“LA ESPAÑA DEL CID” DE R. MZ. PIDAL. Parte III.-
Por Guillermo R. Gagliardi.
Cap. 3: Fin de la preponderancia vascona. Comienzos de Rodrigo.
El color terroso rojizo de las casas es como el del suelo sobre el que se asientan, y casas, solares o eras (espacio de tierra limpia donde se trillan las mieses, también es un cuadro pequeño de tierra destinado al cultivo de flores u hortalizas), se distinguen muy poco del oro de las mieses estivales que cubren todo lo demás del terreno.
Sólo algunos chopos (álamos negros), entre las casas y a orillas del río Ubierna, a lo largo de los caminos, dan verde alegría a este paisaje amarillento. El término de Vivar, ni muy rico ni muy pobre, se dilata llano, cubierto de sembrados, en su mayoría de trigo, y las rectangulares heredades no sólo ocupan toda la llanura, sino que suben allá lejos, cuanto pueden, por las cuestas que limitan el valle a un lado y a otro: suben hasta morir en el verdor inculto que cubre la cima de los cerros, o hasta tocar en la blancura estéril de los carcavones, donde la erosión de las lluvias deja al descubierto las calizas y las rocas que forman la entraña de aquel terreno...
Hay molinos en Vivar, en Sotopalacios, que respiran arcaísmo y llevan nuestro pensamiento a los molinos que allí poseía Mío Cid. Solía ser, en la Edad Media, el molino, un monopolio de privilegio señorial muy estimado.
Hubo de nacer en 1043. Tenía nobleza muy alta por parte de madre y famosísima pero modesta, por parte de padre.
Seguiría luego de morir Diego Laínez su padre (1058?) las escuelas que Fernando I organizó para sus hijos, en las cuales se estudiaban las Artes Liberales y se ejercitaba a los alumnos en el manejo de las armas, en correr caballos al uso español y en el “arte venatoria”.
Su letra de puro estilo visigodo o toledano, era de trazos fuertes, irregular en el tamaño de los caracteres, tortuosa sobre la línea del renglón, pero segura y fácil, bien formada y bien sentida, como de hombre habituado a manejar la pluma.
Hacia 1000, posiblemente, el Infante Sancho lo arma caballero, ciñéndole la espada, con un rito sencillo y meramente militar.
El ajuar de un Caballero entonces, estaba constituido por la silla “mozerzel” (lujosa como la del Conde Claros, “que la silla con el freno bien valía una ciudad&rdquo
, “loriga” (túnica de cuero cubierta con escamas o anillos de metal cosida encima), la “almofar” era la capucha con que se continuaba la túnica, “yelmo” ovoide y de hierro, un repuesto de espadas, adornadas o lisas, “adargas” o escudos pequeños de cuero, caballos, “palafrén” (en él montaba el caballero), “caballo del diestro” o de combate, “acémilas” o mulos cargados con armas y otros equipajes del señor.
Cap. 4: El Cid inicia la hegemonía castellana.-
En 1056 Sancho el nuevo Rey de Castilla, distinguió a Rodrigo como Alférez, “príncipe de toda la hueste real”.
Combate con Jimeno Garcés uno de los mejores caballeros de Pamplona, según el Derecho Castellano, de que el alférez debía encargarse de amparar los derechos del reino “cuando alguno feciese perder heredamiento al rey”.
El duelo judicial se hizo debido al litigio de límites con Navarra sobre posesión de castillos fronterizos.
El joven Rodrigo Díaz de Vivar, que contaba a la sazón con 23 años de edad, vence al caballero navarro y su victoria fue celebradísima.
“Entonces –escribe el ‘Carmen Campidoctoris’- fue Rodrigo, por boca de los hombres principales, llamado Campi-doctor”. La “Historia Roderici” menciona otra lid singular del Campeador: fue con un sarraceno de Medinaceli, a quien venció y mató.
Cap. 5: Crisis de Castellanidad.-
Es de advertir que la voz “Vasallo”, en el caso presente del Cid, no tiene el sentido general de “súbdito” que entonces también tenía la voz, sino el restringido y técnico de Hidalgo, que besa la mano de un señor prometiéndole Fidelidad a cambio de especial protección.
