“LA ESPAÑA DEL CID” DE R. MZ. PIDAL. PARTE IV.-
Por Guillermo R. Gagliardi.
Cap. 8: El desterrado y el Emperador de las dos Religiones.-
El medio ordinario que para “ganar el pan” tenía todo Caballero español expatriado era establecerse en alguna corte musulmana.
No obstante, el Cid no pensó permanecer entre moros, sino que se dirigió a Barcelona, donde gobernaban los dos Condes hermanos, Ramón II, “Cabeza de Estopa” por su espesa y amarilla cabellera, y Berenguer II, “el Fratricida”, llamado así por el asesinato que en su hermano cometió poco más de un año después que el Cid estuvo en aquella corte.
No nos dice la historia qué hizo el Campeador en la Corte de ambos hermanos, pero es fácil presumirlo.
Las guerras en que el Cid se había estrenado en su primera juventud:
+- Graus (1063: el tío del Infante Sancho, Ramiro I de Aragón, tenía de antiguo gran empeño en apoderarse de Graus, y en la primavera de ese año combatía esa plaza; Moctádir, para socorrer a los sitiados de Graus, salió de Zaragoza al frente de un ejército musulmán, junto con el Infante Sancho que allí se hallaba y caballeros, entre ellos Rodrigo.
En batalla fue muerto el rey Ramiro; esta primera empresa a que asiste el joven caballero, le mostraba en toda su complicación la política de los príncipes cristianos, disputándose encarnizadamente la presa de las parias sarracena).-
+- La toma de Zaragoza y acaso la expedición de Fernando I a Valencia (Moctádir de Zaragoza , al aliarse con el rey de Sevilla, rompió con los castellanos. Fernando I emprende una campaña de castigo contra Moctádir, porque negaba el debido tributo y en Zaragoza y otros lugares del Reino moro hubo matanzas de cristianos- 1065. Fernando devastaba todo, y llegó hasta Valencia...
De estos tiempos aparece la primera firma de Rodrigo en una escritura notaria, al lado de otros caballeros que después serán sus enemigos: García Ordóñez y Alvar Díaz.
Valencia se salvó porque Fernando se sintió allí enfermo de muerte, y tuvo que hacerse conducir en retirada; esta última campaña de Fernando fue motivada porque el rey Moctádir no pagaba el debido tributo.
Don Sancho II, luego, también debió guerrear con Moctádir, al que venció, con un cuerpo militar sitiador sobresaliente que atacó los muros de “la ciudad blanca”, destacándose Rodrigo a tal punto que una crónica hebrea refiere que “fue ganada Zaragoza por Cidi Ruy Díaz&rdquo
.
Le habían acostumbrado a fijarse en las antiguas aspiraciones que Castilla tenía respecto al protectorado de la región oriental musulmana; el Cid miró el Levante como único refugio posible, concibiendo el ambicioso plan de continuar él por su cuenta la política castellana, relativa al reino de Zaragoza...
El Campeador iba a Barcelona llevado de un exceso de confianza y acaso de vanidad. Sus hazañas, (el combate con el caballero navarro, las batallas de Llantada- donde lucharon las huestes de Sancho contra las de su hermano Alfonso VI, 1068, frente al Cid, alférez de Sancho, estaba como alférez del Rey Alfonso, Martín Alfonso, los leoneses fueron vencidos y Alfonso huyó
, de Golpejera (1072, resurge la antigua discordia entre Sancho de Castilla y su hermano Alfonso de León, quien es vencido, las tierras de Golpejera, se extienden junto al dilatado río Carrión, más arriba se alzaba la ciudad amurallada de Sta. María de Carrión, capital del condado regido por la importantísima familia de los Beni Gómez: los musulmanes llamaban Beni Gómez, esto es “hijos de Gómez”, a los descendientes y allegados de un famoso Gómez Díaz, conde de Saldaña, yerno del gran Conde castellano Fernán González y alférez de éste hacia 932
Estos Beni Gómez después eran condes, no sólo en los territorios de Saldaña, Liébana y Carrión sino también en el de Zamora, las gestas de tan gran linaje habían sido notables y azarosas, en el siglo X los Beni Gómez, aliados a sus parientes los Condes de Castilla, lucharon con esfuerzo y desventura contra Almanzor, éste destruyó a Sta. María de Carrión en 995, por lo cual, y por la enemistad del rey de León Alfonso V, los Beni Gómez cayeron en oscuridad, tras graves reveses y destierros, hasta que a mediados del siglo XI, reaparecen en esplendor gobernando los mismos extensos territorios, un B. G. es Gonzalo Ansúrez, padre de los Infantes de Carrión, según los diplomas fue en 1071 alférez de Alfonso VI, hermano de él era Pedro Ansúrez, rico hombre muy principal en la corte leonesa, y continuará durante 50 años tomando parte saliente en los sucesos de Alfonso y en los de su hija y sucesora, era tan íntimo familiar del monarca leonés como el Cid lo era del castellano.
