre poema, y no como evolución necesaria de las leyendas, o como resultado fatal de leyes naturales.
Con éste y con el poema del ciclo de Guillermo, nació en el siglo XI la Epopeya Francesa.
Afirma que una obra poética no se puede explicar mediante la intervención de “fuerzas colectivas, inconscientes, anónimas, en lugar del individuo”.
“En el principio era el camino de la peregrinación bordeado de santuarios, en los cuales se fraguaban leyendas”.
En la “Vita Karoli Magni” de Eginhardo (biógrafo de Carlomagno, 770-840) se encuentra todo el elemento histórico que el poema contiene.
Según Bédier la Epopeya francesa comienza con las primeras Canciones de Gesta conocidas, de fines del siglo XI o poco antes.
Pudo acaso haber alguna otra anterior al “Roland”, pero no sería sino un malo y tosco melodrama.
Explica el “Roland” y las otras principales “Chansons de Geste” como nacidas de leyendas de iglesia.
Bédier había hablado del “influjo monacal” como decisivo impulsor de la épica.
Un discípulo, Albert Pauphilet (medievalista francés, 1884-1948), estudiando en 1924 la “Chanson de Gormond e Isembart” señala que el poema “nace de un golpe por la gracia soberana del Arte”, sin necesidad ninguna de datos históricos, ni de santuarios, ni de leyendas.
Maurice Wilmotte (romanista belga, 1861-1924) en su “Una nueva teoría sobre el origen de las canciones de gesta” de 1915, cree que el interés de los Monasterios, con la colaboración de Monjes y Juglares, no puede explicar la constitución de un nuevo género literario en el siglo XI.
Piensa que el origen de la épica hay que llevarlo más arriba, enlazándolo con los poemas carolingios del siglo IX (Angilberto, Ermoldo, Nigello, Abbón), los cuales a su vez enlazan con la “Eneida” virgiliana.
Bédier en sus “Leyendas...” había apuntado algo sobre fuentes latinas de la Épica Francesa. Creía que, si el “Roland” no imitó nada preciso de los latinos, heredó de otros cantores de gesta más antiguos lo esencial de sus procedimientos narrativos, de su retórica y de su poética.
Pauphilet, en su “Sobre la Chanson de Roland” de 1933, cree que no surgió el “Roland” sobre los recuerdos esparcidos en la ruta de las Peregrinaciones, y por el contrario, las tumbas de Blaye, que pretendían ser de los héroes caídos en Roncesvalles, no son origen de la canción, sino efecto de ella.
Giuseppe Chiri en su “L’épica latina medioevale e la Ch. de Roland” de 1936, intenta demostrar la existencia de una tradición literaria desde Roma hasta los autores de las canciones épicas: Turoldo, autor único del “Roland” de Oxford, no escribió su poema cazando al vuelo alguna noticia en un monasterio de peregrinación, sino trabajando asiduamente en una biblioteca.
En sus estudios sobre “Las leyendas épicas francesas” (1926-1928) examina la teoría de Bédier en cinco principales “chansons de geste”, pero en estilo inferior.
Desechadas las leyendas de iglesia como generadores, “no queda otro camino que volver a la vieja teoría de la transmisión de siglo en siglo” para explicar las noticias históricas que cada canción contiene.
Ya en los “Estudios dedicados a Pío Rajna” (Florencia, 1911), aparecían en inmediata yuxtaposición un estudio de Bédier sobre la Leyenda Carolingia de Lucerna en la vía de Peregrinación a Santiago, y otro del mismo Menéndez Pidal sobre la Gesta española del Infante García, llena de noticias históricas únicamente explicables por la conservación tradicional de los cantos historiales.
Y después, 1914-1920, el estudio de los Romances españoles ponía de manifiesta la función creadora o poética de la variante en la constitución de la poesía colectiva, noción básica para explicar los fenómenos de la Tradicionalidad.
Es que la Literatura Española, por ser en su evolución más lenta que la Francesa, ofrece más comodidad para observar fenómenos de orígenes literarios, y tratando de la gran brevedad que muestran varios relatos épicos de España frente a la mayor extensión que tienen la “Ch. de Roland”, la de “Guillaume” y otras muy antiguas, señala M. Pidal en 1924:
“Es de suponer que Francia, en una época anterior, habría cultivado también la forma de poema breve que ahora seguía cultivando Castilla; no es que yo crea en las breves cantilenas, supuestas por G. Paris y L. Gautier, pues ésas eran hipotéticamente cantos épico-líricos, y los poemas breves castellanos eran narraciones totalmente épicas; lo que yo sostengo es que los estados arcaicos conservados por la literatura española debieron por fuerza de existir en épocas más antiguas de la Literatura francesa”.
