Esto se relaciona con otro argumento individualista, el de que todo el elemento histórico de la Ch. no se explica por conocimiento directo de los sucesos, pues todo él se encuentra en una página de la “Vita Karoli” de Eginhardo, libro muy leído a juzgar por los muchos manuscritos de él hoy conservados, que inspiró el poema a un poeta en el extremo final de ese siglo XI.
La hipótesis de M. Pidal es la de que en los orígenes de las Literaturas Francesa y Española, al lado de la historia escrita en latín, sólo comprensible para el reducido público de los clérigos, se practicó habitualmente una Historia Cantada en lenguaje vulgar, destinada al inmenso público que ni sabía latín ni sabía leer.
La locuacidad de los clérigos del siglo XII responde simplemente a una evolución cultural en el mundo de los clérigos: la “mente clerical” se da por fin cuenta de que el idioma vulgar tiene algún valor literario y que no es del todo indigno de atención.
Mucho más en la arcaizante España se hallan abundantes intrusiones de la historia cantada en la historia escrita, a veces declarando expresamente el escritor cronista que tal o cual noticia la toma de los juglares o de las canciones.
Durante toda la Baja Edad Media española, hasta en el siglo XVI, aparecen en las crónicas nacionales trozos breves o extensos, tomados de la historia cantada bajo cuatro formas diversas:
l) en las crónicas del siglo XII observamos que los préstamos por ellas tomados a la historia cantada son breves y nunca se dice que procedan de cantares, porque las crónicas son sumamente lacónicas (ej. “C. Najerense&rdquo
;
2) en el siglo XIII, sobre todo al final y a comienzos del XIV, se propaga la costumbre de dar trozos extensos de los nuevos cantares refundidos, a veces tiradas enteras de versos, y se suele citar expresamente el testimonio de los cantos y de los juglares, careándolo a veces, cuando es discrepante, con el testimonio de los historiadores doctos en latín, y dando siempre a éstos la razón, como más autorizados (estamos en el momento en que la historia cantada por los juglares alcanzó mayor brillo);
3)hasta fines del siglo XV siguen las crónicas resumiendo muy por extenso las nuevas refundiciones de los cantares, pero ya no dicen que procedan de cantos ni de juglares, esto es, se vuelve al silencio del siglo XII.
En realidad debemos decir que ese silencio consiste en gran parte en deficiencia de la indagación, es decir que en vez de silencio debemos decir “escasez de documentos”.
Esta escasez, más grande siempre en los siglos más remotos, es perfectamente explicable en los tiempos en que los clérigos miraban los cantos en lengua vulgar como absolutamente bárbaros, indignos de toda atención, sino sólo para condenarlos caso que ofendiesen a la moral, y como los cantos épicos no la ofendían, no había ocasión de aludir a ellos jamás, se vuelve al préstamo tácito, porque los juglares han decaído en su crédito;
4) en los siglos XV y XVI la historia escrita toma préstamos del nuevo género de cantos historiales, los Romances, y éstos sí los cita expresamente, porque los Romances gozan de gran crédito como cantos venerables por su antigüedad, nacidos a raíz de los sucesos.
En ellos el cultivo de las Lenguas Románicas y el de las canciones en lengua vulgar estaba incipiente, y el crédito de esos cantos era, como parece natural, no ya escaso, sino negativo entre los doctos latinistas, desconocedores del derecho a la vida que las lenguas vulgares trabajaban por conquistar...
Ese poema contenía los dos episodios capitales de la acción poética: el del comienzo del poema, forzada sumisión de Zaragoza con el fabuloso tributo, y el del final de la acción guerrera, destrucción del ejército de Zaragoza con el milagro astronómico.
También en tiempo de tan escasísimas noticias sobre textos vulgares, sabemos que existían cantos, no leyendas, sobre sucesos actuales de ese siglo X, tanto en Francia como en España y en Inglaterra (“Vengeance de Rioul”, “Raoul de Cambrai”, “Infantes de Lara&rdquo
.
Sabemos también que se conservaban cantos viejos, no leyendas, sobre reyes merovingios y carolingios, cantos atestiguados en el siglo IX por el poeta sajón; Eginhardo nos dice que Carlomagno mandó poner por escrito “los cantos bárbaros y viejísimos sobre los hechos y guerras de los reyes antiguos”, y aun hoy se conservan muestras fragmentarias de versiones coetáneas de Carlomagno de hacia 800.