El Cid fue el causante de la gran derrota presenciada por la ciudad de los B. Gómez, fue la causa de la caída de Alfonso-, y de Cabra; no le hacían resultar aún bastante fuera de Castilla.
Los magnates barceloneses debieron de juzgar al desterrado castellano por hombre iluso y presuntuoso.
De los Condes de Barcelona, Berenguer era el más interesado en las empresas de la frontera...
El Cid, lejos de hallar en Berenguer la acogida que esperaba, halló desprecio inaguantable.
Así el Cid, con sus caballeros, se dirigió a la Corte de los Beni Hud (en Zaragoza). Allí reinaba Moctádir Ben Hud quien a poco de recibirlo murió, dividiendo el reino entre sus dos hijos:a Mutamin dejó el reino de Zaragoza, y a Alhayib dio Lérida, Ortosa y Denia, ambos se pusieron en guerra, con ayuda de los cristianos, interesados en atizar la discordia: Mutamin ayudado por el Cid y Alhayib enemigo del Cid toda su vida, ayudado por Sancho Ramírez y por Berenguer, sufriendo continuos reveses.
Mutamin ensalzó al Cid, lo colocó al frente de todas las cosas del gobierno y se aconsejaba de él para todo; ya que descubrió en el visir que le había dejado a su padre ambición de dominio y tratos pérfidos con Alfonso, y lo mandó matar.
El Cid ataca a Lérida, y toma prisioneros entre otros al Conde de Barcelona, y a los 5 días los deja libres. Regresa luego a Zaragoza con Mutamin, y es recibido gloriosamente.
Un alcaide de Rueda: Abulfalac, se rebeló y rogó a Alfonso que ayudase la rebelión, Alfonso vio ocasión de reanudar la intervención castellana en Zaragoza y así se apresuró a preparar las huestes a tal fin, pero el alcalde lo traiciona y en 1083 sucumben el Infante Ramiro (primo de Alfonso y Señor de Calahorra), el Conde Gonzalo Salvadores (conde de Bureba y de Castilla la Vieja, apodado “Cuatro Manos” por su valentía) y otros ricos-hombres de Alfonso, a presentarse junto con sus caballeros –era la ocasión propicia para que su destierro cesase, pues cuando un desterrado acudía a ayudar en hueste a su rey, si éste le admitía el servicio, debía alzarle el destierro y devolverle su gracia-, y Alfonso lo recibió honoríficamente y le mandó volver con él a Castilla.
El Cid emprendió al lado de su rey el ansiado regreso a la patria, renunciando a la envidiable posición que disfrutaba en la corte de Mutamin.
Mas el Emperador Alfonso, una vez pasados los efectos emocionales que el desastre y la llegada del desterrado le habían producido, volvió a caer en las antiguas maquinaciones de invidiosa malquerencia, y ya pensaba en cómo podría desentenderse otra vez del Cid.
Éste, conociendo harto claramente su falsa situación, tuvo que desistir de la vuelta a Castilla, y separarse del Monarca.
El Cid se volvió a Zaragoza y Mutamin se apresuró a recibirle de nuevo. Emprenden luego una cabalgada en la tierra del rey aragonés, donde robaron, saquearon y cautivaron 5 días.
Rodrigo hizo correrías y despojos en el reino de Alhayib, no quedó allí casa que el Cid no destruyese, ni ganados y riqueza que no apresase.