Varios romanistas interesados en los estudios hispánicos, se vieron sorprendidos por el gran arcaísmo de formas y de gustos que caracterizan a la epopeya española frente a la francesa, como Arnald Steiger (1926) y Adalbert Hämel (1927).
Habremos de notar muy particularmente, señala Menéndez Pidal, el cambio radical de opinión que por estos años se observa en Salverda de Grave (hispanista holandés, 1863-1947), quien en 1915 y 1919 había expuesto ideas cerradamente individualistas a favor de la erudición latina del “Roland”, a la vez que en defensa de muy viejos romances referentes a los Infantes de Lara, y en 1927 en “La Ch. de Geste y la Balada” se muestra persuadido en sentido contrario, pues afirma que “baladas y cantares de gesta son producciones anónimas, existen en muchas versiones y no son propiedad de un autor, porque la comunidad se arroga el derecho de hacer de ellas lo que quiere”.
A este propósito, observa muchos rasgos comunes entre el estilo de las Chanson de Geste y las Baladas.
Esta llamada de atención hacia el fenómeno español (frecuentemente abandonado en los estudios románicos), fue poco atendida por los que siguieron las opiniones de Ferdinand Lot.
Según Fawtier la Épica Francesa no nació en el siglo XI, elementos esenciales de la “Ch. de Roland” parecen provenir del siglo X.
A ese siglo X pudieron llegar recuerdos poéticos del desastre de Roncesvalles, por medio de las Baladas, íntimamente relacionadas con las gestas por su estilo poético, según piensan S. de Grade y Miss M. K. Pope; no es que los guerreros de Carlomagno compusiesen canciones, pero oyendo sus relatos, en la generación siguiente, algún rústico poeta pudo sentirse inclinado a componerlas.
Restos de baladas pudieron ser las tiradas similares con sus repeticiones propias del lirismo baladístico, o el misterioso “Aoi” escrito al final de 172 tiradas del Manuscrito de Oxford.
Acaso también proceden de una balada popular las tiradas 61 y 62, donde el Emperador tiene en la mano un arco que entrega a Roland, al designarlo para conducir la retaguardia de la hueste.
Ese arco no vuelve a ser nombrado en el poema porque desde el siglo X el arco dejó de ser arma noble, mirado como arma mortífera odiosa, arma de cobardes, sólo recordada en poesías populares, p. ej. en la Balada de Robin Hood.
Esas baladas primitivas debían de contener poca cosa: los nombres de Roland y de Roncesvalles, que es todo lo que hay de histórico en el poema; acaso también los sentimientos de amor a Francia y de legitimismo monárquico.
De la balada primitiva a la ch. de geste hay gran trecho, pero Ludwig van Beethoven (1770-1827) toma un canto popular y de él hace el adagio de la “Sinfonía nº 6 Pastoral” (op. 68), así procede el Genio.
Durante el siglo X, de las baladas populares surge “poco a poco” un poema más amplio y elevado; a Roland se mezclan personajes más o menos legendarios; en el siglo XI el trabajo de amplificación continúa, y al fin un poeta francés toma la obra de uno de sus predecesores y le da la forma hoy conocida.
La popularidad de este Conde es inexplicable si no suponemos cantos coetáneos al despojo del mismo, cuando Carlos el Calvo lo expulsó de Vienne en 870; cantos de emoción lírica sobre el infortunio del Conde, perdurables en el recuerdo popular a causa del encanto de su ritmo.
La observación de Fawtier, de que la “Ch. de Roland” parece un alegato poético a favor de la caduca dinastía carolingia, es llevada atrevidamente a una extrema precisión afirmativa por Émile Mireaux (político e intelectual, 1885-1969) en “La Ch. de Roland y la historia de Francia” 1943.
El poeta compone su poema a honra y gloria de la estirpe carolingia recién destronada, escribe para los partidarios del pasado, no escribe como cree J. Bédier, para los peregrinos de la ruta compostelana.
Afirma que el problema de los orígenes épicos no tiene solución, porque no existe; es un falso problema, puesto que el poema, en cuanto hecho imaginativo, no tiene más origen que el poeta.
Muy confiado en su ingenuo y cómodo eclecticismo, piensa que la Epopeya existió siempre, con sus letargos y sus despertares, porque los hombres cantaron siempre sus guerras y sus muertos.
Trata del origen remoto de la “Ch. de Roland”: es muy probable que, antes del solemne texto conservado, hubiese habido, no cantos lírico-épicos o cantilenas, como G. Paris pensaba, sino más bien poemitas franceses o quizá latinos.