Al besar la mano se anudaba entre señor y vasallo un fuerte lazo que les imponía la obligación de ayudarse mutuamente en vida y de vengar el caso de muerte violenta de uno de ellos.
Los deberes propios del vasallo eran: servir al señor contra todos los hombres del mundo, ora en la guerra, ora acudiendo a la corte del señor siempre que éste le llamase, ora llevando los mensajes que le fuesen encomendados.
Tales deberes de fidelidad podían cesar, pero sólo mediante otra formalidad: besando el vasallo de igual modo la mano del señor y despidiéndose de él; si abandonaba el servicio de su señor sin despedirse, era traidor.
Por otra parte era obligación del señor para con sus vasallos, hacerles mercedes, procurarles matrimonios ventajosos, guardarles de daño, de fuerza, de afrenta, manteniéndolos en su derecho, pagarles soldada cuando los llevaba en hueste, y repartir entre ellos las cuatro quintas partes de la ganancia de guerra.
El quinto del botín de guerra que se reservaba para el señor es de origen árabe, imitación del quinto que daban los súbditos al Califa en virtud de un precepto del Corán.
Antes, como alférez de Sancho, era el primer personaje de Castilla y había aniquilado el poder los Beni Gómez. Ahora, los Beni Gómez estaban restituidos a sus dignidades; Pedro Ansúrez, repuesto en sus condados de Carrión y Zamora, venía a Burgos como principal magnate en el séquito del nuevo rey, y éste traía consigo su alférez leonés Gonzalo Díaz; Alfonso no mostraba necesitar para nada las dotes especiales del Campeador, la gloria del cual se cifraba en el molestísimo recuerdo del Golpejera.
Alfonso VI, cumpliendo el deber de señor para con vasallo, buscó al Cid un matrimonio honrosísimo; le casó con Doña Jimena Díaz, mujer de alcurnia regia, sobrina de Alfonso. Ella recibe como arras (donación), tres villas en Castilla y 34 heredades en otros pueblos; pertenecía a la más linajuda nobleza asturiana, y su casamiento con el Cid obedecía a una acertada política de Alfonso, tendiente a unificar los intereses y sentimientos de sus vasallos.
Cap. 6: Crisis de Nacionalismo. Gregorio VII.-
La tendencia centralizadora de los Pontífices era una reacción contra descuidos anteriores. Lo que más singulariza a la Iglesia española era el hecho de practicar una Liturgia especial, que tenía rezo e himnos propios, debidos en su mayor parte a los doctos Padres de la Iglesia Toledana o Visigoda, y que hasta se distinguía salientemente en la Misa por dividir la hostia en 9 partes, mientras la Liturgia Romana reformada la dividía sólo en 3.
El Centralismo de Roma no se limitaba a esas cuestiones puramente eclesiásticas. Tanto Alejandro II como Hildebrando, monje de Cluny, se preocupaban de afirmar la supremacía efectiva y soberana de la Sede Apostólica de Roma sobre todos los poderes de la tierra. Eclesiásticos y laicos.
La general exaltación religiosa que caracteriza esta época trae consigo en el Pontificado tan singular mezcla de la renunciación ascética con la extrema ambición de poder mundano, como sostén necesario de la potestad espiritual.
El mismo siglo XI, que se inicia con aquel notable florecimiento del espíritu ascético en los reyes, debía desarrollar el anhelo dominador de los Papas, por librarse del dominio laico que estorbaba la reforma de la Iglesia.
El pensamiento religioso, absorbente, deducía sin vacilar las últimas consecuencias. La “Potestad directa” conferida por Dios a San Pedro y sus sucesores era superior al poder pasajero de los reyes; el poder sacerdotal es de origen divino, mientras el poder real es una invención de los hombres, instituida ya en el mundo pagano.
Todas las naciones cristianas debían, pues, unirse bajo la guía suprema del Pontífice. Las aspiraciones centralizadoras del Papado empezaron a operar sobre España casi a la vez en el terreno puramente religioso y en el político. Empezaron por la Liturgia.