Cap. 9: Resurgimiento del Islam.-
Los almorávides empezaban a ser mirados como salvación de los reinos de taifas, oprimidos por los tributos que exigía Alfonso. Y Moctámid y otros, con cierto recelo envían al caudillo Yúcuf ben Texufin sus deseos de que los ayude.
Ellos vinieron a tierra española y emplearon en los combates una táctica militar nueva: la táctica de masas compactas, disciplinadas en la acción concorde, regulada y persistente, bajo precisas señales de mando, lo mismo revela la organización con banderas, adoptada, a la vez que los tambores por el ejército almorávide y el empleo de cuerpos de saeteros turcos que combatían en ordenadas líneas paralelas.
Los caballeros cristianos, habituados principalmente al encuentro singular, en que la valentía individual lo hace todo, se desconcertaron; a pesar de su mejor armamento y superior destreza, se vieron inferiores ante un guerrear de masas compactas cuya cohesión y superioridad numérica no podían resistir.
El encuentro de Yucuf y Alfonso fue terrible. El atronador redoble de los grandes tambores almorávides, instrumento jamás oído antes en las milicias de España, hacía temblar la tierra y retumbaba en los montes.
Yucuf montado en una yegua, recorría las haces de los moros, animándoles en los fuertes sufrimientos que la guerra santa exige, enardeciéndolos con la evocación del paraíso para los moribundos, y con la codicia del botín para los que sobreviviesen.
Yucuf era un viejo de 70 años, enjuto, cejijunto, moreno, barbirralo y de voz atiplada, desdeñoso de los placeres, austero, humilde, santo; sólo se nutría de pan de cebada y de leche y carne de camello, sólo vestía de lana...
Esto ocurrió en Sagrajas, Alfonso debe retirarse herido y viendo cómo saqueaban e incendiaban sus tiendas. La noche de la victoria Yucuf mandó degollar los cadáveres cristianos, y sobre los enormes montones de cabezas truncas, convertidos en repugnantes púlpitos, subieron para anunciar la oración de la mañana a los soldados vencedores, fanatizándose todos con aquel bestial pisotear los despojos humanos, “en el nombre de Allah, el clemente, el misericordioso”.
El poder militar de los nuevos invasores de Europa restablecía la Guerra Santa con el éxito y el encarnizamiento de los más esplendorosos días del Califato Omeya.
Luego debió partir Yucuf, posiblemente porque perdió un hijo. Alfonso, mientras tanto había conseguido que los franceses lo socorriesen, pero, al saber que Yucuf se había reembarcado, los mandó regresar.
Para robustecer sus fuerzas pensó que sería mejor el Cid.
Así, pues, en Toledo (1036 ó 1037) se reconciliaron.
Según el Poema los del Cid, y los del Rey, se disponen para las vistas concertadas; preparan muchas gruesas mulas, muchos andadores palafrenes para hacer el camino; ponen los mejores pendones en las astas de sus lanzas; toman los escudos guarnecidos con plata y oro, las pellizas más finas, los mantos más lujosos, las más llamativas sedas de Oriente,, grandes y chicos se visten de colores y se ponen en camino.
El Rey envía provisiones. Cuando el Cid llegaba a aquel lugar y divisó al rey, que se encontraba allí y salía a recibirlo, mandó a los suyos a estar quedos, y con sólo quince de sus principales caballeros echó pie a tierra, hincó en tierra las rodillas, inclinándose en profunda humillación ante el Emperador que le fue injusto.
El Cid toma entre sus dientes la hierba del campo, según un viejísimo rito de sumisión; sobre la mente del Héroe pesaban entonces confusas ideas milenarias: entre los Pueblos Primitivos Indo-europeos, el vencido se declaraba tal poniendo hierba entre sus labios, como sierva res; en los Pueblos Medievales, el que caía herido de muerte tomaba en la boca tres briznas de hierba, humillándose ante el Divino Poder y uniéndose en mística comunión con la tierra madre.
Profundo es el acatamiento en que se sume el Cid al volver a pisar la tierra de su rey (v. 2021 yss. del Poema). No quiere levantarse en pie aunque el Rey se lo manda; quiere, estando de hinojos, que todos oigan las palabras de merced, y el Rey al fin las pronuncia (v. 2042).
