MI LECTURA Y COMENTO DE “LA ESPAÑA DEL CID” de R. MZ. PIDAL.- Parte II.-
Por Guillermo R. Gagliardi.
Cap. II. De la España de Almanzor a la España del Cid.-
Hay que desechar la ingenua e incomprensiva división de la Historia en Edades, pero, en un sentido estricto, podemos llamar Edad Media a la época del siglo VIII al XV.
Juntar en la misma edad a Boecio, San Isidoro de Sevilla y los Papas residenciados por el Emperador de Constantinopla, v.gr. , con Alcuino, Alfonso X y los Pontífices que se arrogan la supremacía universal, es confundir especies de hombres muy dispares; aquéllos continúan viviendo en el Orbe Romano Antiguo, mientras éstos pertenecen ya a un Mundo Occidental Nuevo.
El Imperio Romano había constituido en torno al Mediterráneo un núcleo de superior Cultura; pequeño y rodeado por enormes masas de pueblos bárbaros, emigrantes o nómadas, que codiciaban la riqueza de las ciudades.
Fue fenómeno decisivo la expansión por el Sur, de los nómadas semitas de Arabia, que llevaron consigo una Religión Nueva, vigorosa, que impusieron junto con el idioma del desierto y constituyeron el Gran Imperio Omeya.
Así, al extenderse este carácter cultural en el Occidente europeo, desaparece la soberbia unidad antigua y comienza la Edad Media, que es una época esencialmente latino-árabe.
Se destaca, entre todas esas Civilizaciones, la Musulmana como guiadora de la Humanidad y, por su parte, la Cultura de Occidente se inicia pobre, pero luego suplantará a la Musulmana.
El Mediterráneo dejó de ser piélago romano, sólo sus playas septentrionales continuarán en posesión de la Cristiandad; las Meridionales, así como las del Este y Oeste pasaron a ser musulmanas.
El “Mare Nostrum”, centro y entraña del Mundo Antiguo, pierde ese carácter para convertirse en frontera divisoria, disputada por los dos nuevos mundos que nacen con el siglo VIII.
Mahoma, el último Profeta que ha podido producir la Humanidad, el que anuncia completar la obra de Jesús, como Jesús completó la de Moisés, funda un Nuevo Estado, de tendencias universales como su religión, y en él todos los Principios Religiosos, Políticos, Militares y Tributarios se traban fuertemente entre sí para hacer del Islam un dominador respetuoso de los pueblos sometidos, un rapidísimo conglutinante de civilizaciones dispares.
Mahoma se extendió en 80 años sobre los “Pueblos del Libro” (“de la Biblia”, judíos y cristianos) en Asia, África y España, Persia, sobre los Bereberes idólatras, los brahamánicos del Sind, abarcando, a principios del siglo VIII, desde la ría del Tajo hasta las bocas del Indo.
Se dilata entonces, un flamante Imperio Damasceno; al gran Califato Omeya de Damasco sucede el Califato Abbasí de Bagdad, con mayor brillo cultural y menor vigor político, que empieza a perder provincias y en el año 1000 el Califa abbasí no manda apenas sino en su Palacio de Bagdad.
Así, la unidad político-militar se quiebra y los restos de ese poder queda en manos del Omeya del Andalus y el fatimí de Egipto.
La unidad de la Fe se quiebra por las sectas (como la heterodoxia legitimista de los siíes que desechaba el califa de Bagdad). Pero reconocían un centro religioso común, la Meca, a donde todos iban en peregrinaje, todos leían el mismo libro revelado, todos estudiaban la misma lengua del Corán (que vino a ser el instrumento de comercio humano más grande y más eficaz del orbe).
El prodigioso poder de absorción con que se inició el Islam en Religión y Política, fue más vigoroso en la Cultura del Espíritu.
Al ponerse los musulmanes conquistadores en contacto con las mayores civilizaciones de la Antigüedad, al descubrir los tesoros de las grandes Literaturas Griega, Persa y Sánscrita, se dejaron penetrar hasta la médula por ellas, lo mismo que en sus orígenes el Corán se había empapado de Judaísmo y Cristianismo.
Los árabes asimilaron ávidamente las producciones de todos los pueblos sometidos, y, por su parte, cristianos, sirios, judíos, persas, afganos e indos islamizados comenzaron desde la segunda mitad del siglo VIII a dar a la lengua del Corán un brillo cultural extraordinario.