Los historiadores no han notado la repulsa que debió despertar la pretensión de Gregorio VII relativa a un derecho de propiedad sobre España (en 1077 ese Papa dijo: “Quiero haceros saber que el reino de España, según antiguas constituciones, fue entregado a San Pedro y a la Santa Romana Iglesia en derecho y propiedad...&rdquo
, y, sin embargo, esa repulsa es patente.
Alfonso VI no podía aceptar que España fuese patrimonio de San Pedro. Lejos de eso, empezó a proclamar la antigua dignidad imperial que por rey de León le correspondía, pero no se contentó con ser llamado Emperador, sino que no vaciló en usar oficialmente el título (“Ego Adefonsus Imperator totuis Hispaniae&rdquo
según consignaba en sus diplomas de 1077.
Con la adopción del oficio religioso romano, se hundía la vieja tradición española, y , como epílogo del modernismo triunfante en esta época, podíamos señalar el abandono de la Escritura nacional.
España usaba en sus escritos una letra llamada lo mismo que la liturgia, Toledana o Visigoda, derivada de la cursiva romana: se adoptó la Letra Francesa: en 1090 el Gran Concilio de León, dio un nuevo golpe al Nacionalismo ordenando que en los Libros del Oficio eclesiástico se usase la Letra Francesa y no la Toledana.
Toda la Literatura del siglo XI o tuvo que ser reescrita en Letra Francesa, o quedó muerta para los hombres del siglo XII. Se abrió así un abismo entre la Cultura Modernista y la Arcaica.
El Cid, quedándose en su posición Nacionalista, siguió con su letra Toledana, pero no profesó un absurdo Nacionalismo a todo trance, pues favoreció en Valencia, las corrientes beneficiosas de esa reforma.
Cap. 7: Destierro del Cid.-
El padre de Motámid de Sevilla pagaba parias a Fernando I, luego al rey García de Galicia. Motámid las pagaba ahora a Alfonso, y éste envía, como todos los años, una embajada para cobrar el tributo.
En 1070 envía al Cid como embajador, Alfonso no daba cabida al genio militar de Rodrigo Díaz. Éste llegaba a Sevilla en mala oportunidad ya que Motámid se hallaba amenazado por su enemigo Abadía Modáffar, rey de Granda. Motámid era un excelente poeta y su corte literaria era brillante, descendía de árabes yemeníes hispanizados.
En Granada se hallaban otros embajadores vasallos de Alfonso: el Conde García Ordóñez de Nájera, el caballero alavés Fortún Sánchez (casado con una Infanta de Navarra lo mismo que García Ordóñez), Lope Sánchez (hermano menor de Fortún) y Diego Pérez (magnate principal de Castilla). Éstos preparaban una incursión en territorio sevillano.
El Campeador creyó su deber proteger al tributario y así escribió al Rey de Granada y a los ricos-hombres castellanos, rogándoles que “en consideración a su señor don Alfonso” desistieran de atacar a Motámid, pero desatendieron el ruego del Cid, quien trabó una dura y larga batalla con los invasores, quedando presos García Ordóñez, con Diego Pérez, Lope Sánchez y otros.
El Poema recarga las tintas cuando dice que el Cid mesó la barba de Ordóñez, causa de enemistad perpetua, retuvo a los presos tres días para probar que su éxito no era inseguro, y luego los dejó libres, heridos en su orgullo, quedándose con las tiendas y con el despojo de los vencidos.
Don García Ordóñez, a pesar de su alta nobleza familiar y de su más alto casamiento, carecía de nobleza personal y excitaba el apodo despectivo. Los cristianos lo llamaron también “el Crespo de Grañón” y los moros, “el Boquituerto”.
La victoria de Rodrigo despertó envidia en muchos, aún entre sus parientes y fue acusado ante el Rey de cosas falsas: de ser infiel mensajero y haber retenido para sí lo mejor del rey Motámid.