Le besa las manos el Cid, alzándose de pie, le besó en la boca.
Todos los que esto veían recibían por ello gran placer; mas mucho pesaba a García Ordóñez a su cuñado Alvar Díaz y a otros.
Alfonso le dio el Castillo de Dueñas, el de Gormaz y el pueblo de Langa, Ibeas de Juarros y de Briviesca y los valles de Campóo y Eguña. Todos estos pueblos y castillos constituyen “la honor” y “la tierra” que el rey da al Cid; allí él ejercerá una delegación del Poder Real, con el disfrute de rentas e impuestos que al señorío del Rey pertenecen.
Mientras tanto Alfonso reconoció el gravísimo error de su política, y amplió su título imperial: “Adefonsus Imperator super omnes Hispaniae Nationes constitutus”.
A la falta de éxitos militares se agregaron descomposiciones internas en el reino. Buscó apoyo en el Papado, y preocupado por robustecer su autoridad moral, se logró la primacía eclesiástica de Toledo (ya se lo mencionaba “Toletanus Imperator&rdquo
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Cap. 10: El Cid al servicio del Emperador.-
El Cid pasó un año y medio al lado de Alfonso, sin que sepamos nada de su actividad. Sólo después de la sumisión de Galicia, en 1088, volvemos a tener noticias de él. Le hallamos otra vez en Zaragoza; sin duda, aprovechando su antigua experiencia en los asuntos de allá, el Emperador le enviaba a explorar el Levante. De la mitad occidental de la España musulmana más valía que Alfonso y el Cid no volviesen a ocuparse por el momento: Sevilla y Badajoz eran los Estados moros más extensos y prósperos, y contaban con el refuerzo de 3.000 jinetes almorávides; el Oriente de la Península, se hallaba dividido en señoríos diminutos: Lérida, Albarracín, Alpuente, Valencia, Denia, Murcia, Almería; muchas regiones del Levante parecían un desierto ya que no había por allí almorávides y los cristianos hicieron incursiones devastadoras. Pero en Valencia las cosas estaban enredadas, entonces el Cid se lo envió envió a decir a Alfonso: le reiteraba que, siendo su vasallo, cuanto hiciese y cuanto ganase habría de ser para su rey y señor; que aquellos caballeros que tenía en Valencia los mantenía sobre la tierra de los moros, sin costa ninguna del Rey; a la disposición del rey estaban sin gasto alguno, cada vez que los necesitase, y con ellos enflaquecerían los infieles y podría ganarse la tierra de Levante. Alfonso, complacido, aprobó el mensaje y dejó andar con el Campeador aquellos caballeros. El Cid, contando ya con el asentimiento de su rey, empezó a explorar aquella tierra para él desconocida. Luego fue a ver a Alfonso para afirmar con él el convenio, ya entablado, acerca de la sujeción del Levante. Según la “Historia Roderici”, el conveni o se redactó en forma de una concesión y licencia suscripta por el Emperador, confirmada con el sello real, por la que todas las tierras y castillos que el Cid pudiese ganar de los sarracenos, en tierra de sarracenos, pertenecerían al Cid, y luego a sus hijos, hijas, y a toda su generación, por derecho hereditario....
El Cid, en tanto, después de convenido con Alfonso, moró algo en Castilla reuniendo gentes, hasta que llegó “el tiempo en que los reyes suelen salir a la guerra” (“H. Roderici&rdquo
, “el tiempo sereno, templado y alegre del mes de mayo, en que el ruiseñor menudea sus canciones y en que la yerba prodiga su frescor para caballos y bueyes” (Fra Salimbene), es decir, el tiempo en que la guerra es fácil.