En el cantar primitivo es de presumir que Roland se opondría a que el tributo de Zaragoza fuese bastante, sin la entrega de la ciudad, y se hallaría ya en juego la pundonorosa arrogancia del héroe, cuando, designado para mandar la retaguardia, rehúsa la mitad del ejército que Carlos le ofrece y sólo retiene consigo los 20.000 franceses que es costumbre (Oxf.).
Sin duda en el combate en el desfiladero mostraba su arrojo temerario, antes que Olivier fuese inventado.
Lo que importa sentar es que los sentimientos por los cuales Roland no llama en su socorro a Carlomagno, el pundonor extremado, ciego, el orgullo personal (Oxf., 83), que es orgullo del linaje y de la nación (Oxf., 86-84), la firme confianza en el propio esfuerzo y en la victoria, aunque ésta aparezca punto menos que imposible (Oxf. 87), son sentimientos comunes en la Epopeya.
En el trato de la traición que trama Ganelón con Marsil, choca ciertamente que no se hable para nada de que Carlos pueda auxiliar a los 20.000 franceses de su retaguardia (Oxf. 44).
Este descuido del poeta se subsana recordando que el traidor, en sus confidencias con Blancandrín, había dicho que el orgullo será la perdición de Roland, pues le pone en peligro de muerte cada día.
Así aunque ello en ninguna parte se dice, todo el plan de la traición está concebido en la seguridad de que Roland, al ser atacado por los sarracenos, no pedirá auxilio a Carlomagno.
Roland, pues, muere por la traición que le coloca en la retaguardia, pero muere también por no pedir auxilio, esto es, por la desmesura temeraria, esencial en su carácter heroico.
La traición de Ganelón consiste sólo en lograr que se invierta el orden del ejército franco: Roland, Olivier, los Doce Pares y los 20.000 caballeros que ordinariamente iban en la vanguardia del ejército (Oxf., 41, 42), conseguirá Ganelón que vayan en la retaguardia (Oxf., 43, 58); Ganelón aconseja a Marsil que ataque a esa retaguardia (Oxf. 43, 44), y, aunque esto no se expresa, el traidor confía en que el pundonor de Roland hará todo lo demás, para que el ataque tenga éxito feliz.
En esa Nota se menciona, además de Zaragoza y Roncesvalles, un tercer lugar, el Puerto de Sícera, por donde se retira el ejército de Carlos, sin que en ese puerto suceda nada.
En la versión de Oxford, sólo aparece tres veces: como recomendándolo al lector, ya que se lo presenta bajo un aspecto impresionante en modo excesivo:
1) Oxford 66: “altos son los montes y tenebrosos los valles, grisáceas las rosas y temibles los desfiladeros”, descripción que hace el poeta cuando Carlos y su ejército emprenden la vuelta a Francia y van a asomarse a Gascuña,
2) Oxford 138: “los montes son altos, tenebrosos y grandes, profundos los valles y las aguas rápidas”, cuando Carlos oye el olifante de Roland y vuelve pasos atrás para socorrerle,
3) Oxford 169: “altas son las montañas y muy altos los árboles...”, reaparece aquí la descripción truncada y desvirtuada, se repite a medias la consabida descripción, en el fin de la batalla de Roncesvalles, Roland se siente desfallecer y se aparta del cadáver de Turpin lo que un tiro de ballesta, cara a España para morir como conquistador, llega a una pradera, allí se deja caer sobre la verde hierba bajo un hermoso árbol.
Hay una cuarta, también improcedente, Oxford 227: “ pasan los montes y las más altas peñas, los profundos valles y los angostos estrechos y salen de los desfiladeros y de la tierra yerma”, cuando Carlos, después de enterrar a los muertos en Roncesvalles, se adentra en España para combatir a Baligant; repetición inoportuna, pues los puertos y las angosturas se hallan entre Francia y el rellano de Roncesvalles, y no entre el rellano y el resto de España.-
El estrecho compañerismo de Roland y Olivier da su pleno valor poético a la figura del Héroe y al episodio central del Poema, la Batalla de Roncesvalles.