La Corte de Bagdad desde los días de Abú Yáfae Almanzor, de Harim Ar-Raxid y de Mamún, fue el centro de la producción mundial en Astronomía, Matemáticas, Filosofía, Historia, Filología y Medicina. Y esta Cultura se propagó desde el Este al Oeste (siglo X).
El Latín, por su parte, perdía su dominio oficial en el Imperio de Bizancio y se empobrecía.
Las dos mitades del Imperio Romano venían extremando sus diferencias desde la época cristiano-bárbara. Los invasores germanos imprimían su carácter al Imperio de Occidente y los invasores eslavos y asiáticos al de Oriente.
Después, en el siglo VII, la lengua Griega tomó el carácter de lengua oficial en el Imperio Bizantino: faltó pues el idioma cultural común. Además la Cultura Occidental se embotó debido a la difícil reorganización luego de las devastadores invasiones.
También el orgullo romano, era adverso al Helenismo, lastimado por la supremacía que ejercía o a que aspiraba el Imperio de Oriente. Entre las dos mitades, pues, faltó la unidad política y la religiosa.
Con Carlomagno renace la Cultura de Occidente, destinado a imponerse en el futuro, pero inferior en saber y poder a la Cultura Islámica, la Iglesia rige los espíritus, casi sin contradicción, y modela la estructura de la nueva sociedad conforme a principios de unidad y orden eternos, jerarquizados bajo la autoridad suprema del Papado y del Imperio.
España, por su parte, invadida por el Islam, no hacía un papel extraño a la Edad Media de ese extremo europeo, sino, en cierto sentido, un papel eminente como país de superposición de las dos grandes culturas que luchaban sobre el Mediterráneo.
Resumiendo, esta época se caracterizó en los primeros siglos por la incomprensión y la ruptura entre el Oriente Griego y el Occidente Latino
En Oriente la idea imperial se mantiene en el sentido romano antiguo, y la Iglesia sirve al Emperador como uno de tantos medios de acción; por el contrario, en Occidente, Carlomagno crea un Nuevo Imperio con el carácter de aliado y servidor de la Iglesia. (Desde la desaparición del último Papa de origen griego, San Zacarías, muerto en 752, las dos Iglesias se distanciaron siempre más y vivieron en continua ruptura de relaciones hasta que se consumó el cisma).
El enorme trastorno que las emigraciones bárbaras trajeron sobre todo el Occidente exageró el practicismo Romano, y los estímulos de la Cultura Espiritual se embotaron durante los difíciles tiempos de reorganización que siguieron a las invasiones.
Además, el orgullo romano, lastimado por la supremacía política que ejercía o a que aspiraba el Imperio de Oriente, alimentó una consciente aversión hacia el Helenismo, y éste acabó por ser extraño al Occidente.
En 812 Carlomagno logra ver reconocido su título de “Imperator” y “Basileus” por los legados del Emperador de Oriente, único que antes se denominaba así, y este simple hecho indica que la supremacía trisecular de Bizancio ha terminado, que la escisión de las dos mitades de Europa se ha consumado y que ha nacido ya el tipo de cultura estrictamente Occidental destinado a imponerse a todo el mundo en lo futuro.
Insistimos en el concepto de la Edad Media como época esencialmente Cristiano-Islámica. Podemos pues, sintetizar así los caracteres de esta época, especialmente en los primeros siglos:
1.- la cultura de lengua árabe es la dominante en el desenvolvimiento humano;
2.- estado de incomprensión y ruptura entre el Oriente griego y el Occidente latino. En el siglo VII la lengua griega tomó el carácter de lengua oficial en el Imperio bizantino; faltó desde entonces el idioma cultural común que pudiese alumbrar con igual luz las cimas del pensamiento en las dos mitades del mundo antiguo;
3.- en el Occidente la vida antigua se trasforma según Ideas e Instituciones Germánicas, traídas por los invasores bárbaros y según los principios directivos de la Iglesia.
El
Mundo Cristiano se encontró inadvertido para resistir los hechos nuevos de la Guerra Santa y de Expansión Islámica. El gran imperio Bizantino, perdió en un momento extensos territorios: Siria, Egipto, Cilicia, África: y atacada la Cristiandad por ambos extremos del Mediterráneo, España sucumbió también.
El Imperio Hispano reviste un claro sentido nacional, que nada tiene que ver con el sentido universalista, agustiniano u orosiano del Imperio Carolingio.