Sale de Castilla con 7.000 hombres, al pie de la fortaleza de Gormaz atravesó el Duero por el vedo de Navapalos y cruzando todo el Sur del reino de Zaragoza, fue a plantar sus tiendas en territorios de Albarracín, en Calamocha, donde celebró la Pascua de Pentecostés (1089). El Cid, según el Poema, fortificó su campo en un cerro, que fue llamado desde entonces “Poyo del Cid” (v. 802-869 y 907). La importancia militar de este punto consiste en que desde él se domina toda la ribera del Jiloca, perteneciente a dos reinos de taifas: Daroca con su huerta repleta de frutales, trigos, etc. pertenecía a Mostain; y Calamocha y Monreal del rey Albarracín. En su estada allí, conviene con éste un tratado de paz. Pagaría 10.000 dinares al Cid, representante y mandatario del Emperador. Valencia sufre una nueva sumisión, Berenguer que acampaña sobre Valencia, en el Cuarte, al sentir a su enemigo tan próximo, se sobresaltó; no participaba él poco ni mucho del buen humor de sus caballeros, los cuales, muy alegres, baladroneaban injurias y hactanciosas burlas contra el Cid, amenazándole de muerte o de prisión.
Rordrigo tuvo noticia de estas fanfarronadas, pero no quería pelear con el Conde, porque éste era primo del rey Alfonso; al fin el Conde levanta el cerco de Valencia y se retira.
...A los éxtios extraordinarios del Cid en Valencia se unían los de otro caudillo castellano, García Jiménez, en Aledo...
Cap. 11: El Campeador asume la resistencia contra los almorávides.
Cap. 12: Los almorávides y el Cid sobre Valencia.-
Cap. 13: El Cid somete a los almoravidistas de Valencia.
Cap. 14: Los almorávides, rechazados.
Cap. 15: La Corte del Campeador.-
Cap. 16: Las postrimerías.
El Cid es un héroe épico de naturaleza singular. Es héroe de temple muy diverso: desde su mundo superior ideal desciende para entrar con paso firme en el campo de la historia, y afronta serenamente este riesgo, mayor que todos los peligros de la vida: el dejarse historiar por el pueblo a quien tanto combatió y por los eruditos modernos, más incomprensivos a veces que los enemigos a quienes humilló.
Descaminadísimo anda Ernest Renan cuando, admitiendo dócilmente la total discrepancia entre el Cid Poético y el Cid Histórico establecida por Dozy, considera que “ningún héroe ha perdido más que éste al pasar de la leyenda a la historia”.
Al contrario, la Historia y la Poesía muestran una conformidad caracterizadora, no completa, pero sí extraordinaria, y eso que no hay héroe épico más iluminado por la historia que el Cid. Es más: en ocasiones sucede que el carácter real del Cid es de mayor interés poético que el de la Leyenda.
La mayor señal de modernidad que el héroe español presenta, como héroe de una época de transición, es su Fidelidad. Hacia el rey perseguidor, virtud contraria al carácter de los demás héroes épicos perseguidos.
El Cid de la realidad, aunque desterrado, se mantuvo fiel a su rey; aunque injuriado coléricamente por éste, “le sufre pacientemente” y lo respeta.
No debe fidelidad al rey, según el Derecho, y, sin embargo, su vida fue más constante fidelidad. Es hostilizado por el rey en la conquista de Valencia, y, a pesar de ello, declara que la ciudad queda bajo “el señorío de su señor el rey don Alfonso”.
Si el Cid Poético respeta en toda ocasión al monarca perseguidor, es porque él siempre deseado perdón del rey significa la reconciliación con “Castilla la Gentil”, cosa que él antepone al propio orgullo; el rey y “la tierra”, o sea la patria, son para él una misma cosa; de ahí que el Cid histórico se muestre reiteradas veces crédulo y propicio en toda ocasión que se le ofrece de reconciliarse con Alfonso, mientras se manifiesta desconfiado y remiso para acoger la amistad que le brinda Berenguer.
El hecho, pues, de que el Cid, tanto en la realidad como en la epopeya, contradiga el derecho y la poesía de su tiempo, no guerreando a su rey y quedándole siempre fiel indica hasta qué punto supedita los móviles personales al amor patrio, sentimiento muy débil en los héroes de las epopeyas más antiguas, los cuales a menudo pelean contra su propia nación.
El sentimiento nacional lo manifiesta además el Cid en su famoso propósito de reconquista de toda España, propósito agrandado en el Poema hasta ambicionar que Marruecos pague parias a Alfonso.
