jueves, 08 de abril de 2010

MI LECTURA DE “LA ESPAÑA DEL CID” de R. Mz.  Pidal=  Ia. parte.

 

                                                                        Por Guillermo R. Gagliardi.

 

 

 

El Cid ofreció siempre un mayor interés humano, palpitante en su grande obra contrariada y desagradecida.

La vida del héroe es perseverancia frente a la incomprensión de sus conciudadanos, deseo insistente de colaboración con sus dos más tenaces adversarios, justicia esplendente  aun entre sus enemigos y deferencia para con las gentes cuya entusiasta adhesión se capta, victoria final sobre la disgregadora antipatía con que los otros le persiguieron, ofrenda de sus éxitos al rey y al pueblo que  lo desterraron.

 

1.- Biógrafos primitivos.

 

a)      “Elocuencia evidenciadora de la gran calamidad”, del moro valenciano Ben Alcama, 1110.

 

Había presenciado el asedio y dominación de Valencia por el Cid. Minuciosa relación de estos sucesos.

Demuestra que toda la desdicha de Valencia fue debida la impiedad de sus gobernantes, pues éstos cargaron el pueblo con tributos ilícitos, no prescriptos por el Corán, e hicieron alianza con el  Cid, un enemigo de la Fe, en vez de aliarse con los africanos.

Es un relato de valor inestimable. Nos presenta, falseando la verdad, a un Cid codicioso y astuto.

El texto se conserva traducido e incompleto en crónicas castellanas de los siglos XIII y XIV.

 

b)      “Tesoro de las excelencias de los españoles”, del moro portugués Ben Bassam, expulsado de su patria y confiscados sus bienes, vivía de lo que le daban los varones notables cuyos méritos ensalzaba; si alguno ofrecía mezquino estipendio, era excluido del elogio; en cambio, procuraba complacer a los favorecedores dedicándoles la más pomposa y complicada retórica.

 

Pinta al Cid ávido de crueldad con la mujer e hijas del cadí de Valencia; llega a mirarlo, con palabras envueltas en odio, como un verdadero prodigio del Creador.

 

Los historiadores árabes son precisos en la cronología, abundantes en los pormenores, atentos a los personajes secundarios.

Los historiadores cristianos son lacónicos y desabridos; por ejemplo, la “Crónica Oficial” de la época, la del Obispo ovetense Pelayo ni menciona al Cid, con escasa y árida información.

 

c)      “Historia Roderici”. Testimonia admiración al Cid. Nos lo muestra como fortísimo guerrero y leal vasallo.

 

El autor adopta en su latín, a veces, un estilo bíblico.

Es el evangelio de la fidelidad y del esfuerzo heroico; toda ella transpira veracidad sencilla y devota.

Realza por igual, de una parte, el Heroísmo de fidelidad, y de otra, el Heroísmo bélico del desterrado burgalés.

 

d)      “Carmen Campidoctoris”, 1090, en sáficos y adónicos latinos.

 

Fragmento conservado en un manuscrito del Monasterio de Ripio. Parece tener por principal asunto la lucha del Cid con el conde de Barcelona.

El autor es un clérigo catalán, probablemente barcelonés, hostil al Conde fratricida.

 

e)      “Poema de Mío Cid” 1140.

 

Nos da la más cabal interpretación del carácter del Cid, su benignidad para con los moros, el amor a la familia.

 

f)       “Crónica catalano-aragonesa”, 1359, de San Juan de la Peña.

 

g)      “Cantar de Sancho el Fuerte”: quedan escasos restos de la primitiva redacción.

 

2.- Historia y fábulas confundidas (1150-comienzos siglo XVII).

 

a)      “Crónica Najerense” 1160. Incorpora por primera vez los hechos del Cid a la historia general de la Nación.

b)      “Chronicon Mundi” 1236, del Obispo de Túy.

c)      “De Rebus Hispaniae” 1243, del Arzobispo de Toledo.

d)      “Primera Crónica General” de Alfonso X.

e)      “Segunda Crónica General” 1344.

f)       “Crónica Particular del Cid”.

 

Se desarrolla un escepticismo, dudan de algunos sucesos F. Pérez de Guzmán, Garibay y el P. Mariana.

Gracián imaginaba en 1657 que en la región de la inmortalidad el Cid se cubría el rostro con las manos, “corrido de las necedades en aplausos que contaban de él sus nacionales”.

 

3.- Discusiones Benedictinas”, 1615-1700.

 

Se procede a contrariar el anterior escepticismo y se usan cronicones, epitafios, diplomas y otras fuentes auténticas para comprobar la veracidad de los hechos.

 

a)      “Historia de los Cinco Reyes”, Pamplona, 1615, de Fray Prudencio de Sandoval. Estableció la veracidad esencial y cronología exacta de hechos del Cid y considera a otros como patrañas, p. ej., los Infantes de Carrión.