Probablemente hubo alguna fatal circunstancia que diese color de verdad a tales acusaciones. Motámid agradecido, pudo obsequiar con envidiables dones a su ayudador, o bien menos creíble, pudo hacer al Cid víctima de algún engaño, como el que intentó en 1082, tratando de pagar el tributo con moneda de baja ley.
Hallándose Alfonso en las campañas de Toledo, el Cid había quedado enfermo en Castilla. Entonces los moros acometieron el Castillo de Gormaz (la más importante fortaleza castellana sobre la línea del Duero), y robaron abundante presa.
Al oír estas noticias el Cid indignado, reunió a todos sus caballeros y devastó la tierra de Toledo apoderándose de cautivos y riquezas.
Este segundo éxito del Campeador, también cayó mal en la Corte: los envidiosos decían que Rodrigo había hecho eso, para que el Rey y todos ellos muriesen a manos de los sarracenos.
Alfonso receloso, y haciendo caso de los “mestureros” o maledicientes, desterró al Cid, pena excesiva pero no del todo inmotivada (quizá Rodrigo hizo por su propia cuenta la arremetida contra los moros de Toledo, como protesta al no verse empleado por el rey en la conquista de la capital visigótica).
Cuando el Cid, desterrado, tiene que abandonar su casa y “ganar el pan” en tierras ajenas, sus “mesnadas” y vasallos, se expatrian con él para ayudarle a vivir fuera de Castilla, todos cumplen con el deber del vasallaje.
El destierro era una pena propia de los infanzones y ricos-hombres; generalmente no iba acompañado de la confiscación, de modo que el desterrado, con sus heredades, seguía siendo un súbdito, como todos los demás, del rey que le desterró. Sólo había roto con éste los lazos especiales del vasallaje. Pero el hecho del destierro traía consigo otras complicaciones graves, ya que el desterrado, a su vez, tenía vasallos propios que sostener; estos vasallos debían expatriarse con su señor, sirviéndole en el destierro, hasta “ganarle pan” o “ganarle señor que le haga bien”. La mesnada se componía de los criados o personas a quienes el señor criaba, armaba caballeros, casaba y proveía de heredades, tenían obligaciones de fidelidad más estrechas que ningún otro vasallo, p. ej.: Muño Gustioz, criado en la corte del Cid y casado con una hermana de Doña Jimena.
Parientes desde tiempos germánicos eran base principal en la formación de la compañía militar. Alvar Álvarez sobrino, etc-... La mesnada formaba el consejo privado del señor para tratar graves negocios de familia o de la guerra.
Según el Poema, el Cid siempre somete a la aprobación de sus gentes los planes de incursiones y batallas. Además de vasallos criados y heredados por el señor había otros “asoldados” (caballeros extraños que besaban la mano a un poderoso buscando su amparo y su soldada).
Según el viejo juglar del Cid, sale éste de Vivar con su gente, dejando sus palacios yermos y desmantelados: las puertas quedan abiertas, sin cerraduras, las perchas sin ropas y sin halcones.
Al llegar a Burgos ve nuevas señales de ira del rey. Había prohibido don Alfonso que diesen posada o vendiesen vianda al Cid desterrado, rigor extremo que en siglos posteriores se mitigó, considerándolo como un abuso del monarca.
La pena con que las cartas reales amenazaban al que acogiese o vendiese viandas al de Vivar era la confiscación y la ceguera.
Acampa cerca del Arlanzón, como si fuese en despoblado; sólo el buen caballero burgalés Martín Antolinez (“una ardida lanza&rdquo
provee de pan y de vino al Cid y a sus caballeros.
Bien sabe que caerá en la ira del rey, pero gustoso abandona su casa y heredades de Burgos para seguir en su destierro al Campeador, y aún obtiene de unos judíos de la ciudad el préstamo de algún dinero para el desterrado, pues, el Cid se hallaba pobre, sin recursos para sostener su mesnada.
Dispuesto a partir, el Cid recogió su tienda. Desde la orilla del Arlanzón mira allá arriba extenderse la ciudad, coronada por el castillo. Mira la románica catedral de Santa María, que entre el caserío se adelanta y descuella como en adiós solemne.