Los poemas extensos en Francia, en España y en Alemania, tienen por base al “Roland”, con el modelo de Virgilio y el de Homero; son inconcebibles sin esos antecedentes clásicos, pero también son inconcebibles sin los Reyes Francos y Godos en las tierras germano-románicas.
Con francos y godos vino la canción heroica de los germanos, impulso nuevo que arraigó en la Francia del Norte y en la España del Norte, mientras el resto de la Romania, provenzales, italianos, catalanes, portugueses, tomaron el camino de la poesía lírica.
A la redacción hoy conocida precedieron otras más sencillas y breves, más populares, que son el lazo necesario entre Poesía e Historia, lazo que Bédier se empeña en romper.
Si por los puertos de Roncesvalles desfilaron alemanes, bávaros, francos, junto con los hombres de Provenza y de Septimania, lo mismo según los “Anales Carolingios” que según la Canción de Oxford, si Carlomagno amaba los “Antiquísima Carmina” de sus guerreros, si además del Latín de los Angilbertos y de los Alcuinos, se hablaban la Lengua Románica y la Theotisca, “¿qué nos impide creer que el verdadero Roldán fuese celebrado en tudesco?” y que estos cantos sirvieran de modelo a los cantos románicos.
En 1933 Fawtier y en 1943 Mireaux hallaban otros casos semejantes.
Con respecto a este tan repetido hecho de dos hermanos o primos que llevan los nombres de la célebre pareja heroica, llamó vivamente la atención a los estudiosos.
Los individualistas ponen en duda su importancia: L. Michel, en 1946, estima que es una pura casualidad, y en todo caso esos nombres lo mismo pueden ser eco de una canción de gesta que de “una tradición oral, clerical o popular”.
Guerrieri Crocetti (1892-1978) establece en esa igual fecha que esa onomástica familiar puede estar influida por la leyenda arraigada a lo largo de las rutas de las peregrinaciones y de las expediciones militares.
A. Roncaglia señala que pueden referirse a formas elementales (1947) de leyendas anteriores a nuestro poema.
Rita Lejeune publica en 1950 cuatro casos más de semejantes bautizos dobles en el siglo XI.
La reunión de 7 casos de la pareja Roland-Olivier, desde comienzos del siglo XI, da al argumento tradicionalista en ellos fundado, una fuerza incontrastable.
En un artículo de 1943 extiende sus puntos de vista a la onomástica de las guerras antimusulmanas de España en el siglo XI, apoyándose en el fuerte carácter histórico que hasta en menudos pormenores ofrecen los poemas medievales españoles.
Con respecto a los varios textos o refundiciones del “Roland”, señala que son sólo una parte de las que han existido y representan “momentos de una larga y activa evolución continua, momentos que el azar nos permite conocer, muestras preciosas de una rica producción colectiva”, “tomada en su conjunto, la tradición medieval del ‘Roland’ nos aparece como una Creación Colectiva incesante, constituida por innumerables creaciones individuales”, “masa solidaria animada de un movimiento continuo, que se transforma por innumerables modificaciones que se renuevan sin cesar”.
Esta continua refundición en los textos conocidos debió de existir también en el más antiguo texto conservado: el de Oxford; y observando que en él no hay “unidad creadora”, asiente a la tan común opinión de que el largo episodio de Baligant es una adición posterior y se siente convencido de que entre el primitivo “Roland” sin Baligant y el texto de Oxford con Baligant, mediaron algunas refundiciones, aunque serían de poca importancia.
Entre los últimos años del siglo X y alrededor del 1050, fija el “día de creación”, en el que se compuso el “Primer Roland” (sin Baligant), que debió de componerse reuniendo artísticamente materiales dispersos e informes.
Cree que antes de ese “Primer Roland” sólo existían “relatos inciertos y sin contornos”, “alguna tradición rolandiana oral, o acaso escrita”.
El poema pone como usuales entre los sarracenos, los tambores y los camellos, dos cosas que fueron miradas como una novedad introducida en España por los invasores almorávides de 1086, por lo cual Turoldo debió de escribir después de esa fecha y antes de 1090.
A Turoldo precedieron relatos orales de Blaye y de Burdeos sobre Roland; precedió también la leyenda de Olivier, que, a juzgar por los testimonios onomásticos de Brioude y de Lérins, data del año 1000, además de la “Gesta Francor” citada varias veces por Turoldo, pero, a pesar de estas concesiones individualistas, Riquer, conocedor de los estados arcaicos de la Épica Castellana, cree que pudieron preceder también cantos breves surgidos poco después del hecho histórico de 778.
Aplica su crítica a una restauración “in integrum” de la doctrina individualista, reafirmando la “precelencia” (excelencia) del texto de Oxford, que no es una refundición; el episodio de Baligant es obra del mismo poeta que compuso el relato de la “Chanson”, y ésta fue escrita hacia 1100.