 

Por su parte los historiadores aragoneses y catalanes dudan de que el Cid haya vencido al Rey de Aragón y al Conde de Barcelona (abad Juan Briz, 1629; Zurita, 1562; Abarca, 1682).

 

b)      “Antigüedades” 1719 de Fray Francisco de Berganza. Con gran esfuerzo, defiende al héroe, cuyos restos mortales tenía enterrados en su templo.

 

c)       “Historia verdadeira da famosísimo héroe Rodrigo Días de Bivar”, Lisboa, 1751, del Presbítero Joseph Pereira Bayam.

 

Declara que Fray Berganza es el que ha  desterrado con pruebas todas las dudas que los censores aragoneses habían suscitado  acerca de las acciones del Cid.

 

4.- Hallazgo y pérdida de la Historia Roderici, nuevo escepticismo, 1792-1820.

 

Se halla la “H. R.” que yacía ignorada desde tiempos de la “Primera Crónica General”. Ante este hallazgo se forman dos tendencias: unos, simpáticos al Cid, otros, escépticos exaltados.

 

a)      “La Castilla y el más famoso castellano” 1792, de Fray Risco.

 

Halló la H. R. en el Convento Agustino de San Isidoro de León. Desecha y trata de mentirosa a la “Crónica Particular del Cid”.

Presenta a la vida del Cid, documentalmente esquematizada.

 

b)      “Vida del Cid” de Johann Müller, 1805. Aprovecha fuentes poéticas varias, pero en forma inhábil.

c)      “Chronicle of the Cid” Southey, 1898. Obra de mero valor poético.

d)      “The Cid, a short Chronicle, founded on the early poetry of Spain” 1845, de George Dennis.

e)      “Historia crítica de España” 1805, de Masdeu. Halla en la H. R. “alevosías, perjurios y desvergüenzas de Rodrigo Díaz”, “embustero, delincuente”, “infame traidor”. Niega la existencia del Cid. “No tenemos del Cid ni una sola noticia que sea segura o fundada o merezca lugar en las memorias de nuestra nación”...

f)       Traducción de la “Historia de España” de Dunham, por Antonio Alcalá Galiano. Agrega notas que siguen a Masdeu. Fue demandado en juicio por un linajudo que se creía descendiente del Cid.

g)      “El Cid Campeador o Ciro Cambises” de Bernabé Romeo y Belloc.  “El Cid...no fue otro que Cyro Cambises...”.

h)      “Vida de españoles célebres” 1807 de Manuel José Quintana. Estima al Cid como un guerrero formidable, pero la envidia, la calumnia y las disensiones fratricidas de los cristianos impidieron la unión del héroe con su rey.

i)        “El Rey fue acaso no más que uno de esos caudillos aventureros, como los generales alemanes cuando las guerras del siglo XVII, o los Condottieri italianos de los siglos anteriores, aunque con más gloria y quizá con más virtud que ellos”.

 

 

5.- Las fuentes árabes reciben crédito preferente (desde 1820).-

 

Desaparece la “Historia Roderici” hasta mediados de esa centuria.

 

a)      “Historia de los árabes en España” 1820, de J. A. Conde.

b)      “De Cidi historiae fontibus” 1843, de Aschbach.

 

Había creído fabulosa la “Hist. Roderici” y declara que la conquista de Valencia fue una ficción, pero ya en 1843 se retracta ante los convincentes testimonios árabes publicados por Conde. Había atribuido la conquista de Valencia a Alfonso y no al Cid.

 

Aun en 1904, E. González Blanco en “España Moderna”  escribe que es difícil demostrar que  el Cid haya existido, “seguiré negando la realidad de ese superhombre y viendo en él la forma legendaria y personal que tomó el militarismo de la Edad Media”.

c)      “Historia de España” 1839, de Romey.

Es una obra mediocre, se basa en publicaciones anteriores de arabistas.

d)      “Historia de España” 1839, de Saint-Hilaire. También sigue a Conde.

e)      “Geschichte von Spanien” 1844, de Schäffer, idem.

f)       “Geschichte des Cid” 1829 y la “Crónica del famoso Caballero Cid Ruy Díaz” 1844, de Huber.

 

Para Huber el Cid real debe buscarse en la “Hist. Roderici”, desechando del odio musulmán las injurias y las idealizaciones de la poesía.

 

El Cid, con los defectos que pudiera tener, no dejaba por eso de ser excelente cristiano, campeador de la Fe y de la Independencia Nacional, caballero honrado por todos y sobre todos, y no un aventurero sin fe ni patria.

 

g)      “Romancero Espagnol” de Dumas Hinard.

Rebate el escepticismo de Masdeu. Rechaza enérgicamente el testimonio de origen árabe.

h)      “Le Cid Campeador” de Monseignat. Circuló con destino al pasatiempo del viajero en ferrocarril.