Volvió las riendas de su caballo hacia el lejano templo, alzó su mano diestra, se santiguó la cara, “voy a dejar a Castilla, pues tengo airado al rey; no sé si tornaré a ella jamás. Si vos, Virgen, gloriosa me socorréis en mi destierro, ofrezco a vuestro altar ricos dones y haré en él cantar mil misas”.
El Cid y sus caballeros siguieron de noche en dirección a San Pedro de Cárdena, donde se había refugiado Doña Jimena con sus hijos para pasar allí la soledad en que el destierra la dejaba.
Cuando los caminantes llegaron al portón del monasterio, ya quebraban los albores y los gallos se respondían a prisa unos a otros en su canto: dentro de la Iglesia, a la luz palpitante de los cirios, los monjes rezaban los maitines, y Doña Jimena, con cinco dueñas de su compañía, oraba por la ventura del Campeador.
El abad y los monjes salieron con candelas a la puerta, también salió Jimena con los niños Diego, Cristina y María, llevados por las dueñas que los criaban; el mayor de los hijos tenía 6 años, y la menor estaba aún en brazos.
Jimena cayó de rodillas ante el Campeador y le besó las manos; Mío Cid, ante sus palabras la abraza, toma después a sus hijos y los estrecha contra el corazón; el caballero reducido a la pobreza por la ira del Rey expresa un supremo deseo: “Pliega a Dios que aún con mis manos pueda casar éstas mis hijas, y a todos vosotros vengan días de ventura”.
Las campanas de Cárdena tocan a clamor y los pregones anuncian por Castilla que el Campeador se va de la tierra, que necesita gentes y que los que quieren acudir se reúnan en el Puente de Arlanzón.
Reúne allí 115 caballeros y en el camino aún más.
El Campeador sale de Castilla trasponiendo la sierra de Miedes, al pie de la cual, a la vista del moruno castillo de Atienza, hizo alarde de sus caballeros y contó 300, lanzas, todas con pendón.
Según el antiguo poema, el Cid hace una cabalgada por la tierra de Toledo frontera de Gormaz, por el valle del Henares (v. 425-509), este gesto, más que un despecho del Cid contra Alfonso, repitiendo la correría sobre la tierra toledana, por la que había sido desterrado, es, probablemente, un confuso recuerdo de la misma cabalgada que causó el destierro.
Al poder arbitrario que un rey tenía para desterrar sin enjuiciamiento ninguno a cualquier noble, correspondía en el que había sido desterrado sin delito, el derecho de combatir a su rey, de correrle la tierra: los desterrados podían entrar en batalla con su rey, pero no debían hacer daño a la persona misma del rey.
El verso 527-528 es muy importante ya que es una frase histórica, pues el Cid, en todo su largo destierro, se abstuvo de luchar contra su rey, a pesar de las vejaciones que de él sufrió en adelante.
Mío Cid entonces, abandonó la tierra de Toledo para entrar por el valle del Jalón en el reino moro de Zaragoza. Y de estos primeros y penosos días del destierro, Fray Gil de Zamora recoge una significativa conseja. Hacía el Campeador sus jornadas rodeado de enemigas gentes de los tres reinos: Zaragoza, Aragón y Castilla.
Una mañana, después de mandar recoger las tiendas para mover el campo, y mientras le obedecía, oyendo él acaso conversar a algunos que la mujer de su cocinero había dado a luz aquella noche, preguntó a los que hablaban: “Las señoras castellanas ¿cuántos días suelen convalecer en el lecho después del parto?”.
Y cuando le respondieron añadió: “pues otros tantos días permanecerán aquí nuestras tiendas plantadas”. Y como señor cortés y animoso, ordenó volver a armar las tiendas ya recogidas, sin reparar en el peligro de los enemigos, hasta que la buena mujer restableció cómodamente sus fuerzas, según las costumbres señoriles.
Así aquel pobre niño, nacido en tierra hostil, fue agasajado por el héroe. El rey Jaime el Conquistador refiere que, al invadir la tierra de Valencia, mandó en Burriana no recoger su tienda hasta que las golondrinas que habían anidado en ella echasen a volar sus polluelos...