Antes de esta primera obra maestra de la Literatura Francesa, nada hay que nos obligue a imaginar una “Ch..” más antigua, de la cual el texto de Oxford fuese una refundición.
Pudieron existir fuentes de ese texto oxonense, sea un poema francés, sea un poema latino, sea una leyenda local, una de familia, pero todo eso es prehistoria.
Estudia detenidamente el origen del nombre Oliverius y concluye que fue creado para designar al compañero de Roland en un poema anterior al de Turoldo.
Este primer poema “escrito a comienzos del siglo XI” en la Cuenca baja del Loira, hacia el Anjou, es obra de un clérigo que tomó conocimiento de la expedición de Carlos, ocurrida dos siglos antes, quizá leyendo la “Vita Karoli” de Eginhardo; la “leyenda” nació después.-
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Esa Nota, que resume la leyenda de Roncesvalles, se halla añadida, escrita con letra fechable entre 1065 y 1075, en un códice del siglo X.
Estudia Alonso los nombres propios, que aparecen en la Nota no con forma latina, sino españolizadas: Oggero, Carlus, Rodlane, Bertlane, Ghigelmo, Olibero, Rozaballes.
De todos ellos se deduce que “en la base de la tradición de la Nota hay un relato o varios relatos poemáticos en una lengua romance” y que esos dos nombres acabados en “-ane”, “parecen tomados de la rima con -e”.
Además, el contenido de esta Nota se relaciona con la posterior tradición española, mediante la presencia de Bertlane en Roncesvalles igual que en los romances carolingios donde aparece “Don Beltrán”.
Respecto a la cuestión rolandiana, la “Nota Emilianense”, aunque redactada en latín, da los nombres propios en forma romanceada y maneja varios héroes de los ciclos de Ogier y de Guillermo, dejándonos ver detrás de ella todo un trabajo de elaboración novelesca, del que se sirvió el poeta de Oxford.
Rechaza el esquematismo de quienes creen que lo colectivo actúa sólo en el período de orígenes y lo individual en la época de los poemas; pues no, admite Le Gentil, lo Individual y lo Colectivo, si bien en proporciones variables, intervienen simultáneamente, lo mismo en la fase preparatoria que en la fase activa de la creación poética...
Allí Le Gentil, en otro de sus escritos, expuso su opinión conciliatoria haciendo más concesiones al Tradicionalismo: en el siglo XI y primera mitad del XII nace “la poesía de arte en romance” con la Canción Cortés, obra de autores cortesanos, ambiciosos de renombre literario, y con la Canción de Gesta, obra de autores medio juglares del pueblo, medio clérigos doctos que, muy ligados a una tradición oral anterior, no aspirando a destacar su personalidad, permanecen en el anónimo, y sus obras no logran un texto estable, como las corteses, sino sujeto a refundiciones.
René Louis, critica detenidamente la teoría de Bédier, negando que las tumbas y demás reliquias poseídas por los santuarios franceses en los siglos XI y XII tuviesen eficacia para despertar interés poético y conservar datos históricos sobre los 55 personajes en los que Bédier cifra el elemento histórico de todas las “chansons” conservadas.
Menéndez Pidal en “La Ch. de Roland desde el punto de vista del Tradicionalismo” señala la existencia de un “Roland” anterior al de Turoldo, que se distinguía en incluir a Ogier de Danemarche en el número de los Doce Pares y en hacerle morir en Roncesvalles.
Los bautizos de dos hermanos, llamado, el mayor, Olivier y el segundo, Roland, hacen suponer que antes existía una “Ch. de Roland” sin Olivier, que, muy divulgada en el Sur de Francia, había propagado la costumbre de bautizar con el nombre de Roland a los hijos.
El Tradicionalismo debe tomar como principio fundamental el de que la “Ch. de R.” nació con los cantos narrativos que noticiaron el desastroso suceso a los coetáneos de Carlomagno.
Concluye que todos esos elementos artísticos revelan el hecho de que “las chansons de geste, en su más antigua época, eran transmitidas, y a veces hasta eran compuestas oralmente”, lo cual explica el carácter “movedizo” del texto en los varios manuscritos.
Hay trabajos también de Rita Lejeune, Ronald Walpole, Antonio Viscardi, etc.
Este último, hispanista italiano, 1900-1972, en 1956 señaló: “si verdaderamente los documentos nos obligan a creer que los héroes y los episodios de la Epopeya eran ya ampliamente conocidos a fines del siglo X o comienzos del XI, sólo una conclusión es autorizada: que la creación de la primera canción de gesta y los orígenes del género deben ser colocados algún decenio antes de lo que ahora se creía”.