El Cid histórico se prohíbe utilizar contra su rey la guerra autorizada por el Derecho Medieval; deja pasar las injurias del monarca en Úbeda, esquiva el encuentro con el rey aragonés o con Berenguer, proponiendo arreglos amistosos antes de tomar actitud agresiva, concede un trato benévolo a los vencidos valencianos, aunque infringieron varias veces los pactos de rendición, rehúsa regalos de mala procedencia...
Igualmente el Cid de la Poesía, como Héroe tardío, ostenta esa Moderación, gran virtud del tipo Caballeresco, que sucede al Tipo Heroico de los tiempos primitivos, y la ostenta como carácter constante.
Pero en esto último discrepan la poesía y la realidad, pues el Cid de la realidad, si sentía vedado el camino del comedimiento, echaba por el atajo de la violencia. Cuando ve agotados los recursos de la fiel sumisión, devasta cruelísimamente la tierra del principal vasallo de Alfonso: cuando se ve rechazado por Berenguer, atropella el decoro de la corte barcelonesa; pasa de la mayor clemencia al mayor rigor cada vez que los valencianos se obstinan en entregarse a los almorávides.
Era hombre de reacciones extremosas: con el mismo Berenguer prisionero, pasa repentinamente de la mayor dureza a la mayor generosidad; enigmático y desconcertante, juguetea con su adversario cuando desaira la entrega obsequiosa de los jardines regios de Valencia, y luego se posesiona de ellos, invadiéndolos inesperadamente.
Entre estos impulsos opuestos, encontramos a veces en el Cid, común con los héroes bárbaros, la sed de Tesoros, pugnando con la generosidad de otras ocasiones.
El Cid no acertó nunca a ganarse la deseada gracia del rey; era inhábil para la captación cortesana de voluntades, viviendo en una altiva ignorancia del arte combinado de adular y pavonear.
Se ha calificado al Cid de astuto, no lo era, pero sí cauteloso.
Toma por sí sólo muy graves decisiones, sin seguir la costumbre de consultar a la mesnada.
Como hombre representativo de su pueblo sentía sobre su ánimo el peso atávico de ritualismos milenarios, de supersticiones raciales.
Historia y Poesía están conformes en que el Cid se guiaba por agüeros.
Según el Poema, también gustaba de actitudes rituales: cuando muerde las hierbas del campo (símbolo de sumisión), jura no cortar ni un pelo de su barba (para publicar su dolor por el destierro injusto); en la corte de Toledo lleva su larga barba trenzada como un cordón (señal de mayor duelo); en cuanto recaba de los jueces la Justicia que pedía, suelta del cordón la barba, en la misma corte, recobrando su fisonomía habitual.
Sin embargo, está muy lejos de mostrarse siervo de la tradición.
Su obra fue hondamente innovadora: en combatir siempre el envejecido tradicionalismo leonés, a título de las ideas feudales nuevas, en apartarse de las ineficaces prácticas militares corrientes entre españoles y borgoñones, para superar la nueva táctica almorávide; reformar el clero nacional, y hasta en revolucionar los usos épico-heróicos.
El Cid de la realidad, como perfecto caballero, era sabidor en Derecho y el de la Poesía coincide con el de la Realidad, alegando metódicamente sus derechos ante la corte de Toledo.
Desenvolvió jurídicamente su destierro, aspirando a la reconciliación: utilizó los recursos que el fuero medieval reconocía al desterrado para recobrar la gracia del rey y acudió dos veces en socorro del soberano, otra vez propuso justificarse mediante el juramento legal.
Sólo al ver inútiles todas estas tentativas de conciliación, sólo al recibir del rey nuevos y mayores agravios, se refugia en el derecho de guerrear la tierra del rey; y entonces su mano dura consiguió lo que la moderación no: establecer en su favor la justicia.
Sus relaciones con los moros han sido mal apreciadas, por no haber descubierto en ellas dos normas claras de conducta. Con los musulmanes de raza española quiere convivir en justicia, respetándoles escrupulosamente religión, leyes, costumbres y propiedad.