El altercado de Roland y Olivier, sobre el tañer de la bocina en demanda de auxilio a Carlomagno, dura desde antes de comenzar la batalla hasta el final de ella.
Tres ruegos y advertencias de Olivier, al divisar la inmensidad del ejército sarraceno que se acerca, no logran sino cuatro negativas de Roland: sería deshonroso tañer el olifante por temor a unos paganos:
; padecería el puntilloso amor propio del Héroe, su orgulloso honor, que es Honor del propio Linaje, honor de la dulce Francia (Oxford 83, 86).
Roland, con la fiereza del león o leopardo ansiosos de la presa, fiado en su siempre vencedora espada, ofrece a sus franceses victoria segura y abundante botín, digno de reyes (Oxf., 88-91).
Olivier no replica nada, pero la victoria ofrecida es un imposible.
A poco de comenzar la batalla, la naturaleza misma, dolorida, anuncia la muerte de Roland: el suelo de Francia tiembla y el cielo se entenebrece espantosamente (Oxf. 110): “en Francia se desencadena una terrible tempestad: hay tormenta de truenos y de viento, lluvias y granizo desmesuradamente; los rayos caen recio y a menudo... en pleno mediodía hay grandes tinieblas...= es el gran duelo por la muerte de Roldán”; mientras la mortandad de los franceses aumenta, y caen muchos de los Doce Pares (Oxf. 116.122).
De los 20.000 que formaban la retaguardia, ya no quedan sino 60 franceses (Oxf. 127.139): “han muerto todos los caballeros franceses, salvo sesenta, que Dios ha ahorrado”.
Quiere tañer su olifante. Pero ya es muy tarde.
Olivier ironiza duramente, recordando a su amigo la negativa de antes (Oxf. 129): “Si pides ayuda, tus parientes se sentirán afrentados; yo no lo aprobaré; cuando yo te lo propuse, lo rechazaste; tu tañer ahora no sería de un valiente!...¡Pero qué ensangrentados tienes los dos brazos!”.
El batallar del Héroe ha sido de fiereza sobrehumana.
Olivier continúa en su punzante ironía, y cuando el compañero está hondamente arrepentido, y cuando los dos van a morir, no rehúye la crueldad de echar en cara al amigo la enormidad de su yerro, con los más hirientes vocablos. Oxf. 131: “la valentía pide sensatez y no Locura, mesura y no Temeridad; ¡por tu Insensatez mueren todos estos franceses!”.
Olivier, en esta cruel y entrañable reconvención, despoja a Roland de su grandiosa aureola heroica, de su febril pasión bélica, de su gloriosa altivez, de su culto al honor en servicio de su rey y de Francia, la hermosa, la dulce tierra.
Olivier tiene aquí algo del antihéroe, aun desempeñando este papel, nos choca que sea tan escaso en reconocer la sublimidad de su compañero.
Sólo la reconoce , aunque con palabras teñidas de pesimismo cuando dice a su amigo: “Tú morirás aquí y por ello Francia perderá su honra”.
Habla el severo lenguaje de la razón, el seco lenguaje del sentido común humano, pero en cuanto la reprensión cesa, la acción del poema vuelve al mundo de la fantasía irracional, tocando siempre con lo sobrenatural imposible.
El Arzobispo Turpin pacifica este segundo altercado de los dos amigos, quiere que se pida el socorro, aunque no servirá sino para que el Emperador entierre a los muertos (Oxf. 132).
Y al fin Roland emboca el olifante; lo tañe dos, tres veces, con el más grande duelo por su trágico error; lo tañe con violento resuello.
Su boca se llena de sangre, y sus sienes revientan.
El anheloso sonido, donde Carlos está (133º - 135º
, y las trompas y clarines del Emperador responden al olifante (138º
, los franceses vuelven atrás para auxiliar a Roland y a los que junto con él combaten.
El duelo de Roland es inmenso viendo que por su culpa el campo está cubierto de cadáveres queridos (Oxf. 140): “Barones franceses, por mí os veo morir, ¡Dios lleve vuestras almas al paraíso! No puedo ayudar a los pocos que aún pelean. ¡Olivier, hermano, sigamos el combate, que hoy moriré de dolor si otra muerte no encuentro!” (Oxf. 143º
.