El reino astur-leonés, heredero del visigodo, aspiraba no sólo a la supremacía política, sino a la eclesiástica, tomada ésta como apoyo de la Idea Imperial. Es decir, en el siglo X, León, eclesiástica y civilmente muestra sus altas pretensiones hegemónicas.
El reino Leonés incluía condados gallegos, a menudo rebeldes, y el Gran Condado de Castilla. Toda la vida de España, en el siglo X, se encierra dentro de ella misma y su centro es Córdoba.
Al acabar el siglo X el esplendor del Islam, proviene de dos Califatos disidentes: el del Cairo y el de Córdoba.
Halagaba la piedad popular, trabajando con sus propias manos en las obras de la mezquita, acatando a los faquíes, despreciando a los filósofos. El Islmam vivía en España los días de su mayor brillo externo e inconsistente.
Fue Almanzar uno de tantos hombres geniales en el triunfo propio, atento sólo a asegurar su poder, incapaz de concebir una alta política previsora, extirpador de colectividades y de individuos valiosos.
En 1002 hacía su última expedición militar, destruyendo el Monasterio de San Millán. Al morir, en Medinaceli, dejó tras sí sólo torbellinos de egoísmo ambicioso. Al atacar por igual, uno por uno, todos los centros de la España libre, desde Barcelona a Compostela, fue un poderoso incitante del sentimiento hispano-cristiano, y en cuanto el gran Caudillo desapareció, resurge el Norte con perdurables aspiraciones de dominio.
En los primeros años del siglo XI, el Califato de Córdoba se reduce: luchan ferozmente los berberiscos (apoderados de las tierras del Sur, de Cádiz a Granada y los nobles musulmanes de España: el partido andalusí o español, donde también figuran los eslavos que gobernaban ciudades de la costa del Levante).
Al morir Hixem III (1030) se desmembra el califato en señoríos o “reino de Taifas”: taifas berberiscas (Ronda, Carmona, Morón. Capital: Granda, 1013), y reinos de taifas andalusíes o españolas (Córdoba, Sevilla, Zaragoza, Murcia, Valencia, Badajoz, Toledo).
Las relaciones de los Cristianos con los Moros sometidos toman un carácter de íntima convivencia, sistema que el Cid, en 1095, abandona definitivamente, como ùltimo efecto de la “repulsión natural” hacia los almorávides.
En el siglo XI se desgozan una España antigua y toma nuevos ejes y nueva órbita otra España diferente.
En el siglo del Cid la vida española sufrió mudanzas más decisivas que nunca, lo mismo en sus fuerzas políticas que en sus relaciones mundiales, en sus aspiraciones, en el conjunto de su ideario.
Los “reinos de Taifas” alcanzan un vigoroso adelanto intelectual y material, una apasionada afición a la poesía y a la música, excepto en las berberías. Los reinos musulmanes de la Península se caracterizan pues, en el siglo XI, porque de un lado hubo riqueza, lujo y esplendor material y del otro una gran debilidad del espíritu islámico y una casi carencia de sentido político y militar.
En el siglo XI tendríamos entones: un período de la supremacía cordobesa, se cierra en 1002 con la muerte de Almanzor. Segundo, una época intermedia de las contribuciones y parias y tercero, período de preponderancia castellana con la cooperación de otros varios Estados, se inicia en 1045, y durante él no son los tributos la aspiración principal, sino el recobro definitivo de las grandes ciudades irredentas.
El Período intermedio es el de las contribuciones o parias. El moribundo califato y las nacientes Taifas tenían aún mucha fuerza acumulada para resistir mientras los cristianos, como no contaban con exceso de población ni de riqueza, tampoco podían aspirar a la conquista y colonización de territorios.
Por esto se limitaron por lo pronto a inmiscuirse en las luchas intestinas de los musulmanes para cobrar cara la intervención, ora, rara vez, en forma de contribución pecuniaria, contribución que llegaba a perpetuarse en forma de Vasallaje, esto es, pago anual de parias por el príncipe moro a cambio de protección y auxilio por parte del príncipe cristiano.
Este sistema de contribución o de parias impone a las relaciones de los cristianos con los moros sometidos un carácter de íntima convivencia, muy favorecida por las circunstancias.
Pero este sistema de las parias era muy inestable. En cuanto flaqueaba la fuerza del dominador cristiano, el moro tributario dejaba de pagar o acudía con sus parias a otro príncipe más poderoso que lo amenazaba o halagaba.
