DIARIO DE MIS LECTURAS, nº 33: un texto de A. J. Battistessa.-
Por Guillermo R. Gagliardi.
LA VOCACIÓN, sagrada pasión de toda su vida, en ello consistió, brilló, fructificó, el apostolado pedagógico y literario del Profesor, Dr. Ángel J. Battistessa (1902-1993).
Rescato un texto entresacado de “Una vocación por la Literatura de España”, publicado en el Boletín de la Academia Argentina de Letras, tomo LIII, nº 207-208, en.-jun. 1988, p. 14-17).
Conceptuoso, encantador, pleno de información y buen estilo. Abarca las diversas dimensiones de la Vocación, desde la Teología, la Literatura, la Enseñanza, la Lingüística y Filología, la Historia...
“Procedente del latín, la palabra ‘vocatio’, de ‘vocare’, ‘llamar’, es anterior al advenimiento del Cristianismo, pero cabe reconocer que esa palabra ha llegado a nosotros con un dejo uncioso y austeramente alusivo.
No extraña que el Léxico oficial, el de la Real Academia Española, aun en su vigésima edición, la de 1984, y que otros diccionarios y lexicones, cual el de Autoridades, de 1737, asienten en primer término definiciones como ésta: Vocación.- ‘Inspiración con que Dios llama a algún estado, especialmente al de Religión’.
Persistente resabio de esa connotación unciosa reaparece en definiciones ulteriores, no tan levantadas aunque también merecedoras de ser tenidas en cuenta.
Si en el plano de lo lexicológico nos arriesgamos en los vericuetos de la Psique, los distingos tienden a multiplicarse, pero en el orden de lo literario mencionar dos o tres de esos distingos puede estimarse suficiente.
Honorato de Balzac, el en sus días ciclópea encarnación de la novela, observaba que las vocaciones, si frustradas, gravitan patéticamente sobre considerable número de personas. Esto se explica: clave virtual de su dicha, lúcida u oscuramente, y de acertada o desacertada manera, la vocación de cada individuo tiende a procurarle a éste una felicidad efectiva aun a costa de denodados esfuerzos, graves renunciamientos y acaso mal correspondidos sacrificios.
Toda vocación, pronto se entiende, estimula una temprana o una tardía actitud misional, la que en corta o en dilatada medida trasciende a otras gentes. Esto acaece con los santos, los héroes, los grandes hombres de bien, los sabios, los escritores y los artistas. El tipo, mejor dicho el arquetipo de las vocaciones remontadas sigue siendo el de las apostólicas: la de Pedro, la de Andrés, la de Mateo.
A igual que las otras, la de este último ejemplifica lo perentorio del requerimiento supremo, la súbita lumbrarada, fulmínea o cuasi fulmínea, del amoroso mandato del Maestro por excelencia: ‘Sígueme’.
No debe extrañar que aún hoy, en un mundo perceptiblemente desacralizado aunque propuesto, ya, a la nueva evangelización, el vocablo que nos ocupa implique nítida referencia a un cierto comportamiento humanal pero en alguna medida trascendente.
Ello resulta obvio. Mucho antes de ahora, y hasta en el siglo XVIII, la centuria que enlazó, cierto que vistosamente, los modos del vivir frívolo con el apocado y presuntuoso racionalismo escéptico, persistió en esa manera de reconocer lo imperativo de las vocaciones profundas. Mentemos una muestra: ‘Sin vocación hasta el claustro es un infierno’. Este aserto parece el apotegma de un teólogo, pero campea –irónico despiste- en la aserción de alguien que –la verdad es sabida- hubo de sentir todas las solicitaciones; todas, menos las del claustro y, consecuentemente, las del ascetismo monástico.
Aludo a su autora, la pimpante plebeya de súbito casi entronizada: Juana Antonia Poisson, marquesa de Pompadour. Conocida es su trayectoria, y deslumbrante. A despecho de éste o aquel historiador cejijunto, sus yerros de conducta, más algún traspiés en los colaterales vaivenes políticos, no han podido quitarle, frente a la posteridad, una exención indulgente apenas disímil del indulto.
Si bien la marquesa no se arrojó al peligro de ponerse a prueba en el trance de recatarse ‘imo pectore’ en el apartamiento cenobítico otras prendas vocacionales coincidieron en la facetada y brillante entidad anímica de Juana Antonia.
Fue mujer naturalmente perspicua, amiga de los libros y nada trivial frecuentadora de la música. Escritores de mérito la festejaron sin servilismo. Su belleza, con mucho superior a su ingenio, recibió el variopinto homenaje, no la doblegada pleitesía, de la paleta de Francisco Boucher, junto con el de los lápices, tenuemente azules y albirrosados, de Mauricio Quentin de la Tour.
Gracias a estos y a otros artistas, las sucesivas generaciones aún reconocen a la favorita en su actual retraimiento en las salas del Louvre: allí ella parece cumplimentar todavía, post mortem, la vocación de embelesar a cuantos de momento la miran y la saludan al paso. El sortilegio persiste...
...para recordan, (...) la existencia de otras vocaciones, las cuales para ser valiosas no siempre dependen ni de la adustez del claustro, ni del arrobo místico; menos, del halago mundano o de la fastuosidad palaciega.
Pero hay otras vocaciones, y a salvo las desviadas y perniciosas, todas son respetables, esto según el acierto con que desenvuelta o porfiadamente se las lleve a feliz término.
Sin hacer nómina de las vocaciones menores, las que inclinan a las artesanías o a los oficios, de suyo tan simpáticas y útiles, por el margen que dejan para la personal iniciativa en zona delantera múestranse, desde antiguo, las profesiones y las carreras atentas a la enseñanza y al lúcido desvelo erudito.
Por lo que toca a los deberes y quehaceres de la didáctica y de la investigación –en los laboratorios, en los seminarios- una vez más la palabra ‘vocación’ alude inequívocamente al impulso, en ocasiones subitáneo, en ocasiones incoactivo, que nos solicita, nos llama y nos hace acceder, cual queda dicho, a las realizaciones anhelosamente entrevistas”.