Conocedor del derecho musulmán como del cristiano, se sienta en su tribunal de Valencia para juzgar los pleitos de los vencidos. En su discurso a los moros valencianos, rendidos a discreción, manifiesta una moderación extrema; su única arrogancia frente a los humillados es la de ser más moral que los príncipes moros esquilmadores de tributos ilegales, y disolutos en su vida privada: “pues si yo mantengo el derecho en Valencia, Dios me la dejará, y si hago mal en ello, con soberbia o con justicia, bien sé que me la quitará”.
Ahora, ante la Alianza a que se entregan las razas hispánicas con las africanas, el Cid adopta una nueva actitud, opuesta y terminante: la guerra con los invasores no puede acabar en convivencia, sino en eliminación del africano y sumisión rigurosa del Andalus.
La extensión del recuerdo que de sí dejó el conquistador de Valencia es extraordinaria; la eficacia de ese recuerdo muy considerable.
El Cid fue ante todo un duradero tema de poesía: en vida inspiró canciones como el “Carmen Campidoctoris”; poco después de muerto el héroe, aparece el “Poema de Mío Cid”: entonces la lengua española vivía humildemente, inhábil para grandes concepciones literarias, y fueron los ideales cidianos, recién vividos en aventuras históricas, los que, ya hondamente entrañados en el espíritu de la nación, arrebataron el balbuciente idioma hacia alturas nunca antes conocidas, para cantar en ese Poema, el primero que revistio proporciones monumentales de gran ambición literaria, las aspiraciones, ideas y costumbres de la primitiva Castilla.
Desde entonces la Épica española, poesía del más elevado carácter nacional, cantó al Cid en otros poemas que se suceden hasta el siglo XV.
Lo cantó después la más vigorosa poesía tradicional que jamás ha existido, la de los Romances españoles, repetidos secularmente por todos, nobles o villanos, y cuyo último eco aún hoy se percibe en tonadas populares usuales desde Galicia y Cataluña hasta Tánger y Chile.
La figura del Cid fue revivida en nuestro teatro clásico, en el Neoclásico, en el Romántico y en el actual.
No hay momento alguno de la Literatura Española en que falte una obra importante consagrada al Cid; así que el recuerdo poético del Campeador es algo inseparable de nuestra misma hispanidad.
Además el Cid, después de producir en su patria una florescencia poética como ningún héroe de otra nación, fecundó la imaginación de poetas extraños.
Pasados los Pirineos, aparece “Le Cid” como primera tragedia moderna, tragedia de tal valor, que en su constante estudio la juventud francesa aprende a sentir la perfección de su arte clásico unida a los exóticos nombres de Rodrigue y de Chiméne y al concepto español del heroísmo y del honor.
Luego otros escritores insignes, Víctor Hugo, Heredia, Leconte de Lisle, renuevan aspectos del héroe castellano.
Más allá del Rhin, los versos del patriarca romántico hicieron tan famosos entre los alemanes los amores del Cid y Jimena como los odios celebrados en torno de Sigfrido y Krimhilda.
En Inglaterra, podíamos recordar los poemitas de Lokhart y Gibson, las crónicas poéticas de Southey y Dennis; en Italia, el romancero cidiano de Pietro Monti; en Suecia, la tradición hecha por el príncipe Oscar Fredrik, luego Oscar II; en Dinamarca, los fragmentos compuestos por Carl Bagger...; y la última voz en el coro de tantos pueblos la oiríamos allá en la Oceanía, donde los “tagalos” tienen también su poema en cuartetas: “Búhay ni don Rodrigo at ni doña Jimena”.
El héroe lucha por realidades lejanas, rebeldes, en perenne reiteración de conflictos que él no deja resueltos para siempre, y debe ser medido únicamente por el valor energético de su esfuerzo y por el guionaje que ejerce sobre los que han de afrontar esos conflictos en su futuro reaparecer; esa es la duración de su obra, la duración de su ejemplaridad.
Siempre la vida histórica del héroe puede ser ejemplo que nos haga concebir la nuestra como regida por un deber de actividad máxima, de justicia constante, de mesurada energía; siempre nos mostrará los más seguros rumbos de la ambición personal hacia los ideales colectivos del grupo humano a que estamos ligados y dentro del cual nuestra breve vida recibe un valor de eternidad.