El siglo XI se distingue por multiplicar los centros de Reconquista. A León y Navarra del siglo anterior, se añaden ahora Castilla, Aragón y Barcelona. Todos ellos comienzan a establecer entre sí acuerdos, repartiéndose los reinos moros en zonas de reconquista, hoy diríamos “esferas de influencia”, para que cada uno en su zona conquistara o tributara tierras.
En las cortes de Taifas, presididas por soberanos bibliófilos, filósofos y eruditos (Moctádir, Mutamin, Alcádir, Modáffar Ben Alaftán, etc.), se hacía estudios muy importantes, que habían de servir de guìa a la Cristiandad Occidental varios siglos más tarde.
En Granada, p. ej., se produce un astrónomo notable Ben Asmah, cuyas obras aprovechò Alfonso el Sabio. Por el tiempo en que vivió desterrado Alfonso VI en Toledo, en esta ciudad se realizaban innovadores trabajos matemáticos y astronómicos, en los que sobresalía Ben Said, descollando Azarquiel, uno de los grandes cerebros que han ilustrado la ciencia universal: los cálculos y observaciones directas que ambos hacían en Toledo constituyen las famosas Tablas Toledanas, tan utilizadas después en Europa, y especialmente en los libros astronómicos de Alfonso X.
También existió un excelente geógrafo e historiador Abu Abaid el Becrí, de quien se sirvió igualmente Alfonso el Sabio para su “Grande y General Historia”. Notemos pues que Alfonso X se hizo memorable, dentro de la Cultura Occidental justamente por haber reanudado en su corte la tradición científica y literaria de estas cortes andaluzas de 2 siglos antes y por haber aprovechado muchas de aquellas viejas producciones científicas.
La afición apasionada a la poesía y a la música era general. Entre los árabes, mientras la poesía era tenida por arte excelso, la música constituía una profesión vil, por eso entre los vicios que los autores árabes señalan como más decadentes en los emires españoles, está su pasión por las cantoras, su afición a la música de los laúdes, al par que su abandono a las delicias del banquete y de los vapores del vino. Las cantoras y la embriaguez serán tambiçen tema de las censuras que el Cid dirige a los reyes de taifas en su discurso a los moros valencianos.
Por su parte, en el Sur, hay mayor espíritu religioso y bélico y mucho más bajo nivel cultural. Luego el Islam, a pesar de los triunfos bélicos, empieza a marchitar su prematura lozanía en varios de los pueblos asimilados, mientras el viejo tronco del Cristianismo nos sorprende ahora con un período de robustecimiento sobre todos los países de Occidente.
La población del Andalus, era en el siglo XI, una masa heterogénea, parte cristiana y en parte musulmana a medias. La población musulmana o mozárabe era, por lo común, bilingüe, pocos eran los musulmanes que no conocía, la Aljamía o Latinía, o “Romance español”.
El Rey, según la Teoría Eclesiástica, era de origen divino, la voluntad de Dios era la fuente del Poder, representa a Dios para bien de la “universitas” o colectividad del pueblo, para cumplir los fines del Estado, mantener en justicia a todos, hacer la guerra a los enemigos del exterior: bajo su protección están todos los débiles: la Iglesia, Mercaderes, viudas, huérfanos, peregrinos (teoría transmitida de Roma a los reinos bárbaros, definida por San Isidoro en sus “Etimologías” y en sus “Sentencias” y aceptadas por el Fuero Juzgo).
Era una corte de tipo ambulante que perdurará hasta el siglo XVI.
Según la Teoría de los Nobles, sus relaciones con el Rey estaban fundadas en el Juramento de fidelidad libremente prestado, oferta mutua de protección y servicios, y no en algún derecho general y divino.
En el siglo XI se puso de moda la división del poder real entre coherederos, lo mismo en Estados Cristianos que en Estados musulmanes. Los nuevos reinos españoles (Navarra, Portugal) y el nuevo concepto de realeza patrimonial y divisible, tal como el rey de Navarra, Sancho el Mayor lo propagó en el siglo XI, son fenómenos correspondientes en España al de los señoríos feudales en Francia. Grandes Estados Feudales y pequeños reinos de reconquista surgen como entidades equivalentes.
Al desaparecer Almanzor, no sólo cambió el aspecto de la España Meridional con el predominio de las nuevas fuerzas de eslavos y bereberes, sino también por completo cambiò la España del Norte. León había sido duramente vejado por Almanzor y en el siglo XI debe soportar la rivalidad de los Vascos.