 

  • El Cid de Masdeu y de  Dozy. Últimos trabajos críticos.-

 

La historia del Cid, a pesar de tantos trabajos de erudición a ella consagrados, no entró aún en un terreno verdaderamente científico, primero ofuscada por el brillo de la leyenda poética, y después, por las sombras de una fuerte ansia de llamativo contraste que se apoderó del jesuita e historiador italiano Juan Francisco  Masdeu (1744-1817) y del arabista holandés Reinhart  Dozy (1820-1883).

 

En 1844, R. Dozy descubría en Gotha el notable pasaje de Ben Bassam,  en el que hallaba el relato de una gran crueldad que presentaba al conquistador de Valencia en aspecto muy otro de cómo la poesía lo presentaba.

La cidofobia de Masdeu se madura en Dozy. Tantos defectos del Cid, los explica Dozy como propios de la barbarie de la época; admira en el Cid las virtudes guerreras, la mezcla de astucia y audacia, de prudencia e intrepidez, pues no puede menos de recordar que el mismo Ben Bassam llama a Rodrigo “un milagro del Señor”.

 

M. Menéndez y Pelayo (1856-1912)  censura a Dozy por apoyar su concepto histórico del Cid casi sólo en la depravada retórica de Bassam, pero admite que un héroe puede haber necesitado usar y abusar de la fuerza, según le cuadran bien cierto grado de brutalidad, ciertos rasgos de carácter díscolo y altanero.

Lo acusaron insensata e injustamente de enemigo de su patria, violador de iglesias, cruel, mercenario, perjuro, embustero, traidor, etc.

 

Es venerable el arte y la erudición de Dozy, pero sus obras están anticuadas. En vez de beber sus aguas, estancadas hace tantos años, debemos buscar el fluyente y límpido venero. Desconoce por completo el espíritu de la época, los deberes y derechos del vasallo, ni entiende las normas de la Reconquista, los usos y normas de la guerra, etc.

 

Karl Vossler (1872-1949), romanista e hispanista alemán,  descubre en el Cid de la realidad la conjunción de los datos de la historia y de la poesía primitivas.

 

 Alfred Jeanroy (filólogo y lingüista francés, 1859-1954) estima que la conducta del Cid respecto a su Rey, en circunstancias penosas, fue perfectamente correcta: se resignó a un oscuro destierro y se mostró siempre pronto a recobrar un puesto junto a su soberano, aun en segunda fila; no obstante, parece muy enigmática su actitud cuando devasta las tierras de García Ordóñez o como protector de los príncipes moros.

 

Marcel Bataillon, hispanista galo, 1895-1977, hace resaltar el carácter de “protectorado” que tenía la situación del Cid en Zaragoza, la lealtad del desterrado respecto a su Rey, su espíritu jurídico; afirma la reconciliación de la historia con la poesía, siempre que éste sea casi coetánea a los sucesos que canta: el autor del Poema, a pesar de las libertades que se tome, es un testigo de primera importancia.

 

Para L. Gillet la historia, tal como la comprendió el siglo pasado, respira una verdadera fobia de la grandeza; pero una concepción poética y heroica de la vida puede no ser pura ficción, y ése es el caso respecto del Cid; catedrático de valentía, da a una raza entera su medida del “hombre”, su exigente ética del Honor, su amor por la Independencia del carácter, y a ello le ayudan tanto las más altas cualidades del héroe como su  defecto capital, su temperamento bastante anárquico, que no sufría órdenes ni vecinos; pero el gran desterrado  sirvió a su Rey aun de lejos y su vida, a pesar de circunstancias adversas, no fue sino “une longue fidelié”.

 

W. J. Entwistle (1895-1952), sentando que el Cid tuvo los defectos de su siglo, ve que en algunos aspectos de su conducta, tal como “su sublime lealtad personal a Alfonso”, se eleva sobre la práctica de su tiempo.

 

P. Rassow destaca que el Cid es, ante todo, una mente política; irreprochable guerrero cuando combate a los enemigos de la fe, se pliega también, como hombre práctico, a las oportunidades de cada momento.

 

W. Kienast rechaza en absoluto el Poema como fuente histórica; aun así: “la vida del Cid se lee como una novela heroica; nos refiere astucia y crueldad, más aún, intrepidez de muerte y guionaje de gentes; nos muestra un general invencible y un previsor hombre de Estado, que sabe gobernar prudentemente su tierra y conoce las leyes de su Pueblo”.

 

J. A. Van Praag cree sostenible en parte el criterio de Dozy, no solo aplicado al Cid, sino extendido a toda la reconquista del siglo XI; no puede ver en ella sino príncipes cristianos y moros que tratan de arrebatarse el botín los unos a los otros; Alfonso VI no buscaba sino el oro; a pesar de ello, cree que habría de ser ciego quien no reconociese en el Cid una excelsa personalidad de la que emana atractivo poderoso, inspiradora de alta poesía.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Publicado por Desconocido @ 20:32
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