“Aquí recibiremos martirio, pero vendamos caras nuestras vidas, que cuando Carlos, mi señor, llegue a este campo, por cada uno de nosotros verá 15 sarracenos muertos, y no dejará de bendecirnos”.
.
Y Roland sigue peleando. Aún hace sonar su olifante por cuarta vez, ahora sin fuerzas; él, invulnerable para las armas de sus enemigos, se ha roto las sienes con el ansia del bocinar y con el gran dolor de su culpa (156º
.
Los sarracenos, al oír la trompetería de Carlos que se acerca, lanzan sus dardos contra el héroe, le matan el caballo y huyen, dejándole dueño del campo (160º
. Entonces Roland se adelanta a todos los muertos, para caer allí, cara a los paganos de España, como Conquistador (174º - 204º
, y al morir tiende hacia el cielo su guante; el Ángel Gabriel desciende para recogerlo y para llevar consigo el alma del héroe (175º - 176º
, del héroe cuya desmesura ha sido la mayor exaltación de Francia y de la Cristiandad.
Francia no se verá abatida por la muerte de Roland, dos concepciones del deber, nos llevan a la tan aceptada hipótesis de que el poeta del Roland es un eclesiástico, que crea de pies a cabeza el poema inspirándose en la tradición docta latina.
Según el pensamiento escolástico, en la Poesía épica el Héroe es excelso y digno del cielo, por poseer Sabiduría y Fortaleza. En el pensamiento pagano la perfección militar consiste en la conjunción de Fortaleza y Moderación.
La trágica musa de la Epopeya, sintió que el Héroe es justamente tal por no ser perfecto, sapiente y moderado; es Héroe por su orgulloso ardimiento, por su ímpetu de desmesura, por quedar impávido ante la catástrofe que sobre él se cierne.
Roland no es creación clerical, pero Olivier quizá pudiera serlo, porque implanta el tema eclesiástico de la “Sapientia” frente a la “Fortitudo”.
“Roland es arrojado y Olivier es prudente, ambos a dos son de maravillosa valentía; una vez puestos a caballo y en armas, por no morir no esquivarán batalla; buenos son los dos condes y arrogantes sus palabras”.
En este pasaje, el poeta aprueba por igual al atrevido, osado, lo mismo que al prudente; iguala a los dos condes, el poema diferencia radicalmente el uno del otro: Roland es siempre el único, el que destaca con rasgos de protagonismo excepcionales, frecuentemente sobrehumanos, mientras Olivier no tiene más valor que el de su amistad fraternal con Roland.
A pesar de su gran importancia en el Poema, no tiene pasado, carece de origen, de familia y país conocidos, el poeta espera la muerte del héroe, para darnos alguna noticia en el breve lamento fúnebre que pronuncia Roland. Todo ello nos hace pensar en un genial refundidor, un clérigo.
Hacia el final del poema, antes de celebrarse el juicio contra Ganelón, las dos tiradas 268-269, de extraordinaria emoción en su magnífica sencillez, renuevan oportunamente el dolor por la muerte de Roland.
Cuando Carlomagno no llega de Roncesvalles a Aix, Alda le pide noticias de su prometido Roland, y al saber que ha muerto, muere ella de dolor.
Esta escena tiene un “enganche” o llamada mucho antes: cuanto la batalla de Roncesvalles es ya un desastre, pues no quedan sino 60 franceses con vida, cuando la muerte de todos es inevitable, cuando Olivier ha calificado la arrogante valentía de Roland con los más duros adjetivos, añade cariñosamente a su compañero: “y a fe que, si yo volviese a ver a mi gentil hermana Alda, jamás reposaría entre sus brazos” (Oxf. 130).
Los dos amigos se despiden para morir (131), pero cuando Roland muere, sus últimos recuerdos son para su espada Durendal (171), para las conquistas que hizo con esa Durendal bella, clara y blanca (172), para Carlos de la barba florida (173), para la dulce Francia, para los hombres de su linaje, para sí mismo, golpeando el pecho por sus culpas (176); pero entre tan íntimos recuerdos, tan copiosos y apremiantes, no existe el recuerdo de Alda, aunque su fraternal amigo se la acaba de hacer presente.
El que creó las figuras de Olivier y de Alda no escribió las tiradas sobre la muerte de Roland , y no se cuidó de retocarlas..